CELIBATO Y AMOR
Jutta Burgraff es una conocida teóloga alemana
En el día de hoy, quiero referirme a un tema muy controvertido: el celibato. En
un foro televisado que vi hace poco, un conocido psicólogo, con gesto
preocupado, se preguntaba: "¿Se puede vivir hoy el celibato? ¿Se le puede pedir
al hombre y a la mujer modernos vivir el celibato?". A continuación, respondía:
"¡Se vive! Y, precisamente, esa vivencia es su mejor argumento".
También actualmente hay quienes encuentran su felicidad en el celibato
cristiano. A pesar de la ola de sensualidad y egoísmo con que nos inundan los
medios de comunicación.
Pese a todas las advertencias freudianas y a todas las
publicaciones acerca del comportamiento sexual escandaloso, tanto dentro, como
fuera de la Iglesia. Los miles de personas que actualmente viven el celibato
según el ideal evangélico, son interiormente libres e independientes y aman con
un amor fuerte, valiente y rebelde.
Adelantando un poco lo que pienso: estoy convencida de que el celibato se puede
vivir también en el tercer milenio.
Mientras más sea la insistencia con que se
hace de él un tabú, mientras más se le ridiculiza, mientras más grotescamente se
le desfigura y deforma, más urgente me parece hablar de él y reconocer el lugar
que tiene dentro del cristianismo.
Es lo que intento a continuación. Me propongo
exponer, a grandes rasgos, cuál es el profundo sentido que, para los hombres y
las mujeres de hoy, tiene el celibato voluntario.
2. Valor del matrimonio
Antes que nada, hay que dejar en claro que el celibato y el matrimonio no son
una especie de contrarios, de antónimos, no se oponen. Para la gran mayoría de
las personas, el matrimonio es la forma de vida más conveniente y adecuada y la
que los conduce a la felicidad, a pesar de todas las dificultades que puedan
surgir.
En el matrimonio, se vive el amor humano, la disposición de darse a los
demás. En la unión conyugal, la entrega personal a la pareja, alcanza una forma
muy profunda e íntima. Esta unión comprende, por su esencia, tanto la dimensión
física, como la dimensión espiritual del ser humano. Lo fundamental del
matrimonio consiste en darse al otro con una reciprocidad sin reservas, con un
amor personal e íntegro.
Consiste en vivir y convivir con el otro; en la
existencia común, que es tarea y responsabilidad compartida.
Mediante la promesa matrimonial, un hombre y una mujer se deciden el uno por el otro.
La promesa de
dos cristianos ante Dios los une no sólo a su pareja, sino que en cierta forma a
través de él o de ella, se unen al mismo tiempo a Jesucristo. No se entrega uno
recíprocamente, se entrega también a Cristo a través del otro, de la otra.
Loscónyuges no sólo viven para el otro. En realidad, viven juntos para Cristo; en
su amor conyugal, aman también a Cristo. Mientras más unidos estén entre ellos,
más se unirán a El. Su unión es un sacramento, una de las siete fuentes
misteriosas de la participación en la vida divina.
Así, el matrimonio es un camino hacia Dios. Por esta razón, en la auténtica
tradición de la Iglesia, la importancia dada al celibato no se ha entendido
nunca como una disminución o rebaja del matrimonio.
Tampoco podemos aceptar el
maniqueísmo, que ve en lo corpóreo y en la procreación algo malo. ¡El hombre
incapaz de sentir no ha sido nunca un ideal cristiano! Quien no es capaz de
tener pasión, deseos y sentimientos padece una deficiencia, pues carece de esta
capacidad fundamental de la naturaleza humana. ¡El celibato nada tiene que ver
con eso!
En el celibato, se "renuncia" voluntariamente a algo que, de acuerdo a
la voluntad del Creador, conduce al matrimonio. Ese algo es la necesidad de
darse completamente a otra persona, que es muchísimo más profundo que la mera
tendencia sexual. Tal vez, en vez de "renuncia", deberíamos hablar de
sacrificio. Al renunciar al matrimonio, la persona que se decide por el
celibato, ofrece a Dios un sacrificio muy concreto y personal; en ningún caso
desprecia el matrimonio.
Por el contrario, en todas las religiones, se acostumbra a sacrificar no lo peor o malogrado -eso sería una verdadera ofensa a
la divinidad-, sino lo más preciado.
Así como el hombre es capaz de escoger el matrimonio, también tiene la capacidad
de renunciar a él. De esta manera, la vida célibe no representa solamente un
estado, sino que constituye un valor en sí. El celibato es "otra" posibilidad,
"otro" camino a través del cual, el hombre y la mujer pueden llegar a la
plenitud.
3. Amor a Cristo
El celibato no puede ser definido por lo negativo: sería como definir el surf como la dicifultad de mantenerse erguido sobre las olas
No obstante, el celibato no puede ser definido únicamente de un modo negativo.
Si lo miramos tan sólo como una renuncia o negación, tendremos una percepción
equivalente a la de aquél que, estando frente a un jardín, sólo ve la reja que
lo cierra o de quien, al hablar del tenis, sólo piensa en el dolor muscular que
este deporte puede causar. ¡Si actuáramos así, no habríamos comprendido nada de la belleza y de la grandeza del celibato cristiano!
Quien lo escoge, no se
decide por una existencia fría y cruda. Por el contrario, elige una comunidad de
amor especial: una vida con Cristo y con su Iglesia; él (o ella) demuestra que
puede dirigir todo su amor a Dios.
Por supuesto, renuncia a una determinada
forma de realización del amor humano; pero renuncia por un amor más grande. ¡El
valor de nuestro amor y de nuestro esfuerzo depende, sobre todo, de a quién
amemos y por quién efectuamos ese esfuerzo! Y, en este caso, es el mismo Dios el
objeto inmediato de todo nuestro amor y nuestro esfuerzo.
San Agustín advierte a las mujeres consagradas:
- "Si vosotras les debiérais un gran amor a vuestros
maridos, ¿cuánto más amor debéis a Aquél por quien no tenéis marido?"
- El teólogo
José Arquer señala: "Para ser lo que debe ser, (el celibato cristiano) tiene que
ser vida en común con Dios, entrega consciente a Dios. Hacia afuera, parece una
renuncia; en sí mismo, es íntima oración incesante".
Como sabemos, el matrimonio se funda también en el misterio de la alianza de
Cristo con su Iglesia. Pero no es el mismo esa relación, sino que sólo la
representa. Mediante la decisión de vivir el celibato, el hombre y la mujer se
encuentran en cierta forma incorporados en el misterio de esa relación esponsal.
El mysterium caritatis que, en el matrimonio está sólo insinuado, se encaja
directamente en su vida y permite su plenitud a un nivel muy superior al
natural.
El hombre y la mujer viven una entrega total a un Tú, una relación
directa entre Tú y yo, no a través de otra persona humana. Como personas, se
unen al Cristo vivo y presente, en una relación directa e inmediata sólo con
Dios.
El Papa Juan Pablo II lo señala con claridad: "Dejarlo todo y seguir a
Cristo ... no puede compararse con el simple quedarse soltero o célibe, pues la
virginidad no se limita únicamente al !no¡, sino que contiene un profundo ¡sí!
en el orden esponsal: el entregarse por amor, de un modo total e indiviso".
Quien vive el celibato, lo hace porque ha descubierto que Dios le ha querido por
sí mismo y él (o ella) responde a ese amor divino con todas las energías del
alma y del cuerpo. "La persona que se sabe tan amada por Dios, se entrega sólo a
El.
Su seguimiento de Cristo es radical. El celibato cristiano no tiene nada
que ver con la mera soltería, tal vez involuntaria y que es llevada como un
lastre, así como la virtud cristiana de la pobreza, tampoco tiene nada que ver
con la miseria real, dolorosa e involuntaria.
En algunos ambientes, se considera moderno considerar tales pensamientos como
una extravagancia idealista. Sin embargo, ello no nos puede paralizar. Debemos
tener presente que, al inicio de la "explosión apostólica" que tuvo lugar en los
primeros siglos del Cristianismo, era natural que muchas personas escogieran el
celibato. En la joven Iglesia, el celibato era considerado como un luminoso
testimonio de fe, comparable al martirio. En aquel entonces, se veía en él una
expresión del amor a Cristo, de la vitalidad del Pueblo de Dios.
4. Por el Reino de los Cielos
Con frecuencia, el celibato es considerado como una "soltería por el reino de
los cielos". Esto significa algo así como: quien se decide por el amor de Dios
manifiesta así el Reino de Dios. En su existencia física, toma anticipadamente
lo que a todos los hombres les será otorgado en la Resurrección futura, ya que,
luego de la Resurrección, "no se casarán y serán como ángeles del cielo". De
esta manera, se hace "testigo profético, en el tiempo, de ese mundo futuro donde
habita la justicia".
Un cristiano vive con la mirada hacia el futuro, se orienta hacia un porvenir
que no puede ser mejor, hacia el cielo. El cielo es la plenitud del bien, que el
hombre ahora en su vida sobre la tierra y del cual aquí sólo puede participar.
Es, por así decirlo, la plenitud de la recompensa divina. "Por esta razón
-explica un teólogo-, el gusto por la felicidad, el confiado optimismo, la
alegría frente a la magnanimidad ... no pertenecen además al cristianismo, sino
que determinan totalmente la realidad cristiana, como la perspectiva y
orientación hacia adelante, como la aurora de un día muy esperado". El cristiano
no tiene ningún motivo para estar abatido, triste o desanimado, para conformarse
con el status quo, para aceptar las cosas tal "como están" y no tener ninguna
esperanza.
No obstante, quien se decide por el celibato no sólo pone de manifiesto un mundo
futuro, sino que más que nada, da testimonio de que el futuro ya ha comenzado
hoy y aquí.
Esperar, en sentido cristiano no significa que uno se dirija hacia
algo que podría ocurrir, sino que señala más bien algo que desea vivamente y
que, en cierto sentido, ya se posee de un modo imperfecto y provisorio. De
acuerdo a un conocido principio teológico, la presencia de Dios, de la cual vive
quien tiene esperanza, es ya "el comienzo de la gloria".
De tal manera que, para
un cristiano, la vida eterna está, en la tierra, misteriosamente presente. ¡Dios
nos ha prometido la felicidad, que comienza en esta vida! El amor de Dios no
sólo es deseado y esperado, sino que se experimenta aquí. Los novísimos arrojan
luces y sombras. Depende de nosotros descubrir, paulatinamente esas luces. Sólo
cuando las hayamos descubierto todas, nuestro deseo de felicidad se encontrará
completamente satisfecho.
El celibato "por el Reino de los Cielos" nos da un sabor anticipado de la
felicidad eterna, pues comprende la dimensión más profunda y existencial de la
humanidad y nos permite percibir algo de la vida en plenitud que nos quiere dar
Cristo.
Sin duda, es una forma de vivir que, tal como el matrimonio, conduce a
una madurez afectiva de la persona. Entonces, ¿quién puede renunciar al amor
matrimonial? ¿Quién puede suponer que no necesita el apoyo de una pareja?
Ciertamente, sólo aquél a quien Cristo invita y llama personalmente. El celibato
voluntario es una vocación cristiana, que no se puede "ganar". Sólo Dios puede
regalarla, en una demostración de su amor libre, generoso y magnánimo. No
obstante, todo cristiano debería estar dispuesto a aceptar este regalo, este DON.
Si una persona escucha la llamada de Dios, debe tener la audacia de
abandonar la posición que se ha forjado, la vida que ha planeado, para
entregarse del todo a la Divina Providencia. "Al detenerse, si se oye su
llamada, en medio de todas las obligaciones y los deberes más apremiantes, al
dejar de lado todo, da lo mismo lo que se haya tenido entre manos, para
dedicarle a El una mirada..., ese es un acto de amor de adoración sin límites".
Cuando un ser humano se sabe amado por Dios, cuando acepta la gracia delcelibato cristiano y actúa en consecuencia, experimenta cada vez más claramente
que el celibato, más que una renuncia, es un regalo, más que indigencia, es
riqueza.
- Entonces entiende que es enteramente comprendido y protegido por Dios,
en quien puede confiar y contarle todo lo que le sucede. Sí, una vida con Cristo
es la felicidad más grande que se puede desear. Un benedictino alemán señala:
"¿Dónde me siento a gusto? ¿Allí donde me he establecido? ¿Allí donde hay seres
queridos, con los que puedo platicar? ¿O me siento a gusto con Dios? Viviré bien
el celibato si me siento feliz con Dios".
Tal "como todas las decisiones radicales y definitivas, que abraza la existencia
total del hombre, el celibato es un vínculo de amor arduo y difícil" No podemos
ignorar ingenuamente las exigencias del celibato frente a la tendencia natural
del ser humano. Por el contrario, para que la entrega a Dios conduzca a una vida
plena y feliz, es absolutamente necesario aceptar, con realismo, la existencia
de posibles dificultades y encararlas.
La renuncia por amor a Dios, a la extraordinaria comunidad de amor que es el
matrimonio, significa renunciar a una profunda fuente de felicidad y también a
una ayuda natural recíproca, en el camino de la unión con Dios. El auténtico
amor a una persona (en el plano natural) es el medio más eficaz para vencer el
egoísmo y las pasiones desordenadas. Este amor hace al corazón suave, blando y
comprensivo, enseña a ser generoso y capaz de comprender. Cuando se renuncia a
un amor humano, puede sentirse uno rechazado, y dentro del corazón puede haber
un vacío, con el cual nos debemos enfrentar seriamente.
- Este vacío sólo puede
llenarse si se acepta el celibato como una oportunidad para vivir muy enamorados
de Cristo. ¡Si Cristo llena el corazón, vencemos radicalmente la soledad!
-
Pero si esto no ocurre, la persona puede convertirse en estrafalaria, amargada, puede
enfriarse su corazón y volverse agrio su carácter.
También puede suceder que se
ahogue en un vaso de agua por cualquier pequeñez y llene el vacío del corazón
con ambiciones mezquinas, por ejm. el celo por dominar a los demás, o esforzarse
por tener éxito a toda costa, por ganar dinero y lograr el aplauso de los demás.
Esto es algo que muchas veces da pie a las críticas de quienes observan el
celibato "desde fuera" (son los llamados "observadores imparciales"). El
celibato se hace incomprensible tan pronto Cristo deja de ser el modelo.
Asimismo, hay que contar siempre con el hecho de que, aunque la renuncia al
matrimonio haya sido un acto gozoso, no significa que sus consecuencias, a lo
largo de la vida, no puedan llegar a ser una pesada carga. La rutina puede
insensibilizar o endurecer el corazón, el trabajo cotidiano puede cansar...
Existe siempre el peligro de caer en aquello que por amor de Dios se ha dejado,
en una especie de anquilosamiento o amargura internos. Precisamente en el
periodo llamado "midlife" -con razón se le denomina "la segunda conversión"- la
persona puede ser dominada por la apatía, el tedio y el hastío. Algunos se
muestran entonces desilusionados, experimentan su debilidad y no quieren o no
pueden atreverse a emprender una empresa de envergadura, a iniciar "algo
grande".
La decepción se generaliza y, con frecuencia encuentra su expresión en
el afán de criticar, en estar de mal genio, en refunfuñar. El corazón guarda
entonces rencor o resentimiento, se da fácilmente a las habladurías, a los
chismes o bien se entrega al activismo y al ajetreo sin sentido, cae en la
indiferencia, se vuelve insensible.
- Así, puede suceder que el celibato retrase
el proceso de maduración psíquica o lo bloquee completamente. Sin embargo, una
persona normal tratará una y otra vez, de vivir de su fe y vencer todos estos
obstáculos que se oponen a una gozosa entrega a Dios, que en el celibato es
verdadero diálogo de enamorados.
- ¡Ciertamente hay casos trágicos! No obstante, el celibato en sí es tan poco
responsable de un eventual endurecimiento del corazón, como el matrimonio
constituye una garantía de que ello no ocurrirá. ¿No conocemos muchos hombres y
mujeres casados, lamentablemente dominados por el egoísmo, cuyos corazones se
han enfriado y parece que les faltara la alegría, que están con frecuencia de
malhumor y son estrechos de miras, de "criterio corto"?
También el amor humano y
la vida sexual pueden llegar a frustrar, sobre todo porque en ellos, se
experimentan los límites y la relatividad de la unión. Ansiamos lo infinito, lo
eterno y lo absoluto y no lo podemos alcanzar en esta vida. Tarde o temprano, el
ser humano llega a un cierto punto, en que su deseo de unión no logra ser
satisfecho. No obstante, ello no significa de ninguna manera que las personas
unidas en matrimonio no puedan ser cada día más felices.
6. La lucha es imprescindible
Es una verdad de perogrullo: siempre que se intenta alcanzar bienes altos, es
necesario luchar. Luchar contra el peligro de la insensibilización, contra la
apatía, la negligencia y la abulia y, también contra el desorden en la vida de
los sentidos. Esa lucha es necesaria en cada matrimonio y, para quien se ha
decidido por el celibato, es también importantísima.
Somos tanto cuerpo como alma y todas nuestras actividades espirituales se
encuentran profundamente unidas a nuestra vida sensible. Además, nuestra
naturaleza humana está debilitada por el pecado. Oponerse a la realidad y
pretender contradecir los movimientos de la naturaleza, resulta del todo inútil.
Una empresa con este fin conduciría únicamente a la rigidez de un estoicismo
inhumano.
Sería igualmente erróneo ceder ante todos los deseos y olvidar la
realidad que verdaderamente se vive. Lo más conveniente es aceptarse como uno
es. Se necesita sinceridad para reconocer sus sentimientos y no ocultarlos o
simplemente reprimirlos; ello sólo conduciría a una actitud convulsiva.
Frente
al propio comportamiento, hay que sacar consecuencias, es necesario ser prudente
y estar alerta: alejarse cuanto antes de la persona por la cual tenemos
sentimientos que se oponen a nuestro compromiso de amor con Dios.
No nos puede asustar lo que la tradición cristiana ha denominado comúnmente
ascética, lucha interior o dominio de sí mismo. Para muchas personas éstos son
términos extraños, hasta incómodos. Tal vez su recto significado fue
tergiversado en el pasado, y se llegó a exageraciones. La lucha ascética es
rechazada por amplios sectores de nuestra sociedad. Este mismo rechazo es, en
muchos casos, el verdadero responsable del fracaso de algunas vidas célibes. No
se trata de que, debido a las exageraciones del pasado, se renuncie a todo tipo
de vida ascética; más bien, ésta debe ser fundada y puesta en práctica en forma
inteligente, prudente y oportuna.
Una conocida religiosa alemana explica con
claridad que el dominio de sí mismo "se tiene que lograr por amor al Señor, sin
miedo, con un amor confiado, con una gran libertad y con un corazón generoso".
- La ascética conduce al encuentro con Dios; a través de ella no se busca la
propia perfección, sino que su objetivo es el amor de Dios. Hay que tener bien
claro que no se trata de "no hacer nada malo" y de no caer jamás. Hay que tener
el valor de levantarse una y otra vez. Dios nos es más suave y más grato cuando
elevamos a El nuestro corazón dolorido, que cuando pretendemos mostrarle todos
nuestros logros ascéticos y nuestra impecabilidad moral.
A lo largo de nuestra vida, podemos experimentar etapas de oscuridad y sufrir
decepciones. La estabilidad emocional y la madurez espiritual son bienes cuyo
desarrollo no es lineal o ininterrumpido; por el contrario, generalmente se
alcanzan a través de pocas o muchas situaciones de crisis. Sin embargo, una
crisis no es una catástrofe. Hay que descubrir las posibilidades que se esconden
detrás de cada situación difícil. Luego de una prueba y mediante ella, el amor
se hace más maduro y más profundo. Con el tiempo y después de cada "tempestad",
el amor y el deseo de darse a los demás pueden renovarse, purificarse y crecer.
-
Para ello, es imprescindible comprender bien lo que se ha vivido en esa
temporada, no huir, no distraerse, no engañarse con un posible "cambio de
compañera o compañero", pues en realidad, lo único que hay que cambiar es el
propio yo.
Para superar una crisis es necesario "volver", "retornar" al momento en que
iniciamos la unión, entonces, podemos renovar ese compromiso de amor; decir, de
todo corazón, nuevamente, que sí.
El filósofo Dietrich von Hildebrand aclara,
con acierto: "Ahora bien, ese volver al momento inicial en que Dios tocó lo más
profundo de nuestra alma, es lo esencial de toda renovación que no se puede
confundir con un retornar con todos los detalles al comienzo. Es un volver no
necesariamente al escenario original; pero sí al entusiasmo, al ardor y al celo
iniciales".
No puedo negar el conocimiento y la experiencia que he recogido en
el camino de la vida. Si reitero el "sí" original, lo hago a conciencia y, si
cabe, más libre que la primera vez, con el entusiasmo de la juventud y la
madurez que dan los años. Con el paso del tiempo, amamos cada vez más, porque
queremos amar y estamos también más dispuestos a sacrificarnos por quien amamos.
Las posibilidades de maduración de un ser humano -hombre o mujer, soltero o
casado- son tan grandes como el amor del que vive. Si una persona se preocupa
sólo de sí misma y de su prestigio (de lo que digan los demás), se convierte en
un ser interiormente pobre, abúlico, de corto criterio y estrecho de miras. El
obstáculo decisivo para lograr una personalidad armónica y, en definitiva, vivir
feliz, es el egocentrismo, el carácter agarrotado, la relación neurótica hacia
el mundo y hacia quienes nos rodean. Quien ha escogido el celibato tiene que
aprender siempre, en una dimensión más profunda, el desprendimiento cristiano.
Tenemos que mirar, una y otra vez, a Aquél por quien nos hemos decidido. En
otras palabras, debemos estar dispuestos a separarnos cada vez más de los bienes
terrenos, especialmente, de aquellos propios de lo que la gente denomina "una
vida tranquila", en que todo está ordenado y predeterminado. Primero, se debe
luchar contra las faltas e imperfecciones, por ejm., contra pequeñas
competencias con otras personas, contra la envidia, el sentimiento de alegría
por el mal ajeno, una exagerada susceptibilidad, pensar únicamente en la
carrera, en fin. De esta manera, el corazón se vuelve cada vez más puro y es más
libre para amar a Dios.
No siempre es necesario que la voluntad y la vida de los sentidos vayan unidas.
-
Ello se realizará definitiva y totalmente sólo en el Cielo. No obstante, se
puede decir, sin exagerar, que en el caso de muchas personas que se han decidido
por el celibato, ello se realiza ya en la tierra. Efectivamente, esas personas
no aman a Dios solamente porque han tomado la noble decisión de hacerlo, sino
que lo aman con toda la fuerza de su corazón. ¡Están felices de amarlo! Este
mismo amor puede conducir algunas veces a combatir ciertos sentimientos y deseos
del corazón.
- Es el caso de Abraham, al declararse dispuesto a sacrificar a su
hijo. Dietrich von Hildebrand describe magistralmente lo ocurrido: "Abraham, al
escuchar que Dios le mandaba sacrificar a su hijo Isaac, tuvo que responder ¡sí!
con su voluntad. Pero su corazón tenía que sangrar y responder con la tristeza
más grande. Su obediencia al precepto no habría sido más perfecta si su corazón
hubiera reaccionado con alegría. Al contrario, se hubiera tratado de una
actividad monstruosa. Según la voluntad de Dios, el sacrificio de su hijo
requería una respuesta del corazón de Abraham: la del dolor más profundo." Algo
parecido padeció Cristo en el monte de los olivos; claro que hay que tener en
cuenta la infinita distancia entre Abraham y el Hijo de Dios.
¿Qué consecuencias tiene todo esto para nuestra vida? Tanto en el matrimonio,
como en el celibato, todos tenemos que sacrificar algo por un amor más alto.
- Hacemos algunos sacrificios para ser fieles a aquél a quien un día nos
entregamos voluntariamente. Pienso que el profundizar en la pasión del Señor
puede ayudar a superar las tentaciones o, en general, las dificultades en el
ámbito afectivo. Si las inspiraciones divinas, lo que Dios nos pide, sólo nos
causaran felicidad, si nunca sufriéramos contradicción entre los deseos del
corazón y la decisión de nuestra voluntad, entonces, deberíamos preguntarnos si
nuestra vida de fe es realmente viva. ¡Tal vez seguimos a Cristo de muy lejos!
De tan lejos, que no experimentamos ni rastro de su cruz.
Por el contrario, si nos asombramos de que al seguir a Cristo nos encontramos
con su cruz y, más aún, nos quejamos de ello, puede ser ésta también una señal
de que no estamos aún lo suficientemente cerca del Señor. Arquer lo explica
acertadamente: "Un cierto tono de queja... se encuentra... en contradicción con
la esencia del amor. El amante acepta gustoso el sacrificio y no echa en cara al
amado lo que él le manda. Desde el fondo de su ser, el célibe dice alegremente
que sí a ese dolor, saluda la cruz que lo une con Cristo".
Ciertamente, el celibato es un regalo divino que lleva consigo la locura de la
cruz.
-
En este punto, hay que aclarar, eso sí, quelo que se ama no es la cruz, sino al Crucificado.
- Si queremos estar más cerca del Señor, ¡no podemos
pretender tener las cosas mejor que él! El amor empuja hacia la expresión, hacia
la objetivación de la entrega... Se alegra de sacrificarse por quien ama; ansía
mostrarle que le ama sobre todas las cosas. La novia abandona la casa paterna,
disuelve su comunidad de vida con aquéllos a los cuales hasta entonces
pertenecía, de los que se rodeaba, para seguir al hombre que eligió por amor.
Quien se ha decidio por Cristo tiene tanta más razón para entregarse de una
manera aún más radical.
7. El amor divino y el amor humano
En el celibato y en el matrimonio pueden surgir dificultades y conflictos. Sin
duda, una cierta disposición a vencerse a sí mismo es necesaria cuando se quiere
ser fiel toda la vida. Me he referido especialmente a este punto, porque hoy
apenas se menciona. Sin embargo, no creo que la lucha ascética sea lo más
importante.
Un autor espiritual explica con gran claridad: "Si tienes corazón te
puedes salvar. De eso se trata en nuestra vida interior, de que tenemos un
corazón capaz de amar, que se deja maravillar, pletórico de anhelos, de cariño,
con ansias de entrega." Y para modelar el corazón de ese modo, no alcanzan
nuestras fuerzas, simplemente no llegamos. Felizmente, podemos esperar una ayuda
muy grande de Dios y de otras personas. Me gustaría referirme brevemente a este
tema.
En ciertos ambientes, se acostumbra poner de relieve - no sin cierta fruición -
todos los factores psicológicos que harían casi imposible la perseverancia en el
celibato. Se olvida lo más importante: la gracia especial que Dios da a todo el
que se le entrega, a quien confía en Él.
-
El amor infinito de Cristo permite mantener encendido el corazón y
hace posible la estabilidad emocional. La gracia penetra hasta las capas más
profundas del corazón y les da su calor, las "acrisola". La gracia conduce a la
persona hacia el radio de acción divina, la coge en su amor. "El, que llama al
alma, la llenará consigo mismo, si el alma sigue su llamada." De nosotros
espera Dios un mínimo de disposición, de abrirse siempre a su amor. Lo dice
claramente el salmista: "Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis vuestro
corazón" (Ps 94, 7-8).
En otro orden de cosas, nuestro corazón anhela dar y recibir amor humano.
Algunas corrientes espiritualistas han intentado negarlo. Tal vez esta sea la
razón por la cual, algunas personas célibes carecen de naturalidad, parecen
contraídas y consideran sus compromisos religiosos como una pesada carga.
Una
vida espiritual sana será normalmente posible cuando se vive en un ambiente
amable, cuando se mantienen buenas relaciones con los demás.
-
Creo que no debemos
tener miedo al amor humano. Si la vida afectiva se encuentra fundada en Cristo y
está empapada de su gracia (y si estamos dispuestos a luchar), entonces el amor
humano es, para nosotros, una gran ayuda en el camino hacia Dios. El amor humano
no es sólo el amor matrimonial, sino que tiene también otras formas. Para
aquellos llamados al celibato cristiano, me parece que la amistad tiene una
significación muy importante. Junto al amor de Dios, el amor de amistad hacia
una persona, especialmente si está animada por el mismo ideal, puede ayudar a
permanecer en el camino iniciado y contribuir a que se avance más rápidamente.
En la tradición cristiana, el valor de la amistad ha sido muchas veces elogiado.
San Agustín observa incluso: "Sin un amigo, nada en el mundo nos parece amable."
-
Luego de su conversión, este gran Padre de la Iglesia se sentía confirmado,
animado y alentado por sus amigos, a realizar grandes empresas. Si alguien tiene
a su lado personas a quienes quiere y en quienes tiene confianza, entonces todo
parece más fácil. Si esas personas siguen, incondicionalmente y cueste lo que
cueste, el mismo camino, si se esfuerzan por seguirlo (o por lo menos lo
entienden bien) entonces suele ocurrir que la amistad anima y no es un obstáculo
para avanzar.
La amistad es un bien muy alto que - me parece - pertenece al verdadero amor
cristiano. En una de las afirmaciones centrales del Evangelio, Cristo dice a sus
discípulos: "Os he llamado amigos" (Io 15, 15). Podemos y debemos hacer amistad
con Dios y con los hombres. Sobre esto, creo que tenemos claro que, en lo
relativo a las amistades entre hombres y mujeres, debemos ser muy prudentes y
sinceros, ante Dios y ante uno mismo.
Estar cerca de Jesucristo no significa de ninguna manera despreciar, ni
menospreciar el amor humano. Una actitud así verdaderamente endurecería el
corazón.
Por el contrario, Dietrich von Hildebrand se refiere a los efectos de
la cercanía de Cristo: "El corazón se hace incomparablemente más sensitivo y
ardiente, y queda dotado con una afectividad inaudita. Al mismo tiempo está
purificado de toda afectividad ilegítima."
-
Quien realmente ama a Dios, no
necesita tener ningún miedo a "apegarse" a las criaturas. El conocido filósofo
anglicano C. S. Lewis señala que, únicamente si amamos muy poco a Dios, existe
el peligro de que los hombres amen, por así decirlo, "al margen de Dios", con un
amor de idolatría. Lewis se refiere a aquellos que por motivos religiosos, más
bien pseudoreligiosos, intentan reprimir sus sentimientos, para evitar todo tipo
de enredos.
"Creo - señala Lewis - que los amores más ilícitos y desordenados
son menos contrarios a la voluntad de Dios que una falta de amor consentida, con
la que uno se protege a sí mismo... Es probable que sea imposible amar a un ser
humano simplemente demasiado.
-
Podemos amarlo demasiado ¡en proporción! a nuestro
amor por Dios; pero es la pequeñez de nuestro amor a Dios, no la magnitud de
nuestro amor por el hombre, lo que constituye lo desordenado." El celibato
cristiano no conduce a la soledad, al aislamiento. Cuando comprendemos bien lo
que Dios quiere de nosotros y cuando somos dóciles a su gracia, podemos amar
apasionadamente a Dios y a los hombres y nos dejamos, gustosamente, amar por
ellos.
Para terminar, quiero destacar una vez más: el celibato es un camino que lleva a
la vida plena que Cristo nos ha prometido. El celibato exige - tal como el
matrimonio - mucha vitalidad, pues requiere que la motivación original, con que
se inició la entrega personal, siga viva durante toda la vida.
Ello solamente es
posible con una auténtica vida de oración. Sólo en el diálogo con Dios mismo, se
puede comprender el verdadero sentido del celibato. Únicamente el trato con
Jesucristo puede llenar el vacío del corazón. Sólo cuando se experimenta la
cruz, el Señor puede curar nuestra naturaleza herida.
En la medida en que el hombre se entregue más a Dios, más se entregará a las
demás personas, será más capaz de amar. El celibato "por el reino de los Cielos"
- precisamente porque se funda en la negación de sí mismo, porque es una entrega
generosa - forja una personalidad con una capacidad muy grande de dar, de
brindar amistad.
El grado de su entrega y de su cariño dependen de cuán vivo sea
el amor de Dios. La cercanía a Cristo, la confianza absoluta con El, hacen de la
persona un "master" en amor, también en amor matrimonial, pues la persona
realiza, en su vida, aquello de lo que el matrimonio es sólo un símbolo: el amor
esponsal con Cristo.
Sólo una palabra antes de acabar. La más perfecta unión con Cristo no está
unida, por naturaleza, a ninguna forma de vida. Es un rasgo característico,
propio de los santos y, como tal, asequible tanto a los casados, como a los
solteros. En definitiva, lo único que importa es que cada uno descubra cuál es
su camino y lo siga fielmente, teniendo la seguridad que Dios lo ha llamado
personalmente por ese camino, desde toda la eternidad.
Jutta Burggraf
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