-----¿Cómo usar rectamente Internet?

-----Algunas reflexiones de carácter moral

 


Entrevista con Ángel Rodríguez Luño

Sacerdote. Doctor en Ciencias de la Educación y en Filosofía. Profesor ordinario de Teología Moral Fundamental. Miembro de la Pontificia Academia para la Vida y Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe.




- El uso de Internet constituye para muchas personas un instrumento habitual de trabajo. ¿Qué reflexiones de carácter moral plantea su uso?

- Depende de las diversas circunstancias. Pensemos por ejemplo en una persona de actitud moral recta que usa Internet para su trabajo o para su estudio, y que no busca contenidos inconvenientes ni pasa el tiempo “navegando” sin rumbo fijo. Si trabaja en un sistema (universidad, empresa, colegio, etc.) protegido por un proxy y un filtro (tipo Optenet, por ejemplo), el uso de Internet no debería ocasionarle ningún proble­ma moral.

Si en cambio trabaja sin protección alguna (sin proxy o sin filtro), se encontrará de vez en cuando con contenidos muy negativos (pornográficos). Es inevitable, porque los que promueven las páginas con graves inconvenientes usan muchos sistemas para que la gente acabe entrando, sin desearlo. Según las informaciones que me han proporcionado expertos en informática, utilizan diversos procedimientos.

Uno de ellos es registrar los errores más frecuentes que suelen producirse al teclear el nombre de una página muy frecuentada (por ejemplo, de un periódico, de un motor de búsqueda, etc.), de forma que al teclear la dirección equivocada se entra directamente en una página pornográfica.

Otras veces incluyen anuncios publicitarios en otras páginas, que llevan a los contenidos inmorales. También introducen en las partes más profundas del sistema operativo del ordenador programas ocultos (adware, spyware), que se reduplican continuamente, y que llevan a los contenidos negativos. Hay en fin otros procedimientos que sería complicado e innecesario explicar aquí.

Atendiendo a lo que sucede generalmente, y teniendo en cuenta la natural debilidad humana, presente también en las personas de recta orientación moral, si varias o muchas veces aparecen en la pantalla contenidos fuertemente pornográficos, alguna vez se caerá, y es fácil que si no se pone remedio eficazmente se repita la caída y se cree incluso una adicción.

Por eso existen motivos serios para afirmar en términos generales, sin prejuzgar la actitud moral del usuario, que quien trabaja con Internet habitualmente sin protección alguna, sobre todo si se trabaja durante muchas horas, se encontrará varias o muchas veces en una ocasión próxima de pecado grave, que hay grave obligación moral de evitar. Por eso se puede concluir que, para quien trabaja en esas condiciones, existe el deber moral de usar un filtro.

- Pero si una persona muy recta...

- Si; no se puede excluir el caso de una persona muy recta que trabaje sin filtro pueda no correr esos peligros, bien porque pone mucha atención en lo que hace o porque usa Internet muy poco. La experiencia de varios meses o años podría confirmar que efectivamente no los corre.

En ese caso, no es claro que exista una obligación moral de usar un filtro. Sin embargo, usarlo es una medida de prudencia muy recomendable, que evita tensiones innecesarias y que una persona recta en principio no debería despreciar, puesto que nadie puede estar seguro de no ceder ante tentaciones que se presenten de improviso.

Consideramos ahora otra posible situación. Si una persona que necesita trabajar con Internet, y no usa un filtro, hubiese cometido por ese motivo varias veces pecados graves, el arrepentimiento de esos pecados y el consiguiente propósito de la enmienda comporta poner en práctica medios concretos para que, al menos, la ocasión próxima se haga remota. Uno de esos medios es el uso de un filtro adecuado. Otros medios podrían ser trabajar en un lugar de paso o reducir al mínimo el uso de Internet.

Una situación moral análoga podría darse también en personas que trabajan con un filtro, pero que tienen una actitud moral poco firme o que, de vez en cuando, dejan la puerta abierta a claras complicidades, lo que le lleva a incurrir en comportamientos gravemente negativos. Desde el punto de vista de la moral católica esas personas tienen el deber prioritario de evitar todo daño grave para su vida cristiana, poniendo en práctica los medios necesarios para evitar el pecado.

Según los casos, tendrán que prescindir de Internet, al menos durante unos meses, si parece que la dificultad es debida a un momento particular de su vida y se presume que será pasajera; o bien recurrir a un filtro tipo ICRAplus que permita el acceso sólo a las páginas web que se sabe con certeza que necesita para su trabajo. En casos extremos se podrá plantear un cambio de trabajo.

Si la dificultad no se debiera sólo al uso de Internet, sino también a la televisión, revistas, etc., se está ante un problema más amplio, y los remedios que se han de poner son también más amplios.

Cabe señalar, por último, que a las situaciones crónicas de dificultad suelen concurrir varias causas. Suelen surgir cuando se usa Internet sin filtro, en la propia habitación, de noche, y sin una finalidad precisa. Se puede tratar de personas que están solas o que se aíslan (aunque vivan con muchas otras personas), y que usan Internet para pasar el tiempo, a veces con la actitud, al menos implícita, de buscar satisfacciones para la sensualidad.

 

- Un tema sobre el que se debate con frecuencia es el uso de Internet durante las horas de trabajo…

- Sobre este punto, resulta claro que existe una obligación de justicia de dedicar el horario previsto en el contrato laboral al propio trabajo. El uso del correo electrónico o de Internet para otras finalidades podría equipararse al uso del teléfono o a la lectura de periódicos o libros ajenos a la propia ocupación.

Evidentemente, esto admite cierta flexibilidad: no parece censurable, por ejemplo, que un empleado haga una breve llamada telefónica a su casa.


Pero en la medida en que los responsables descubran que se cometen claros abusos, tienen derecho a limitar el uso de Internet, por ejemplo instalando un filtro que consienta el acceso sólo a los lugares relacionados con el trabajo de la empresa u oficina, o bien impidiendo el acceso a las páginas web que son objeto de uso abusivo (música, fotos, videoclips, películas, etc.).

Los responsables del trabajo son los que deben valorar prudentemente la necesidad de esas medidas, que pueden resultar contraproducentes en algunos casos y mermar la confianza y el espíritu de colaboración por parte de los empleados. Pero de lo que no cabe duda es que los ordenadores y las conexiones a la red son instrumentos que la empresa pone a disposición para la realización del trabajo que los empleados están moralmente obligados a realizar en virtud del contrato laboral.

El hecho de que la empresa se niegue a proporcionar medios de distracción o de evasión del trabajo no es una indebida restricción de la libertad de los empleados.

 

- Una cuestión más delicada es la que se plantean algunos pedagogos y formadores, responsables de seminarios o de residencias de estudiantes, que desean para que las personas que viven allí se encuentren en un ambiente cristiano. ¿Deben contar los que viven en esos lugares con acceso a Internet desde cualquier lugar, en las zonas privadas?

Algunos de estos responsables dicen el comportamiento moral privado del estudiante que reside allí no es responsabilidad suya, y más cuando se trata de un adulto. Otros temen dar la impresión de no respetar la libertad y generar un ambiente de desconfianza en la residencia de estudiantes, etc.

Y no falta quien argumenta que al fin y al cabo también Dios, que ama a los hombres más que nadie, no impide el mal uso de la libertad...

- No se puede negar que en estos razonamientos hay algo de verdad. Pero también son verdaderos los peligros: siesas personas disponen de conexión a Internet en su habitación, es fácil que pierdan el tiempo “navegando”, o “chateando” con los amigos, etc. La experiencia enseña que, incluso cuando se trata de personas con una cierta formación moral, se hace un uso bastante inmoral de la red, con notable daño para los interesados.

Por otra parte, hoy es sumamente fácil y económico para los residentes conectarse a la red mediante el teléfono móvil o mediante tarjetas prepagadas. Por lo que es siempre más clara la importancia de la formación y de las actitudes morales del usuario

Sin embargo, conviene centrar bien la cuestión: no se discute el uso que pueden hacer los adultos de su libertad, sino el tipo de servicio que ofrece una determinada institución educativa.

Es razonable que, del mismo modo que se procura dar a esos estudiantes una alimen­tación sana o un lugar de trabajo adecuado, se les ayude a vivir unos criterios de calidad en el servicio de Internet que se ofrece.

Por eso, la recta conciencia exige a los responsables de este tipo de instituciones colocar una unidad central con un proxy (que también protege de los virus y de los piratas informáticos) y un filtro entre la entrada de la línea y los puntos en los que los estudiantes, residentes, etc., se conectan personalmente.

Según la circunstancias (tipo de residentes, etc.) se podrá valorar la posibilidad de emplear otro tipo de soluciones, por ejemplo, que se disponga una sala de ordenadores cómoda y bien instalada, y que sólo en ella haya conexiones a la red. Para ciertos trabajos, que requieren el uso simultáneo de muchos libros o de otro material de consulta, esta solución puede presentar notables inconvenientes.

A mi modo de ver conviene evitar restricciones innecesarias. El uso de un proxy y de un filtro puede ser una garantía suficiente. A veces quizá no lo será. Es una cuestión sobre la que hay que llegar a un juicio prudencial, teniendo en cuenta todas las circunstancias, así como los costos de ciertas medidas en términos de ambiente de confianza y de libertad.

Lo que estoy diciendo no supone un juicio sobre las intenciones de los usuarios ni es una limitación de su libertad, sino una concepción de los servicios que una institución pone a disposición. Se les ofrece un instrumento de trabajo, de información, de descanso, etc., pero no un acceso a determinadas páginas inmorales, que se contraponen a los fines específicos de esa institución educativa.

Una persona que viva en una de estas residencias podría quejarse razonablemente por la falta de luz, de agua, de condiciones materiales mínimas, pero no porque los responsables de esa institución educativa no le proporcionen acceso a páginas de carácter inmoral.

En todo caso, no conviene perder de vista lo esencial: lo decisivo no son las medidas técnicas, sino ayudar a cada persona para que adquiera las virtudes necesarias para usar rectamente Internet.