Los padres y la vocación de los hijos

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La edad del hombre

La edad. ¿Cuál es la edad de un hombre? Los calendarios, los relojes, las arrugas, las burbujas del champagne de cada Nochevieja tejen cronologías extrañas que no coinciden con las fechas del alma.

Hay hombres eternamente niños. Otros, perpetuos adolescentes. Muchos no llegan nunca a la madurez. Hay a quienes les sorprende la vejez embriagados todavía en el vértigo de la frivolidad: tratan entonces de apurar la vida a grandes sorbos, a la búsqueda de lo que ya no volverán nunca a ser.

Unos alcanzan ese equilibrio llamado madurez en cada una de las épocas de su vida: ¡qué magnífica la madurez de un niño plenamente niño! Otros no lo logran nunca, y producen ese ahogo de los retratos velazqueños en los que aparecen los niños de la corte, envarados, rígidos y erguidos, casi asfixiados sus gargantillas estrechas, por las exigencias de la etiqueta.

Por el contrario, qué espléndida la niñez, o la adolescencia, si se sabe ser, no un niño ni un adulto prematuro, sino un adolescente; es decir, un joven que sabe vivir su juventud intuida con la mirada abierta hacia el futuro. Qué plenitud se da en la vejez cuando es quintaesencia de vida acumulada, consumación del ideal, culminación de una vida fecunda.

Si cada uno es responsable de su rostro a los cuarenta años, los rostros de los santos dan un formidable testimonio de sí mismos Sus ojos, sus gestos, revelan una sorprendente, casi indestructible, juventud interior. Demuestran que la edad verdadera de un hombre es la edad de su amor y de su generosidad. Y que el calendario definitivo no es el que marca los días hacia la muerte, sino el que señala el camino hacia Dios.

Por eso, cuando Dios llama, qué importa la edad. Dios llama siempre en la hora perfecta del amor. El primer barrunto suele experimentarse en la niñez, pero no siempre es así: Alfonso de Ligorio se decidió a los veintisiete, después de años de brillante ejercicio profesional en el foro; Agustín se bautizó a los treinta y tres, después de una vida azarosa; Juan de Dios cambió de vida a los cuarenta y dos años, tras una existencia aventurera que le había puesto en una ocasión al pie de la horca.

No existe una "edad perfecta. Dios llama cuando quiere y como quiere. El Espíritu Santo, señala Berglar, no parece demasiado preocupado por la partida de nacimiento. Por eso, nunca es demasiado tarde para corresponder a su llamada: vivir es siempre estar a tiempo para la entrega, porque para Él no hay tiempo.

El amor suele llegar en la juventud, y Dios, que es Amor, suele llamar en esa edad. La Virgen era una adolescente -¿catorce, quince, dieciséis años?- y José debía de ser joven, por mucho que hayan intentado envejecerlo pintores y escultores con el devoto pretexto de guardar la pureza de María. Como si la juventud no supiese vivir limpiamente, y no tuviésemos suficientes ejemplos de la lubricidad de algunos ancianos.

¿Y Juan? El único apóstol que acompañó al Señor al pie de la cruz era un adolescente. El resto de los apóstoles rebosaba juventud: rondaban todos la edad del Señor: treinta años. La iconografía los pinta solemnes y barbados, casi siempre ancianos. Pero la realidad fue distinta: los acompañantes de Jesús por los caminos de Palestina estaban en la plenitud de la vida: la mayoría acababa de estrenar su juventud. La lectura del Evangelio deja el sabor inconfundible de ardor, prisa y vibración de los jóvenes.

Por eso, no se entiende demasiado esa resistencia a la entrega de los jóvenes que se aprecia en algunos ambientes, por considerarlos perpetuos inmaduros. "Os escribo a vosotros, jóvenes -escribe el apóstol Juan en el atardecer de su vida-, porque sois fuertes". Esa resistencia -resistencia de los padres a entregarse ellos mismos, resistencia ante la entrega de sus hijos, resistencia a entregar sus hijos a Dios-, como otros rasgos de la sociedad actual, resulta paradójica.

Uno de los grandes problemas de la sociedad contemporánea es la delincuencia juvenil. Las bandas terroristas están compuestas también en su mayoría por jóvenes. El negocio de la droga y del sexo cuenta con ellos como una importante fuente de ingresos. La prensa recoge con dolorosa frecuencia noticias en este sentido. En algunos países se da el triste espectáculo de madres-niñas y de jóvenes que viven solos a los quince años, frutos del divorcio, de familias desestructuradas unas veces, etc. Y sin embargo, en muchos de esos países se ha creado un fuerte flujo de opinión negativa que considera que la edad en la que algunos programas oficiales estimulan (directa o indirectamente) a las relaciones sexuales prematrimoniales, es, paradójicamente, una edad en la que se encuentran "psicológicamente inmaduros para la entrega".

Quizá esa actitud encuentre su explicación, en parte, en algunos condicionantes de nuestra sociedad contemporánea. El menor número de hijos de tantas familias lleva en ocasiones a la sobreprotección de "la parejita", que conduce, de la mano del egoísmo que ha hecho limitar tantos nacimientos, al egoísmo de considerar que la vida entera de los hijos debe ser para sus padres. Si Dios pide esos hijos para Él, nacen a veces unos celos sorprendentes: celos de Dios, porque les arrebata... lo que es suyo.

Otro factor puede encontrarse en el envejecimiento general del mundo contemporáneo, que propicia una mentalidad de seguridad, de temor al fracaso –causa de tantas enfermedades- y de huida del riesgo. Ese "pasotismo" que caracteriza a cierta juventud parece la asunción cómoda y acrítica de los valores materialistas de la sociedad de consumo que han construido los adultos: se pasa de entrega, se pasa de generosidad, se pasa de sacrificio -se pasa de Dios, en definitiva-, aunque no se puede pasar sin determinados medios superfluos.

Pero la causa definitiva no es de orden sociológico ni coyuntural: se libra en el corazón de cada persona. Hoy como ayer, Dios llama a la puerta del corazón del hombre, le pide que le siga; le convoca al amor. Y las respuestas hoy, igual que ayer, dependen de cada hombre. Y se siguen formulando del mismo modo.

Hace muchos siglos -en el año 626 antes de Cristo- Dios llamó a un adolescente diciéndole: "antes de que te formara en el vientre te reconocí y antes de que salieras del seno te consagré" (Jer 1, 5). Pero estas palabras no le parecieron razón suficiente, como hoy no le parecen razón suficiente a determinados jóvenes. Y protestó, con una excusa muy habitual en nuestros días: "¡Ah, 'Adonay Yahveh, no sé hablar, pues soy un muchachito".

Pretendía escudarse en su juventud. Pero Dios no atiende a esos razonamientos puramente humanos. "Y díjome Yahveh -cuenta Jeremías-: no digas 'soy un muchacho'; pues a todos a quienes yo te enviare has de ir y todo lo que te ordene hablarás. No los temas, porque contigo estoy Yo para librarte" (Jer, 1, 6-8).

La Iglesia, fiel a los requerimientos divinos, ha bendecido la entrega a Dios en la juventud: una entrega que le ha dado tantos santos. "Bienaventurados los que se entregan a Dios para siempre en la juventud", escribió don Bosco pocos días antes de su muerte.

Entre los santos de la Iglesia católica hay personas detodos los estados, profesiones, temperamentos y culturas. Madres de familia, artistas, campesinos, juristas, religiosos, aventureros, reyes, mendigos, estadistas, obreros, sacerdotes… La mayoría de ellos se entregaron jóvenes. Basta repasar el santoral para ver cómo la Iglesia Católica rezuma alegría de juventud. No sólo no teme a la juventud, sino que la venera en sus altares y aprende de ella y de su heroísmo: la mayoría de los veintidós mártires de Uganda oscilaban entre los quince y los veintidós años. Tarsicio, Luis Gonzaga, Domingo Savio, Teresa de Lisieux, Bernadette, María Goretti... murieron en la adolescencia, o en plena juventud. Y en nuestro tiempo se sigue beatificando a jóvenes, y muchos de ellos laicos, como una campesina polaca, Carolina Kózka; un joven francés, Marcel Callo, o dos campesinas italianas: Pierina Morosini y Antonia Mesina.

Sorprende por eso que se ponga como excusa para no entregarse a Dios... ¡que se es joven! La juventud es la época del amor. Cualquier tiempo es bueno para la entrega, pero esa es la edad privilegiada. Se lee en Camino de san Josemaría Escrivá: "Me has hecho reír con tu oración impaciente. -Le decías: 'no quiero hacerme viejo, Jesús... ¡Es mucho esperar para verte! Entonces, quizá no tenga el corazón en carne viva, como lo tengo ahora. Viejo, me parece tarde. Ahora, mi unión sería más gallarda, porque te quiero con Amor de doncel'" (n. 111).

También en esto, los caminos del Señor son distintos de los nuestros. Cuando el Señor le dice a Samuel que busque al futuro rey de Israel entre los hijos de Jesé, éste actúa a lo humano: dejándose llevar por las apariencias. Y pensó que el más adecuado de entre todos sus hijos sería Elíab, el mayor. Pero el Señor le hizo ver a Samuel: "No mires a su buena presencia, ni a su grande estatura, pues no es ése el que he escogido".

Después de Elíab, Jesé pensó en el siguiente, Abinadab. Pero "tampoco a éste ha elegido Yahveh". Y así, cuenta la Escritura, fue haciendo pasar Jesé sus siete hijos delante de Samuel, pero Samuel le dijo: "No ha elegido Yahveh a ninguno de éstos". "¿No tienes ya más hijos?", le pregunta. Sí, Jesé, tenía un hijo más, el pequeño, en el que ni siquiera había pensado porqueera demasiadojoven: "Aún tengo otro pequeño -contesta Jesé- que está apacentando las ovejas. Lo llamaron. Era rubio y de buena presencia. "Úngele -dijo el Señor- porque ése es" (I Sam 16, 17).

Hablábamos antes de los jóvenes que han elegido el pasotismo como norma de su existencia. Pero hay otros que se rebelan contra esta manipulación publicitaria en la que se les presenta idóneos para el erotismo y la imbecilidad en todas sus formas e incapacitados mentales para los ideales altos.

Hace unos años un personaje norteamericano abordó a un joven al que veía todos los días tumbado tranquilamente en el césped. Le preguntó:

-¿Y tú no haces nada?

-¿Y qué podría hacer? -preguntó el joven, que seguía tumbado.

- Estudiar, por ejemplo.

-¿Para qué?

-Para sacarte un título y trabajar.

-¿Y eso para qué?

-Para ganar dinero.

-¿Para qué?

-Para comprarte una casa, un coche... ¡tantas cosas!

-¿Para qué?

-Para disfrutar en tu vejez y descansar a gusto.

-¡Pues eso es lo que estoy haciendo!

Muchos jóvenes –que se resisten a quedarse tumbados en el césped- ponen en tela de juicio la escala de valores, puramente materialista, que han recibido en el ámbito familiar y que no les proporciona motivaciones suficientes para levantarse, vivir y luchar. La sociedad no les ofrece, con frecuencia, más que un conformismo con la ideología dominante y lo políticamente correcto; y un seguimiento sumiso de la moda y los dictados del medio social y tantas veces apartado de Dios.¿Puede extrañar que tantos jóvenes se rebelen contra esa existencia sin sentido, materialista, abúlica y estéril?

 


 

El "tono adolescente" y la gran rebeldía


Nunca como ahora se ha hablado tanto de la juventud; pero en gran medida son reflexiones de adultos, porque la juventud por sí misma tiende más a la acción que a la reflexión. El "tono adolescente y juvenil" de ciertas modas actuales -ropa, películas, gustos, expresiones-, lleva a veces a personas de edad a vestir como si tuvieran unos eternos diecisiete años. Ese "tono adolescente" generalizado es meramente formal: el mensaje materialista de esta sociedad, envuelto en ese celofán rutilante de "divertidos tonos juveniles", hace tiempo que está podrido.

Frente a esta mentalidad acomodaticia se alza la verdadera rebeldía de la juventud: "¿por qué dudar -se preguntaba Berglar- de que así como hay jóvenes que son capaces de llevar una vida de pecado, de prostitución, de extorsión o de violencia, haya otros que también son capaces de todo lo contrario, es decir, de amar a Dios, de entregarse, de vivir la pureza? No me cabe en la cabeza por qué los jóvenes, en la adolescencia, lo quieran los padres o no, han de tener derecho (por lo menos en Alemania) a dejar de asistir a las clases de Religión y no hayan de tener la posibilidad de decidirse por servir a Cristo y a su Iglesia. Esta época, la adolescencia, no es un dato arbitrario: la Iglesia sabe, por larga experiencia, que, por lo general, un cristiano adolescente es capaz de reconocer el modo y la esencia de una vocación divina y de seguirla".

La respuesta a la llamada de Dios es la gran rebeldía: rebeldía ante el pecado, ante el aburguesamiento, ante la tibieza, ante la falta de ideal. Esa llamada acontece con frecuencia no sólo en la juventud, sino antes, en la niñez, aunque sólo pueda llevarse a cabo años más tarde, conforme a las prudentes prescripciones canónicas de la Iglesia. Un escritor contemporáneo, Luis Rosales, refiere en un largo texto una llamada de Dios a los doce años:

"Así era ella. Se llamaba María para jugar y entretenerse en algo y era la más pequeña de nosotros. Doce años bien cumplidos, pelicastaños, joviales (...).

Jugaba siempre a tener alegría, a no dejar cosas por hacer, a vivir en mañana de fiesta, y a tener providencia de nosotros para que no nos abandonáramos demasiado a ser hombres. Tenía los ojos justos para ver: ni demasiado grandes ni demasiado chicos; la estatura, mediana; la frente, comba y salediza; los movimientos, desenvueltos e imprevisibles entre el cañaveral de alegría.

-Mira, Luis, hazme caso. Te digo que tengo vocación y que voy a aprender a tocar el piano para ser la organista del convento. Tener primos, ya lo sabéis, es una maravilla. Mientras hablaba, recuerdo que jugábamos con las columnas y los primos en el patio de casa. Aunque reía para nosotros, estaba disgustada porque a mí aquello del piano me pareció decisión para nunca. No sé lo que le dije; probablemente alguna tontería cuando no la recuerdo. Y ella siguió viviendo sus doce años como jugando al escondite con ellos; pero por las mañanas, durante varias horas, se iba quedando quieta y monja, sentada ante el piano y haciendo música celestial. Al principio, naturalmente, no consiguió que nadie tomara en serio su vocación. Todos culpábamos de aquel repente a sus amigas, que eran mayores, agrandadas, intransitables, y miraban al mundo parpadeando, como si todavía tuvieran en los ojos alumbrado de gas. Nos decíamos, para quitarle importancia al asunto, que ellas debían haberla sonsacado, pero a sabiendas de que María no era fácil de sonsacar. Y así pasaron varios años.

Lo que más nos extrañaba al observarla, al conversar con ella, era advertir que no había habido ni el más ligero cambio en su carácter. Al contrario, la alegría se le fue haciendo más inmediata e irrestañable. Le nacía de más hondo: esto era todo. Sus ademanes y sus juicios seguían teniendo aquel desplante y aquella impávida terquedad de siempre. Dulce también lo era, pero al hablar nos miraba con tanto aplomo y decisión que parecía subirse en una silla para ponernos los ojos en hora. Hablaba sin malicia, sin tapujos y sin ingenuidad, diciendo siempre lo que pensaba, porque no hay nada verdadero en la vida que no sea compatible con la inocencia. Como toda persona buena, era un poco indiscreta y las hormigas se la llevaban en volandas. Se interesaba por todo, y a pesar de su dejo burlón la confidencia era con ella tan inmediata e indeclinable como caer cuando has perdido el equilibrio. A fuerza de quererla llegué a saber que la tristeza no es cristiana (...).

-Pero vamos a ver, María, ¿cómo estás tan segura, a tu edad, de tener vocación religiosa? Recuerdo el patio familiar, los cenadores de azulejo, el pino magistrado, las macetas de hiedra, el toldo y el sombrío. Recuerdo la hora justa. Recuerdo que me miraba entre risueña y dolorosa, con el cuerpo algo inclinado hacia adelante, como el que está esperando la llegada del tren (...).

-Mira, Luis, la edad no tiene nada que ver con estas cosas. Yo veo mi vida entera ya en un mismo camino. Ahora, hablando contigo, la estoy viendo seguida. No puedo equivocarme. Y no se

equivocó. La vocación no se equivoca. Desde entonces todos los años que ha vivido se le reunieron en la luz de una mañana. Recuerdo la hora justa. Recuerdo que, aun sabiendo que la perdíamos para siempre, no me dolieron sus palabras. Comencé a comprenderlas, a vivirlas, a habitar dentro de ellas. Desde aquel día ambos tenemos la misma edad: Hemos cumplido los mismos años de estar solos. Ahora comprendo que a ella le debo la certidumbre de mi vocación: la certidumbre de estar pisando todavía sobre el último grano de arena que se ha quedado solo frente al mar, la certidumbre de seguir siendo el mismo hombre y de volver a prometernos -¿verdad, María?- que, ocurra lo que ocurra, los dos seremos fieles a nuestra vocación".

Esta larga cita revela una experiencia multisecular de la Iglesia: la respuesta a la llamada manifiesta la madurez de la persona entregada, que se expresa conforme a las características psicológicas propias de la edad. Por eso, no hay que contraponer estas manifestaciones frente a la entrega o la santidad. La madre de Jacinta y Francisco declaraba que sus hijos eran niños normales: "niños muy niños". Sus hagiógrafos los presentan rezando a la Virgen y mortificándose por los pecadores, cantando casi sin parar, bailando, correteando y jugando, como todos los niños.

Los santos jóvenes fueron santos porque supieron vivir plenamente cara a Dios su juventud. Sabían que un santo triste es un triste santo y amaron heroicamente a Dios sin dejar de ser lo que eran: niños, jóvenes, con toda la alegría de su edad: ¿por qué no? Los padres de una chica española del Opus Dei, fallecida con fama de santidad, Montse Grases, evocaban en TVE la figura su hija y recordaban que había sido "de pequeña, muy revoltosa. Era una niña muy niña". Su madre contaba cómo luego se convirtió en una joven "clara, transparente, sencilla y sin doblez". Su padre corroboraba: "era una chica normal, con mucha serenidad". Y sus amigas la recuerdan siempre sonriente, tocando la guitarra, jugando al baloncesto, haciendo excursiones con sus amigas: "muy deportista, muy vitalista".

La mayoría de los santos jóvenes no fueron "jóvenes raros" sino jóvenes extraordinarios en lo ordinario. "Era tan normal -comentaba una amiga de Montserrat Grases- que cuando empezaron a pedir testigos de su vida, pensaba que no tenía nada extraordinario que declarar. Luego, con el transcurso de los años, la vida, la madurez, incluso la profesión -porque soy enfermera y trabajo en un centro médico-, me han hecho comprender que su normalidad era realmente extraordinaria. Porque que reaccionara así, en aquella adolescencia, una persona que sabía que tenía un cáncer de huesos, que tenía vida para poco tiempo... sin pensar en sí misma, preocupándose igualmente de los demás, sin cambiar de humor... Ha sido luego cuando he valorado realmente lo extraordinario de su comportamiento".

Estos ejemplos nos muestran que los jóvenes santos vivieron la plenitud del Amor de Dios en la plenitud de su propia edad; y se cumplieron en ellos las palabras de la Escritura: super senes intelexi;entendieron a Dios mejor que los ancianos.

Por esa razón alentaba Juan Pablo II a un grupo numeroso de jóvenes: "¡No tengáis miedo de vuestra juventud! ¡No tengáis miedo de correr el riesgo de la libertad! ¡No ahoguéis los generosos impulsos del mor que os pide que hagáis, de vuestra vida, un servicio a los demás!”

El ideal cristiano de entrega desconcierta a ciertos sectores contemporáneos. Los jóvenes que se entregan a Dios no están demasiado bien vistos. No es nada nuevo: Carlos Borromeo comentaba que "no conviene desanimarse por habladurías de gentes que siempre tienen en la cabeza imaginaciones nuevas. Basta obrar rectamente en todo y luego que cada cual diga lo que quiera". (Aunque a veces, no todo se queda en palabras: uno de sus detractores le disparó a quemarropa con un arcabuz mientras rezaba, afortunadamente sin consecuencias mortales. También a don Bosco, que opinaba de forma parecida, le dispararon, intentaron acuchillarle; y recurrieron al veneno; más tarde trataron de matarle a palos... Y estos casos no fueron los únicos).

En la vida de san Francisco de Sales, como en la de la mayoría de los santos, hay un largo capítulo dedicado a las difamaciones e injurias. Desgraciadamente, muchas de las insidias que sufrieron provenían de personas que habían abandonado la vocación. San Franciscode Sales había logrado convertir de su mala vida a una talBellot, que tras pasar una temporada en el convento de la Visitación, regido por santa Juana de Chantal, volvió a sus andanzas y se convirtió en la amante de un señor de la corte del Duque de Nemours. El escándalo alcanzó dimensiones colosales. San Francisco intentó hacerla cambiar, al principio privadamente; pero luego no tuvo más remedio que hablar del escándalo desde el púlpito.

La reacción no se hizo esperar: el amante de la Bellot, despechado, falsificó la letra del santoy puso en circulación -mediante una trama de engaños- una carta falsa, supuestamente dirigida a esa mujer, que leyó toda la ciudad haciéndose cruces. Las calumnias y las habladurías fueron en aumento y un día apareció un cartel sobre la puerta del convento que decía: "serrallo del Obispo de Ginebra".

Un amigo, indignado por todo aquello, quiso batirse en duelo con el que había escrito aquellas falsedades. San Francisco se lo impidió: "tenía por principio –escribe su biógrafo- que en las calumnias es bueno justificarse, porque se debe este homenaje a la verdad, pero que si la acusación se sostiene hay que oponer la indiferencia y el silencio". Así que le dijo a su amigo que él no era el autor de aquella carta y se quedó tan tranquilo. Juana de Chantal, de carácter fogoso y vehemente, no comprendía aquella tranquilidad; quería denunciar a los falsificadores y llevarlos hasta los tribunales.

El santo la calmó. Había que rezar por ellos y perdonarles. Un día se encontró con el autor del cartel y le dijo: "Vos me queréis mal y procuráis por todos los medios ennegrecer mi reputación; no hace falta que me deis excusas, porque lo sé muy bien y estoy seguro de ello. De todos modos, ya lo veis, si me hubierais arrancado un ojo, yo no dejaría de miraros amorosamente con el otro".

Historias semejantes podrían contarse de Tomás Moro, Pedro Claver, del Cura de Ars o Teresa de Ávila . Realmente, no ha habido santo libre de murmuraciones, trapisondas y enredos. Y no han sido sólo cosa de los comienzos de la Iglesia o frutos pasajeros de un momento. La murmuración se ha ensañado con almas de reconocida santidad. Un mediodía caluroso la chusma de Roma contempló un espectáculo inesperado: dos soldados conducían a un pobre anciano de ochenta y seis años a lo largo de la calle Bianchi, hacia las prisiones del Santo Oficio. Le habían detenido de repente, al mediodía, sin darle tiempo a ponerse el sombrero. Andaba incierto, encorvado y tambaleante. Se llamaba José de Calasanz.

El despecho murmurador llegó en el siglo diecinueve hasta Ars, una aldea miserable, donde un humilde párroco conmovía a toda Francia con su amor a Dios. "Durante este tiempo -escribía- vivía esperando que de un momento a otro me arrojarían a palos de casa para encerrarme en un calabozo".

¿Causas de la murmuración? ¿La envidia? ¿El despecho? Es imposible descubrir la clave de la pasión oscura que late bajo la ciénaga del mal. Pero siempre procede del mismo modo: insinuaciones viscosas, sospechas infundadas, acusaciones contra los que se entregan a Dios. Murmuraciones de ese tipo llegaron hasta la corte de Isabel II. Se cuchicheaba en todos los corros palaciegos: "¿no sabes? la de Jorbalán, la mismísima vizcondesa de Jorbalán se ha vuelto loca: se dedica a reeducar mujeres de mala vida". Y no faltaban las suposiciones maliciosas: ¿y no será que en vez de reeducarlas lo que hace es...?"

Hasta que una persona prudente, un marqués amigo de la vizcondesa de Jorbalán –santa Micaela- se la encontró en la antesala de un ministerio, y empezó a gritarle: "Pero, ¿es posible que haya perdido usted la cabeza hasta ese punto? Déjese de tonterías, vuélvase a los suyos, que están desconsolados con sus locuras y no le busque Vd. cinco pies al gato..." Afortunadamente, la santa no le hizo demasiado caso.

Esas murmuraciones contra las almas entregadas a Dios no parecen descansar nunca, ni arredrarse ante la santidad más floreciente: con motivo del centenario de la muerte de san Juan Bosco, algún articulista italiano intentó derramar sobre su vida santa, que tantos frutos ha dado a la Iglesia, las sospechas más torpes y las calumnias más bajas. Y esto mismo le pasó en vida a santa Teresa –a la que acusaron de todo durante sus andanzas por Castilla- y le ha seguido pasando en estas últimas décadas, cuando ciertos "analistas" la han querido presentar como una neurótica y... ¿para qué seguir?


 

¿Jóvenes captados?

 

Esas murmuraciones recurren con frecuencia a lugares comunes y uno de ellos es que la Iglesia o sus instituciones "captan jóvenes". Estas acusaciones se oyeron ya en los albores del Cristianismo contra los primeros cristianos, a los que se acusaba de pertenecer a una secta que atentaba contra los intereses del Estado. Las Actas de los Mártires recogen testimonios emocionantes de la fidelidad de esos jóvenes y de esos niños. Entre los mártires de Lyon sobresalen una joven, Blandina, que soportó horribles tormentos y un chico de quince años, Póntice.

Y como estos hay muchos otros. En la persecución de Septimio Severo murieron tres jóvenes, Saturo, Saturnino y Revocato.

-"No te obstines, joven, sacrifica", increpaba el Magistrado a Saturo.

-No lo haré.

-Y tú, muchacho -decía dirigiéndose a Saturnino-, sacrifica si quieres vivir.

-No me está permitido: soy cristiano.

-Tú -dijo entonces a Revocato-, veo que me vas a decir lo mismo.

-Lo mismo -respondió- por el amor de Dios"

El gobernador que interrogaba a Andrónico, un joven "de las mejores familias de Éfeso", que murió mártir durante la persecución de Diocleciano, intentó covencerle de mil maneras, pero todo fue vano. Al fin estalló:

-Tu juventud cree que podrá desafiarme; pero te prevengo que te esperan grandes tormentos.

-Te parezco joven en años -contestó Andrónico- pero mi alma está madura y dispuesta a todo."

Acusaciones similares se han seguido escuchando a lo largo de la historia: "En los siglos pasados -declaraba el Cardenal Hoeffner- se atacó duramente a los jesuitas, prácticamente con las mismas armas que se emplean ahora contra el Opus Dei. Como ejemplo, puedo citar algunas acusaciones publicadas por H. Meurer en 1881 que dicen "que los niños y jóvenes son 'amaestrados' en las instituciones educativas de los jesuitas; que los Estatutos 'mantenidos secretos inicialmente' de la Compañía de Jesús exigen una obediencia ciega... Y se pregunta: '¿Cómo es posible que la Compañía de Jesús encuentre el número suficiente de novicios, que estén dispuestos a someterse a denigraciones de ese tipo...?'"

Sin embargo, a pesar de su virulencia, todos estos juegos de artificio de la denigración suelen tener escaso eco entre la juventud. Los jóvenes entienden que si no experimentan algún ataque, si no vencen alguna dificultad en su entrega, si no sufren la calumnia, aquello no puede ser de Dios, que había dicho: "Como a mí me han perseguido, así también os perseguirán a vosotros" (Jn 15, 20).

La respuesta, cuando se les propone un ideal alto, aunque sea duro y exigente, es generosa. La beata Teresa de Calcuta hablaba así de la vocación a sus jóvenes monjas, a las que pedía un régimen de vida muy sacrificado y generoso: "Jesús dijo: te he elegido, te he llamado por tu nombre. Eres mía. Es preciso decir sí cada día. Entregarse totalmente. Estar donde El quiera que estés.

”Si te arrojan a la calle, si te quitan todo y de repente te encuentras en la calle, has de aceptar tu situación en ese momento. No debes ir voluntariamente a la calle, sino aceptar que te pongan allí: es muy distinto. Si Dios quiere que estés en un palacio, bien: has de aceptar el hecho de estar en un palacio, mientras no elijas estar en el palacio: ésa es la diferencia. Esa es la gran diferencia: la sumisión total: aceptar lo que El quiera dar y lo que El quiera llevarse con una gran sonrisa.

”Esa es la entrega a Dios: aceptar que te corten en trocitos y que cada trocito le siga perteneciendo únicamente a El. Esa es la entrega: aceptar a la gente que venga a ti y el trabajo que te surja hacer. Puede que hoy comas bien y mañana no tengas qué comer. No hay agua en la bomba y lo aceptamos. Hay que dar todo lo que El nos pida.

”Si se lleva tu buen nombre, tu salud, lo que quiera, : ésa es la entrega. Y entonces serás libre".


 

La entrega de un hijo a Dios es un regalo para los padres

Los padres suelen ser protagonistas decisivos de la respuesta a la llamada de sus hijos.




1887. Una chica joven, algo nerviosa, pero decidida, en el solemne despacho del Obispo de la diócesis. Lleva un vestido claro y un sombrero blanco. Para aparentar más edad, se ha peinado con un moño alto, que contrasta, en su severidad, con su rostro joven de quince años. Le acompaña su padre, un hombre de porte grave, vestido según los cánones de la pequeña burguesía francesa de fin de siglo. Entra el Obispo. Lo saludan reverentemente, y tras las obligadas presentaciones y cumplidos, el padre expone su petición: quiere una dispensa para que su hija pueda entrar en el Carmelo antes de la edad.

"¿Lo deseas desde hace mucho tiempo?" -pregunta el Obispo. La chica, semihundida en un inmenso sillón del despacho, contesta vivamente: "¡Sí, Monseñor, hace mucho tiempo! "Pero vamos a ver -dice sonriendo-, no irás a decir que hace quince años que tienes ese deseo..." "Desde luego -contesta- pero no hay que quitar muchos años, porque deseé hacerme religiosa desde el primer despertar de la razón...".

Sigue el forcejeo, angustioso para la joven, que juega nerviosamente con su sombrero blanco entre las manos. Años más tarde escribirá en su autobiografía que el Obispo, "creyendo agradar a papá, trató de hacerme permanecer todavía unos años cerca de él. Por eso, no quedó poco sorprendido y edificado al verle abogar por mí, intercediendo para que yo obtuviera el permiso de volar a los quince años". A la salida comentó el secretario asombrado: "¡Un padre tan impaciente por entregar a su hija a Dios como ésta por ofrecerse ella misma!"

Todavía hoy se produce en numerosos ambientes el asombro del secretario del Obispo ante la actitud de hombres como Luís Martin, padre de Teresa de Lisieux. Sin embargo, ésa la actitud habitual entre los padres cristianos. Y resulta comprensible. Cada llamada es un don, un regalo de Dios, una razón de agradecimiento y un orgullo para los padres que han contribuido con su desvelo de años a que esa llamada germine y crezca.

"No es un sacrificio, para los padres -se lee en el punto 18 de Forja, que Dios les pida sus hijos; ni, para los que llama el Señor, es un sacrificio seguirle. Es, por el contrario, un honor inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad"

En su viaje a Irlanda Juan Pablo II recordaba a los padres que debían seguir pidiendo al Señor este privilegio: "Vuestro primer deber y vuestro mayor privilegio como padres -decía el Papa- es el de transmitir a vuestros hijos la fe que vosotros recibisteis de vuestros padres. El hogar debería ser la primera escuela de religión, así como la primera escuela de oración. La gran influencia espiritual de Irlanda en la historia del mundo se debió en gran parte a la religión de los hogares de Irlanda, porque aquí es donde comienza la evangelización, aquí es donde se nutren las vocaciones. Dirijo por tanto un llamamiento a los padres irlandeses para que continúen fomentando vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa en sus hogares, entre sus hijos e hijas. A lo largo de muchas generaciones, el mayor deseo de un padre irlandés era el de tener un hijo sacerdote o una hija consagrada a Dios. Que continúe siendo éste vuestro deseo y vuestra plegaria",

Cuando los padres entienden que cada llamada es un privilegio, una prueba de confianza y de amor del Señor con esa persona y con su familia, aceptan con alegría, aunque les cueste tanto humanamente, esa nueva misión: la de ayudar a su hijos, mientras están en la tierra, a corresponder a su vocación y a perseverar en ella. Porque en un sentido amplio, la llamada de sus hijos también les compromete a ellos: Dios les llama a ser padres de un alma entregada a Dios.

Por esa razón, en gran medida, los hijos deben la vocación a sus padres: "El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara –escribe Teresa de Ávila- si yo no fuera tan ruin, con lo que el Señor me favoreció para ser buena"

 

Hijos para el cielo

A lo largo de la historia de la Iglesia se han sucedido ejemplos de padres cristianos que han ayudado a recorrer con su abnegación personal, los primeros pasos de la entrega de sus hijos. Son hombres y mujeres que han entendido con profundidad la grandeza de su misión: tener hijos para el cielo. Su paternidad se ha abierto hacia horizontes insospechados y han buscado "lo mejor para Dios", lo mejor para sus hijos, aunque fuese lo más duro para ellosy tuviera que estar amasado con su sacrificio personal. La actitud de la madre de los apóstoles Santiago y Juan constituye su mejor ejemplo: "dispón -pide al Señor- que estos dos hijos míos tengan asiento en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda". Jesucristo no rechaza esa audacia de madre, nacida del amor: sólo le aclara que eso lo concede su Padre celestial.

No hay que remontarse a la madre de los Macabeos, ni a los primeros siglos del cristianismo, cuando la entereza con que los padres cristianos afrontaban el martirio era el mayor acicate para sus hijos: los testimonios de padres que han preparado con generosidad la entrega de sus hijos recorren todo el arco de la historia, en la que se suceden testimonios emocionantes de desprendimiento y generosidad. Te aseguro -escribía Tomás Moro a su hija Margarita- que antes que por descuido mío se echen a perder mis hijos, capaz soy de gastar toda mi fortuna y despedirme de negocios y ocupaciones para dedicarme por entero a vosotros..."

Esta realidad se observa de modo especialmente patente en la vida de los santos. La historia presenta una galería magnífica -y desconocida- de padres de santos, que con su ejemplo y su entrega silenciosa en favor de sus hijos hicieron, sin saberlo, un servicio inconmensurable a la Iglesia universal.

Sus figuras permanecen humildemente y eficazmente detrás en las biografías de sus hijos. Pero ninguno de ellos protestaría por esto: su vida fue, en gran medida, la vida de sus hijos; su vivir fue des-vivirse por ellos: vivir para Dios y para ellos; la gloria de sus hijos es su mejor gloria. En la actualidad, la luminaria de santidad de la vida de los santos nos deslumbra y casi nos impide ver a sus padres: pero fueron ellos en multitud de ocasiones los que cuidaron que esa luz, encendida en el alma de sus hijos por el Espíritu Santo, no se apagara.

Resulta difícil elegir un ejemplo sobresaliente entre todos ellos. Hay emperatrices, reinas y madres de reyes, como Blanca de Castilla, madre de san Luís, Rey de Francia, o su hermana Berenguela, madre de Fernando III el Santo. Y también humildes padres de familia que no llegaron a conocer en la tierra la gloria de sus hijos, como aquel pobre alguacil de Riese, un pueblecito del Norte de Italia, Juan Bautista Sarto.

Juan Bautista vivía de lo que podía: de su trabajo en el Ayuntamiento -75 céntimos al día-, de los frutos de un pequeño huerto, y de lo que le proporcionaba el cuidado de una vaca. Era un hombre humilde y su casa se le iba llenando de hijos: Giuseppe, Angelo, Rosa, Teresa, María, Antonia, Lucia, Ana, Pedro Cayetano... Su mujer, Margarita Sanson, trabajaba día y noche de costurera. El mayor, Beppino, parecía un chico despierto. Era una pena que esa inteligencia se perdiera, pero él no tenía dinero para darle estudios. Hasta que un día vino el coadjutor a verle: había que enviar a aquel chico, que prometía tanto, a estudiar a Castelfranco, a siete kilómetros de Riese. Beppi quería ser sacerdote.

Juan Baustista se angustió: ¿qué podía hacer él, sin más recursos que su huerto y su vaca, con siete hijos a la mesa? El esperaba, además, que Beppi empezara a ayudarle a sostener a la familia y...; pero estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio para que su hijo pudiera ser sacerdote, y, aunque fuera muy doloroso para él y para su hijo, no se le ocurrió otra solución que ésta: redoblaría su trabajo; y Beppino iría y volvería todos los días de Riese a Castelfranco... caminando.

Beppi salía de madrugada y volvía de noche. Castelfranco estaba a siete kilómetros. Venía con los pies ensangrentados: se quitaba las sandalias para no gastarlas. A su madre se le partía el corazón al verle así. Pero no había más remedio. Pasó el tiempo; Beppi terminó sus estudios en Castelfranco, y tenía que seguir estudiando. Acudió al párroco:

él quería sacar adelante la vocación de su hijo, pero ¿qué podía hacer? Don Fito tuvo una idea: escribirían al Patriarca de Venecia, que era de Riese y procedía también de una familia pobre, como él. ¡Mamma mía! ¡El Patriarca de Venecia! Aquellas palabras sonaban imponentes, casi inaccesibles en los oídos del pobre alguacil. ¡El Patriarca de Venecia! Pero la escribió: ¿qué cosa hay que un padre no haga por un hijo que quiere ser sacerdote?

Pasaron las semanas. Cuando llegó la carta no se atrevió a abrirla. Le temblaba el pulso; fue corriendo a buscar al cura. Don Fito leyó: ¡el Cardenal de Venecia había concedido una beca para que su hijo estudiara en Padua! Aquello era un portillo de luz en medio de su pobreza, que seguía siendo agobiante: para hacerle la sotana, Margarita tuvo que llevar un viejo colchón al Monte de Piedad de Castelfranco.

Juan Bautista murió poco tiempo después. El joven Beppi vio, con el corazón destrozado, cómo su madre tuvo que trabajar aún más, de día y noche, para sacar adelante a la numerosa familia sin contar con su ayuda. Pero ella lo hizo gustosa por sacar adelante la vocación de su hijo. Un hijo que un día llegaría a ser cardenal de Venecia; Papa, con el nombre de Pío X; y santo.

La historia de los padres de san Pío X no es un caso aislado. Como ésta, podrían relatarse miles de historias en la que los padres cristianos han escrito, con sencillez, páginas admirables de callado heroísmo y de abnegación. Una abnegación que ha dado frutos de santidad en toda la Iglesia: en el amplio cuadro de renovación y de impulso espiritual que supuso el Pontificado de Pío X se recorta en la lejanía, con toda la grandeza de su humildad, la sencilla figura del alguacil de Riese.

 


 

Una solicitud que no se acaba nunca

Esa solicitud de los padres cristianos por sus hijos no se acaba nunca: porque no se conforman con preparar el camino de sus hijos hacia la santidad; intentan ayudarlos decisivamente a recorrer su camino. Esto es lo que hace que no se pueda escribir, por ejemplo, la historia de Agustín sin referirnos a su madre Mónica.

Evoca éste en sus Confesiones:

"Es que tu mano, Dios mío, en el secreto de tu providencia, no abandonaba mi alma. Es que, día y noche, mi madre te ofrecía en sacrificio por mí la sangre de su corazón y las lágrimas de sus ojos" (Conf., V, 10-13). Las últimas palabras de Mónica antes de morir sintetizan admirablemente la tarea esencial de todo padre cristiano: "no veo que tenga que hacer más -dijo-, ni por qué he de vivir aquí; se desvaneció ya la esperanza de este mundo. Sólo una cosa me hacía desear la vida todavía algún tiempo aquí abajo. Deseaba antes de morir verte cristiano católico. Dios me la concedió con creces. Veo que menosprecias las alegrías terrenales para ser su siervo. ¿Qué hago yo aquí? (Conf, IX, 26).

Los consejos de los padres -cuando nacen del amor a Dios- ayudan firmemente a la perseverancia de sus hijos. Cuando el joven Boschetto -el futuro san Juan Bosco- le comentó a su madre su idea de entregarse a Dios (pensaba entonces hacerse franciscano), ésta le dijo unas palabras que se quedaron grabadas a fuego en su corazón: "Óyeme bien, Juan. Te aconsejo muy mucho que examines el paso que vas a dar y que, después, sigas tu vocación sin preocuparte en absoluto de nadie. Pon, por delante de todo, la salvación de tu alma. El párroco me pedía que te disuadiese de esta decisión, teniendo en cuenta la necesidad que de ti pudiera tener en el porvenir; pero yo te digo: en asunto así no entro, porque está Dios por encima de todo. No tienes por qué preocuparte de mí. Nada quiero de ti, nada espero de ti. Tenlo siempre presente: nací pobre, he vivido pobre y quiero morir pobre. Más aún, te lo aseguro: si te decidieras por el clero secular y, por desgracia, llegaras a ser rico, ni una vez pondría los pies en tu casa. No lo olvides".

 

 

En la hora del desaliento

Al recorrer el camino pueden darse desalientos y vacilaciones. Cumplen entonces los padres cristianos con su misión alentando al hijo que desfallece y sosteniéndolo con su fortaleza espiritual. Javier Abad recoge en su libro Fidelidad la carta de una madre a su hijo, con motivo de la infidelidad de un pariente cercano, en la que le estimula a ser fiel a su propia llamada:

 

 

3 de marzo de 1980

 

"Querídisimo hijo:

No te puedes imaginar cuánto dolor tenemos. Jamás pensé que se pudiera sufrir tanto. Porque estamos palpando lo doloroso que es ver a un alma enfriarse hasta perder el camino: se hace ella misma desgraciada y, a quienes le rodean, infelices. Es la realidad, que sólo siendo fiel se puede ser feliz, y que se pone en peligro la propia salvación y la de los demás cuando no se persevera. Necesitamos más que nunca oración y mortificación.

El no nos abandona, somos nosotros los que lo dejamos. Siempre nos da las gracias necesarias para perseverar, si somos humildes y sinceros y dóciles para dejarnos conducir. Acuérdate de que la fidelidad se gana cada día, en cada pequeña batalla, y que solamente se traiciona a Jesús cuando se le ha dicho que 'no' en muchos pocos, antes que darle el beso final de Judas. ¿Me entiendes?

Yo acostumbraba decirle al Señor que no se fijara en mí, sino en mis hijos que lo estaban amando y sirviendo. Y no sé por qué, hace unos meses -las madres tenemos un sexto sentido- empecé a pedirle que nos mirara a todos con compasión porque necesitábamos su gracia y su salvación (...). Esta es mi oración ahora: suplicar que no nos deje, que no perdamos el silencio interior ahora que nos perturba tanto ruido exterior, tanta banalidad y todo el montaje de una sociedad de consumo que simplemente camina horizontal. Reflexiona, te lo digo de todo corazón para que te guardes tú también.

Podrán pasar muchos años y, aunque hayamos hecho mucho bien, seguiremos implorando la perseverancia final. Que los errores de otros nos sirvan para no caer y no ser tan tontos de querer experimentar en pellejo propio. Cuento contigo: con tu oración, tu sacrificio, tu entrega... Si de veras nos quieres, ésta será la mejor manera de ayudarnos.

Estamos clavados en la cruz y lo aceptamos. Que no nos falte valor para seguir así, con la confianza de que para los que amamos a Dios no hay derrotas y que todo es para bien: un día tendremos la felicidad de estar todos juntos, para siempre felices, en la Casa de nuestro Padre Dios. Esta esperanza y esta fe nos sostienen. Te bendice:

Tu mamá".

 

 


 

La vocación y las "pruebas" por parte de los padres

Naturalmente, no siempre la elección que hacen los hijos jóvenes será del agrado de sus padres. Esto sucede con todo tipo de elecciones: desde la ropa que usan, o la carrera que estudian, hasta la esposa que eligen. Hay diferencias de formación, de ambiente, de carácter y gustos. "Tres cosas me son difíciles de comprender -se lee en el libro de los Proverbios-- y la cuarta la ignoro por completo: el camino del águila en los aires, el de la culebra sobre la piedra, el de la nave en alta mar y el del hombre en su mocedad" (XXX. 18, 19).

Pero en este caso, se suma una diferencia decisiva: esta elección no debe serfruto de un capricho, ni una decisión atolondrada, sino la respuesta a una llamada concreta de Dios.

Los padres tienen derecho -y obligación- a aconsejar a sus hijos sobre la cuestión más decisiva de su existencia. Deberán meditar ese consejo en la intimidad de su oración, para que nazca del deseo de agradar a Dios y no de un sentimiento puramente humano; para que se dirija a la gloria de Dios y no a la propia satisfacción personal; para que redunde en beneficio de sus hijos y de su propia alma, y no se convierta en un peso que marque la existencia de sus hijos y comprometa gravemente su conciencia.

Y los hijos, si son jóvenes, tienen obligación de escuchar y de ponderar detenidamente los consejos de los padres en esta materia. No tienen obligación de seguirlos, pero sí de valorarlos debidamente, sobre todo cuando no proceden del prejuicio o del egoísmo, sino de un deseo de ayudarles a cumplir la voluntad de Dios.

¿Tienen los padres derecho a "probar" la consistencia de esa nueva vocación? Puede ser oportuno en ocasiones, siempre que se respete la libertad del hijo; y siempre que se haga de acuerdo con un sacerdote piadoso y prudente que conozca a su hijo y que se presuma, razonablemente, que esa decisión es el fruto pasajero y momentáneo de una emoción.

Pero hay que tener cuidado con esas "pruebas" sobre algo tan crucial y decisivo en la vida de un hombre. Como decía con humor Eugenio D'Ors a un camarero que le derramó sin querer sobre la chaqueta un finísimo champagne: "los experimentos es mejor hacerlos con gaseosa".

Porque, a pesar de "la buena voluntad", en muchos casos esas pruebas experimentales suelen salir mal y pueden acaban abortando una vocación. Esos padres se ponen en peligro de ofender gravemente al Señor, de perder la paz, y de comprometer su alma. Se pueden aplicar aquí los viejos versos de Cervantes referidos al honor de la mujer:

"que es de vidrio la mujer

pero no debes probar

si se puede o no quebrar

que todo podría ser".

¿En qué puede consistir una "prueba razonable"? En no dar demasiadas facilidades; en no tomar en serio todo lo que el hijo propone, hasta que éste lo formule con la necesaria entereza que demuestre su voluntad decidida. Y sobre todo, en rezar y hacer rezar. En mortificarse para ver clara la voluntad de Dios para ese hijo, para acertar en la actitud y en el consejo conveniente en cada caso, en cada momento. En definitiva, en ayudarle a buscar juntos la Voluntad de Dios, fortaleciendo su ánimo.

Todo esto debe tener en cuenta el carácter y el talante del propio hijo, sin coaccionarlo gravemente o ponerlo en una situación que rozara lo heroico, sin exagerarle las dificultades del celibato frente a las del matrimonio, asustándole con la posibilidad de una futura defección (como si esa posibilidad no se diese en todos los estados y situaciones de la vida) o pintándole el matrimonio como un camino de rosas (¡!). Esa actitud, que cae en el extremo contrario al de los que opinan que "se llama santo al matrimonio porque cuenta con innumerables mártires", olvida que lo importante no es elegir un estado u otro, sino aquel para el que llama Dios.

Esto no es fácil y suele venir acompañado de lágrimas. Y así sucede en todas las elecciones humanas. ¿Qué madre no llora, aunque muchas veces no afloren las lágrimas, cuando sus hijos se casan, por muy contentos que estén con su decisión?

La madre de san Francisco de Sales también lloró, como tantas madres, al conocer la decisión de su hijo de entregarse a Dios; no sabía si eran lágrimas de alegría o de dolor, porque ella se lo había ofrecido a Dios antes de que naciera, como tantas madres también,

Pero Francisco de Boisy, su marido, no sabía nada del asunto; y en aquellos tiempos en los que los padres concertaban los matrimonios, le tenía preparado, un magnífico partido a su hijo: una jovencita llamada Francisca de Veigy que era, nada más y nada menos, la hija del consejero del Duque de Saboya. Aunque algo se sospecharía de la inclinación de su hijo hacia el sacerdocio, no sabía nada porque Francisco no sabía decir que no: "¿Qué queréis? -confesaba- Mi carácter me lleva a la condescendencia. Encuentro la palabra 'no' tan cruda para el prójimo, que no me atrevo a pronunciarla cuando se me pide algo razonable... Jamás contradigo a nadie". Y no pudo -o no supo- decir que no cuando su padre le habló de matrimonio: prefirió callarse y dar evasivas: "más adelante, ya veremos..."

Su madre y un primo suyo, que era canónigo, estaban dispuestos a ayudarle en el momento oportuno, pero... ¿quién se enfrentaba con su padre, que decía por todas partes "que la cosa ya estaba hecha". Tan hecha que, aunque Francisco seguía dando largas, no pudo evitar la visita de los señores de Boisy a la familia de Veigy, para presentarle a la señorita agraciada. Francisco hizo lo que pudo: reconoció que era "una señorita de buena cuna, modesta y devota" pero no esbozó ni una sola sonrisa durante la entrevista. Su padre lo fulminaba con la mirada.

Cuando acabó todo estalló la tormenta: el padre pidió explicaciones y Francisco dijo un "no" tajante, insospechado "en un hijo que no decía nunca a nada que no"... "¿Pero quién te ha metido esa idea en la cabeza? -gritaba su padre- ¡Una elección de ese tipo de vida exige más tiempo que el que tú te tomas!", insistía furioso. Su esposa callaba. Francisco decía que había tenido ese deseo desde la niñez. Y así una vez y otra. De vez en cuando, su madre sugería tímidamente: "Ay, será mejor permitirle a este hijo que siga la voz de Dios. Si no, va a hacernos como san Bernardo de Menthon; se nos escapará...".

Pero el padre de san Francisco, buen cristiano, amaba la Voluntad de Dios, yal final, después de un tiempo prudente, cedió : "Adelante hijo mío, haz por Dios lo que dices que El te inspira". Su madre volvió a llorar: escribenlos hagiógrafos decimonónicos que "se esforzaba en poner buena cara; pero al fin le fue imposible; retirose a su gabinete y, con largas lágrimas, empañó el brillo de sus ojos".

Sin embargo, no se puede llamar "prueba" a lo que es una coacción violenta llevada a cabo por padres que se niegan ante una exigencia que les supone esfuerzo (un esfuerzo no mayor, en tantas ocasiones, que el que les supondría la elección de otro estado). "Cuando mi madre supo mi resolución -escribe San Juan Crisóstomo- me tomó de la mano, me llevó a su habitación, y habiéndome hecho que me sentase junto a la cama donde me había dado el ser, rompió a llorar y a decirme cosas más amargas que su llanto". En aquella ocasión, Juan cedió. Si no llega a ser por un amigo, que lo convenció posteriormente, aquellas lágrimas hubiesen abortado su vocación.

Porque, además del riesgo de coaccionar la libertad del hijo, de hacer sufrir a todos, y -lo que es más importante- de ofender a Dios, esas pruebas desorbitadas y esos

gestos de fuerza paternos suelen salir mal. El padre de Luís Gonzaga puso todas las dificultades imaginables, mientras repetía, viendo la piedad de su hijo: ¡mi hijo no será fraile!

Hizo que se lo llevaran a Florencia para que sirviese de paje al duque Francisco de Médicis. Esperaba que el ambiente cortesano acabaría por conquistarlo. Pero el joven Luís volvió a su hogar, en Castiglione, tan decidido como salió. Para su padre, peor que como salió, porque le comunicó entonces su decisión inquebrantable de entregarse a Dios.

Volvió a probar; y esta vez lo envió a la Corte del rey de España, que estaba en todo su esplendor. Allí lo tuvo tres años. Esperaba que a la vuelta se le hubiese olvidado todo. Pero a su regreso en 1584, Luís declaró que quería ingresar en la Compañía de Jesús. Tenía dieciséis años. Se sucedieron escenas violentísimas entre padre e hijo, que cayó enfermo. Su padretenía "otros planes", y Luís sólo quería seguir los planes de Dios.

Su padre no cedía: volvió a enviarle a las cortes de Mantua, Ferrara, Parma y Turín... hasta que descubrió que había estado luchando contra un querer de Dios.

Algo parecido le sucedió a Pedro Bernardone: no estaba dispuesto a que su hijo Francisco hiciese más locuras, que eran la comidilla de todo Asís. La gota que colmó el vaso fue que un día entró en casa, tomóvarios lienzos de su almacén, los cargó en una mula, se fue a Foligno, los vendió -no sólo los paños, la mula incluso- y entregó el importe a un clérigo de la iglesia de San Damián. Todo, porque decía que había oído: "Francisco, repara mi casa".

Bernardote estaba harto de ver llegar a su hijo a casa medio desnudo porque había dado a los pobres la capa, el sombrero y la camisa. ¡Precisamente su hijo, el hijo de uno de los mercaderes en paños más ricos de Umbría! Así que se presentó en la sede arzobispal y exigió que le devolvieran su dinero. Francisco se presentó también, escuchó la petición de su padre... y como respuesta le dio toda la ropa que llevaba puesta, quedándose sólo con una faja de cerdas a la cintura.

Siglos más tarde, Margarita Occiena se encontró con el mismo problema. Y eso que ella lo había dado todo por su hijo: un día le había pedido que atendiese a los chicos que acudían a él, sus biricchini, y ella había dicho: "Si ésa es la voluntad de Dios cuenta conmigo"; había dejado su casa de I Becchi y se había ido al barrio pobre de Turín en el que vivía su Giovanni, llevando en un gran cesto todo lo que tenía, que era poco, y sosteniendo con una mano una sarta de ollas y sartenes. Estaba ya anciana y agotaba por una vida de sufrimientos. Se lo había dado todo: su dinero, incluso su traje de novia, con el que le había hecho una casulla. Hasta su anillo de casada. No le quedaba nada. Pero su hijo no tenía límites: un día se trajo a dos maleantes a dormir, y por si fuera poco los abrigó con mantas y sábanas. Naturalmente no los volvieron a ver: ni a los maleantes, ni a las mantas ni a las sábanas. Se echó a llorar. Giovanni le aseguró que jamás traería a más pobres a dormir a casa.

Pero Margarita había aprendido de su hijo a no poner límites al amor, y pocos días después se le presentó en casa un niño andrajoso. Eran los días de Navidad. Se le olvidó de pronto todo lo que le había dicho a su hijo, tomó al pobre niño, le dio de comer y lo metió en su propia cama. Y luego llegaron más y más: años más tarde serían 2000 biricchini. Y así nació, alentada por su mano maternal, la familia salesiana de San Juan Bosco.

Muchas de estas reacciones, desde un punto de vista puramente humano, resultan comprensibles. Los padres tienden a pensar -y los padres de los santos no son una excepción a esta regla general- que sus hijos son perpetuamente niños. "Si es casi una niña"... se iba repitiendo Monna Lapa en aquel día de primavera de 1383 en el que se encontraban en su corazón un cúmulo de sentimientos. Iba en la procesión mirando al suelo, andando trabajosamente bajo el peso de sus ochenta años, sostenida por dos jóvenes. Escuchaba a su alrededor los murmullos de admiración: "ésa es, ésa es la madre". De vez en cuando, alzaba la vista y veía, en el relicario que ahora se llevaba triunfalmente por las calles de Siena –un busto de bronce dorado, cincelado por los mejores orfebres del país-, entre el gozo de la multitud y el repicar de las campanas, la imagen de su hija. Una hija a la que había amado con locura. Y a la que no había entendido en absoluto.

 

Monna había tenido nada menos que veinticinco hijos, muchos de ellos gemelos, de los que le sobrevivieron sólo algunos. Catalina había sido realmente su última hija, porque Juana, su melliza, murió pronto, y otra Juana que nació más tarde, murió niña también. Por eso, la quiso de forma especial..

 

Hasta que de pronto, su hija comenzó a hacer cosas incomprensibles. Ahora, en la procesión, viendo la cara de fervor de sus conciudadanos ante la reliquia de su hija, los recuerdos se tamizaban con una luz distinta... Pero entonces no lograba entender el sentido de las cosas que hacía. Le parecían, sencillamente..., caprichos incomprensibles de una niña demasiado mística. Porque ella, como es natural, como cualquier madre de Siena, le tenía reservado un buen partido: un joven de una familia acomodada, con la que les vendría muy bien, además, emparentar a los Benincasa. Y cuando estaban a punto de concertar el matrimonio entre las familias, a Catalina ¡le dio por cortarse el pelo casi al completo!

 

Ahora esos recuerdos la hacían sonreír. Pero entonces no le hicieron ninguna gracia; y la estuvo riñendocomo solamente ella, Lapa di Puccio di Piagente, sabía hacerlo: "¡Te casarás aunque se te rompa el corazón!" La amenazó: "No te dejaremos en paz hasta que hagas lo que te mandamos".

 

Fue todo inútil. Y la hizo sufrir. Sin querer, desde luego, porque... ¿cómo se iba a imaginar ella entonces que su hija había decidido entregarse a Dios para siempre..., pero que no tenía el menor deseo de irse a un convento? ¿Cómo iba a suponer que pensaba vivir célibe, allí, en su propia casa? Lapa seguía empeñada con el casamiento y empleó todas sus tácticas, su ingenio y su genio: le gritaba, le hacía trabajar sin desmayo, le reñía constantemente. Todo en vano.

Y un día su hija, casi una niña, reunió a toda la familia y desveló sus planes: no estaba dispuesta a casarse: "dejad todas esas negociaciones -les dijo- sobre mi matrimonio, porque en eso jamás obedeceré a vuestra voluntad; yo tengo que obedecer a Dios antes que a los hombres. Si vosotros queréis tenerme en casa en estas condiciones, dejadme estar como criada; haré con gozo todo lo que buenamente pueda hacer por vosotros. Pero si me echáis por haber tomado esta resolución, sabed que esto no cambiará en absoluto mi corazón".

Ah, Lapa... ¡Qué cosas dijo entonces! Miró a su marido: su tranquilidad también la exasperaba a veces. Y ante su sorpresa, Jacobo Benincasa dijo: "Querida hija mía, lejos de nosotros oponernos de ninguna manera a la voluntad de Dios, de quien viene esa resolución suya. Sabemos por larga experiencia, y ahora lo sabemos con seguridad, que no te mueve la obstinación de la juventud sino la misericordia de Dios. Mantén tu promesa libremente y vive como el Espíritu Santo te diga que tienes que hacerlo. Jamás te molestaremos en tu vida de oración y en tus devociones, ni intentaremos apartarte de tu camino. Pide que seamos fieles a fin de que seamos dignos del Esposo que has elegido a edad tan temprana".

Lapa estaba desconcertada. ¡Su propio marido se ponía de parte de su hija, casi una niña! ¡Si tenía sólo diecisiete, dieciocho años! Pero Jacobo la miró fijamente, y Lapa sabía lo que esa mirada significada. Había perdido la batalla. "Desde hoy -dijo gravemente su marido- nadie molestará a esta querida hija mía ni se atreverá a poner obstáculos en su camino. Dejadla servir a su Esposo con entera libertad y que pida diligentemente por nosotros. Nosotros jamás podríamos procurarle un matrimonio tan honroso; por tanto, no nos quejemos porque en vez de un mortal tengamos al Dios inmortal hecho hombre".

 

No tuvo más remedio que ceder. Pero luego empezó a sospechar, horrorizada, las mortificaciones que hacía su hija. Ella sabía bien lo que era el dolor: su vida había sido una serie ininterrumpida de embarazos; estaba experimentada en el sacrificio; pero no estaba dispuesta a aquello. Gritaba, lloraba: "¡Ay, hija mía, que te vas a matar! ¡Que te estás quitando la vida! ¡Ay, quién me ha quitado a mi hija! ¡Qué dolor tan grande! ¡Ay, qué desgracia!" Y como convenía con su carácter, no se conformaba con lamentarse: si Catalina dormía en tabla, ella se la llevaba a su cama entre almohadas suaves y blandas. Hasta que le extrañó que, a partir de un día, la niña la obedeciese demasiado dócilmente; pero pronto descubrió la razón: Catalina había metido tablas bajo el lugar donde la obligaba a acostarse. Así no se podía seguir.

 

Luego vinieron los pobres. La ropa le desaparecía: ¡otra limosna! Ahora se reía en su interior recordando todo esto, pero entonces descargaba su furia contra aquella frágil adolescente. Aunque los pobres y las limosnas, no le importaban tanto: al fin y al cabo, ella también era caritativa. A lo que no estaba dispuesta era a las maledicencias. Ah, eso no: ella no era una mujer rica, la esposa de un tintorero, todos envidiaban en Siena su casa en la Via dei Tintori, junto a Fontebranda... Nunca había dado que hablar. Y ahora el nombre de su hija corría de plaza en plaza, por culpa de las malas lenguas de una leprosa a la que atendía, que murmuraba cosas irrepetibles de ella: "¡Mira, mira -le gritaba Monna a su hija, cuando volvía a casa después de cuidarla-, mira cómo te paga esa leprosa tu caridad cristiana!"

 

Lapa iba perdiendo todas las batallas: había perdido sus proyectos de futuro, su hija, su tranquilidad familiar. Bien. Lo que no estaba dispuesta era a perder, encima, su buena fama. Y estalló: "Si no dejas de cuidarla, si llego a saber que has estado cerca de donde ella vive, jamás volveré a llamarte hija mía".

Mientras iba evocando todo esto, la procesión seguía: los comerciantes, los miserables de Siena a los que su hija acogía en otro tiempo, los artesanos, los nobles, los gobernantes de aquella pequeña república; todos la miraban pasar fervorosamente tras la reliquia de su hija. Contaban sus milagros, sus obras de caridad, y relataban en voz baja cómo Catalina Benincasa, una mujer joven, sin más poder que su amor a Dios, había logrado cerrar uno de los capítulos más tristes de la historia de la Iglesia; su palabra pudo lo que no pudieron guerras, presiones y amenazas; un reto de siglos: que el Papa volviera a Roma y abandonara definitivamente de Aviñón.

Lapa no los escuchaba: iba como ausente, mirando al suelo para no encontrarse con las miradas de la multitud. Temblaba al pensar que su hija, de haber sido débil, le hubiera hecho caso... Ahora, su orgullo era su gran equivocación. Su gloria era haber sido

derrotada por el amor de su hija. Su triunfo era su fracaso. Y de vez en cuando, alzaba la mirada y contemplaba, en el relicario, el resto de aquel rostro bellísimo, apagado a los treinta y tres años. Su corazón de madre no podía reprimir el antiguo lamento: "si es todavía una niña..."

 

No nos oponemos, pero...

No todos los padres que ponen dificultades tienen el carácter ardoroso de Monna Lapa. Los señores Beltrán, de una de las mejores familias de Valencia fueron mucho más comprensivos que la madre de santa Catalina. Además, ellos no querían en absoluto interferir en la vocación de su hijo Luís. Querían orientarla, sencillamente...

Estaban acostumbrados a que su hijo les obedeciera en todo, y se quedaron desconcertados cuando les dijo que tenía planes diferentes a los que ellos habían previsto: quería irse de casa y entregarse a Dios. ¡Qué locura! Era un joven no muy fuerte; no soportaría las exigencias de ese tipo de vida. No sabía lo que hacía. Y empezaron su batalla. Pero cedieron pronto: aquello decididamente era de Dios. Y no querían luchar contra Dios.

Al final, viendo la entereza de su decisión, aceptaron que se fuera. Pero ahora no, dijeron: quizá en un futuro, y, desde luego, en un lugar donde no se le exigiera a su hijo un trabajo intenso. No pasaba nada por esperar. Lo tenían todo planeado. Debía comprenderlo: su postura era razonable; y sobre todo, era su hijo y les debía obedecer en todo, como siempre...

Habían olvidado, en su amor de padres, que la obediencia que los hijos deben prestar a sus padres tiene una frontera específica: la elección de estado. Los hijos están obligados a escuchar y valorar los consejos de sus padres en esta materia, pero no a aceptar una decisión ni unas condiciones que comprometen una vida que... no es la suya. Y Luís obró con la misma libertad que hubiese pedido para sí en caso de elegir una mujer que no hubiera agradado a sus padres. Escuchó sus consejos, y luego actuó con libertad: con una libertad que sus padres le negaban. Y un buen día, en vista de la rotunda negativa paterna, decidió no volver a casa. Tenía dieciocho años.

Estalló el escándalo familiar: una pequeña tragedia que se repite con frecuencia, con rasgos parecidos, siglo tras siglo, en aquellos hogares en los que un alma decide dejarlo todo por Dios.

Don Juan Luis Bertrán y doña Angela Exarch ni lo entendían, ni lo podían, ni lo querían entender. El era un hombre recto, un notario conocido de Valencia, acostumbrado a mandar y hacerse obedecer; y ella era una mujer "de muy buenas partidas, gran sierva de Dios y muy humilde". En definitiva, unos padres piadosos y buenos cristianos: ¿cómo les podía hacer esto? Además, ¡ellos no se oponían a que se entregase a Dios! Lo único que pedían era que en vez de dominico, como quería, se hiciese cartujo o jerónimo. Realmente, a él ¿qué más le daba?

 

Muchos padres experimentan esta misma tentación y exclaman, si sus hijos deciden entregarse a Dios en medio del mundo: "¡qué locura! ¡si al menos se metiera se me hiciera cura o fraile!" Y si decide hacerlo, suelen protestar acto seguido: "pero ¡qué locura! ¡Hacerse cura! ¡Meterse a fraile! ¡Como si no se pudiera ser bueno de otra manera!"

 

Los hijos suelen argumentar que la vocación no se elige, como una prenda en los grandes almacenes, sino que es un don que Dios da, como quiere, cuando quiere y a quien quiere: la llamada imperiosa de Cristo -¡sígueme!- resuena en todos los caminos de la tierra sin compartimentos estancos. Lo importante no es dónde Dios llama, sino acudir generosamente a donde llama.

Los caminos de Dios no son, con frecuencia, exactamente los mismos que los padres prevén para sus hijos. Y como en una composición musical que se repite, con la misma variedad de tonos, a lo largo de la historia en los ambientes familiares cristianos más diversos, se escucharon también en el hogar de los Bertrán los sucesivos movimientos de esta sinfonía airada paterno-filial: enfados, tensiones, llantos, silencios, negativas, gritos, y luego, en un crescendo temible de indignación, la explosión final, una especie de traca valenciana: una carta tremenda en la que don Juan Luís -un hombre piadoso que no acababa de entender y de aceptar del todo la Voluntad de Dios- recriminaba duramente a su hijo por su comportamiento y acusaba a sus superiores de haberle inducido a abandonarlos. En nuestros días, el bueno de don Juan Luis quizá le hubiese escrito: "hijo mío, te han comido el coco".

El joven Luís le contestó con una carta serena, escrita con estilo recio y conciso, que revelaba la madurez de carácter:

"Una carta de vuestra merced he recibido, y, mirándola bien, hallo que en suma tiene dos cosas: la una que (...) su intención es que sirva a Dios en la cartuja o en la orden de San Jerónimo; la otra, que los padres de esta casa me han persuadido...

Acerca del primer punto, tenga paciencia vuestra merced, porque no sería consuelo mío... Cuanto a lo segundo, créame vuestra merced que estos padres me han sido contrarios. Más a la postre, vista mi importunación y perseverancia, les ha parecido que no condescender conmigo era resistir al Espíritu Santo...

Así que vuestra merced se consuele y descanse, que yo estoy consolado en mi espíritu, y en cuanto a las fuerzas exteriores, me siento mejor que en toda mi vida. Guarde que no se diga de vuestra merced lo que dice David: "Temblaron donde no había que temer". La gracia del Espíritu Santo guarde a vuestra merced y a la señora y a todos, como se lo ruego de día y de noche"

La historia de Luis Bertrán acabó bien, como la gran mayoría de estas pequeñas "tragedias" familiares: con la aceptación gozosa de su vocación por parte de sus padres, que ignoraban que ése era el camino que Dios quería para un santo de la Iglesia. Aquel hijo suyo, por cuya salud se preocupaban tanto, evangelizó a numerosos indios de Nueva Granada -aseguran las crónicas que bautizó a más de quince mil en un solo día-, hizo milagros y sirvió eficazmente y sin desfallecer a la Iglesia.

Un día, Luís sintió que su padre se moría: corrió junto a su lecho y escuchó sus últimas palabras: "Hijo, una de las cosas que en esta vida me han dado pena ha sido verte fraile, y lo que hoy más me consuela es que lo seas. Mi alma te encomiendo".

 

La madre de santo Tomás: un prototipo de intransigencia

 

Las últimas palabras del padre de San Luís Beltrán muestran el gran bien que acaban haciendo a sus padres los hijos que son fieles a su vocación, pese a las dificultades. Esas "dificultades graves en el seno de la familia - en palabras de Juan Pablo II- no son ciertamente un límite o un obstáculo a la acción que la gracia realiza en las almas para hacerlas conscientes de la llamada divina; más bien, como a veces constatamos, ésta puede hacerse sentir también en ambientes familiares no capaces todavía de apreciar tan inmenso don de Dios y, tal vez, francamente contrarios a ella. Las dificultades que surgen constituyen entonces una prueba de la vocación, la cual, si es auténtica, termina por salir robustecida y, no raramente, tales dificultades llevan a los mismos familiares a una madurez espiritual, por la que llegan a apreciar la elección del hijo o del hermano a la que primeramente se opusieron o despreciaron".

Pero ese no fue el caso de los Bertrán: ellos sólo querían "orientar" la vocación de su hijo... Sin embargo otros no se conforman con protestar si el camino elegido por su hijo no coincide con sus planes. Un prototipo de esa intransigencia fue Teodora de Theate, la madre de Tomás de Aquino. Teodora provenía de una ilustre familia, los Caraccioli, y llevaba en las venas la energía indomable de los jefes normandos Guiscardo, Bohemundo y Tancredo. Era prima de los Hohenstaufen, y estaba emparentada con el mismísimo Emperador Federico II. Y no era nada fácil de convencer cuando estaba resuelta a algo.

Los hagiógrafos la retratan como una "condesa feudal, autoritaria, dura y altiva", que tenía unos planes muy meditados y muy concretos -sus planes- para su hijo. Y su hijo se había ido de casa para entregarse a Dios, como fraile mendicante, en contra de su voluntad.

¡Mendicante! ¡Y ella que había previsto que fuera Abad Mitrado de Monte Casino! ¡Un simple monje, de una orden de la que todos hablaban mal! No estaba dispuesta: ¿un hijo suyo pidiendo limosna? Jamás.

Hoy quizá estas cóleras y estas aspiraciones nos hagan sonreír. Pocos padres sueñan hoy con un hijo Abad Mitrado... Pero es cuestión de perspectiva histórica, de hacer algunas sustituciones y de imaginación. Hoy Teodora, mujer de la alta sociedad, hubiera soñado quizá para su hijo, formado en Oxford, en Harvard o en el M.I.T., un futuro "acorde a nuestra posición"; y su sueño dorado sería, quizá, verlo presidente de un alto organismo internacional europeo o directivo de un prestigioso banco de Manhattan. ¿Cómo aceptar que, con ese porvenir, un hijo salga diciendo que, por amor de Dios, tiene "otros planes" o que está dispuesto a irse a un país de África, sin futuro, en una institución de la Iglesia a la que ridiculiza la prensa laicista o anticlerical?

Sea como fuere, la falta de aceptación de la Voluntad de Dios sobre los hijos revela la carencia de una auténtico sentido cristiano; aunque se argumenten "razones cristianas". Quizá Teodora se consolase pensando que lo que ella perseguía era un hijo Abad Mitrado: y esa ilusión de madre insatisfecha quizá oscureciese en su mente un deber de cristiana: el respeto a la libertad de sus hijos.

Cuando en una familia la vocación de un hijo provoca un escándalo de dimensiones exageradas (rupturas, denuncias públicas, distanciamientos excesivos, escándalos, presiones), por encima de las contingencias, errores y anécdotas humanas (falta de prudencia en las actuaciones de unos y otros, de tacto por parte del hijo, de información suficiente por parte de los padres), con lo que nos encontramos es... con una familia en la que el espíritu cristiano no ha penetrado del todo o está muy debilitado.

Cada vocación es algo similar a un dedo divino, que rasga todas las notas del arpa familiar (porque en esos momentos cada miembro de la familia suele creerse con derecho a dar su opinión o formular su juicio); y si ese rasgueo produce un chirrido estridente, puede ser que en esa familia -aunque se acumulen los cuadros piadosos y las imágenes de los santos abarroten las vitrinas- falta amor de Dios, porque falta el deseo de hacer su Voluntad.

Pero volvamos al siglo XIII. Teodora escribió a Tomás ordenándole que regresase inmediatamente a casa. En vano. Así que, cuando vio que sus cartas resultaban inútiles, formó una comitiva para "rescatarlo". Todos estos sucesos parecen capítulos de una fantástica novela; pero se han dado con frecuencia en la historia del cristianismo, y se siguen dando todavía.

¿Dónde estaba Tomás? ¿En Roma? Allí se dirigió. Pero al llegar, Tomás había abandonado la Ciudad eterna. Se había ido a Bolonia con el Maestre General... Su furia se volvió incontenible. Llamó a otros hijos suyos que militaban a las órdenes de Federico II y les ordenó que fuesen en su búsqueda y que se lo trajesen preso, o como fuera; pero que se lo trajesen, y que lo encerrasen en la fortaleza de Monte San Giovanni. Teodora, como ciertos padres a lo largo de los siglos -también de ahora- no tenía de la libertad un concepto demasiado elevado.

Sus hermanos lo encontraron camino de Bolonia, cerca de Aquapendente, mientras descansaba junto a un manantial. Llegaron a galope, lo detuvieron y se lo llevaron por la fuerza a la torre del antiguo castillo familiar. Allí Teodora lo tenía todo planeado: después de la fuerza viril pondría en juego la habilidad femenina: sus hermanas Marotta y Teodora se encargarían de hacerle cambiar de opinión, no por la fuerza, sino por la persuasión. Era una conspiración familiar en toda regla. Pero las palabras de las dos hermanas resultaron inútiles. Y lo que es peor: Teodora empezó a vacilar al ver la actitud de su hermano y resolvió entregarse a Dios.

Pasaban los días. Había que poner todos los medios. Teodora cambió de táctica; y se le ocurrió algo poco original, pero que se viene poniendo en práctica a lo largo de los siglos en casos parecidos (y con resultados parecidos también). Pensó que, ya que no se podía vencer su inteligencia con palabras, habría que reducir su corazón con una mujer.

A la mujer, cortesana a sueldo, la trajeron de Nápoles, y una noche se introdujo sigilosamente, provocadoramente, en la habitación de Tomás, que conocía el arte de cortar radicalmente con las malas ocasiones: la vio, se acercó a la chimenea, cogió un tizón ardiente y la napolitana huyó despavorida. El arte ha plasmado esta escena.

Afortunadamente, Tomás fue fiel a su vocación, y ayudado por sus hermanas se descolgó un buen día por los muros de la fortaleza, saltó sobre el caballo que le había traído Fray Juan de San Julián y se marchó. Lo volvieron a prender; pero Tomás resistió firme. De no haber sido así, si hubieran triunfado los esfuerzos de su madre, quizá la Iglesia y la civilización occidental hubiesen sufrido un retraso intelectual de siglos.

 

Quizá sorprendan los procedimientos de Teodora, pero la realidad es que "lo mismo que Dios se vale de los hombres para salvar almas y llevarlas a la santidad, satanás se sirve de otras personas, para entorpecer esa labor y aun para perderlas. Y -no te asustes- de la misma manera que Jesús busca, como instrumentos, a los más próximos -parientes, amigos, colegas, etc.-, el demonio también intenta, con frecuencia, mover a esos seres más queridos, para inducir al mal" (Surco, n. 812).

 

 

He perdido un hijo

"He perdido un hijo", suelen decir algunos padres. La expresión no es de hoy. San Bernardo consolaba en una de sus cartas a los padres de un joven del siglo XII, Godofredo, que había decidido entregarse a Dios en Claraval, diciéndoles:

"Si a vuestro hijo Dios se lo hace suyo, ¿qué perdéis vosotros en ello y qué pierde él mismo?... Si le amáis, habéis de alegraros de que vaya al Padre, y a tal Padre. Cierto, se va a Dios; mas no por eso creáis perderlo; antes bien, por él adquirís muchos otros hijos. Cuantos somos aquí en Claraval, y cuantos somos de Claraval, al recibirle a él como hermano, os tomamos a vosotros como padres.

Pero quizá teméis que le perjudique el rigor de nuestra vida... Confiad, consolaos: yo le serviré de padre y le tendré por hijo, hasta que de mis manos lo reciba el Padre de las misericordias y el Dios de toda consolación. No lloréis, no os lamentéis, que vuestro Godofredo al gozo corre, no al llanto".

"Es que no nos quieres", suelen argumentar algunos padres, ante el dolor de la separación. Saben que no es verdad: nadie que se entrega a Dios por amor, puede dejar de amar a los más próximos en el corazón. La llamada divina fortalece los lazos del cariño, aunque en ocasiones se agranden las distancias. Santa Teresa ofrece el testimonio de su propia vida: "Cuando salí de casa de mi padre -cuenta-, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí; que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra" (Libro de la Vida, cap. 4, 1).

Sucede al contrario: en la hija, en el hijo que se entrega a Dios, ese amor filial se hace más hondo y recio, más limpio y profundo, más verdadero. Basta pensar en las razones que pueden mover a un hijo para abandonar lo que más quiere en el mundo. Sólo hay una: un amor más fuerte que ese amor: el Amor de Cristo. Pero Cristo no separa las almas, no establece oposiciones, no enfrenta el primer mandamiento (amar a Dios sobre todas las cosas) contra el cuarto mandamiento (amar a los padres).

Dios establece sólo una jerarquía: el amor a Dios debe ser lo primero en el corazón; y alienta, cuando surge un conflicto entre estos dos amores (dos amores, no hay que olvidarlo, para un mismo corazón), a poner en primer lugar el amor de Dios. "Los padres han de ser honrados -escribe San Agustín-, pero Dios debe ser obedecido" (Sermo 100, 2).

"Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí" (Mt 10, 37). Estas palabras de Jesucristo pueden aplicarse conjuntamente a los padres y a los hijos: la vocación supone un acto de entrega y de confianza en Dios por parte de unos y otros. Por eso, como ya se ha dicho, cada crisis vocacional supone un "test" espiritual para toda la familia: padres, familiares, hermanos...

Y no es verdadera piedad filial la que lleva a desoír la vocación, la llamada de Dios. "Dad a cada uno lo suyo -recuerda San Agustín- conforme a una escala de obligaciones; no subordinéis lo anterior a lo posterior. Amad a los padres, mas poned a Dios por delante de los padres" (Sermo, 100, 2).

No es fácil ese trance. Tampoco lo fue para María y José: ellos no entendieron que Jesús hubiese permanecido en el Templo mientras lo buscaban angustiados por Jerusalén. Guillén de Castro pone en labios de María un planto sobrecogedor:

"Hijas de Jerusalén:

¿habeis visto, habéis sabido

de un Niño que yo he perdido

que es mi Hijo, que es mi bien?"

Recordemos la escena. Cuando María y José llegaron al templo, tras días de angustia y desconsuelo "su Madre le dijo: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, llenos de aflicción, te hemos andado buscando".

Jesús les dio una respuesta que parece dura y desconcertante: "El les respondió: ¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que debo ocuparme en las cosas que miran al servicio de mi Padre?" (Luc II, 48-49).

A primera vista parece incomprensible que un Hijo como Aquel hubiera consentido ese dolor en una Madre como Aquella. Jesús quiso dejar grabada esta enseñanza con su propia vida para dar fortaleza a los que deberían seguirle en el futuro y mostrar un ejemplo a los padres, inspirado en María y José. Porque María y José no protestaron. Buscaron humildemente en todo, aun en lo más incomprensible y doloroso, la Voluntad de Dios: "María guardaba todas estas cosas en su corazón".

De todos modos, al margen de estas consideraciones espirituales, conviene no dramatizar: la separación de padres e hijos es ley de vida: "dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una sola carne" (Marc. X. 7-8). Y los que se casan no suelen seguir tampoco el parecer de sus padres a pies juntillas. Escribe Addison que "la mujer pide raras veces consejo antes de comprarse el traje de boda".

Algunas oposiciones violentas a la vocación de los hijos, con llantos y amenazas, revelan a veces, junto con la falta de aceptación de la Voluntad de Dios, cierto afán posesivo que se cree con derecho a dirigir la vida de sus hijos a su capricho, como si fueran eternos adolescentes. Contra ese atropello clamaba doña Juana, un personaje de una comedia de Moreto:

"Obedecer es muy justo

a mi padre, pero no

cuando la elección erró;

que un casamiento forzado

lleva el honor arriesgado

y soy muy honrada yo".

Ese afán posesivo lleva con frecuencia, en el caso de que el hijo decida entregarse a Dios, a murmuraciones y acusaciones contra instituciones de la Iglesia; y en el caso de que el hijo tome matrimonio se concreta en entrometimientos en su vida familiar,murmuración de nueras, etc. Muchas veces este afán se reviste de preocupación por el futuro. Pero, ¡cuántas madres aceptan sin más problema que su hija joven se case y se vaya a otra ciudad -en el matrimonio, que tantas veces recoge frutos amargos de infidelidad- con una persona casi desconocida... y ponen el grito en el cielo si decide entregarse a Dios, que nunca traiciona!

 

Mucho se alegrará

Sin embargo, lo habitual es que tras una primera reacción negativa, si los hijos responden generosamente a su vocación, los padres acaben aceptándola y queriéndola, y sea para ellos fuente de gozo y de alegría. "Mucho se alegrará el padre del justo -dice la Sagrada Escritura- y el que engendró a un sabio se gozará en él. Alégrense, pues, tu padre y tu madre".

Por citar un ejemplo de relativa actualidad: el cardenal Höffner comentaba en una entrevista la alegría que experimentan la mayoría de los padres de las personas que se han entregado a Dios en el Opus Dei, aunque no falten algunos padres que no entiendan todavía la vocación de sus hijos. "Un matrimonio -declaraba el Cardenal- escribe: 'somos padres de tres hijos, de los cuales dos son miembros del Opus Dei, y estamos muy agradecidos por la ayuda espiritual que han recibido en el Opus Dei'.

Otro padre escribe:

'por propia experiencia puedo decirle que los miembros del Opus Dei crecen en el amor a sus familias de sangre, al mismo tiempo que viven las consecuencias de su vocación: es lo mismo que sucede con una persona que se casa. También en ese caso, nosotros, como padres, debemos aceptar la ausencia física de nuestros hijos, ya que no los hemos educado para nosotros, sino para ser miembros responsables de la Iglesia y de la sociedad. Finalmente, como padres hemos de estar agradecidos por la vocación que han recibido nuestros hijos, que no nos causan preocupaciones pues sabemos que están contentos. Le escribo estas impresiones como padre de dos hijos que pertenecen al Opus Dei desde hace muchos años, sin ser yo mismo miembro de esta Obra'".

Siguió leyendo testimonios que confirman la alegría de los padres y la gran unión espiritual, misteriosa y fortísima, que se establece, entre hijos y padres: "La madre de otro miembro me escribe: 'mi hijo pertenece al Opus Dei desde hace algunos años. Nuestras relaciones son excelentes y yo estoy muy contento de que pertenezca a la Obra, pues sé que ahí le ayudan a vivir como cristiano'.

 

La madre de otro miembro me escribe: 'mi hijo pertenece al Opus Dei desde hace algunos años. En este tiempo no se ha separado de nosotros... se ha convertido en una persona alegre con una profunda convicción religiosa. Mi marido y yo respetamos y estamos contentos con su camino'. En otra carta puede leerse: 'como padres estamos muy, pero que muy agradecidos por el influjo positivo que ha ejercido y ejerce el Opus Dei sobre nuestros hijos'".

Estos testimonios - extensibles a tantas instituciones de la Iglesia- confirman una realidad universal: el gozo de los padres -incluso de aquellos que se opusieron al principio tenazmente a la vocación de sus hijos- al verlos fieles en su camino.

En el invierno de 1856, Mamma Margarita cayó enferma. Viéndose morir, llamó a su hijo –don Bosco- y el dijo: "Bien sabe Dios, hijo mío, lo mucho que te he querido, pero espero quererte aún más en el cielo".

Sus palabras testimonian una consoladora realidad: el gozo de los padres que han sido generosos con sus hijos no acabará aquí. Los padres de los santos y de las almas entregadas a Dios los querrán aún más en la otra vida y contemplarán, con toda su grandeza, el influjo espiritual de la vida de sus hijos en miles y miles de almas. ¡Qué gozo el de Luís Martín, al ver desde el cielo "la lluvia de rosas" que provocó la entrega de su hija! ¡Qué alegría incomparable la de mamá Margarita al contemplar el crecimiento de aquel hogar espiritual que nació gracias a su esfuerzo! ¡Qué confusión llena de entusiasmo la de Juan Bautista Sarto al comprobar como él, unsimple alguacil de pueblo, había contribuido decisivamente, sin saberlo, a enriquecer la Iglesia universal de forma incalculable!

También podemos imaginarnos a Teodora Theate, a Monna Lapa, a Juan Luis Bertrán, a Fernando Gonzaga, a la madre de Juan Crisóstomo, y a Pedro Bernardone y a tantos y tantos otros, que gozarán al ver las maravillas que ha hecho Dios por medio de sus hijos, y darán gracias a Dios porque, pese a sus lloros y lamentos, a sus amenazas y algún caso "pruebas", sus hijos no les hicieron demasiado caso. Si hubieran llegado a hacerlo, la Iglesia y la humanidad no contaríanni con santo Tomás de Aquino, ni con santa Catalina de Siena, san Luís Bertrán, san Luís Gonzaga, san Juan Crisóstomo, san Francisco de Asís y tantos otros.

Resulta casi inimaginable el empobrecimiento que hubiesen acarreado -de conseguir sus propósitos- a la Iglesia, en el ámbito de la teología, del papado, de la evangelización, de la espiritualidad, de la doctrina... Gracias a Dios, sus hijos fueron fieles a su vocación y las palabras de Jesús adolescente en el Templo resonaron en sus oídos con más fuerza que las de sus padres: "¿No sabíais que yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre?"

 

 

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