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Miguel Ángel |
Me llamo Miguel Ángel, tengo treinta y cinco años y éste va a ser mi cuarto año en el Seminario. Como podéis intuir, no entré al Seminario con dieciocho años... pero, afortunadamente, la paciencia y la misericordia de Aquel que nos llama es muy superior a la nuestra.
Mi vida antes de entrar en el Seminario era muy cómoda. Tenía todo lo que se podía esperar, e incluso más. Pero no era plena, le faltaba algo... ¿Qué me faltaba? Me faltaba descubrir las inquietudes de mi corazón, saber en Quien y en qué descansa, y dónde se encuentra la paz. ¿Cómo hacer este hallazgo?
La respuesta es: por medio de la oración y con la ayuda de la dirección espiritual. Dar el paso me parecía algo casi imposible, pero me estaba fiando de Alguien de plena confianza: del Señor.
Eso no quiere decir que no tuviese miedo. Mi cabeza, además, se hacía preguntas constantemente. Gracias a la oración, y dejándome llevar de la mano de la Virgen, reuní las fuerzas necesarias; y después de estar pensando en dar el paso durante varios años, al fín me decidí. Había cumplido ya treinta y dos años.
¿Vocación tardía? No, no pienso que mi caso sea el de una vocación tardía, sino de sordera acumulada y de falta de fe, porque sólo me fiaba de mis capacidades y de mis planes de futuro.
Han pasado algunos años y la vocación se va clarificando cada vez más, con la ayuda del Seminario y de los formadores. Aunque parezca una paradoja, ahora que no hago m voluntad y me fio de la llamada del Señor, soy plenamente feliz.
Mi camino vocacional podría resumirse en aquellas palabras de San Agustín en sus Confesiones: "Tarde te amé, belleza infinita; tarde te amé, belleza siempre antigua y siempre nueva"...
Fuente: Seminario Mayor de Alcalá de Henares
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