Los autores de los textos evangélicos no han pretendido escribir primariamente una biografía del Maestro, y menos todavía según el estilo actual de redactar obras de este género.
Por tal razón, a nadie sorprende la concisión, la parquedad de detalles, el esquematismo, en definitiva, la sobriedad literaria de los Evangelios; lo cual no impide que cautive su lectura: la figura de Jesucristo, sus palabras y sus obras, atraen, llegan a producir emoción, conmueven, entusiasman, y hacen que se vuelva con gusto, una y otra vez, sobre las mismas páginas para saborearlas.
Nada tiene de particular, por otro lado, que la frugalidad literaria de los evangelistas induzca al lector a querer aportar, con la imaginación, un conjunto de elementos que por lo general no aparecen en las narraciones: colores, olores, ruidos familiares, ambientación, paisajes, reacciones de las personas, rostros de sorpresa, protestas airadas, exclamaciones, gozos íntimos...
Así las cosas, se comprende que nos hayamos planteado algunas cuestiones y nos hayamos animado a narrarlas a nuestra manera, como Dios nos lo ha dado a entender. Por ejemplo: quién indicó a María y José la gruta en que se cobijarían al llegar a Belén; cómo vivió Natanael la jornada de las bodas de Caná, su pueblo natal; qué decidió a la mujer hemorroísa a acudir a
Jesús y qué recuerdo guardó del milagro; o bien: por dónde anduvo Judas cuando abandonó el Cenáculo; incluso: por qué no "recrear" alguna parábola y contarla con detalles de propia cosecha...
Ejercicio de imaginación. Quizás alguien pensará que determinado hecho no aconteció como aquí se describe; pero,¿no pudo haber sido así? En todo caso, concédase un margen de confianza a la noble capacidad humana de imaginar.
Julio Eugui
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