Mons. Álvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei (1975-1994)
15- IX-1975. Palabras de Mons. del Portillo ante el congreso electivo del sucesor del Fundador del Opus Dei
Reunidos aquí, en la presencia de Dios Nuestro Señor y de Santa María, para elegir a quien sucederá a nuestro queridísimo Padre y Fundador en la carga de hacer cabeza en la Obra, consideramos un deber que, antes de proceder a la elección, leamos algunas palabras del Padre, que se refieren precisamente a nuestras obligaciones respecto al que el Señor designe para llevar esa carga.
Nuestro Padre nos repitió los mismos conceptos, que aquí recogemos, en muchísimas ocasiones:
“Sed fieles, hijos de mi alma, ¡sed fieles! Vosotros sois la continuidad. Como en las carreras de relevos, llegará el momento -cuando Dios quiera, donde Dios quiera, como Dios quiera- en el que habréis de seguir vosotros adelante, corriendo, y pasaros el palitroque unos a otros, porque yo no podré más. Procuraréis que no se pierda el buen espíritu que he recibido del Señor, que se mantengan íntegras las características tan peculiares y concretas de nuestra vocación. Transmitiréis este modo nuestro de vivir, humano y divino, a la generación próxima, y ésta a la otra, y a la siguiente.
Quiero deciros algo especialmente sobre el Padre. Cuando yo muera, hijos míos, al Padre, sea quien sea, amadlo mucho, mucho, aunque se os pasen por la cabeza pensamientos de que no es suficientemente santo o inteligente, o mil ideas más que se os pueden ocurrir y que habréis de desechar inmediatamente, porque son malas. ¡Amadle mucho, hijos míos! Besad donde pise, no dejéis esa pequeña mortificación diaria y de rezar con amor la oración por el que hace cabeza. ¡Amadlo mucho, hijos míos, que es muy duro llevar esto encima!
A los que vengan después, hay que amarles más que a mí: unirse a ellos, quererles humana y sobrenaturalmente, obedecerles, consummati in unum (Jn 17, 23). De ordinario, en muchas instituciones, cuando desaparece el Fundador sobreviene una especie de terremoto. Yo no tengo ninguna preocupación: en el Opus Dei no ocurrirá así. Besad los pies del que venga detrás, queredle y rezad por él, para que sea muy alegre y muy santo, porque docto será.
Hijo mío, lo tienes que querer ya -respondió nuestro Padre a uno que, en una tertulia, le decía que a veces le venía el pensamiento de que al próximo Padre no podría quererle tanto como a él-. Yo lo quiero desde que era joven y lo encomendaba al Señor. Desde que empecé, lo único que he hecho ha sido formar a mis hijos para no ser nunca imprescindible. Lo tienes que querer ya como lo quiero yo… Tenéis hermanos maravillosos, que son ejemplo y vergüenza para mí; tengo que aprender muchas cosas de ellos. También vosotros, cuando vayáis madurando, iréis tirando del carro (…)
Hijos míos, os quiero -no me importa decirlo, porque no exagero- más que vuestros padres. Y estoy seguro que en el corazón de los que me sucedan, encontraréis este mismo cariño -iba a añadir que más aunque me parece imposible-, porque tendrán muy metido dentro del alma este espíritu tan de familia que informa la Obra entera. Llamadle Padre, como lo hacéis conmigo, que yo me siento arropado por vuestra fidelidad y agradezco todo el respeto que me manifestáis continuamente. Tratadle de usted como muestra de la veneración y del afecto de hijos que habréis de sentir siempre hacia el Padre, sea quien sea”.
Siendo este el espíritu de nuestro Padre, nosotros -interpretando el sentir de todos nuestros hermanos y antes de proceder a la elección-, deseamos reafirmar con un voto unánime nuestra firme decisión de amar, venerar y obedecer al próximo Presidente General como nuestro Padre quiere que le amemos, que le veneremos y que le obedezcamos. Besaremos donde él pise, conscientes de que así haremos la Obra como el Padre -que nos mira desde el Cielo- espera que la hagamos, para que el Opus Dei, con esta sólida unidad, camine siempre “firme, compacto, y seguro”, al servicio de la Iglesia Santa y del Papa.
AGP, P01, 1975
Primera declaración oficial a los medios de comunicación de Mons. del Portillo, como sucesor del Fundador
¿Qué hara ahora el Opus Dei? Seguir caminando, hacer lo que hemos hecho siempre, también desde que el Señor se llevó consigo a nuestro Fundador. Seguir caminando con el espíritu que él nos ha dejado definitivamente establecido, inequívoco.
El espíritu del Opus Dei nos ha enseñado a vivir todas las realidades humanas nobles, a tratar todas las cosas de la tierra que los hombres aman limpia y rectamente, con sentido cristiano, de cara a Dios, ejercitando la fe, la esperanza y la caridad. Por eso la familia, el trabajo profesional, los derechos y deberes propios de la vida social, en un palabra, todo lo que forma parte de la vida ordinaria de la persona, puede ser santificado, y así, en esa medida, es acogido por el espíritu del Opus Dei, que a nadie saca de su sitio y en nada violenta las realidades naturales y la autonomía personal de cada uno.
Monseñor Escrivá de Balaguer, al darnos este espíritu, nos ha engendrado a esta nueva dimensión de nuestra vida, de servicio generoso, alegre y constante, a la Iglesia, al Papa (el vice Cristo, como gustaba llamarle el Fundador), a los obispos y a todos los hombres. Nueva dimensión que cada uno realiza en su propia vida, con la gracia de Dios y su propio esfuerzo, con su propia responsabilidad. Somos una familia de vínculos sobrenaturales, espirituales, en la que cada uno goza de la más amplia libertad personal en todo el amplísimo campo de las cosas temporales, sin otros límites que los de la fe y de la moral cristianas, tal como las propone el Magisterio de la Iglesia. Por ejemplo, ahora a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II.
En el Opus Dei no hay vértice ni base. Todos somos igualmente hijos de nuestro Fundador, quien nos ha enseñado a poner a Cristo en la propia vida, y que ha dado para siempre a nuestra Asociación el carácter sencillo y cordial de una familia bien avenida.
El trabajo que los socios del Opus Dei desarrollan en todos los ambientes familiares, profesionales, sociales, es la ocasión normal y propicia del encuentro amistoso con sus iguales, y por eso, para hablarles de Dios, con el testimonio de la propia vida.
Nos llegan continuamente palabras de agradecimiento a nuestro Fundador, que, con su vida y su doctrina, ha llenado de luz cristiana el corazón de muchísimas personas, llevándolas al amor de Dios. Esto es lo que nos proponemos seguir haciendo los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer, con la mayor fidelidad posible, y siempre, en todo momento, en la pequeña realidad cotidiana de cada uno.
No buscamos en el Opus Dei momentos estelares. “Para mí -decía Monseñor Escrivá de Balaguer- es un hito fundamental en la Obra cualquier momento, cualquier instante en el que, a través del Opus Dei, algún alma se acerque a Dios, haciéndose así más hermano de sus hermanos los hombres”.
Respuestas a una entrevista por parte Mons. del Portillo con ocasión de las "Bodas de Oro" del Opus Dei . 2-X-1978
P. Usted ha vivido el Opus Dei casi desde sus inicios. En este 50º aniversario de su fundación, ¿cómo resumiría la historia y el camino que ha recorrido el Opus Dei?
R. La historia del Opus Dei en estos cincuenta años de su vida es la historia de una realidad espiritual. Por eso, pienso que el mejor camino para entenderla es recordar algunos rasgos de su espíritu. Nuestro Fundador lo ha fijado con trazos tan claros que, como solía decir, está esculpido. (…)
La historia del Opus Dei es la historia de la expansión de esa realidad espiritual. Así empezó en 1928, y así es en nuestros días. La Obra, esparcida hoy en los cinco continentes, nació ya con entraña universal. Su historia es, en estos primeros cincuenta años, una trayectoria de fidelidad a Dios. Este es también el resumen de la vida de nuestro Fundador, que supo transmitir esa llamada de Dios a muchos miles de hombres y de mujeres de todo el mundo. En esta historia es difícil marcar hitos, porque lo fundamental consiste en poner un camino de santidad al alcance de todos, en la vida diaria.
Señalaría dos momentos únicos: el 2 de octubre de 1928, fecha de la fundación de la Obra, y el 26 de junio de 1975, día en el que el Señor quiso llevarse a su lado a nuestro Fundador. Acababa así la etapa de la fundación, para empezar, sin solución de continuidad, lo que alguna vez he definido como la etapa de la fidelidad.
P. En el plano de las realizaciones apostólicas, ¿qué aportaciones del Opus Dei destacaría en estos cincuenta años?
R. En el campo del apostolado de los cristianos, pienso que el Opus Dei ha aportado una idea de gran densidad teológica y, por eso, muy práctica. Me refiero a la afirmación de que la principal apostolado es el que realiza cada uno en su trabajo, con su personal libertad y la consiguiente responsabilidad. Un cristiano ha de ser fermento y luz allí donde se encuentre: en su familia, en las relaciones profesionales y sociales. De hecho, el apostolado más importante del Opus Dei no está constituido por aquellas realizaciones a las que me referiré enseguida, sino por el que llevan a cabo personalmente los socios, cada uno en su propio ambiente.
Otra aportación, muy unida a la anterior, es el respeto, en la acción apostólica, de la naturaleza propia de las actividades humanas nobles. En otras palabras: el espíritu del Opus Dei lleva a santificar las tareas humanas desde la misma entraña de esas actividades. No se trata de hacer cosas para luego bautizarlas, sino de trabajar profesionalmente con la propia dinámica natural de las cosas y, a la vez, en una perspectiva cristiana.
Así se explica, y es una tercera aportación que quería comentar, el hecho de que, desde hace ya muchos años, los socios del Opus Dei trabajen, en su apostolado, junto a otras personas -muchas no católicas e incluso no creyentes-, que comparten el mismo deseo de poner todo lo humano, noblemente, al servicio de los demás.
En estos cincuenta años, los hombres han continuado haciendo la historia y han aparecido nuevas aspiraciones, nuevas necesidades, modos nuevos de enfocar los problemas humanos. En sus realizaciones apostólicas, cada socio del Opus Dei, como cualquier ciudadano, asume, hace propias, estas realidades. No hay un modelo único de cultura o de civilización que alimente el modo de hacer apostólico. Lo perenne es la fidelidad a la doctrina de la Iglesia y el deseo de servir. Los modos concretos de realizar este servicio dependen de las circunstancias, de las condiciones históricas, de las posibilidades reales de cada uno.
Las realizaciones concretas son muy numerosas en los cinco continentes: tareas que caen plenamente en el ámbito civil, orientadas y dirigidas por profesionales en las diferentes esferas del quehacer humano. Se trata de centros educativos, asistenciales, de promoción humana y social que, en cada país, nacen de acuerdo con las necesidades que allí se siente con mayor fuerza. La Universidad de Navarra es una excelente muestra de ese trabajo, lo mismo que, por ejemplo, el Seido Language Institute, en Japón, Netherhall House, en Londres, el Centro Elis, en Roma, o el Centro Agropecuario El Peñón, en México.
AA. VV. Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei. En el 50 aniversario de su fundación. Eunsa. Pamplona, 1985, pp. 35-55
El 6 de enero de 1991, Juan Pablo II ordenó Obispo al Prelado del Opus Dei a Mons. Álvaro del Portillo en la Basílica de san Pedro. Homilía de Mons. Álvaro del Portillo en su Primera Misa Pontifical. San Eugenio, Roma, 7-I-1991
Con profunda emoción, y con toda la devoción de la que era capaz, recibí ayer, de las manos del Santo Padre Juan Pablo II, la ordenación episcopal: una nueva efusión del Espíritu Santo, con la que Cristo me ha incorporado al Colegio de los Obispos, que sucede al de los Apóstoles (…) Con la ordenación episcopal del primer sucesor de Mons. Escrivá, tienen cumplimiento una vez más las palabras de la Sagrada Escritura, que dice: “Dios ha honrado al Padre en los hijos” (Ecclo 3, 3).
La ordenación episcopal del Prelado comporta un gran bien espiritual para la Prelatura del Opus Dei, y, al mismo tiempo, significa una nueva confirmación de la Santa Sede sobre su naturaleza jurídica como estructura jurisdiccional de la Iglesia. El episcopado confiere una nueva gracia sacramental al Pastor de la Prelatura y refuerza sacramentalmente su unión con el Papa y los Obispos. Os invito a continuar rezando cada día por la Jerarquía de la Iglesia, amando sinceramente a todos sus miembros. Aunque sé que nunca me ha de faltar, os pido también el apoyo de vuestra oración para corresponder a la gracia divina e imitar el ejemplo de Cristo, Buen Pastor de nuestras almas, que no sólo tiene cuidado de nosotros, como hemos escuchado en la primera lectura de la Misa (cfr. Ez 34, 11.15-16), sino que da la vida por sus ovejas (…)
Hace pocas semanas, al elegir el lema para el escudo episcopal, pensé enseguida en una jaculatoria que Mons. Escrivá repitió y escribió innumerables veces: Regnare Christum volumus!, queremos que Cristo reine en todas las almas, comenzando por la nuestra, y en la sociedad entera (…)
Este lema -Regnare Christum volumus!- refleja el más vivo anhelo de nuestro Fundador y también, inequívocamente, la razón de ser del Opus Dei. La Iglesia es el Reino de Cristo que se va realizando a lo largo de la historia y que sólo al fin de los tiempos alcanzará su plenitud. Por esto, cuando repetimos ¡queremos que Cristo reine!, estamos remachando el deseo, la voluntad decidida y práctica, de contribuir a la edificación de la Iglesia sobre la sólida roca de Pedro, con el espíritu y los medios queridos por Dios para los miembros del Opus Dei.
El espíritu de la Obra nos llama a buscar la santidad y a ejercitar el apostolado en medio del mundo, en el trabajo profesional y en las relaciones familiares y sociales, comprometiéndonos, entre otras cosas, a construir una sociedad justa, digna de la persona humana y de su libertad. Los medios que utilizamos son, sobre todo, la oración y los sacramentos: una sólida vida interior fundamentada en la filiación divina y sostenida por una constante y esmerada formación espiritual y doctrinal (…)
La coherencia, la sincera búsqueda de la santidad personal, son absolutamente necesarias para no falsear el reino de Cristo. Mons. Escrivá nos recuerda que “si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres”. Como ha escrito el Santo Padre Juan Pablo II, servir significa para nosotros reinar (cfr. Enc. Redemptor hominis, n. 21), siguiendo el ejemplo de Jesús, que “no vino para ser servido, sino a servir” (Mat 22, 2).
Este es también el único anhelo de la Obra y de cada uno de sus miembros: servir. Precisamente porque queremos que Cristo reine, deseamos servir a la Iglesia allí donde nos encontramos (…)
Me agrada concluir con otra jaculatoria de nuestro Padre: omnes cum Petro ad Iesum per Mariam! Unidos al Papa, vamos todos a Jesús por medio de María. ¡Quered mucho al Vicario de Cristo y hacedlo amar! Hoy queremos reafirmar con nueva fuerza nuestra unión con el Romano Pontífice y el amor que tenemos a María Santísima. A Ella, nuestra Madre, pedimos con confianza filial que nos conserve seguro el camino: Cor Mariae Dulcissimum, iter serva tutum! Amén.
Boletín de la Prelatura, Romana, VII (1991) 129-132
Fallecimiento del Prelado del Opus Dei Mons. del Portillo (1994)
El 23 de marzo de 1994, falleció en su residencia en Roma, en la sede Central del Opus Dei, Monseñor Álvaro del Portillo, Obispo Prelado del Opus Dei. Acababa de regresar de una peregrinación a Tierra Santa.
Durante su mandato el Opus Dei había comenzado su trabajo apostólico en 21 nuevos países: 1978, Bolivia; 1980, Zaire, Costa de Marfil y Honduras; 1981, Hong-Kong; 1982, Singapur; 1983, Trinidad-Tobago; 1984, Suecia; 1985, Taiwan; 1987, Finlandia; 1988, Camerún y República Dominicana; 1989, Macao, Nueva Zelanda y Polonia; 1990, Hungría y República Checa; 1992, Nicaragua; 1993, India e Israel; y 1994, Lituania.
En las horas siguientes a su fallecimiento, numerosas personas de toda condición acudieron a rezar en la Iglesia prelaticia del Opus Dei; entre ellos, el Papa Juan Pablo II.
Telegrama de pésame de Juan Pablo II por el fallecimiento del Prelado del Opus Dei
Al recibir la triste noticia de la repentina desaparición de Monseñor Álvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, le expreso a usted y a los miembros de la Prelatura mi más sentido pésame. Mientras recuerdo con agradecimiento al Señor la vida llena de celo sacerdotal y episcopal del difunto, el ejemplo de fortaleza y de confianza en la Providencia divina que ha ofrecido constantemente, así como su fidelidad a la Sede de Pedro y su generoso servicio eclesial como íntimo colaborador y benemérito sucesor del Beato Josemaría Escrivá, elevo al Señor fervientes súplicas para que acoja en el gozo eterno a este siervo bueno y fiel, y envío, para consuelo de cuantos se han beneficiado de su dedicación pastoral y de sus preclaras dotes de mente y de corazón, una especial bendición apostólica. Ioannes Paulus PP. II.
Boletín de la Prelatura, Romana, X (1994) 10
Homilía de Mons. Javier Echevarría, durante la misa de exequias por el alma de Mons. Álvaro del Portillo, 24-III-1994
Hermanas y hermanos queridísimos: como hace casi diecinueve años, cuando nuestro queridísimo Fundador se nos marchó al Cielo, también hoy nos reunimos para dar el último saludo en la tierra a quien ha sido durante todos estos años Padre y Pastor nuestro amadísimo, el buen hijo fiel de nuestro Padre.
Hace pocos días celebrábamos llenos de gozo el cumpleaños del Padre: ochenta años de servicio fecundo en frutos para Dios y para la Iglesia. Con el mismo gozo nos estábamos preparando para sus bodas de oro sacerdotales. Pero los planes del Señor muchas veces no coinciden con los de los hombres, aunque sean tan nobles como los que unos hijos o unas hijas pueden albergar respecto a su padre.
Tras la peregrinación a Tierra Santa, siguiendo las huellas de Jesús, en la que mucho ha rezado y se ha conmovido el Padre, y en la que con tanta oración y tanto cariño nos habéis acompañado todas y todos, cada una y cada uno -así nos lo repitió frecuentemente el Padre, como nuestro Fundador en su peregrinación a la Virgen de Guadalupe en 1970: venimos, comentaba, con todas y con todos los de la Obra-, tras esa peregrinación, decid, el Señor ha querido otorgarle el premio merecido por su vida santa, por su entrega generosa, por su constante desvelo por la Iglesia y por las almas. Parece como si, después de recorrer los lugares santificados por la presencia de Jesucristo, sólo le faltara irse al Cielo para ver cara a cara a la Trinidad Beatísima y a la Virgen, sus grandes amores.
Es un deber de piedad filial que recemos mucho por el Padre, aunque nos consta su santidad: la hemos tocado con las manos, jornada tras jornada; y el testimonio de la afluencia a este lugar de ayer y de hoy es bien elocuente también. Aunque tengamos el íntimo convencimiento -repito- de que el Padre ve el Rostro de Dios, hemos de ofrecer muchos sufragios: no haremos más que corresponder un poquito a lo que el Padre ha rezado y se ha mortificado por nosotros. También en este caso, como con nuestro Padre, estamos convencidos de que serán oraciones de ida y vuelta.
En estas pocas palabras, yo quisiera transmitiros la misma vibración y seguridad, idéntico consuelo y esperanza que el Padre infundió en todos nosotros en junio de 1975. El dolor es grande, la nueva herida abierta es profunda, pero también es pujante y seguro el gozo sobrenatural que la fe y la esperanza hacen brotar de nuestras almas.
Como entonces nuestro Fundador, también ahora el Padre se nos ha marchado inesperadamente. ¿Qué podemos hacer, sino adorar el misterio de la Voluntad divina? Repitamos: “Fiat, adimpleatur, laudetur atque in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen”. Por otra parte, de nuestro corazón brota una gratitud profunda a la Santísima Trinidad, que ha llenado de días apostólicos y fecundos a este Padre queridísimo y le ha permitido contemplar hechas realidad tantas, tantas cosas… Pensad en el camino jurídico de la Obra, que el Padre -con la gracia de Dios y con un esfuerzo ímprobo, y con la oración de todas y de todos- llevó a término, cumpliendo lealmente cuanto había señalado nuestro Padre. Pensad en la expansión del Opus Dei por el mundo entero a lo largo de estos años, y pensad en la beatificación de nuestro Fundador, fruto también del trabajo y de la oración y del sacrificio del Padre…
¿Qué puedo decir? El Padre ha sido el vir fidelis alabado por la Sagrada Escritura, el hijo fiel que ha gastado su existencia por entero en ser apoyo e instrumento de nuestro Fundador. Gracias a su fidelidad y a sus desvelos, la Obra ha proseguido por el camino que marcó nuestro Padre, el Beato Josemaría, sin desviarse ni un ápice, sin ninguna solución de continuidad, sin vacíos de ningún tipo. ¡Gracias, Padre! Ahora podemos darle las gracias en voz alta, con el santo orgullo de haber tenido un Padre como el que hemos tenido.
Su único deseo fue siempre la santidad de los miembros de la Iglesia, y especialmente la de sus hijas y la de sus hijos. Siguiendo los pasos de nuestro Padre, buscó pasar oculto. ¡Y qué bien lo ha hecho! Era la sombra benéfica de nuestro Padre, al que hacía presente en todos los lugares donde se hallaba; era la voz de la que nuestro Fundador se ha servido para hablarnos; el corazón, lleno de cariño sobrenatural y humano, con el que ha continuado queriéndonos en la tierra; el brazo, fuerte y paternal, con el que nos ha dirigido -a toda la Obra, a cada una, a cada uno- en estos diecinueve años duros e intensos, gozosos y llenos de paz, plenos de dolor y repletos al mismo tiempo de alegría.Os puedo confiar que era constante el ofrecimiento de su vida a Dios, por el Papa y por la Iglesia Santa. Tuve ocasión de comentárselo ayer al Santo Padre Juan Pablo II, cuando vino a rezar ante los restos mortales del Padre. Le dije, porque es la pura verdad, que la última Misa de su vida -la que celebró en la Iglesia del Cenáculo de Jerusalén- la ofreció, como siempre, por la persona e intenciones del Romano Pontífice (…)
Boletín de la Prelatura, Romana, X (1994) 26-28
Oración para la devoción privada a Mons. Álvaro del Portillo
Dios Padre misericordioso, que concediste a tu siervo Álvaro, obispo, la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio a la Iglesia y fidelísimo hijo y sucesor del Beato Josemaría, Fundador del Opus Dei: haz que yo sepa también responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir al Reino de Jesucristo; dígnate glorificar a tu siervo Álvaro, y concédeme por su intercesión el favor que te pido… (pídase). Así sea.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.
Boletín de la Prelatura, Romana, X (1994) 86