Desde el traslado del Fundador a Roma en 1946 hasta su fallecimiento en 1975
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San Josemaría, en Roma,
con varias mujeres del Opus Dei
de diversos continentes
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Homilía en el campus de la Universidad de Navarra, el 8-X-1967, con motivo de la Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra
Son muchos los aspectos del ambiente secular, en el que os movéis, que se iluminan a partir de estas verdades. Pensad, por ejemplo, en vuestra actuación como ciudadanos en la vida civil. Un hombre sabedor de que el mundo -y no sólo el templo- es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando -con plena libertad- sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve; y toma, en consecuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida.
Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. ¡Esto no puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas. Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laical, que ha de llevar a tres conclusiones:
a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal;
a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen -en materias opinables- soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene;
y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas.
Se ve claro que, en este terreno como en todos, no podríais realizar ese programa de vivir santamente la vida ordinaria, si no gozarais de toda la libertad que os reconocen -a la vez- la Iglesia y vuestra dignidad de hombres y de mujeres creados a imagen de Dios. La libertad personal es esencial en la vida cristiana. Pero no olvidéis, hijos míos, que hablo siempre de una libertad responsable.
Interpretad, pues, mis palabras, como lo que son: una llamada a que ejerzáis -¡a diario!, no sólo en situaciones de emergencia- vuestros derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones como ciudadanos -en la vida política, en la vida económica, en la vida universitaria, en la vida profesional-, asumiendo con valentía todas las consecuencias de vuestras decisiones libres, cargando con la independencia personal que os corresponde. Y esta cristiana mentalidad laical os permitirá huir de toda intolerancia, de todo fanatismo -lo diré de un modo positivo-, os hará convivir en paz con todos vuestros conciudadanos, y fomentar también la convivencia en los diversos órdenes de la vida social.
Sé que no tengo necesidad de recordar lo que, a lo largo de tantos años, he venido repitiendo. Esta doctrina de libertad ciudadana, de convivencia y de comprensión, forma parte muy principal del mensaje que el Opus Dei difunde. ¿Tendré que volver a afirmar que los hombres y las mujeres, que quieren servir a Jesucristo en la Obra de Dios, son sencillamente ciudadanos iguales a los demás, que se esfuerzan por vivir con seria responsabilidad -hasta las últimas conclusiones- su vocación cristiana? (…)
También las obras, que -en cuanto asociación- promueve el Opus Dei, tienen esas características eminentemente seculares: no son obras eclesiásticas. No gozan de ninguna representación oficial de la Sagrada Jerarquía de la Iglesia. Son obras de promoción humana, cultural, social, realizadas por ciudadanos, que procuran iluminarlas con las luces del Evangelio y caldearlas con el amor de Cristo. Un dato os lo aclarará: el Opus Dei, por ejemplo, no tiene ni tendrá jamás como misión regir Seminarios diocesanos, donde los Obispos instituidos por el Espíritu Santo (Act 20, 28) preparan a sus futuros sacerdotes.
Fomenta, en cambio, el Opus Dei centros de formación obrera, de capacitación campesina, de enseñanza primaria, media y universitaria, y tantas y tan variadas labores más, en todo el mundo, porque su afán apostólico -escribí hace muchos años- es un mar sin orillas (…)
Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer. Ediciones Rialp. Madrid, 1968
Encuentro del fundador con alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz. 19 de marzo de 1975
Ahora, Señor, quiero darte gracias delante de estos hijos, porque hay material y formación suficiente para que no se tuerza el camino de la Obra, para que no se pierda el buen espíritu. Por aquí hemos andado esta mañana en la oración, dando gracias, y diciendo: Señor, casi cincuenta años de trabajo, y yo no he sabido hacer nada: todo lo has hecho Tú, a pesar de mí, a pesar de mi falta de virtud, a pesar de… (…)
Hijos míos, os estoy contando un poquito de lo que ha sido mi oración de esta mañana: es para llenarme de vergüenza y de agradecimiento, y de más amor. Todo lo hecho hasta ahora es mucho, pero es poco: en Europa, en Asia, en África, en América y en Oceanía. Todo es obra de Jesús, Señor nuestro. Todo lo ha hecho nuestro Padre del Cielo. (…)
Hijos mío, toda nuestra fortaleza es prestada. ¡A luchar!, no os hagáis ilusiones. Si peleamos, todo saldrá. Tenéis por delante tanto camino recorrido, que ya no os podéis equivocar. Con lo que hemos hecho en el terreno teológico -una teología nueva, queridos míos, y de la buena- y en el terreno jurídico; con lo que hemos hecho con la gracia del Señor y de su Madre, con la providencia de nuestro Padre y Señor San José, con la ayuda de los Ángeles Custodios, ya no podéis equivocaros, a no ser que seáis unos malvados.
Vamos a dar gracias a Dios. Y ya sabéis que yo no soy necesario. No lo he sido nunca. (…)
No quiero que nadie se sienta coaccionado; en todo caso, sólo por la coacción del amor, sólo por la coacción de saber que no acabamos de corresponder al amor que Jesús tiene con nosotros, cuando nos ha buscado. ‘Ego redemi te, et vocavi te nomine tuo: mes es tu!’ (Is 43, 1).
¡No vaciléis nunca! Desde ahora os digo -y no conozco vuestros problemas personales, pero las almas tienen un paralelismo tremendo, aunque sean distintas- que tenéis vocación divina, que Cristo Jesús os ha llamado desde la eternidad. No sólo os ha señalado con el dedo, sino que os ha besado en la frente. Por eso, para mí, vuestra cabeza reluce como un lucero.
También tiene su historia lo del lucero… Son esas grandes estrellas que parpadean por la noche, allá arriba, en la altura, en el cielo azulado y oscuro, como grandes diamantes de una claridad fabulosa. Así es de clara vuestra vocación: la de cada uno y la mía. Yo, que soy muy miserable y he ofendido mucho a Nuestro Señor, que no he sabido corresponder y he sido un cobarde, tengo que agradecer a Dios no haber dudado nunca de mi vocación, ni de la divinidad de mi vocación. Vosotros tampoco debéis dudar. Si no, no estaríais aquí. Agradecédselo al Señor. (…)
Hijos míos, ya veis que hemos puesto medios divinos; medios que, para la gente de la tierra, no son una cosa proporcionada. Yo lo veo ahora; entonces no me daba cuenta de que era el Espíritu Santo el que nos llevaba y nos traía. No estamos nunca solos: tenemos Maestro y Amigo.
AA. VV. Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei. En el 50 aniversario de su fundación. Eunsa. Pamplona, 1985, pp. 23-30
Mañana del 26 de junio de 1975. Últimas palabras de Josemaría Escrivá, dirigidas a mujeres del Opus Dei, horas antes de su fallecimiento
Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo por aquí. Vuestros hermanos seglares también tienen alma sacerdotal. Podéis y debéis trabajar con esa alma sacerdotal; y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz.
Álvaro del Portillo, Una vida para Dios. Ediciones Rialp. Madrid, 1992, p. 76.
26 de junio de 1975. Fallecimiento de Josemaría Escrivá. Recuerdos de Álvaro del Portillo
El 26 de junio de 1975, último día de su vida en la tierra, el Padre se levantó a la hora acostumbrada. Celebró, ayudado por don Javier Echevarría, la Misa votiva de la Virgen en el oratorio de la Santísima Trinidad, a las siete y cincuenta y tres minutos. A la misma hora celebraba también yo en la sacristía mayor, porque aquella mañana nuestro Fundador deseaba ir con don Javier y conmigo a Castelgandolfo, para despedirse de sus hijas de Villa delle Rose, ya que estábamos a punto de salir de Roma. Se encontraba físicamente bien, y nada hacía prever lo que sucedería poco después. (...)
El Padre volvía de Villa delle Rose indudablemente cansado, pero sereno y contento. Atribuyó su malestar al calor (...) A las once y cincuenta y siete entramos en el garaje de Villa Tevere (...)
Saludó al Señor en el oratorio de la Santísima Trinidad y, como solía, hizo una genuflexión pausada, devota, acompañada por un acto de amor. A continuación subimos hacia mi despacho, el cuarto donde habitualmente trabajaba y, pocos segundos después de pasar la puerta, llamó: “¡Javi!” Don Javier Echevarría se había quedado detrás, para cerrar la puerta del ascensor, y nuestro Fundador repitió con más fuerza: “¡Javi!”; y después, en voz más débil: “No me encuentro bien”. Inmediatamente el Padre se desplomaba en el suelo.
Para nosotros, ciertamente, se trataba de una muerte repentina; para nuestro Fundador, en cambio, fue algo que venía madurándose -me atrevo a decir-, más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia y por el Papa.
Estoy convencido de que el Padre presentía su muerte. En los últimos años repetía frecuentemente que estaba de más en la tierra, y que desde el Cielo podría ayudarnos mucho mejor. Nos llenaba de dolor oírle hablar así -con aquel tono suyo fuerte, sincero, humilde-, porque mientras pensaba que era una carga, para nosotros era un tesoro insustituible. (...)
En todos los países, los medios de comunicación social la difundieron con veneración y respeto: era el reflejo de la impresión que recibieron directamente los periodistas que acudieron a Villa Tevere. En los días siguientes fueron apareciendo numerosísimos artículos y programas de radio y televisión, en los que se ponía de relieve la importancia de la obra de nuestro Fundador en la vida de la Iglesia. Su fama de santidad quedó aún más patente desde el momento de su muerte. (…)
Me consoló mucho recibir la cariñosa respuesta del Santo Padre Pablo VI a la información que le habían enviado en mi calidad de Secretario General de la Obra. A través de Mons. Benelli, el Papa expresó su condolencia y nos dijo que también espiritualmente rezaba junto al cuerpo de “un hijo tan fiel” a la Santa Madre Iglesia y al Vicario de Cristo. Antes del funeral público, llegó a Villa Tevere un telegrama de la Sede Apostólica. El Romano Pontífice renovaba la expresión de su condolencia, manifestaba que estaba ofreciendo sufragios por el alma de nuestro Fundador, y confirmaba su persuasión de que era un alma elegida y predilecta de Dios; concluía impartiendo la Bendición apostólica para toda la Obra. Como es costumbre, el telegrama llevaba la firma del Cardenal Secretario de Estado, que se unía de todo corazón a nuestro dolor, y a los sentimientos de Pablo VI, quien deseaba hacernos llegar lo antes posible aquellas líneas.
Llegaron a la Sede Central del Opus Dei miles de telegramas y cartas desde los cinco continentes: además de expresiones del más sentido dolor, reflejaban concordemente la convicción de que había muerto un santo, uno de los grandes fundadores suscitados en la Iglesia por el Espíritu Santo. (...)
Álvaro del Portillo, Entrevista sobre El Fundador del Opus Dei. Ediciones Rialp. Madrid, 1993, pp. 231-252
Homilía de Álvaro del Portillo en la misa de exequias de Josemaría Escrivá. 27-VI-1975
(…) En estos momentos, lo que llena el corazón de todos nosotros es el dolor por la muerte de un padre, y ¡de qué padre!
Hermanas mías, hermanos míos: si estuviese el Padre aquí -está: desde el Cielo, estoy seguro, nos ve, nos sonríe a cada uno con cariño, como ha hecho siempre, nos bendice-, si pudiese hablar, ¿qué nos diría? Yo creo que a todos nosotros nos ha dicho ya que tenemos que ser fieles. Él nos ha marcado un camino, nos ha dejado un espíritu. El camino está bien claro. El espíritu también. Tenemos que ser fieles. Si no, nuestro dolor, sería falso, sería una mentira (…)
Muchas veces el Padre, antes de morir, decía: “hijos míos, o hijas mías, cuando yo muera no ha de pasar absolutamente nada”. Y eso es lo que nos pide a nosotros. El dolor lo tenemos dentro y no lo podemos suprimir, no lo podemos borrar; pero quiere que sigamos el camino que nos ha marcado: bien apiñados, formando una familia bien unida por ese espíritu que nos ha dejado el Padre: un espíritu que es más poderoso que los lazos de la carne (…)
¿Qué más os he de decir? Os he de decir que tenemos una obligación de piedad filial de rezar por el Padre, aunque estemos seguros de que así como Dios le ha oído en eso de morir sin molestar a nadie, le habrá oído también cuando se dirigía a Dios pidiendo que le concediese la gracia de “saltarse a la torera” el Purgatorio. ¡Se lo habrá concedido! A pesar de todo, la piedad filial nos obliga a rezar, ¡a rezar! Y vosotros, hermanas y hermanos míos, cuando veáis a personas ajenas a la Obra -porque los de la Obra rezarán- repetid el gesto que hacía mucho el Padre, cuando extendía la mano como pidiendo una limosna, y decid que pedís la limosna de la oración por el Padre que nos ha dejado, pero que no nos ha dejado (…)
Hermanas, hermanos míos: rezad también un poquito por mí, porque llevo -llevaba- cuarenta años al lado del Padre, salvo pocas temporadas en que he estado físicamente separado de él; espiritualmente he estado siempre muy unido. Para todos y para todas el dolor será enorme; pero, para mí, quizá lo sea un poquito más. Rezad por mí.
AGP, P01, 1975