Documentos

sobre el fenómeno apostólico del Opus Dei

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Primeros pasos del apostolado del Opus Dei en el mundo


Recuerdos de Francisco Ponz

Además de Álvaro, los miembros de la Obra más antiguos ayudaban al Padre en las tareas de formación y apostolado. El que llevaba más tiempo en el Opus Dei -desde 1930- era Isidoro Zorzano, un ingeniero industrial compañero de bachillerato del Padre en Logroño y de su misma edad. Vivía en Jenner, trabajaba en los Ferrocarriles del Oeste y se ocupaba de los asuntos económicos y materiales de la residencia. Era muy trabajador, aprovechaba formidablemente bien el tiempo, hacía muchas cosas y muy poco ruido. Era un buen ejemplo para los que llevábamos poco tiempo en la Obra.

Juan Jiménez Vargas, con veintiséis años, era entonces el director de la residencia de Jenner. Preparaba oposiciones a cátedra de Fisiología de Medicina, e investigaba en el Instituto Cajal; también ejercía como médico. Pertenecía al Opus Dei desde 1933. Juan era, y lo ha sido siempre después, hombre de cuerpo enjuto, duro consigo mismo, de pocas palabras y muchos hechos, activo, decidido, con un trato en apariencia seco, pero con un gran corazón que estaba pendiente de todos y se desvivía por todos. Era muy trabajador. Rechazaba con energía cualquier intento de expresarle agradecimiento o afecto. Nos impulsaba a que hiciéramos deporte, a remar, salir al monte, dar paseos rápidos por las calles de Madrid. Sufría cuando le parecía apreciar poca reciedumbre en alguno.

También en 1933 habían pedido la admisión en la Obra José María González Barredo -un químico de treinta y cuatro años y catedrático de Instituto que preparaba entonces oposiciones a cátedra universitaria de Química Física- y Ricardo Fernández Vallespín, de veintinueve años, que trabajaba ya como arquitecto y alcanzó en pocos años notable prestigio.

Otro que había acabado la carrera -de ingeniero de minas-, era José María Hemández Garnica, a quien llamábamos familiarmente Chiqui. Pertenecía al Opus Dei desde julio de 1935. Cuando le conocí en 1940, trabajaba en la Electra Madrileña, una Compañía relacionada con su tío Pablo Garnica. Algo más próximos a mí en edad estaban Pedro Casciaro, Paco Botella y Vicente Rodríguez Casado, que se ocupaban más directamente de la labor apostólica en Jenner con universitarios. Pedro y Paco comenzaron Arquitectura y Matemáticas en Madrid; compañeros de estudios y amigos, pidieron la admisión en el Opus Dei casi el mismo día, en noviembre de 1935. Acababan de licenciarse en Ciencias Exactas y en el curso 1939-40 hacían el doctorado. Vicente era historiador y, como Pedro y Paco, cursaba el doctorado y preparaba la tesis. Era del Opus Del desde mayo de 1936, muy poco antes del comienzo de la guerra civil. Había sido boy scout, y de ahí le venía la tendencia a las excursiones. Como alguna vez venía con el uniforme de sargento del Ejército y era bastante corpulento, le llamábamos en aquel tiempo «el sargentísimo». Era muy apostólico y un optimista nato; aunque aseguraba que era muy tímido, abordaba a quien se proponía con gran facilidad.

En cuanto a mi maestro, José María Albareda, era como Isidoro de la misma edad que el Padre. Vivía en Jenner, pero andaba muy ocupado con sus actividades profesionales y científicas, y coincidíamos menos con él. A Rafael Calvo Serer tardé algo en conocerle. Había pedido la admisión en la Obra unos tres meses antes del comienzo de la guerra civil española y no residía en Madrid. Se dedicaba a la Historia y había sido directivo de los Estudiantes Católicos en Valencia.

Todos los «mayores» que conocí en Jenner me ayudaron mucho a comprender y vivir el espíritu del Opus Dei. Con una personalidad muy diferente, cada uno con su propio carácter y temperamento, ofrecían un ejemplo estupendo de cómo el común espíritu que enseñaba el Fundador del Opus Dei podía encarnarse en tipos humanos tan diversos. Su fe en el Padre, la atención con que le escuchaban, la prontitud con que seguían sus consejos, la manifiesta generosidad de su entrega, constituían un formidable apoyo: eran firmes columnas para todos los demás. Cuantos hemos llegado después, les debemos infinito agradecimiento.

Francisco Ponz, Mi encuentro con El Fundador del Opus Dei. Madrid, 1939-1944. Eunsa. Pamplona, 2000, pp. 51-53


Testimonio de Ricardo Fernández Vallespín

Ricardo Fernández Vallespín nació el 23.IX.10, en El Ferrol (La Coruña); arquitecto, perteneció al Opus Dei desde 1933. Fue el primer Director de la residencia DYA (Ferraz). En 1949 se ordenó sacerdote y poco después fue uno de los que inició el apostolado del Opus Dei en Argentina.

Creció y creció la labor en el curso 1935-1936. Amigo del Padre era el Obispo Auxiliar de Valencia D. Javier Lauzurica y en los primeros meses de 1936 el Padre decidió hacer un viaje a Valencia, para tantear el terreno y ponerse otra vez en contacto con los estudiantes universitarios de esa ciudad, que habían ido a visitarle a Madrid. Yo le acompañé en este viaje. Fuimos en el medio de transporte más económico, que era en coches de turismo grandes, que cobraban solamente cincuenta pesetas por plaza. Aquel viaje con el Padre me hizo una ilusión enorme y quedó grabado en mis recuerdos. En Valencia nos alojamos en un hotel modesto, el “Hotel Balear”, situado en la calle de la Paz. Allí fueron a ver al Padre muchos de los estudiantes que habían estado con él en Ferraz, que llevaron a otros compañeros. Y fue entonces cuando el Padre habló a D. Rafael Calvo Serer, entonces estudiante avanzado de Filosofía y Letras, de su posible vocación, y él pidió que le admitiera en la Obra. También recuerdo que D. Javier Lauzurica nos invitó a comer en la vivienda que tenía en el Seminario; nos acogió con mucho cariño y dio toda clase de facilidades para realizar la idea de instalar allí una residencia de estudiantes.

AGP, RHF, T-00162


Recuerdos de Pedro Casciaro

(…) Volví de nuevo a Madrid, al edificio de la casa rectoral, donde estábamos muy pobremente instalados, utilizando ese curioso saldo de objetos que quedan abandonados tras una guerra: catres de soldado, mantas de cuarteles, etc. Sólo estuvimos allí durante cuatro meses. El Padre quería ceder la casa lo más pronto posible a las Agustinas Recoletas, cuyo convento había quedado destruido. Mientras tanto, buscábamos por todo Madrid una casa de alquiler en la que se pudiera instalar la Residencia (…)

El 6 de junio se firmó, por fin, el contrato de la casa que iba a albergar la futura Residencia de estudiantes: la integraban tres amplios pisos de la primera y tercera planta de la calle de Jenner número 6, muy cerca del Paseo de la Castellana. En los dos pisos de la tercera planta -que se unieron- se instalaron el oratorio, la sala de estar, la biblioteca, una salita de recibir y las habitaciones de los residentes. En la primera planta se instalaron el comedor de la Residencia, el comedor de invitados, una sala de recibir, la habitación que ocupaba el Padre, una segunda habitación para la Abuela y su hermana Carmen y una tercera habitación para su hermano Santiago, que era entonces estudiante universitario (…)Por fin, el 15 de julio comenzó la mudanza. El 6 de agosto el Padre bendijo el nuevo Centro de la calle de Jenner. Comenzaba un nuevo capítulo de la historia de la Obra (…)

Pedro Casciaro, Soñad y os quedaréis cortos. Ediciones Rialp. Madrid, 1994, pp. 184-185


 

A partir de aquel año, la labor apostólica fue creciendo con fuerza en Madrid y en diversas ciudades de España como Valencia, Valladolid, Zaragoza o Barcelona. Viajábamos hasta esas ciudades con frecuencia, aprovechando los fines de semana, para no desatender el trabajo profesional o las clases en la Universidad. A la vuelta de cada viaje se contaban anécdotas apostólicas y salían a relucir nombres de viejos y nuevos conocidos. El Padre hizo muchos viajes y dio personalmente los primeros pasos de la labor en muchas ciudades: en septiembre del 39, por ejemplo, se desplazó hasta Valencia, donde bendijo un pequeño piso que se había instalado allí, y al que se llamó El Cubil por sus escuetas dimensiones. En noviembre estuvo en El Rincón, como se llamaba -también aludiendo a su tamaño- el Centro de los que comenzaban en Valladolid. Luego, los viajes siguieron: a Salamanca, Barcelona, Valencia…

A toda esa tarea apostólica en diversas capitales de provincia hay que añadir la que el Padre llevaba a cabo en Madrid, donde trataba a personas de las más variadas edades y condiciones: médicos, abogados, empleados, sacerdotes… Atendía espiritualmente a las mujeres en el confesonario de una iglesia pública y durante ese periodo se dedicó con particular atención a la labor apostólica con mujeres.

Dios bendijo aquella labor con abundantes frutos y, al poco tiempo, ya no cabíamos en Jenner. Era imposible atender desde allí la dirección de todo aquel trabajo, y se comenzó a buscar un lugar apropiado para establecer la Sede Central y el primer Centro de Estudios, donde se pudiera atender mejor la formación de las vocaciones recientes. El Padre pensaba en este proyecto desde hacía tiempo. Poco después, el proyecto se hizo realidad: durante el verano de 1940 se adquirió una casa en la confluencia de la calle Lagasca con Diego de León, donde se trasladaron el Padre y algunos más, entre los que me encontraba yo. También se alquiló un piso en la calle de Martínez Campos (…)

Pedro Casciaro, Soñad y os quedaréis cortos. Ediciones Rialp. Madrid, 1994, pp. 189-191


Testimonio de Encarnación Ortega Pardo

Encarnación Ortega fue una de las primeras mujeres del Opus Dei. Recuerdauna de las visitas del Fundador al centro desde el que se atendería la labor apostólica dirigida a mujeres, recién instalada en la calle de Jorge Manrique, cuando reunió en la biblioteca a aquel pequeño grupo mujeres del Opus Dei para mostrarles las grandes líneas de su trabajo apostólico.

Sobre la mesa extendió un cuadro que exponía las distintas labores que la Sección femenina del Opus Dei iba a realizar en el mundo. Sólo el hecho de seguir al Padre, que nos las explicaba con viveza, casi producía sensación de vértigo: granjas para campesinas; distintas casas de capacitación profesional para la mujer; residencias de universitarias; actividades de la moda; casas de maternidad en distintas ciudades del mundo; bibliotecas circulantes que harían llegar lectura sana y formativa hasta los pueblos más remotos; librerías... Y (...), doblando despacio aquel cuadro, dijo: - Ante esto se pueden tener dos reacciones: Una, la de pensar que es algo muy bonito, pero quimérico, irrealizable; y otra, de confianza en el Señor que, si nos ha pedido todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante. Espero que tengáis la segunda.

Ana Sastre Gallego, Tiempo de caminar: semblanza de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. Ediciones Rialp. Madrid, 1989, p. 279


 

1952. Comienzos de la Universidad de Navarra. Recuerdos de Ismael Sánchez Bella

Ismael Sanchez Bella (1922), se incorporó al Opus Dei en 1940. Era catedrático de Historia del Derecho, cuando en 1952 inició la Universidad de Navarra.

Llegué a Pamplona en julio de 1952, con muy poco dinero, aunque con la promesa de ayuda económica por parte de la Diputación Foral, con cuyas autoridades ya habían tenido unas conversaciones previas Amadeo de Fuenmayor y José María Albareda. La duda que suscita lo nuevo -y tal vez el hecho de que yo tuviera sólo treinta años-, hizo que el acuerdo de ayuda se concretara de forma un tanto cautelosa: 150.000 pesetas anuales, en dos años, y a prueba. Parecía imposible que sólo con esa ayuda se pudiera poner en marcha la primera Facultad, la de Derecho, ya en el cercano mes de octubre. Pero, por expresa indicación del Beato Josemaría, seguimos adelante. El deseo de monseñor Escrivá de fundar una Universidad en Pamplona empezó así a hacerse realidad. Quiero dejar constancia que, desde el primer momento, quedó patente la amplitud, ciertamente audaz, de sus planteamientos, que nos hacían llegar mucho más lejos de lo que nosotros podíamos pensar. (…)

Entre mis primeras preocupaciones estaba encontrar un edificio adecuado para la labor docente y un piso decoroso para los primeros profesores. Lo asombroso es que el doble problema se resolvió en pocos días. Como primer paso, acudí a la Catedral, y puse el asunto en manos de Santa María la Real. Me fijé en la Escuela de Comercio, de reciente construcción entonces, y se me ocurrió que, como Catedrático de la Universidad estatal, podría solicitar que nos dejaran utilizar, a modo de préstamo, algún aula. A ese efecto busqué a un profesor que, según me dijeron, estaba en la Cámara de Comptos Reales. Nada más ver aquel bello edificio medieval, pensé que allí podría iniciarse la nueva Universidad. Pregunté de quién dependía el pequeño museo arqueológico instalado allí en aquel entonces, y anoté que era el Jefe Cultural de Navarra, Sr. Uranga (…)

Obtenida la conformidad de Uranga, tuve luego que convencer al Gobernador. Al final todo se resolvió y se nos concedió autorización para utilizar el edificio de la Cámara de Comptos. Después, ayudado por alguno más, se decoró el edificio, mejor dicho, un aula. ¡Pero qué aula aquélla!: una de las más nobles en que podría pensarse. Y suficiente para comenzar con el primer curso de los estudios de Derecho.

También la residencia para los profesores quedó pronto resuelta. Encontré un buen piso que se ofrecía en alquiler. No había dinero, pero el vecino, que era abogado, se ofreció con mucho gusto a avalar un préstamo en un banco (…)

Pero quedaba por resolver el problema fundamental: el de los profesores, pues sin ellos no puede haber una Universidad, aunque en aquel momento -así había que empezar- se tratara sólo de un curso, el primero de Derecho. Contaba ya con algunos nombres y luego se fueron concretando otros, hasta completar los necesarios. José Luis Murga, para Derecho Romano; Jerónimo Martel, para Derecho Natural; Rafael Aizpún, para Economía Política; Ángel López-Amo, con la colaboración de Leandro Benavides, para Derecho Político; yo mismo me hice cargo de Historia del Derecho, que es mi especialidad (…)

La inauguración de la Universidad en octubre de 1952 fue muy brillante. Asistieron muchas personalidades. Hubo Misa del Espíritu Santo en la parroquia cercana, bendición de los locales en la Cámara de Comptos y un brillante acto académico en el edificio de la Diputación Foral. Los alumnos, que enseguida comenzaron a frecuentar las clases, eran 42. El ambiente era muy bueno. Al final del curso debían ir a examinarse a la Universidad de Zaragoza, pues el Estudio General no tenía todavía el reconocimiento necesario.

Los años siguientes, en los que me correspondió el honor de actuar como Rector, fueron de desarrollo rápido, pero equilibrado. Para preparar el curso siguiente, se hizo necesario buscar profesores que atendieran el segundo curso de Derecho, y habilitar otras aulas. En el curso 1954-55 surgieron nuevas enseñanzas: Medicina y Enfermería (…) En 1955 comenzó la Facultad de Filosofía y Letras, que se inició con la sección de Historia (…)

En los comienzos, las Bibliotecas eran modestas por falta de fondos. Recuero que el tercer año sólo había 100.000 pesetas para libros de Derecho y 7.000 para los de Historia; el total de libros era de 2.794 volúmenes. Sin embargo, en todo momento se procuró cuidar no sólo la docencia, sino también la investigación: todos teníamos muy clara conciencia de que no se trataba de dar vida a una simple academia, sino a una universidad, y no hay universidad sin investigación (…)

Ismael Sánchez Bella, Recuerdos sobre el comienzo de una gran aventura, en "Cuadernos del Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá de Balaguer", V (2001) 15-23.


Expansión por todo el mundo. Recuerdos de Mons. Javier Echevarría

Desde 1950 continuó la expansión por todo el mundo. En 1958 el Opus Dei comenzó su tarea apostólica en Asia y Africa: Japón y Kenya fueron respectivamente los primeros países de esos continentes. Luego se fue: 1951,Colombia y Venezuela; 1952,Alemania; 1953,Guatemala y Perú; 1954,Ecuador; 1956,Uruguay y Suiza; 1957,Brasil, Austria y Canadá; 1958,Japón, Kenia y El Salvador; 1959,Costa Rica; 1960,Holanda; 1962,Paraguay; 1963,Australia; 1964,Filipinas; 1965,Bélgica y Nigeria; 1969,Puerto Rico.

P. Vd. ha tenido ocasión de ver de cerca cómo aplicaba Mons. Escrivá de Balaguer estas grandes líneas en el comienzo de la labor apostólica en nuevas naciones.

R. Quería que la empezasen unos pocos miembros de la Obra, y evitaba que apareciesen como grupo, con riesgo de enquistarse. Deseaba que tuviesen, desde el primer momento, la ilusión de integrarse en el país, amando y admirando sus buenas cualidades, comprendiendo y disculpando los defectos -siempre que no fueran ofensa a Dios-, poniendo en su actuación amor y espíritu cristiano. Además, elegía a personas de varias nacionalidades, para dejar claro que no iniciaba la labor del Opus Dei un grupo nacional -ni siquiera externamente-, y se tocase con las manos la universalidad de la Obra.

Resultan indescriptibles su alegría y su agradecimiento al Señor, cuando comenzaban a llegar al Opus Dei hombres y mujeres en esos nuevos países. Además, no se conformaba con haber empezado la labor. Quería que fuese realizándose enseguida una expansión dentro de cada lugar. Alentaba a sus hijos a que procurasen tener cuanto antes más de un Centro en la ciudad en la que se encontraban, para poder llegar a más gente; y les animaba a fijarse en otras localidades donde podrían establecerse, sabiendo que debían tender a crear como una red en servicio de las almas por todo el territorio nacional.

Se preocupaba de que estuviesen atentos incluso a los detalles materiales más pequeños, para favorecer lo que llamaba el trasplante, es decir, la acomodación al nuevo país. Por ejemplo, cuando se comenzó en Japón, donde se iban a encontrar con costumbres tan diferentes -idioma, cultura, ambiente, formación religiosa-, quiso que procediesen con prudencia, sin imponerse un cambio inmediato y radical hacia lo que desconocían; pero con el deseo sincero de habituarse a la idiosincrasia de esa gran nación, a la que iban a aprender y en la que, si el Señor no disponía otra cosa, debían gastar toda su vida.

Hizo colocar un mapamundi en una habitación grande de la Sede Central. Figuraban con distinto color los lugares en los que ya se estaba trabajando, y las zonas pintadas se iban extendiendo a medida que crecía la expansión apostólica. Quería que fuera un despertador para la oración de los miembros del Consejo General. El Fundador era el primero que se acordaba de que se debía colorear, cuando se comenzaba la labor apostólica de la Obra en una nación.

Tuvo siempre la preocupación de sembrar el amor de Dios por el mundo entero. Ansiaba esa dilatación de la Iglesia, como me confió muchas veces: “cuando estoy cansado, cuando algunas noches me cuesta conciliar el sueño, me distraigo conquistando el mundo para Cristo, y pienso en los servicios que prestaremos aquí y allá, llevando a Nuestro Señor para que muchas personas le amen, le conozcan, le traten.

Javier Echevarría, Memoria del Beato Josemaría Escrivá. Ediciones Rialp. Madrid, 2000, pp. 350-351


El Opus Dei en África

Carta de Mons. Mojaisky Perrelli al Fundador del Opus Dei, 26-X-1957

Mons. Mojaisky Perrelli era el Delegado Apostólico para el África Oriental y Occidental Británica. Había conocido a Mons. Escrivá de Balaguer en Roma y sentía por él una profunda veneración y estima.

 

Mombasa, 26 de oct. de 1957

 

Iltmo. y Venerado Monseñor:

Quiero valerme de la “antigua amistad” para pedirle una caridad muy grande en favor de la Iglesia en estas tierras. V.S. conoce las necesidades y las promesas de las Misiones de África. Hemos llegado a un punto crucial: el número de cristianos, el aumento de conversiones, el próximo traspaso al “auto-gobierno”, etc., hacen que se esté jugando un partido de alcance extraordinario para el futuro de África.

Dentro de 20 años quedará establecido, quién sabe por cuánto tiempo, si el catolicismo será la religión de la mayoría y de la mayor influencia en estas tierras o —Dios no lo quiera— quede... reducido a una de las tantas sectas cristianas.

Es de suma importancia fundar luego una Universidad Católica: aunque fuese sólo una facultad, sólo los primeros cursos de una facultad. Llegar antes que los otros es esencial [...].

Entonces vea delante de Dios si me puede proporcionar a la brevedad posible elementos capacitados para iniciar una facultad de Ingeniería Civil a establecerse en Nairobi, Kenya. Deberían ser de habla inglesa y el Director posiblemente de Gran Bretaña (Oxford o Cambridge).

Debo añadir que la Propagación de la Fe nos ayudaría económicamente.

Le ruego me conteste luego (positivamente) y vea si puede mandar a alguien para estudiar el proyecto in loco.

Cordialmente in Domino.

 

AGP,Sección Expansión Apostólica, Kenya, I/1, 1


El Opus Dei en Oriente (Japón)

Carta de Mons. Paul Yoshigoro Taguchi al Fundador del Opus Dei, 7-V-1958

 

Mons. Taguchi era el Obispo de Osaka. Conoció a Josemaría Escrivá en Roma en 1957 y le pidió que el Opus Dei comenzara una labor apostólica en su diócesis.

Quisiera dar las gracias a Su Excelencia por haber enviado al Muy Rev. José L. Múzquiz al Japón para estudiar la posibilidad de comenzar una Universidad Católica en la zona de Osaka [...]. Bien sé que no es tarea fácil comenzar una Universidad, pero sé también que todo esfuerzo para ponerla en marcha será de muy valioso servicio para la Iglesia en el Japón. Rezo con la esperanza de que muy pronto tengamos una Universidad bajo la dirección del Opus Dei en la zona de Osaka.


El Opus Dei en América del Sur (Perú)

En 1957 la Santa Sede encargó al Opus Dei la Prelatura de Yauyos, en Perú: una circunscripción eclesiástica recién constituida y dependiente del dicasterio de Propaganda fide, que abarcaba un extenso territorio en la abrupta sierra de los Andes, desatendido religiosamente desde mucho tiempo atrás. Mons. Ignacio Orbegozo fue su primer Prelado, e inició la ingente tarea con la ayuda de un pequeño grupo de sacerdotes españoles pertenecientes a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que acudieron con gran generosidad a aquellas tierras, con el permiso de sus respectivos Ordinarios.

Recuerdos de Mons. Enrique Pelac sobre la Primera Visita Pastoral a la Prelatura de Yauyos

Enrique Pelac es actualmente obispo dimisionario de Abancay, y entonces uno de los primeros cinco sacerdotes llegados a Yauyos.

Yo acompañaba a Mons. Ignacio María Orbegozo en su primera visita pastoral. Salimos de Yauyos, y la primera etapa terminaba en Capillucas, un pueblo muy pequeño, de unos ciento cincuenta habitantes, al que se llega por la carretera ((propiamente un camino carretero sin asfaltar)) después de dos horas de bajada. Llegados a Capillucas, fuimos directamente a la iglesia. Acudieron enseguida las autoridades y, al toque de la campana, los niños de las escuelas y bastantes fieles. Aunque el pueblo es muy pobre, la iglesia está en general bien cuidada. El Prelado celebró la santa misa; y para que la siguieran mejor, yo iba explicando a aquellas gentes las diversas ceremonias, y dirigía al mismo tiempo los rezos y los cánticos. (…)

Al día siguiente celebramos la Santa Misa y bautizamos. Los mismos neófitos sostenían, con sus manos callosas por el trabajo, una palangana con el agua del bautismo.

Viaje adelante en el jeep. La nueva etapa terminaba en Catahuasi, una aldea de doscientos cincuenta habitantes (…)

En estos viajes solemos llevar con nosotros las cosas imprescindibles de uso personal-que no son muchas- y además todo, absolutamente todo lo necesario para el culto. En las iglesias no suele haber nada. Los ornamentos, cuando los tienen, son inservibles (…)

En Catahuasi nos atendieron con amabilidad y cariño. Se notan en esta población fuertes afanes de progreso. De acuerdo con un proyecto de urbanización muy bien hecho, están trasladando todo el pueblo hacia el río y junto a la carretera. Han construido ya la escuela, y un edificio que se destina a atenciones sanitarias; y han reservado para la futura iglesia un terreno que reúne buenas condiciones. Todos trabajan desinteresada y unánimemente. (…)

Cuando regresamos a Lima, otra etapa iba a comenzar enseguida: a las cuatro de latarde salimos hacia Huangascar, Viñac y Apurí, tres distritos de la provincia de Yauyos, de difícil acceso, pues sólo se llega a ellos por caminos de herradura (…)

Por fin llegaron las mulas. Para mí, era la primera experiencia como jinete. Para el Prelado no: había montados otras veces, pero… casi diez años atrás. Emprendimos el camino: siete horas sobre la mula. Los cerros son altos y los senderos situados siempre sobre un precipicio, estrechísimos e irregulares con una especie de escalones de piedra que la mula sube o baja moviendo las dos patas delanteras a un tiempo. El que cabalga, sin más apoyo que la fuerza de sus rodillas y la tensión sobre los estribos, va contemplando el abismo. Nosotros, siempre de buen humor, íbamos camino adelante rezando el rosario. (…) Sin más, con una mula y con un caballo viejísimo, nos lanzamos a la aventura de la penúltima etapa: Apurí-Huangascar. Tres horas de bajada casi vertical, y adivinando la dirección en muchos trechos, pues no hay indicios de camino cierto: hasta llega un momento en que hay que bajar de la caballería porque el terreno se hace intransitable.

En Huangascar volvimos a encontrarnos rodeados de cariño y delicadeza. Es un pueblo de gente muy buena y sencilla. A la caída de la tarde, la iglesia se llenó para el rezo del rosario y para oír la predicación. (…)

Fue alegre aquel día en el pueblo: ciento veinte Primeras Comuniones. Entre los comulgantes, algunos mayores de edad. Les acompañaban sus familias. Y como entodas partes, hubo también muchos bautismos (…)

De Huangascar a La Huaca, en buenas caballerías. Luego en jeep hasta Yauyos. Terminaba la primera visita pastoral al territorio de la Prelatura.

Revista “La Revista”, Prelatura de Yauyos, Cañete y Huarochirí, n. 1, pp. 10-11

 

Cartas de Mons. Ignacio Orbegozo, Prelado de Yauyos, 1958

(…) Puedes imaginarte mi alegría, mi orgullo y todo lo que quieras por esos sacerdotes que son heroicos hasta decir basta, alegres, humildes y dóciles. ¡Jamás encuentran tropiezo, nada es difícil, todo se puede! Para mi son estímulo permanente y fuente de maravillosa paz. ¡Otro gran milagro de la Gracia…!

Cuando pienso que pronto seremos veinte, la misión se me hace pequeña. ¡Son ahora cinco y atienden con frecuencia increíble, dadas las distancias y penalidades de los caminos, más de 100 iglesias repartidas en 16.000 Km2! De los datos de la estadística de la Curia, (y diario de viajes y labor que también llevamos), leía ayer y gozaba con toda el alma, que en estos meses de trabajo hemos hecho unos seis mil bautizos, entre otras cosas. ¿Verdad que es para quererlos a rabiar? Son la admiración de estas gentes: no piden nada, se contentan con todo, comen lo que ellos, duermen en un rincón o en el camino, no tienen medida en nada que sea servir, atenderlos, quererlos. ¡Esta es la gracia y la garantía del éxito de sus tareas! Cuando ahora leo a San Pablo y sus andanzas evangélicas y miro a estos hermanos míos, siento envidia y unas ganas tremendas de imitarlos (…)

(…) Todos mis curicas están buenos gracias a Dios y a la Reina de los caminantes y al Santo Ángel Custodio. No es sólo por decirlo: a poco de llegar tuvieron que lanzarse a conocer, y luego atender la parte de territorio que les tocó en suerte: al principio y por unos días los acompañé yo (mientras se soltaban a montar a caballo y se hacían el ánimo a los caminos) y luego ellos a diario a sus tareas. A poco uno de ellos, galleguiño, salió disparado de la caballería y cuando despertó se encontró solo, molido todo el cuerpo y a más de cuatro horas de camino del primer poblado que tuvo que hacer a pie, pues no pudo volver a montar siquiera en su caballo… Me avisaron (estaba lejos yo) y como no hay médicos y no se sabía qué podía tener “por dentro” (la noticia era que “el padrecito se golpeó duro”) fui lo más pronto que pude: quince horas a caballo a marchas forzadas. Lo encontré tan contento y satisfecho, lo miré bien y no tenía nada importante; me lo llevé a Yauyos, lo dejé allí de “descanso y decoloración” durante un par de semanas y otra vez al monte. Ahora me dicen que monta mejor y más seguro que nunca y que “el Custodio le ha enseñado más en un porrazo que un profesor de equitación en diez años”. Y es verdad, todos hemos aprendido en la misma escuela y con el mismo maestro (…)

Revista “La Revista”, Prelatura de Yauyos, Cañete y Huarochirí, n. 1, pp. 7-9