--Beatificación del Fundador del Opus Dei

 

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Beatificación de Josemaría Escrivá


El fundador del Opus Dei fue beatificado por Juan Pablo II el 17 de mayo de 1992, ante unos 300.000 peregrinos llegados de todo el mundo, en el curso de una solemne celebración litúrgica en la plaza de San Pedro de Roma.


Juan Pablo II. Breve apostólico "Ad perpetuam memoriam". Beatificación del Venerable Siervo de Dios Josemaría Escrivá. 17 de mayo de 1992


(…) El Fundador del Opus Dei percibió con claridad la ilimitada virtualidad apostólica que se desprende de la vida común de los fieles, mediante el empeño por santificar el trabajo y el conjunto de las actividades ordinarias. De ahí su insistencia en la necesidad de fundir en armónica unidad de vida la oración, el trabajo y el apostolado: “hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios … Necesita nuestra época devolver -a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios” (Conversaciones, n. 114).

El Venerable Josemaría Escrivá, nacido en Barbastro (España) el 9 de enero de 1902, fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925 y el 2 de octubre de 1928 fundó en Madrid el Opus Dei; el 14 de febrero de 1930 comprendió que debía extender su apostolado también entre las mujeres. En el fiel cumplimiento de su tarea, llevó a sacerdotes y laicos, hombres y mujeres de toda condición, a encontrar en las ocupaciones cotidianas el ámbito de la propia corresponsabilidad en la misión de la Iglesia, con plenitud de dedicación a Dios en las circunstancias ordinarias de la vida secular. “¡Se han abierto los caminos divinos de la tierra!”, exclamaba (Es Cristo que pasa, n. 21): no se limitó en la práctica a describir las perspectivas pastorales que se abrían con ese empeño capilar de evangelización, sino que lo configuró como realidad perteneciente a la naturaleza estable y orgánica de la Iglesia. (…)

La notable fama de santidad, de que gozó en vida, se consolidó con extraordinario vigor después de su muerte. En 1981, el Vicario General de la diócesis de Roma, Card. Ugo Poletti, dio inicio a la Causa de Canonización del Siervo de Dios. Después de la celebración de dos Procesos Cognicionales sobre la vida y virtudes, uno en Roma y otro en Madrd, se procedió a la discusión sobre la heroicidad de las virtudes. El correspondiente decreto fue emanado el 9 de abril de 1990.

Entre los numerosos prodigios atribuidos al Siervo de Dios, fue elegida la curación milagrosa de una religiosa, sucedida en 1976 y sobre la cual se instruyó un Proceso Cognicional en 1982. Sometido el caso a los exámenes de rigor, el 6 de julio de 1991 fue promulgado el decreto super miro.

Llegamos así a establecer que el rito de la Beatificación tuviera lugar el 17 de mayo de 1992.

Hoy, pues, en Toma, en la Plaza de San Pedro, en el curso de la solemne celebración litúrgica, hemos pronunciado la siguiente fórmula:

“Nos, acogiendo el deseo de nuestros hermanos Camillo Ruini, Nuestro Vicario para la ciudad de Roma, y Pietro Giacomo Nonis, Obispo de Vicenza, así como de otros muchos Hermanos en el Episcopado, y de numerosos fieles, después de haber escuchado el parecer de la Congregación para las Causas de los Santos, con Nuestra Autoridad Apostólica declaramos que los Venerables Siervos de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, Fundador del Opus Dei, y Josefina Bakhita, virgen, Hija de la Caridad, Canosiana, de ahora en adelante pueden ser llamados Beatos, y se podrá celebrar su fiesta, en los lugares y en el modo establecido por el derecho, cada año, en el día de su nacimiento al cielo: el 26 de junio para Josemaría Escrivá de Balaguer, y el 8 de febrero para Josefina Bakhita.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.”

Todo cuanto hemos decretado por la presente carta, queremos que sea estable ahora y en el futuro, no obstante cualquier otra cosa en contrario.

Dado en Roma, junto a San Pedro, y sellado con el anillo del Pescador, el 17 de mayo de 1992, año decimocuarto de Nuestro Pontificado.

Archivo de la Secretaría de Estado, n. 304.722


Juan Pablo II. Homilía con motivo de la beatificación de Josemaría Escrivá y Josefina Bakhita. 17-V-1992


(…) Hoy se nos ofrece la ocasión de fijar una vez más nuestra mirada en esta vía de salvación: el camino hacia la santidad, y reflexionar sobre las figuras de dos personas que, de ahora en adelante, llamaremos Beatas: Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, Fundador del Opus Dei, y Josefina Bakhita, Hija de la Caridad, Canosiana. (…)

3. Josemaría Escrivá de Balaguer, nacido en el seno de una familia profundamente cristiana, ya en la adolescencia percibió la llamada de Dios a una vida de mayor entrega. Pocos años después de ser ordenado sacerdote dio inicio a la misión fundacional a la que dedicaría 47 años de amorosa e infatigable solicitud en favor de los sacerdotes y laicos de lo que hoy es la Prelatura del Opus Dei.

La vida espiritual y apostólica del nuevo Beato es- tuvo fundamentada en saberse, por la fe, hijo de Dios en Cristo. De esta fe se alimentaba su amor al Señor, su ímpetu evangelizador, su alegría constante, incluso en las grandes pruebas y dificultades que hubo de superar. «Tener la cruz es encontrar la felicidad, la alegría -nos dice en una de sus Meditaciones- tener la cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijo de Dios.»

Con sobrenatural intuición, el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación (cfr Dominum et vivificantem 50). En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de aleja- miento de Dios, el nuevo Beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. «Todas las cosas de la tierra -enseñaba- también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios» (Carta del 19 de marzo de 1954).

«Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey.» Esta aclamación que hemos hecho en el salmo responsorial es como el compendio de la vida espiritual del Beato Josemaría. Su gran amor a Cristo, por quien se siente fascinado, le lleva a consagrarse para siempre a Él y a participar en el misterio de su Pasión y Resurrección. Al mismo tiempo, su amor filial a la Virgen María le inclina a imitar sus virtudes. «Bendeciré tu nombre por siempre jamás»: he aquí el himno que brotaba espontáneamente de su alma y que le impulsaba a ofrecer a Dios todo lo suyo y cuanto le rodeaba. En efecto, su vida se reviste de humanismo cristiano con el sello inconfundible de la bondad, la mansedumbre de corazón, el sufrimiento escondido con el que Dios purifica y santifica a sus elegidos.

4. La actualidad y transcendencia de su mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes, como lo muestra también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y obra de Josemaría Escrivá. Su tierra natal, España, se honra con este hijo suyo, sacerdote ejemplar, que supo abrir nuevos horizontes apostólicos a la acción misionera y evangeliza- dora. Que esta gozosa celebración sea ocasión propicia que aliente a todos los miembros de la Prelatura del Opus De¡ a una mayor entrega, en su respuesta a la llamada a la santificación y a una más generosa participación en la vida eclesial, siendo siempre testigos de los genuinos valores evangélicos, lo cual se traduzca en un ilusionado dinamismo apostólico, con particular atención hacia los más pobres y necesitados. (…)

Beatificación de Josemaría Escrivá. Ediciones Palabra. Madrid, 1992, pp. 17-26


Simposio teológico sobre el beato Josemaría en el Ateneo Romano de la Santa Cruz, actual Universidad Pontificia de la Santa Cruz. 12-14 octubre de 1993. Alocución de Juan Pablo II. 14 de octubre.


"La historia de la Iglesia y del mundo se desarrolla bajo la acción del Espíritu Santo, que, con la colaboración libre de los hombres, dirige todos los acontecimientos hacia la realización del plan salvífico de Dios Padre. Manifestación evidente de esta Providencia divina es la presencia constante a lo largo de los siglos de hombres y mujeres, fieles a Cristo, que iluminan con su vida y su mensaje las diversas épocas de la historia. Entre estas figuras insignes ocupa un lugar destacado el beato Josemaría Escrivá, que, como subrayé el día solemne de su beatificación, recordó al mundo contemporáneo la llamada universal a la santidad y el valor cristiano que puede adquirir el trabajo profesional, en las circunstancias ordinarias de cada uno (…)

La profunda conciencia que la Iglesia actual tiene de estar al servicio de una redención que atañe a todas las dimensiones de la existencia humana, fue preparada, bajo la guía del Espíritu Santo, por un progreso intelectual y espiritual gradual. El mensaje del beato Josemaría, al que habéis dedicado las jornadas de vuestro congreso, constituye uno de los impulsos carismáticos más significativos en esa dirección, partiendo precisamente de una singular toma de conciencia de la fuerza universal de irradiación que posee la gracia del Redentor. En una de sus homilías, el Fundador del Opus Dei afirmaba: “No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica (…) no se puede decir que haya realidades -buenas, nobles, y aun indiferentes- que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte” (Es Cristo que pasa, n. 112).

Sobre la base de esta honda convicción, el beato Josemaría invitó a los hombres y a las mujeres de las más diversas condiciones sociales a santificarse y a cooperar en la santificación de los demás, santificando la vida ordinaria. En su actividad sacerdotal percibía a fondo el valor de toda alma y el poder que tiene el Evangelio de iluminar las conciencias y suscitar un serio compromiso cristiano en la defensa de la persona y de su dignidad. En Camino, el beato escribía: “Estas crisis mundiales son crisis de santos. - Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad humana. - Después... "pax Christi in regno Christi" - la paz de Cristo en el reino de Cristo” (Camino, n. 301).

¡Cuánta fuerza tiene esta doctrina ante la labor ardua y, al mismo tiempo, atractiva de la nueva evangelización, a la que toda la Iglesia está llamada! En vuestro congreso habéis tenido la oportunidad de reflexionar en los diversos aspectos de esta enseñanza espiritual. Os invito a continuar en esta obra, porque Josemaría Escrivá de Balaguer, como otras grandes figuras de la historia contemporánea de la Iglesia, también puede ser fuente de inspiración para el pensamiento teológico. En efecto, la investigación teológica, que lleva a cabo una mediación imprescindible en las relaciones entre la fe y la cultura, progresa y se enriquece acudiendo a la fuente del Evangelio, bajo el impulso y la experiencia de los grandes testigos del cristianismo. Y el beato Josemaría es, sin duda, uno de éstos.

Por otra parte, no podemos olvidar que la importancia de la figura del beato Josemaría Escrivá no sólo deriva de su mensaje, sino también de la realidad apostólica que inició. En los sesenta y cinco años transcurridos desde su fundación, la Prelatura del Opus Dei, unidad indisoluble de sacerdotes y laicos, ha contribuido a hacer resonar enmuchos ambientes el anuncia salvador de Cristo. Como Pastor de la Iglesia universal me llegan los ecos de ese apostolado, en le que animo a perseverar a todos los miembros de la Prelatura del Opus Dei, en fiel continuidad con el espíritu de servicio a la Iglesia que siempre inspiró la vida de su Fundador.

Con estos sentimientos, invoco sobre todos la abundancia de los dones celestiales, en prenda de los cuales os imparto de corazón mi bendición a vosotros y a cuantos se inspiran en las enseñanzas y los ejemplos del beato Josemaría Escrivá de Balaguer.

 Santidad y mundo. Actas del Simposio teológico de estudio en torno a las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá. Eunsa. Pamplona, 1994, pp. 17-19


Simposio teológico sobre el beato Josemaría en el Ateneo Romano de la Santa Cruz, actual Universidad Pontificia de la Santa Cruz. 12-14 octubre de 1993. Mensaje inaugural del Cardenal Joseph Ratzinger, actual Papa Benedicto XVI


(…) Resulta oportuno, e incluso necesario, que en cuanto teólogos escuchemos la palabra de los santos para descubrir su mensaje: un mensaje multiforme, por cuanto los santos son muchos y cada uno ha recibido su carisma particular; y al mismo tiempo unitario, porque los santos remiten al único Cristo, al que se unen y cuya riqueza nos ayudan a penetrar. En esta sinfonía múltiple y unitaria, en la que, como diría Möhler, consiste la tradición cristiana, ¿qué acento lleva consigo el beato Josemaría Escrivá?, ¿qué impulso recibe a su luz la Teología? No me corresponde responder ahora a estas preguntas: los relatores del Congreso aportarán sus personales reflexiones, a las que se sumarán las de cuantos, participando del espíritu del beato Josemaría Escrivá y en conexión con su mensaje, se dediquen, con el pasar de los años, a la enseñanza y a la investigación teológica.

Con todo, existe una realidad que salta a la vista en cuanto uno se acerca a la vida de Mons. Escrivá de Balaguer o entra en contacto con sus escritos: un sentido muy vivo de la presencia de Cristo. “Enciende tu fe. - No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia. ¡Vive!: "Jesus Christus heri et hodie: ipse et in sæcula!" - dice San Pablo - ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre!” (Camino, n. 584). Este Cristo vivo es además un Cristo cercano, un Cristo en el que el poder y la majestad de Dios se tornan presentes a través de las cosas humanas, simples, ordinarias.

Se puede, pues, hablar, en relación con el beato Josemaría Escrivá, de un cristocentrismo acentuado y singular, en el que la contemplación de la vida terrena de Jesús y la contemplación de su presencia viva en la Eucaristía conducen al descubrimiento de Dios y a la iluminación, a partir de Dios, de las circunstancias del vivir cotidiano (…)

Dos consecuencias se desprenden de esta consideración de la vida de Jesús, del misterio profundo de la realidad de un Dios que no sólo se ha hecho hombre, sino que ha asumido la condición humana, haciéndose en todo igual a nosotros, excepto en el pecado (cfr. Heb 4, 5). Ante todo la llamada universal a la santidad, a cuya proclamación el beato Josemaría contribuyó notablemente, como recordaba Juan Pablo II en su solemne homilía durante la Misa de beatificación. Pero también, para consistencia a esta llamada, el reconocimiento de que a la santidad se llega, bajo la acción del Espíritu Santo, a través de la vida cotidiana. La santidad consiste en esto: en vivir la vida cotidiana con la mirada fija en Dios; en plasmar nuestras acciones a la luz del Evangelio y del espíritu de la fe. Toda una comprensión teológica del mundo y de la historia deriva de este núcleo, como atestiguan, de modo preciso e incisivo, muchos textos del beato Escrivá (…)

 Santidad y mundo. Actas del Simposio teológico de estudio en torno a las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá. Eunsa. Pamplona, 1994, pp. 27-32