Curaciones
de enfermedades pequeñas y grandes,
gracias a la intercesión de san Josemaría


San Josemaría en la cabecera del Siervo de Dios Isidoro Zorzano, en su lecho de muerte


 San Josemaría sentía predilección por los enfermos. Durante muchos años, los había visitado por los hospitales y los barrios de Madrid, llevándoles el cariño y el consuelo de su corazón sacerdotal lleno de amor de Dios. Por diversos testimonios sabemos que atendió a millares de ellos, volcándose especialmente con los más pobres y abandonados y con los que hoy día llamamos "enfermos terminales". No era su misión devolverles la salud —no tenía ese poder, que el Señor concede a otros santos— sino curar sus almas: devolverles la amistad con Dios, llenarles de paz y de alegría ante la muerte o los sufrimientos. También cuando tuvo que abandonar esa labor, siguió ocupándose con increíble afecto de los que padecían dolencias grandes o pequeñas.

        Desde su fallecimiento, muchas personas le han encomendado problemas de salud de distinta gravedad y han experimentado que esa predilección por los enfermos sigue siendo actual en San Josemaría. En efecto, muchos de los favores notificados en estos años hablan de curaciones.

        A una de ellas se refiere el decreto de la Congregación para las Causas de los Santos, aprobado por Juan Pablo II el 6 de julio de 1991. Se trata de la curación milagrosa de sor Concepción Boullón Rubio, Carmelita de la Caridad. Esta religiosa padecía una grave enfermedad, que desapareció de forma repentina y con efectos permanentes, en 1976. El decreto reconoce que este milagro se puede atribuir a la intercesión del Fundador del Opus Dei. Así quedaba abierto su camino a los altares: la beatificación tuvo lugar el 17 de mayo de 1992, ante una gran multitud de fieles, en la plaza de San Pedro.

        Para la canonización, la Iglesia requiere un segundo milagro, sucedido después de la beatificación. El 20 de diciembre de 2001, el papa Juan Pablo II aprobó otro decreto que reconoce la curación del médico español Manuel Nevado Rey, afectado por una grave enfermedad debida a su profesión (radiodermitis crónica), que desapareció en noviembre de 1992, después de que el interesado hubiera acudido a la intercesión de San Josemaría. El 6 de octubre de 2002, el doctor Nevado asistió en Roma, junto con cientos de miles de personas, a la ceremonia de canonización del Fundador del Opus Dei.

        Los favores que se recogen en este capítulo son de diversa entidad: muestran que San Josemaría no sólo atiende a los casos graves, sino también a los problemas de salud más corrientes. Y lo más importante: continúa ocupándose, como hizo en vida, de curar también las almas.


CASOS DIFÍCILES

Nada que hacer (México)

        Vivimos en un poblado que queda a una hora de Guadalajara. Mi hermana tenía un tumor canceroso y la habíamos hospitalizado en Guadalajara: ya llevaba una temporada en la que los familiares nos turnábamos para atenderla, pero había empeorado notablemente, hasta tal punto que el médico nos llamó para decirnos que no había nada que hacer: no podía operarla, y era preferible que nos la trajéramos a su casa para que muriera tranquila.

        Todos estábamos preocupados, pero con la esperanza de que Monseñor Escrivá iba a hacer un milagro, y empezamos a pedirle con más fuerza desde ese momento para que intercediera por su curación.

        El día en que la trajimos, estuvo con muchas molestias y no pudo dormir en muchas horas. Al día siguiente le pedimos al señor cura que le llevara la Comunión, pero no pudo pasar ni una gota de agua, ni tampoco una partícula pequeñísima; nos dolía aún más pensar que pudiera morir sin comulgar, así que seguimos pidiendo con más intensidad.

        Decidí ponerle la estampa con la oración para la devoción privada del Siervo de Dios directamente sobre el tumor: se durmió en seguida, y no despertó en casi dos horas. Al abrir los ojos, pidió un poco de leche y la pudo tomar perfectamente; se volvió a dormir, esta vez más tiempo.

        Cuando despertó la segunda vez, pidió una comida perfectamente normal y ya no tenía dolores, y cuando palpé el lugar donde se podía notar perfectamente un tumor grande, había desaparecido totalmente. Fuimos con el médico que la había desahuciado, y se asustó cuando la vio, y le dijo con toda claridad que estaba seguro de que ya había muerto.

Nunca más podría tocar el piano como profesional (Brasil)

        En estos últimos treinta años, unos problemas serios afectaron profundamente a mis posibilidades de ejercer la profesión de músico y pianista. En 1965, a los veinticinco años de edad, tuve una lesión en el nervio cubital del brazo derecho, que dificultó la movilidad de algunos dedos. Con una intervención quirúrgica y un tratamiento, conseguí una buena recuperación, pero el intenso estudio para recuperar el tiempo perdido me ocasionó el síndrome de movimientos repetitivos, frecuente también en personas que trabajan con ordenadores o con máquinas que requieren digitación específica.

        Estos hechos modificaron profundamente mi carrera profesional y personal (...). Quizá, infantilmente, sentía dentro de mí una cierta rebeldía por saber que, teniendo un don recibido del Señor, no estaba en condiciones de desarrollarlo, y esto se apoderaba de mí, llevándome por caminos que ocasionaban un distanciamiento de la fe cristiana. Muchas veces me propuse acercarme a la Iglesia, pero la frustración profesional, junto a la falta de perseverancia, dificultaban esa aproximación.

        Por otro lado, se me había metido en la cabeza grabar toda la obra para teclado de Bach. Lo conseguí poco a poco, con las limitaciones referidas. El nivel de estas grabaciones, desde mi punto de vista, era bueno y siempre me llevaban a dar un paso al frente. Fueron repetidas muchas veces, en situaciones difíciles y con mucha determinación por mi parte, pero, antes que todo, con la ayuda de Dios. Sin embargo, estas condiciones no me permitían volver a los escenarios, porque mi resistencia para dar un concierto era mínima. (...)

        Después de grabar tres discos, sufrí un accidente llamado espasmo cerebral, que definitivamente eliminó cualquier posibilidad de tocar el piano. Por causa de esta lesión en el cerebro, llegué finalmente al mejor centro en este tipo de problemas, que requieren un tratamiento intensivo.

        Cuando el Dr. Bernard Brucker, Director del Departamento de Biofeedback del Jackson Memorial Hospital me examinó, confirmó que jamás podría volver a tocar el piano a nivel profesional, aunque sí como aficionado.

        Inicié con determinación el tratamiento y llegaba a estar doce horas diarias sentado al piano para encontrar una solución adecuada entre la computadora del hospital y los reflejos cerebrales. Milagrosamente recuperé los movimientos, pero no la resistencia necesaria, a pesar de haber iniciado la cuenta atrás para el primer concierto en el Carnegie Hall, el día 5-V-96. Faltaban cuatro meses, después tres, dos, uno, quince días... y la resistencia no aumentaba.

        En la primera semana de marzo entré en una iglesia y pensé si éste no sería el momento de volver definitivamente a la práctica religiosa, pero esto no me bastaba (...). Finalmente, después de dos semanas con la oración de Monseñor Escrivá, volví a la iglesia con un sentimiento interno fuerte: "si Monseñor me ayudase ante Dios en lo de las manos, yo le estaría muy agradecido; en caso contrario, también le daría gracias, porque estoy vivo y puedo ayudar a mucha gente en esta vida".

        Pasaban los días y me sentía mucho más feliz, aunque la resistencia no aumentaba. Casi todos los días iba a la iglesia y pedía una señal. En el hospital, cada media hora cambiaba la posición de las manos, buscando una solución, pero el resultado no llegaba.

        Finalmente, 10 días antes del concierto, me extrañó que mi perrito se sentara a mis pies mientras estudiaba. En el mismo instante, sonó el teléfono y era mi hermano Ives que notó mi voz un poco preocupada. Volví al piano y el perrito volvió también. Extrañado, resolví ir a la iglesia, para saber si ésta era una señal. Lloré mucho ese día. Volví a casa y cuando ya estaba probando una posición que me diera la resistencia necesaria, mientras yo tocaba, el perrillo, literalmente decía que no con la cabeza.

        Faltaban 10, 9, 8 días para el concierto cuando decidí cancelarlo. El perro seguía siempre sentado a mis pies, cosa que nunca había hecho en el pasado. El sábado, ocho días antes de la representación, fui a un teléfono público para comunicar la suspensión, pero algo me hizo regresar a casa. Me senté para estudiar una posición de las manos al piano que todavía no había intentado nunca (existen centenares de posiciones para tocar el piano). En ese momento, el perrito acercó la cabeza al piano y comenzó a lamerme las manos sin parar. Durante dos días repitió la operación. Es importante decir que, además de que nunca antes vino a mi lado mientras estudiaba, tampoco después ha vuelto a hacerlo.

        En cuestión de 24 horas, después de llegar a Nueva York, sorprendentemente mi resistencia pasó de diez minutos a una hora. Cuando realicé el primer ensayo general, lo hice con toda energía, y lo mismo en los días siguientes. El domingo pude dar el mejor concierto de mi vida.

        Di las gracias al Beato Josemaría cuando acabé la representación y sigo eternamente agradecido, ya que los médicos no se explican la recuperación de los movimientos (a nivel profesional) y mucho menos la resistencia adquirida. Ahora me preparo para saber cuál es la misión que me está reservada como cristiano, sabiendo que tengo un largo camino que recorrer.

Tenía hepatitis-B (Filipinas)

        Desde que soy Cooperador del Opus Dei, mi vida entera ha cambiado completamente: desde las relaciones con mi familia, con mis amigos, en el trabajo, etc. y especialmente con Nuestro Señor. Yo siempre rezo la estampa del Beato Josemaría que me ha dado una persona del Opus Dei

        Algo raro me sucedió el 26 de enero de 1994, cuando tuve que hacerme un examen médico en el hospital de Mandaluyong City cerca de nuestra ciudad. Los resultados mostraban que el funcionamiento de mi hígado era mayor que el del límite normal. El doctor estaba a punto de hacerme un examen de Hepatitis-B, cuando decidí posponerlo debido a que se me presentó la oportunidad —a través de una amiga mía que tiene una empresa de seguros— no sólo de tener un examen médico completo, sino también de mejorar mi seguro de vida. Así pues, me hice un examen médico el 17 de febrero y los resultados, que me llegaron el 10 de marzo, decían que tenía Hepatitis-B.

        Cuando me enteré, comencé a reflexionar, con el deseo de aceptar la voluntad de Dios. Me tomé varios días antes de decírselo a mi esposa, quien se puso en shock y lloró, pues era consciente de que, como el SIDA, se trataba de una enfermedad mortal, incurable. Le dije que no se preocupara porque todavía podía recuperarme, y así empecé a rezarle intensamente al Beato Josemaría. Mi esposa hizo lo mismo.

        Unos días después, el 21 de marzo, decidí volver a examinarme de Hepatitis-B porque, por alguna razón, tenía el presentimiento de que me había recuperado totalmente debido a mi fe en Dios y a la intercesión del Beato Josemaría y de la Virgen María.

        Sorprendentemente los nuevos resultados mostraron que no tenía Hepatitis-B. Inmediatamente llamé a mi esposa para compartir las buenas noticias con ella. El domingo siguiente a este acontecimiento ofrecimos la Misa como acción de gracias.

        Un día, mi amiga de la compañía de seguros me llamó para decirme que se había enterado, a través de su esposo, que es amigo mío, de que yo estaba totalmente recuperado y que ambos estaban muy contentos.

        Cuando me preguntó cómo me había curado, le dije que había sido a través de las oraciones y de la intercesión del Beato Josemaría. Ella me dijo que por motivos del seguro debería pedirle al doctor un comprobante que afirmara que ya no tenía Hepatitis-B.

        El doctor accedió a mi petición inmediatamente. Pero también me pidió que me hiciera un examen de inmunización. Un resultado positivo significaría que ya estaba inmunizado de esa enfermedad. Me hice el examen y los resultados confirmaron que estaba inmunizado. Este fue otro motivo por el cual estar muy agradecido a Nuestro Señor Jesucristo, la Virgen María y al Beato Josemaría, por esto tan maravilloso que ha sucedido en mi vida.

Trece años sin poder salir de la habitación (Estonia)

        Soy católica, vivo en Tallin, y he recibido de Dios Omnipotente un favor por intercesión del Beato Josemaría Escrivá, a quien me dirigí en un momento de gran preocupación.

        Mi hermana de 83 años vive en la República Lituana. Había trabajado como campesina en un "kolkhoz" durante treinta años, expuesta al frío, a la lluvia, al calor. Como consecuencia de esto, sus piernas, estropeadas por tales fatigas, comenzaron a dolerle y a hincharse: en los últimos 13 años mi hermana no pudo moverse sin la ayuda de dos muletas, y no salía de su habitación. La piel de la pierna derecha comenzó a caerse, y tenía heridas cada vez más grandes que no se cerraban y que comenzaron a supurar, provocándole grandes dolores que no la dejaban dormir. Los médicos eran incapaces de ayudarla.

        El año pasado fui a visitarla y al ver sus sufrimientos me quedé muy preocupada. Una mañana, mientras rezaba, me dirigí al Beato Josemaría utilizando la oración de la estampa y le pedí al Señor que mi hermana mejorara. Traduje la estampa del estón al lituano para que ella también la pudiera utilizar. Así ambas, una en Estonia, la otra en Lituania, recurrimos cotidianamente al Señor con la oración del Beato Josemaría.

        Tres meses más tarde recibí una carta de mi hermana. Había ocurrido un gran milagro: los dolores se habían atenuado, la hinchazón se estaba reduciendo y las llagas comenzaban a secarse. Ahora, después de 12 meses, puede mover las piernas, las llagas se han curado completamente, puede caminar y ha comenzado a salir de casa. Mi hermana me dijo que se trata de una gran gracia de Dios, que se ha manifestado únicamente gracias a la oración del Beato Josemaría. Ahora estamos pidiendo al Señor que el Beato Josemaría sea canonizado.

Unas fiebres muy altas (Cuba)

        Un amigo nuestro, de veintinueve años, hace aproximadamente quince días comenzó con malestar general: dolores articulares y dificultades para ingerir alimentos, a lo que se añadió más tarde fiebre de hasta 42º. Había estado en contacto con aguas estancadas, en áreas plantadas de arroz, desempeñando labores agrícolas. Fue necesario hospitalizarlo. El diagnóstico fue que padecía leptospirosis, y empezaron el tratamiento intensivo, mientras mi madre y yo comenzamos a pedirle a Dios la curación, por intercesión del Beato Josemaría. Antes de 72 horas se logró una remisión absoluta y fue dado de alta. Normalmente, en tan poco tiempo esta enfermedad tiene complicaciones que en ocasiones se han cobrado vidas humanas.

        Nuestro amigo también acude a la intercesión del Fundador del Opus Dei, de quien tiene una estampa que le enviaron unos familiares, residentes en Estados Unidos. Ahora espera ser examinado por un especialista, antes de que acabe el mes, pues no es necesario que espere hasta abril del próximo año: esto lo encomendó igualmente a la mediación del Beato Josemaría.

Una peligrosa infección (Estados Unidos)

        Un dentista me extrajo un diente en una operación totalmente rutinaria. Durante las siguientes 48 horas, experimenté el malestar normal en estos casos, pero al día siguiente estaba en peligro de muerte, pues empezaron a hinchárseme la cara, el cuello y la mandíbula, con un dolor muy intenso.

        En el hospital en que fui ingresada, después de muchas pruebas, me diagnosticaron una infección que se iba extendiendo rápidamente. Los cuatro doctores asignados a mi caso temieron por mi vida, pues no podían asegurar que los antibióticos redujeran la celulitis antes de que ésta atacara el cerebro, los pulmones y el corazón.

        Tengo dos hijos pequeños por los cuales debía velar, así es que, balbuceando apenas, hablé con una amiga muy querida, que es del Opus Dei, para pedirle que rezara. Todos rezamos a través de la intercesión del Beato Josemaría Escrivá, rogándole que me fuera devuelta la salud.

        En cinco días, de modo totalmente imprevisto, el dolor intenso y la infección empezaron a disminuir. Al cabo de una semana, volvía a estar con mis hijos y preparada para regresar al trabajo.

        Dos semanas después, la celulitis masiva con gangrena había sanado totalmente. Los médicos pensaron que quizá habrían de extraerme, más adelante, una parte del tejido dañado de la cara; pero no fue así, ya que, al mes, no quedó ni rastro de la enfermedad. El especialista en enfermedades infecciosas se extrañó de que ni siquiera en la sangre hubiera secuelas de la infección, y comentó que, en sus 27 años de profesión, no había visto nunca un caso más grave que el mío.

        Ahora, sólo cuatro semanas después, apenas me acuerdo de nada: solamente cuando miro la estampa para dar gracias a Dios y al Beato Josemaría por su intercesión.

De forma repentina (Ecuador)

        Desde hace once años tenía una dolencia en el ojo: una espesa membrana, formada delante de la retina en el interior del ojo y sujeta a la parte inferior de ella, traccionándola hacia abajo. Fui operado en Bogotá de un coágulo que obstruía la arteria de la retina, y que era la causa de mis dolencias; no pudo hacerse nada en relación con la membrana adherida a la retina. Era imposible extraerla debido a su posición, pues se corría el riesgo de romper la retina.

        El médico me indicó que la presión de esa membrana sobre la retina era tal que, por cualquier esfuerzo que hiciera, se podría causar desprendimiento de la retina y pérdida total de la visión. Añadió que, en todo caso, cabía esperar que los adelantos de la cirugía fueran tales que un día se pudiera operar sin poner en peligro la retina.

        A partir de 1971 se interrumpió toda medicación. Durante diez años iba periódicamente a que me hiciera una revisión el oftalmólogo, quien siempre me animaba a no hacer esfuerzos violentos, con la esperanza de que alguna vez se pudiera operar. Hace poco más de un año, me dijo que ya se estaban haciendo ese tipo de operaciones, pero que convenía esperar un poco más hasta que mejorase la técnica.

        El 5 de octubre, un amigo me sugirió que encomendara a Mons. Escrivá la curación de mi ojo. Al día siguiente así lo hice. Serían las ocho de la mañana cuando recé la oración de la estampa, y toqué luego con ella el ojo enfermo. Estando en mi oficina a las seis de la tarde, me di cuenta de que la membrana se acababa de romper, y que veía casi perfectamente bien. Tuve la seguridad de que era un milagro obrado por intercesión de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

        El médico no se explicó cómo se había roto la membrana; pero me indicó que no podían llegar a desaparecer los pliegues que se habían formado en la retina. Sin recetar nada, me indicó que volviera al cabo de un mes. En esa ocasión, me señaló que la retina había vuelto a su condición normal, con lo que ya no había peligro de posible desprendimiento, y habían desaparecido los pliegues.

Había escapado de una muerte segura (Togo)

        Un día recibí la Hoja Informativa y la estampa del Fundador del Opus Dei. No sé quién fue el benefactor que me la hizo llegar. Ese mismo día supe que un compañero había caído gravemente enfermo: le habían dado sólo cinco días de vida. Tomé la estampa y empecé a invocar al Beato Josemaría, diciéndole: "acabo de recibirte y de conocerte como por milagro, así que te confío a mi amigo y estoy convencida de que se curará por tu intercesión". Desde entonces, recé la oración, cada día, por esa intención.

        Pasaron los cinco días y yo seguía sin noticias y sin saber a quién preguntar por la salud de mi compañero. Un mes después, éste se presentó en mi casa para contarme que había escapado de una muerte segura, y que ahora iba de mejor en mejor.

        Di muchas gracias a Dios por esto. Ahora sé también que nada me separará del Beato Josemaría, a quien estoy profundamente agradecida.

No podía ni leer la estampa (España)

        Hace cuatro años y debido a una miopía muy aguda, perdí mucha vista, no podía leer y apenas escribir. Me pusieron un tratamiento, pero según los doctores poco iba a conseguir.

        Un día encontré una estampa del Beato Josemaría con una letra muy pequeña. Le rogué me ayudara a recobrar algo de vista y poder leer su oración. Poco a poco fui recuperando vista. Hoy leo, escribo y me defiendo muy bien. Los médicos no se lo explican. Yo sí, sé que se lo debo a mi buen Beato, que siempre me escucha.

Una grave enfermedad de la piel (Alemania)

        Hace seis meses que recibí una estampa del Beato Josemaría, y desde entonces acudo a su intercesión con mucha confianza para que me ayude a sacar adelante mis intenciones, sean pequeñas o grandes. Él y Nuestra Madre me han ayudado ya muchas veces, por ejemplo en mis exámenes de bachillerato que aprobé con gran éxito. Quería agradecer al Beato Josemaría sobre todo una gracia extraordinaria.

        Durante muchos años sufrí una enfermedad grave de la piel, neurodermitis, que afectaba mis manos y mis brazos. Con toda confianza rezaba tres novenas al Beato Josemaría. Como no notaba ninguna mejoría, comencé a pedirle la gracia de ayudarme a aceptar plenamente la voluntad de Dios. No le molesté más con mi petición, aceptando el hecho de que ni el ungüento ni la oración iban a cambiar mi enfermedad, y decidí llevarla con paciencia. Igualmente continué rezando cada noche: "Beato Josemaría, ruega por mí"; y él ha rogado por mí.

        Desde hace un mes, la enfermedad ha mejorado, y hace casi tres semanas que estoy completamente curado. Por eso agradezco de todo corazón al Beato Josemaría. Voy a continuar rezando por su canonización y acudiendo con confianza a su intercesión. ¡Gracias, Beato Josemaría, gracias, tú mi patrono paternal e intercesor ante el Sacratísimo Corazón de Jesús!

Estaba paralizada (Brasil)

        En junio de 1974, M.R.M., de 65 años, fue operada de un melanoma abdominal maligno. En diciembre la enfermedad volvió a manifestarse y tuvo que someterse a otra intervención. Algunos meses más tarde, el 18 de julio de 1975, al despertarse de noche, se dio cuenta de que estaba paralizada. Reaccionó con mucha paz, rezó y esperó hasta la mañana siguiente.

        Los médicos que la trataban encontraron un tumor en la columna vertebral y prescribieron una intervención urgente (laminectomía) que debía realizarse en 24 horas. A pesar de la operación, las piernas permanecieron paralizadas. Fue sometida durante cinco meses a un tratamiento fisioterapéutico, pero sin resultado. Desde entonces, pasaba su vida en una silla de ruedas.

        "El 3 ó 4 de abril —como ella misma cuenta— vinieron a verme dos amigas mías, que me dijeron: 'conocemos una medicina que te curará'... Estaba verdaderamente asombrada, porque sabía que no existían medicinas capaces de curar mi parálisis. Me hablaron entonces de Mons. Escrivá con tanta confianza en el poder de su intercesión ante el Señor, que decidí rezarle con mucho fervor para pedirle mi curación.

        En ese mismo mes de abril hice un viaje en avión a São Paulo. Llegué al avión en mi silla de ruedas y, una vez ahí, un miembro de la tripulación tuvo que tomarme en brazos para ayudarme a subir la escalera y tomar asiento.

        De regreso, el día 11 de abril, cuando llegué en la silla de ruedas a los pies de la escalera del avión, sentí una moción interior que me empujaba a caminar. Entonces dije con decisión al miembro de la tripulación que se disponía a tomarme en brazos para transportarme: 'no se preocupe, subo sola, a pie'. Con gran sorpresa mía y de todos los presentes, me levanté y, apoyándome en la barandilla de la escalera, subí sola, poco a poco, hasta el avión".

        Al cabo de una semana, M. recuperó la soltura de movimientos y ahora camina normalmente. El médico que la había operado de la columna vertebral quedó profundamente impresionado al verla un día, por casualidad, en el hospital. Se resistía a creer que fuera verdad lo que veía.

LEVES PERO MOLESTAS

        Bajo este título se habla de esas enfermedades o dolencias menos graves, que acompañan la vida ordinaria, pero que no dejan de ser molestas o inoportunas. A veces cuesta pedir para que se alivien, pensando que Dios y los santos tendrán peticiones más importantes de las que ocuparse... Sin embargo, como demuestra la piedad cristiana durante tantos siglos, muchos santos y santas conceden esos favores, quizá para que aumente nuestra fe, en vista de situaciones más serias. Y San Josemaría no es una excepción.

Un bulto preocupante y molesto (España)

        Soy casada y madre de cinco hijos, cuatro chicos y una niña de casi ocho años.

        A primeros del mes de julio, noté que en la mano izquierda debajo del dedo índice tenía un pequeño bulto que me molestaba. No le di importancia, pero al pasar los días vi que cada vez me iba creciendo más. En el mes de septiembre lo tenía del tamaño de un garbanzo y me tenía bastante preocupada, pues además me dolía.

        Entonces se lo mostré a mi esposo y al día siguiente fuimos a la doctora que es nuestro médico de cabecera en el ambulatorio de Moratalaz, la cual nos informó que parecía un ganglio que estaba bastante inflamado, y me recetó unos comprimidos de un antinflamatorio, diciéndome que, si cuando terminase la caja de cuarenta comprimidos no me había desaparecido, tendría que acudir al cirujano para que me lo extirpasen, pues también podía ser un quiste de mano.

        Hace un año y medio que a mi hijo Jorge le salió un bulto parecido al mío, también en la mano izquierda, y fue operado en el sanatorio Virgen de la Torre, situado en el pueblo de Vallecas. Él es más valiente que yo, pero a mí la verdad es que me daba mucho miedo, pues soy aprensiva y con la edad que tengo (48 años) temía que fuese o se tratase de algo malo.

        La verdad es que no cesaba de palpármelo con la otra mano, y últimamente me había crecido bastante, pero me daba apuro acudir de nuevo a la doctora, pues del antinflamatorio que me había recetado solamente había tomado un comprimido, pues tengo bastante delicado el estómago y me producía un gran ardor.

        Pues bien, el lunes día 7 de este mes de octubre tenía muchas molestias en el dedo, incluso tenía hinchada la parte posterior, y por la mañana, al coger las sartenes con esta mano, me molestaba e incluso me dolía. Cuando al mediodía llegó mi esposo, le comenté lo que me ocurría y él me cogió la mano y me aconsejó que era necesario volver a la doctora, porque el bulto iba a más y había que pedir el volante para el cirujano.

        Tengo una niña a la cual tenía que apuntar a catequesis para prepararse para su Primera Comunión y le dije a mi esposo que al médico iríamos al día siguiente para pedir día y hora para el cirujano.

        Pues bien, cuando la niña salió del colegio nos acercamos a la iglesia de Nuestra Señora del Buen Aire, que es la que nos corresponde por estar situada más cerca de la casa, pero nos dijeron que tenían cubiertos todos los grupos de niños de catequesis y que no me podían admitir a mi hija.

        Entonces fuimos a la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, por ver si allí me la admitían, pero tampoco fue posible. Rocío, que así se llama mi niña, estaba muy apenada, pues era grande la ilusión que tenía por hacer la catequesis. Entonces pensamos en venir a esta iglesia de San Alberto Magno, donde mi niña y yo hemos venido cuando ha venido en peregrinación la Virgen de Fátima y hemos ido con la Sagrada Virgen en procesión.

        Por el camino yo venía pidiéndole al Beato Josemaría que me la admitiesen. Cuando llegamos, entramos y estuvimos hablando con un sacerdote al cual yo había preguntado si sería posible apuntar a mi niña a la catequesis, y me respondió que quien llevaba ese tema era don Javier, pero que tendría que esperar pues tenía que confesar o estaba confesando. Cuando salí de hablar con aquel sacerdote me fijé que justamente enfrente había otro sacerdote hablando con una mujer, yo no conocía don Javier, pero no sé por qué me dio la corazonada de que se trataba de él.

        Entonces llamé a la puerta y pregunté si había plazas para apuntar a mi niña a catequesis. La señora a que me refería anteriormente era catequista y mirando una lista de niños me dijo que hacía unos días que se había terminado la admisión, pero que miraría a ver si había alguna vacante. Luego me dijo que quedaba solamente una y que podía apuntarse la niña, diciéndome que tenía que comprarle el libro "Sigamos a Jesús" el número uno y que dentro de la iglesia sobre una mesa estaban los catecismos.

        Entramos dentro para coger el catecismo, di a la niña el dinero para que lo echase en la urna y después nos arrodillamos para rezar un Padrenuestro, para dar gracias a Dios porque mi niña pudiese hacer la Primera Comunión y por habérmela admitido en catequesis.

        Mirando la cara del Beato Josemaría, también a él le di las gracias y no sé qué sensación de dulzura vi reflejada en su rostro, pero lo cierto es que abusando de su generosidad le rogué que también me quitase el bulto que tan preocupada me tenía desde el mes de julio. Cuando salimos de la iglesia yo me miré el dedo, pero el bulto continuaba en mi mano como antes.

        Entramos en la papelería que está en frente de la iglesia en la misma placita y allí compré el libro "Sigamos a Jesús", un cuaderno, un lápiz y un libro titulado "La vida del Beato Josemaría", en la portada estaba la misma fotografía que la que había en la iglesia. No sé por qué lo compré, pero su mirada me producía una sensación de tranquilidad.

        Cuando llegamos a casa dejé el libro sobre la mesilla de noche y después de ponerme ropa cómoda para estar en casa, miré la fotografía del Beato que tenía aquel libro en su portada, y poniendo la mano sobre él pensé que me podía quitar aquel bulto de mi mano.

        Cuál no sería mi sorpresa cuando al levantar la mano del libro, ese bulto que tan preocupada me había tenido había desaparecido por completo, se me había quitado todo el dolor y sentía un bienestar enorme teniendo la mano sobre la fotografía del Beato.

        Un poco aturdida y emocionada salí al salón y le enseñé a mi esposo la mano, el cual me decía que parecía una cosa inexplicable. Yo creo que en este hecho ha intervenido la mano de Josemaría. Todavía estoy aturdida por lo ocurrido y después de esto no he tenido más remedio que escribirlo y comunicarlo.

Trabajo a pesar de la hernia (India)

        Yo padezco la dolorosa enfermedad de hernia desde hace más de un año. Algunas veces me producía mayor dolor y me impedía realizar mi trabajo.

        Un día me encontré muy mal. En aquel momento un anciano se acercó a mi casa y me dio la Newsletter de Monseñor Escrivá y se marchó.

        Entonces leí la Newsletter y muchos de los favores publicados. Recé a Dios por medio de la poderosa intercesión de Monseñor Escrivá con gran confianza.

        Al día siguiente cuando me desperté estaba bien y puedo hacer cualquier trabajo pesado. Estoy muy agradecido a mi amable y compasivo Monseñor Escrivá.

Fumador empedernido (Argentina)

        Fui un fumador empedernido. Fumé durante 56 años, y últimamente, 40 cigarrillos diarios.

        Una mañana, haciendo un rato de oración, le pedí al Beato Josemaría que me ayudara a dejar de fumar porque no me hacía bien. Ese día compré un atado de 10 cigarrillos. Por la noche, salí a cenar con mi señora. Estando en el restaurante sin cigarrillos, le pedí uno a un señor que estaba al lado. Mi esposa se enojó.

        Al día siguiente fui al médico. Me indicó que tomara mucha agua y que comiera pastillas. Yo le conté a mi hija, quien me dio una buena receta: "Mirá, cuando tengas deseos de fumar, rezá una oración al Beato Josemaría".

        El primer día recé muchas oraciones, al día siguiente me olvidé del cigarrillo hasta el día de hoy. (...) Me siento un hombre nuevo, lástima que engordé un poco. La receta de mi hija fue maravillosa, y el mérito, del Beato Josemaría.

Con una rodilla rota (Bolivia)

        Tuve una caída muy fuerte y me fracturé el hueso de la rodilla izquierda. Fui a la ciudad de La Paz para que me revisara un médico especialista, que me enyesó la rodilla y estuve así por varias semanas. En aquella ocasión, en La Paz, estuve alojada en casa de una prima que siempre me hablaba del Opus Dei y por supuesto de su fundador el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer.

        Mi prima me invitó a un curso de retiro de tres días, del viernes 23 al domingo 25 de junio. El jueves 22, el médico me quitó el yeso de la rodilla y trató de que lograra doblarla, pero me fue imposible hacerlo por el dolor que el esfuerzo me causaba; me indicó que no había problema pero que debería someterme a un tratamiento de fisioterapia y después de algunas semanas seguramente podría doblar la rodilla.

        El día viernes fuimos a la casa de retiros en automóvil. El viaje para mí fue muy incómodo y sufrí mucho dolor. El resto del día viernes fue también bastante doloroso. Mi prima me sugirió que tomara un calmante, que me había recetado el médico. Yo no quería tomarlo ya que sabía que me causaría somnolencia y no quería perder nada del retiro, que era el primero al que asistía en mi vida.

        Esa noche pedí a Dios, su Santísima Madre y al Beato Josemaría que me permitieran participar en el retiro sin dolor y puse la estampa del Beato Josemaría sobre mi rodilla. Pasé una noche con mucho dolor, además que sentí que me estaba resfriando; normalmente cuando me resfrío tengo que quedarme en cama por tres días.

        Al día siguiente, mi prima me despertó y retornó a su habitación. En honor a la verdad, no recuerdo cómo me levanté pero me vi sentada al borde de la cama con la rodilla doblada y sin ningún dolor. Mi sorpresa y alegría fueron muy grandes y fui inmediatamente a la habitación de mi prima para mostrarle que podía doblar la rodilla y no sentía ningún dolor. Los síntomas del resfrío también habían desaparecido.

        El retiro fue para mí una experiencia inolvidable, una prueba tangible del amor y la misericordia de Dios y de la eficaz intercesión del Beato Josemaría.

No podía hablar bien (Polonia)

        Escribo una carta ahora que tengo un motivo que lo justifica. Soy estudiante de segundo curso de la Escuela de Minas. Desde mi infancia tengo dificultades para hablar, y mis padres se preocuparon de que desde muy pequeño me trataran este problema y me hicieran realizar ejercicios con este fin.

        Algunas veces parecía que progresaba durante el tratamiento, pero esta impresión duraba poco. Por esta dificultad me sentía desplazado en cualquier ambiente. Me trataban como un ser inferior, especialmente mis profesores. Iba a una escuela normal, pero me resultaba muy difícil articular las palabras en clase porque me ponía muy nervioso.

        Hace casi dos años, recibí de mi hermana la estampa con la oración de Mons. Josemaría Escrivá. Al principio no creía que fuese a mejorar. Recitaba la oración casi todos los días, por la tarde, con una pequeña chispa de esperanza en que mi oración pudiese ser escuchada.

        Al cabo de poco tiempo sucedió el gran cambio en mi vida. Poco a poco fui adquiriendo una pronunciación correcta, así hasta que pude hablar bien. Esto ha sido gracias a Mons. Josemaría Escrivá, que ha escuchado mi oración y me ha ayudado. Quiero agradecerlo todos los días de mi vida. Llevo la estampa siempre conmigo para que me guíe entre las dificultades y problemas de la vida corriente.

CASOS DE SIDA

        Se recogen aquí historias relacionadas con esta terrible enfermedad de nuestro tiempo. El desenlace fue muy distinto en los tres casos, pero —como se verá— la misericordia de Dios y su providencia se manifestaron igualmente.

 

No lo podía creer (Estados Unidos)

        El 12 de febrero me hicieron unos análisis porque me los pedían en inmigración para arreglar mi visa.

        Bueno, pues cuál fue mi sorpresa y mi dolor, que escuché al doctor decir que me tenían que hacer otros análisis porque había salido con SIDA. Yo no lo podía creer, porque yo siempre he respetado a mi esposo y nunca he tenido transfusiones de sangre.

        Yo sentía que me iba a volver loca porque sentía tanto dolor, porque tengo dos hijitos a quienes les hago falta. Yo lloraba de noche y de día; mi vida se estaba acabando poco a poco. Me levantaba en las noches a pedirle a mi Padre Josemaría con todo mi corazón que todo fuera una equivocación.

        Me volvieron a hacer otros análisis el último de febrero y cuál va a ser mi sorpresa cuando salieron todavía síntomas de SIDA.

        Le hicieron unos a mi esposo porque él se echaba la culpa de que yo tuviera eso, porque en una ocasión él había tenido relaciones con una mujer y él llorando me pedía perdón, y yo no sé si me dolía más la enfermedad o la traición de mi esposo, porque yoponía toda mi confianza en él y qué sorpresa me llevaba que él me había sido infiel. Bueno, le hicieron los análisis y salieron negativos, y si él era negativo no podía creer lo que estaba pasando.

        Pasaron los días y me hicieron otros estudios y cuál fue mi sorpresa: "Señora", me dijo la doctora, "esto es un milagro. Sus estudios están bien". Porque yo con mi fe que le tengo a mi Dios y a Josemaría mi vida ha cambiado. Estoy tranquila porque sé que ellos me han sanado.

Se mostraba inquieto y agresivo (España)

        Desde hace unos años sabíamos que mi hermano era portador del virus del SIDA. En el mes de febrero de 1995 tuvo que dejar su trabajo, pues ya empezaban a manifestarse los síntomas del desarrollo de la enfermedad. Desde ese momento acudí al Beato Josemaría pidiéndole que toda la familia —especialmente mis padres— supiéramos afrontar esos últimos meses de vida de mi hermano y que muriera habiendo recibido los sacramentos.

        Con el paso de los meses su estado se iba deteriorando, tanto física como mentalmente, y la convivencia familiar era cada vez más difícil. En ningún momento dudé de que el Beato nos conseguiría el favor que le pedía. Tenía la evidencia de su ayuda en la muerte de otro de mis hermanos hace cinco años, de la misma enfermedad.

        A principios de mayo de 1996 le hospitalizamos. Durante su estancia en el hospital hablé varias veces con él sobre la necesidad de estar en gracia de Dios. También le hablaban mi madre y mi tía. Le visitó varias veces uno de los religiosos que atienden el hospital. Él contestaba que era agnóstico y no creyente. Se mostraba muy intranquilo, agresivo y bastante insoportable.

        Mientras tanto seguíamos encomendando el asunto al Beato. También lo encomendaban toda la familia, muchos profesores y alumnos del colegio donde trabajo y otros amigos míos.

        El sábado 8 de junio de 1996 fui a verle acompañado de un sacerdote amigo mío. Con gran naturalidad estuvieron hablando un rato, le confesó y le administró la Unción de Enfermos. Mis padres se alegraron muchísimo de la conversión. Por la tarde volví a verle. Estaba muy tranquilo. Así estuvo hasta el final. El martes entró en una lenta dolorosa agonía y falleció el viernes 14 de junio de 1996 a las 6.30 de la tarde.

EN LA FRONTERA DEL ALMA Y EL CUERPO

        En este apartado se habla de los sufrimientos de las personas que padecen enfermedades psíquicas, especialmente la depresión. A menudo, la ayuda de San Josemaría consiste en dar fuerzas al enfermo para poner los medios que —gracias a los progresos de la ciencia médica— hoy día pueden curarle. Pero en algunos casos, esas situaciones aparecen complicadas por otros problemas, materiales y espirituales, o se encuentran —por así decir— en una misteriosa zona de frontera entre el alma y el cuerpo, donde la ayuda de Dios resulta decisiva.

Un caso de depresión y anorexia (Costa Rica)

        Desde el año de 1990 comencé a padecer de constantes depresiones que abatían a mi corazón y me robaban los deseos de vivir. Mi vida era como una necia balanza rodeada de una inestabilidad que de pronto, sin percatarme, acababa con mi tranquilidad.

        En mi familia los problemas eran cada vez más graves, además había perdido a una persona muy querida y entonces empecé a experimentar cómo lentamente me consumía en una terrible tristeza.

        Dos años después enfermé de anorexia y fue así como no sólo sentí que no podía controlar aquella depresión sino que también sobrevinieron serios problemas de salud, que por supuesto impedían el normal transcurrir de mi vida.

        Se inició un tratamiento con un psiquiatra el cual me recetó dosis altas de píldoras antidepresivas, las cuales a su vez me provocaban innumerables molestias que trastornaban mi estado físico, mental y emocional.

        En mi familia el apoyo era mínimo, e incluso descubrí que ni siquiera poseía verdaderos amigos, y por otra parte en mi interior yo sabía que en aquel medicamento tampoco hallaría la solución a mis problemas.

        Seguí luchando por salir de aquel abismo que me atrapaba, me era difícil estudiar, mas logré finalizar todos los cursos en forma exitosa. Sin embargo, siempre llegaba un momento en el que me veía impotente y débil, pues aún no desaparecía aquella gran pesadilla.

        Pero, gracias a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, alcancé del Señor tres grandes favores que yo llamo milagros, pues, después de un tiempo de rezar intensamente la estampa para la devoción privada, siento que he comenzado una nueva vida, donde no hay lugar para la depresión, ni la anorexia, ni ningún pensamiento negativo que pueda detenerme en esta asidua lucha.

        Hoy he recobrado todo cuanto había perdido: mi buena salud, mi paz y a la persona que más amo en este mundo. Agradeceré eternamente estos milagros a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, y nunca olvidaré la dicha que un día tuve al poder conocer el Opus Dei y dar así mis primeros pasos en la vida espiritual, pues realmente todo esto cambió el rumbo de mi caminar.

Estaba perdido en otro mundo (España)

        Quiero dejar por escrito un favor del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Más que un favor, me parece un milagro, tal y como sucedieron las cosas.

        Tengo un sobrino que ronda ya los 65 años, casado, de profesión abogado, con hijos. Es una persona muy considerada por sus amigos y colegas, inteligente y con prestigio profesional; es también un hombre de fe.

        Hace alrededor de un año y medio, se puso enfermo. Sufría una depresión muy importante que le dejó casi sin habla; le impedía trabajar, conducir y tener cualquier tipo de iniciativa. Tanto es así que los médicos aconsejaron que se le diera un trato civil de invalidez.

        Su mujer estaba muy preocupada e intentaba animarlo. Por las mañanas hacía toda clase de pruebas para levantarlo de la cama, ya que él decía que no podía. En una de estas ocasiones, ella, por ayudarlo, le cogió de los brazos y lo levantó, pero él se desmayó y comenzó a perder sangre. Hubo que hospitalizarle durante algunas semanas.

        Volvió a casa y seguía igual. Habían pasado ya siete meses del comienzo y en la familia estábamos muy preocupados. Su mujer vendió su coche, pues los médicos no creían que pudiera volver a hacer una vida normal y mucho menos conducir.

        Yo iba a verle de vez en cuando; le hacía preguntas y sólo contestaba "sí" o "no"; intentaba animarle pero no conseguía nada. Estaba como absorto, perdido en otro mundo, irrecuperable.

        Desde el principio lo encomendé al Beato Josemaría y rezaba y rezaba, pero no me hacía caso. Con motivo de un traslado de ciudad fui a despedirme y al ir hacia allá pensé en la reliquia de nuestro Padre que me dieron y que siempre llevo encima.

        Le pedí con más fuerza y, al despedirme, le pasé la reliquia por la espalda, los hombros, los brazos. Y me fui.

        Al día siguiente, llamé por teléfono y un hijo suyo me dijo que aquella mañana se había levantado de la cama —él sólo—; había ido a su encuentro y les había dicho: "¡ya estoy bueno!".

        Y así fue. Se levantó y —a pesar de haber perdido 15 kilos— había reemprendido la vida normal, con la clarividencia de siempre, los ánimos de siempre y la laboriosidad de siempre. Se encontró sin coche y no se enfadó; al contrario encargó uno y mejor que el que tenía. Desde entonces sigue completamente bien.

"Ataqué" al Cielo (Islas Fiji)

        En la actualidad tengo 39 años. Desde que dejé el colegio, al terminar el bachillerato elemental, he tenido muchas dificultades para encontrar un trabajo adecuado. Estaba muy deprimido y en una ocasión, incluso, llegué a intentar el suicidio tomando un bote de píldoras peligrosas de cianuro. Gracias a Dios, sobreviví a ese período.

        Un día, mirando los libros de la biblioteca de la Misión Católica, encontré casualmente un ejemplar del primer número de la Hoja Informativa de Mons. Escrivá, junto con la estampa con la oración. "Ataqué" al Cielo por la intercesión de Monseñor.

        Ahora, aunque estoy sólo semiempleado soy muy feliz; todos los estados y pensamientos depresivos que me hacían pensar en acabar con mi vida han desaparecido totalmente. Muchas, muchas gracias a este verdaderamente santo Siervo de Dios.

En paro, enfermo, y con problemas familiares (Congo)

        En un momento en que me encontraba completamente abatido (en paro, enfermo y con problemas familiares), un amigo me pidió mi dirección sin explicarme nada.

        Algunos meses más tarde recibí por correo la Hoja Informativa. Después de haberla leído con atención e interés, comencé a rezar con confianza la oración para la devoción privada al Siervo de Dios Mons. Escrivá. Yo pedía a Dios, por la intercesión de su Siervo Mons. Josemaría, en primer lugar la paz y la alegría interiores, y poco a poco me fui sintiendo más tranquilo.

        En segundo lugar, cinco meses después, he obtenido un trabajo en el que ocupo una función de dirección similar a la anterior y, además, es de condiciones más ventajosas. Y, por fin, los otros problemas han ido desapareciendo sucesivamente.

        No puedo sino atribuir estos favores a la ayuda e intercesión del Siervo de Dios, a quien continúo acudiendo. Por todo ello estoy dando gracias. Ahora yo puedo cantar: "Bendeciré al Señor siempre y en todas partes".

Catorce años con problemas psiquiátricos (Irlanda)

        —Dad, tranquilo: voy a quedarme en el hospital.

        Al escuchar esta frase por el teléfono, un lunes por la mañana, fue como si un peso se me quitase de encima. Fue un momento decisivo en la historia, que ya había durado catorce años, de los problemas psiquiátricos de mi hijo, y representó el comienzo de una nueva etapa en su vida, que terminaría con la mejora total. Según me contaba, había superado su miedo y estaba ya dispuesto a quedarse en la clínica psiquiátrica de Dublín.

        Llevábamos años intentando persuadirle, animándole, llevándole a consultas con profesionales... Le habíamos convencido entre todos para que ingresase en una clínica durante tres meses, pero después de dos días, se disponía a marcharse y dejarlo todo.

        Pasé el fin de semana rezando al Beato Josemaría y a don Álvaro, como ya había hecho durante tantos años. Animé a muchos amigos a que se uniesen a mi oración. Uno de ellos pasó el domingo entero delante del Sagrario, pidiendo por esta intención.

        Así que, al oír las palabras con las que comienza este relato, agradecí al Señor que, por fin, mi hijo se confiara al tratamiento médico. Después de unos exámenes médicos, se llegó a la conclusión de que los síntomas —quedarse en su cuarto sin salir apenas, incapacidad para mantener relaciones sociales normales, y lo que me dolía también, su alejamiento de la práctica de la fe— eran debidos a agorafobia y esquizofrenia. Una de las cosas más tristes de la enfermedad eran sus reacciones airadas y desproporcionadas hacia los que intentaban ayudarle, que, a veces, llegaron incluso a la agresión.

        El tratamiento y los medicamentos lograron una mejoría grande, ya antes de que concluyera la fase de hospitalización. Después siguió en contacto con el equipo psiquiátrico, y los progresos continuaron. A la vez, se palpaba la distensión que se producía dentro de la familia. Después de la muerte de mi mujer, hace varios años, había esperado, con mi jubilación, pasar más tiempo con mi hijo. Al cabo de unos meses, me había dado cuenta de que, sin un cambio notable, no íbamos a poder vivir bajo el mismo techo.

        Al salir del hospital, nos trasladamos al oeste de Irlanda, y se vio que mi hijo empezaba a tener relaciones sociales con sus parientes y que hacía amigos. Luego, empezó un curso de informática en una entidad nacional. Por entonces, además, volvió a frecuentar los Sacramentos, después de catorce años. Comenzó a rezar el Rosario y a asistir a retiros. Todo sucedió como me había predicho un sacerdote: primero pondría su vida profesional y social en orden, y luego volvería a la práctica de la religión.

        En las pasadas navidades hubo un momento muy importante, cuando decidió acudir al Sacramento de la Penitencia. Fuimos juntos a la iglesia. Le ayudé a serenarse y a prepararse. Los minutos pasaron muy lentos, pero al final se animó a acercarse al confesionario. Al salir, todo fue alegría. Me contó que al decir que habían pasado más de catorce años, el sacerdote le comentó:

        —Pues... ¡bienvenido!

        Enseguida, desaparecieron todos los nervios.

        ¡Qué regalo más apropiado para la Navidad! Pasé las fiestas dando gracias a Dios, al Beato Josemaría y a don Álvaro, más aún cuando me pidió que le devolviese su misal para seguir la Misa. Era un regalo que había recibido cuando era más joven. Como él no lo usaba nunca, lo utilizaba yo. También se le veía hablar con sus amigos de su vuelta a los sacramentos y a la oración.

        Yo también me sorprendo contando a todo el mundo lo que he aprendido sobre la perseverancia en la oración. (...) Qué alegría darse cuenta de cómo Dios nos quería a nuestra familia, dándonos ese sendero tan duro, pero sembrado de tesoros. No creo que yo hubiese aguantado esta situación sin la devoción al Beato Josemaría y la ayuda que me proporcionaban su vida y sus escritos. Sin esa visión sobrenatural, quizá las cosas habrían terminado de manera trágica para mi hijo y para mí.

        Hay que añadir que yo no era el único que sufría. Él lo había pasado muy mal, queriendo vivir una vida normal, sin poder conseguirlo. Ahora, con ese constante aluvión de gracias, y el apoyo directo e indirecto de mis amigos en la Obra, los dos estamos en camino hacia una vida muy feliz.

Extracto del capítulo del libro de Flavio Capucci "Favores que pedimos a los santos" de la editorial Palabra.


 

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