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Recordando a Narciso









 

 









Debía rondar los veinticinco años cuando le conocí. Había terminado Ciencias Físicas en Sevilla y trabajaba en un Instituto de Enseñanza Media de Córdoba.

Era un tipo alto, de acento y gestos característicos; un pedagogo nato y un sevillano de pura cepa, con un buen humor a prueba de bombas, dotado de una gracia y una simpatía fuera de serie.

Tan fuera de serie que después de tantos años -casi cuarenta- puedo afirmar sin exageración que Narciso es una de las personas más simpáticas y cordiales que he conocido en mi vida.

Al principio pensaba que aquello era un simple don natural, pero ahora pienso que su alegría nacía de un venero más profundo: de su profunda unión con Dios y de su entrega cristiana plena como numerario del Opus Dei.

 

Le recuerdo cantando, rezando y contando chistes en aquellos viajes semanales hasta Jaén, por una carretera zigzagueante, entre hileras interminables de olivos, para impulsar varias iniciativas apostólicas del Opus Dei en aquella ciudad. Al evocar aquellos viajes, me vienen a la memoria sus risas y sus bromas, entrelazadas con sus comentarios vibrantes, de hondo calado cristiano. Pasaba de la risa a la consideración espiritual y del golpe de humor a la oración con una pasmosa sencillez.

La fotografía que reproduzco es de un día de Reyes. Se le ve desempaquetando un regalo y como de costumbre, mira a la cámara y sonríe abiertamente. Al contemplarla, me parece estar viéndole, como si fuera ahora, en la cena del último día en el que estuve con él, pocas horas antes de su muerte.

Era la fiesta de San Pedro y San Pablo y estuvimos celebrando a un amigo común. Narciso acababa de ver una película -El mayor espectáculo del mundo, me parece- y estuvo haciendo bromas mímicas para divertirnos. Y entre broma y broma fue contándonos anécdotas apostólicas y aventuras de su época de servicio militar.

Al día siguiente, aturdido aún por su fallecimiento inesperado, pensé en aquellas palabras del fundador del Opus Dei: Dios se lleva a las almas cuando están maduras para el Cielo.

Por una coincidencia fortuita, le enterraron en el nicho superior al de mi abuela, que murió casi centenaria. Cada vez que oro ante su tumba y leo la máxima latina inscrita sobre la lápida, al estilo de los primeros cristianos, concluyo, que a pesar de su rotunda juventud, Narciso ya estaba maduro para el Cielo. La madurez no se cuenta por años, sino por intensidad de amor.

Y Narciso vivió intensamente su vida: una vida de apóstol en la que fue repartiendo alegría y sentido sobrenatural a manos llenas.

José Miguel Cejas

 


 

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