Las cuatro estancias de san Josemaría en Córdoba
Primera visita, 1938
San Josemaría estuvo por primera vez en Córdoba, cuenta Vázquez de Prada, en 1938, a finales de la guerra civil.
En aquel tiempo residía en Burgos y vino a nuestra ciudad en tren para atender espiritualmente a un universitario, Miguel Sotomayor, al que había conocido en Residencia DYA, que estaba destinado militarmente en Alcolea.
Pensaba que Alcolea era una localidad diversa, cuando se trataba, al igual que ahora, de un hermoso barrio de la ciudad situado junto al río Guadalquivir, aunque distante varios kilómetros del núcleo urbano de la capital.
Puente romano de Alcolea, escenario de grandes batallas
Hizo en sus apuntes personales una descripción cordial y simpática de aquel viaje, destinada en primer lugar a los que le acompañaban en Burgos, para darles a conocer las primeras impresiones de su encuentro con la realidad andaluza. Estas fueron sus anotaciones:
Voy al hotel. ¡Qué saludadores son en Córdoba! Todo el mundo el saludo militar, al sacerdote desconocido, o el sombrerazo. ¡Otro sombrero cordobé!
Se alojó en el Hotel Victoria, donde le dieron un número de habitación de resonancia bíblica: el nueve. Estos detalles pequeños de la vida cotidiana le llevaban, con su simbolismo, al trato con Dios.
En el hotel me dan la habitación número 9. el número que me entusiasma (¡ esa teología de las matemáticas!). en León aún conocían mejor el negocio: me dieron el 309: y pensé: el 3, mi Padre-Dios: el 0, yo, pecador ( mea culpa); y el 9, mis chicos. ¡Que rebueno es Jesús, que, con tan poca cosa, nos lleva a Él!
El 20 de abril celebró la Santa Misa a las Teresianas. Visitó la Iglesia de San Nicolás de la Villa, donde invocó al Santo, pidiéndole la resolución de las necesidades económicas que le acuciaban.
1945. Segunda estancia de San Josemaría en Córdoba.
La segunda estancia tuvo lugar el 1 de abril de 1945, domingo de Pascua. Ese día había celebrado la Santa Misa en la iglesia de los Trinitarios de Antequera.
Llegó a Córdoba al medio día, donde visitó a diversas personas, y al terminar le llevaron a conocer las ermitas. Allí dió una limosna a un ermitaño, que le entregó una hoja con los famosos y populares versos de A. Fernández Grilo:
¡Muy alta está la cumbre!
¡La Cruz muy alta!
¡Para llegar al Cielo
cuán poco falta!
Monumento al Sagrado Corazón en las Ermitas
El fundador admiraba la vida religiosa -en este caso, la eremítica- y el camino por el que Dios llamaba a la santidad a los ermitaños que han acudido a esa serranía desde hace siglos, apartándose del mundo. Y recordaba a las personas que viven en medio del mundo que debían encontrar a Dios en sus afanes cotidianos en medio de la calle, en la profesión y en la situación en la que Dios les llame.
Por eso comentaba que ese encuentro con Cristo igual puede vivirse en la Gran Vía de Madrid. A igual distancia se puede estar del cielo en la plaza de la Cibeles que en el pintoresco monte cordobés.
En la ladera del monte, al abrigo de una gran peña, dirigió a los que le acompañaban -un joven arquitecto, Jesús Alberto Cagigal, y uno de los primeros sacerdotes del Opus Dei, don José Luis Múzquiz- una meditación espiritual.
Se hospedaron en el Hotel Simón. Al día siguiente celebró la Santa Misa en la Parroquia de San Miguel, mientras Don José Luis Múzquiz lo hacía en la de San Nicolás de la Villa. Y tras algunas visitas, salieron para Jaén.
La tercera visita: 1949
La tercera visita tuvo lugar el 1º de marzo de 1949. Acombañan al fundador su hermana Carmen y dos sacerdotes: don Odón Molés y don Ernesto Santillán. Fue una estancia muy breve. Hicieron noche en Córdoba y se hospedaron en el Hotel Regina, en la llamada entonces Avda. De Canalejas, y hoy día Ronda de Tejares.
Tenía intención de venir en mayo de 1967, pero por incidencias del viaje, no pudo ser. Aquello le apenó y dejó por escrito esta carta, que se conserva en un centro del Opus Dei cordobés. La firmaba "Mariano" por su amor a la Virgen.
Pozoalbero, 5 de mayo de 1967
Queridísimos: Que Jesús me guarde a mis hijas e hijos de Córdoba!
Antes de dejar esta encantadora tierra andaluza, quiero enviaros unas líneas, para deciros que he sentido muchísimo no poder estar entre vosotros, como era mi deseo.
De todas formas, he hecho el propósito firme, de que en octubre, me detendré especialmente en Córdoba, para poder veros y charlar despacio. He ofrecido esta contradicción - ¡que me ha costado de veras! – por vuestra labor, seguro que no dejaréis de pedir por mí, para que sea bueno. Fiel y alegre.
Os quiere y os bendice vuestro Padre
Mariano.
La cuarta estancia: octubre de 1968. Veinte años después de la primera
San Josemaría llegó a Córdoba el 4 de octubre de 1968. Habían pasado veinte años desde su última visita a nuestra ciudad, y la noticia de su venida produjo una gran alegría en todas las personas que participaban en las diversas iniciativas apostólicas que habían nacido en los ambientes cordobeses más diversos gracias a su impulso espiritual.

San Josemaría con don Javier Echevarría,
actual Prelado del Opus Dei
y don Manuel Pedreño, en Zalima
El día cuatro consagró el altar de Zalima, un centro de mujeres del Opus Dei, ayudado por don Javier Echevarría, don Manuel Pedreño y Lorenzo Martín, como arquitecto. Este último, cuenta en un artículo que publicó en el ABC de Sevilla, después del fallecimiento del Fundador:
“Debió notar que yo estaba un poco nervioso – el mortero fraguaba deprisa –, y me paró sonriente, para acabar él de colocar la pequeña losa; lo cual, dicho sea de paso, hizo con sorprendente soltura y precisión. Después, como si me debiese una explicación por haberse metido en mi terreno, me dijo con cariño, que no olvidase que antes de hacerse sacerdote ya tenía vocación de arquitecto”
El último encuentro de los cordobeses con san Josemaría tuvo lugar en el centro del Opus Dei de la calle Ramírez de Arellano.
En la puerta le esperaban, entre muchos otros, un ingeniero, Ignacio González de Durana, que era el Director del Centro, ya fallecido; un sacerdote, don Pedro Rodríguez; y algunos a los que e Fundador conocía desde hacía años, como José M. Gil de Antuñano.
Nada más llegar pasó al oratorio. Todo estaba dispuesto para que consagrara el altar y la ceremonia comenzó inmediatamente. En el acta, firmada por el Fundador, y que leyó don Álvaro del Portillo, está escrito:
Al realizar esta consagración, imploraba del Señor, con fervientes oraciones, que por intercesión de la Virgen María, mis hijos vivieran fielmente su vocación, enraizados en la unidad de la fe y en la comunión de la caridad.
Fue una ceremonia sencilla y solemne, que hizo de forma muy pausada.
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El oratorio estaba igual que en la actualidad, aunque le faltaban algunos detalles como la pintura del techo, que evoca un artesonado de estilo árabe.
A la izquierda, en una vidriera, se lee en latín la jaculatoria mariana que tanto le gustaba repetir: Santa María, Esperanza Nuestra, Asiento de la Sabiduría.
Al salir del oratorio comenzó a saludar, entre bromas, risas y comentarios divertidos, a todos los que habían venido a recibirle.
Entre ellos estaba José Manuel Gil de Antuñano, que pertenecía al Opus Dei desde los años cuarenta.
Era uno de esos hombres que confiaron en Dios y en las palabras de un sacerdote joven en los comienzos del Opus Dei, cuando era sólo un proyecto apostólico, que muchos consideraban una quimera irrealizable.
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Cuando José Manuel se acercó a saludarle, san Josemaría le dio un abrazo y le dijo al oido, en voz muy baja, estas palabras, que sólo él y yo, que estaba a su lado, pudimos escuchar:
-Hijo mío, te doy las gracias por lo bueno y lo fiel que has sido siempre. Gracias, muchas gracias, hijo mío.
José Manuel –un hombre corpulento y jovial, que había impulsado la creación de las Escuelas Familiares Agrarias- se conmovió, mientras el fundador le repetía una y otra vez, con gran fuerza, estas palabras de cariño y de agradecimiento.
A su lado, antes de que subiera las escaleras de la casa, uno –no recuerdo quién- le comentó que amigo suyo se había planteado la llamada al Opus Dei. “Hay que rezar mucho –le dijo con mucha energía-; y ese amigo ha de tener las condiciones requeridas para recibir la llamada. En el Opus Dei no barremos para adentro: ¡tenemos un gran respeto por la libertad de las personas!
Me quedé desconcertado por esta sucesión de contrastes. Ahora, con el paso del tiempo, comprendo mejor aquella reacción mía. En pocos minutos había contemplado de cerca algunos de los registros dominantes de la personalidad de aquel sacerdote: la piedad profunda; la simpatía y el sentido del humor; el cariño; la energía en la defensa de la libertad...
Escrivá pasaba de un registro a otro con gran sencillez, dejando una fuerte impresión de cercanía humana.
Subió luego a la sala de estar, donde estuvo un momento con Ignacio, dándole el pésame por la reciente muerte de su padre. Después pasó al comedor a almorzar.
Una tertulia en el patio
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Bajó a los pocos minutos al pequeño patio de la casa, donde le esperábamos tocando las palmas, acompañados por la guitarra de Manolo Bravo. Fue un encuentro breve, con preguntas rápidas y espontáneas.
Se sentó en un extremo del banco corrido, junto a la columna más cercana a la puerta de entrada, en el lugar que se ve en la fotografía. Y comenzó un encuentro cordialísimo, con sabor de tertulia familiar.
Uno le comentó que tenía a sus padres enfermos y le dijo varias palabras de cariño y estímulo. Yo le pregunté que pensaba de los estudiantes.
Estábamos en 1968 y estaban muy vivos los ecos del famoso mayo francés. La universidad parecía haber perdido su finalidad propia de enseñanza, investigación, estudio y análisis sereno, para convertirse en un parlamento crispado de carácter político o en un lugar de agitación y propaganda populachera. |
Escrivá señaló la necesidad de que la universidad recobrara su verdadera naturaleza, y concluyó con un enérgico: “Estudiantes… ¡a estudiar!”
A su izquierda, en un extremo de patio, un padre de familia le dijo que tenía un hijo subnormal, y le pidió consejo para llevar aquella situación.
-Hijo mío –le dijo san Josemaría, mirándole fijamente- Dios te ha bendecido de una manera especial y te muestra un cariño de predilección, porque el Señor –nos lo dice el Evangelio- prueba más a quienes más quiere. Puedes estar seguro de que sufro con vosotros y de que pido a Jesús que os ayude a llevar su Cruz con alegría. Omnia in bonum!
El mundo es bueno, todo es bueno, por lo menos, lo permite Dios para que seamos mejores ya que de grandes males saca grandes bienes.
Tienes que volcar en su hijo más predilección y cariño que en los demás, porque te necesita más que ellos. Pero esto no basta: tienes que ayudar a otros padres que vivan en iguales circunstancias, y promover e impulsar las asociaciones de padres que se dediquen a resolver los problemas de los subnormales. Que quien tenga un hijo subnormal no se encuentre nunca solo.
Y refiriéndose a su hijo, a él y a sus afanes le dijo: Todo esto es también Opus Dei, Obra de Dios.
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No sabía yo entonces quien era aquel padre de familia, hasta que me lo encontré varios años después, en 1974, por uno de esos azares del destino, en el Cuartel de Artillería de Córdoba –destinado ahora a usos civiles- donde hice mi servicio militar de soldado raso.
Era el coronel de mi unidad, y con frecuencia, mientras hacíamos instrucción, atravesaba el patio del cuartel aquel hijo enfermo al que se había referido el fundador.
Cada vez que lo veía, evocaba las palabras de Escrivá y esta enseñanza fundamental que le escuché junto a la fuente de aquel pequeño patio cordobés: todas las realidades humanas, vividas por amor a Dios, pueden convertirse en obra de Dios, en Opus Dei.
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Siguieron las preguntas. En un determinado momento, Manolo Bravo tomó la guitarra y le cantó algo de la tierra. En su testimonio cuenta la expresión cariñosa y alentadora del Padre durante la canción, que comenzó a cantar en tono muy alto. Se las vió y deseó para llegar al final: Si pudiera, te ayudaba, le dijo sonriente el fundador.
Plaza del Cristo de los faroles. A la derecha, en la zona de sombra,
la iglesia donde se venera a la Patrona de Córdoba,
la Virgen de los Dolores
Al terminar la tertulia – a pesar de los síntomas claros de cansancio – quiso ir a rezar un momento a la Virgen de los Dolores. Debido a unas obras, el coche no pudo llegar a la puerta del Santuario y el fundador atravesó a pie la Plaza del Cristo de los Faroles. En el Santuario se arrodilló en el primer banco de la derecha y estuvo unos momentos rezando.
A la salida le esperaban José María Fernández Peña y José María Guerrero, que le regalaron una fotografía de la Virgen. Serían las dos y media de la tarde.
Acudió al Palacio episcopal para visitar al Sr. Obispo, Monseñor Fernández Conde, al que conocía de tiempo atrás. Muchas personas supieron de esta visita y le esperaban ante la entrada principal.
Esa misma tarde salió hacia la Aljabara de Cárdenas, una finca de Hornachuelos. Le acompañaban Don Álvaro, D. Alfonso Cárdenas y su madre, Doña Anita, que después de enseñarle la casa se despidieron.
El día seis, domingo, salió hacia Madrid; algunos, como Manolo Bravo, esperaban en la carretera, cerca de Posadas, y le saludaron. Se detuvo el coche y conversó un momento con ellos.
Un detalle
En la sala de estar de Alhaquén, un centro del Opus Dei en Córdoba, se conserva un ejemplar de La Abadesa de las Huelgas, de San Josemaría con doble dedicatoria.
La primera es una dedicatoria del fundador al entonces obispo de Córdoba:
Al queridísimo D. Manuel Fernández- Conde, con un fuerte abrazo in Domino.
Madrid – nov – 1944
La segunda dice:
A los sacerdotes de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, residentes en Córdoba, la Inspectoría Salesiana os obsequia con este libro de vuestro Santo Fundador, pues os proporcionará la alegría de tener un autógrafo suyo de 1944 y dedicado, a tal personaje que luego llegaría a ser Obispo de Córdoba.
Junto a esta alegría de familia, conservad la alegría pascual de este Domingo de Resurrección 2005.
Un cordial abrazo
Leandro S.D.B.
Córdoba 27/3/05. Domingo de Pascua
Regina coeli, laetare. Alleluia.
José Miguel Cejas
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