Un viaje a Roma
Mis primeros recuerdos de san Josemaría se remontan a 1965. En el mes de noviembre de ese año el Papa Pablo VI iba a inaugurar el ELIS, un centro de formación profesional para obreros promovido por el Opus Dei. El ELIS estaba situado en el Tiburtino, en la periferia romana.
Varios agregados del Opus Dei habían estado trabajando para sacar adelante aquel proyecto y san Josemaría quiso que, con motivo de la inauguración, estuvieran presentes en el acto agregados del Opus Dei de diversos países del mundo. De España fuimos 38, procedentes de diversas ciudades. De Córdoba fuimos Quico, Juan Leña, Manolo Marín y yo.
Hicimos el viaje hasta Barcelona en el coche de Quico. Eran otros tiempos y otras carreteras: tardamos unas quince horas en llegar. Allí nos reunimos con otros agregados, como Pedro Rodríguez, Juan Docampo o Juan Marco, y con un numerario, Rafa Solís, que nos acompañó en el viaje en tren.
Fue un viaje lleno de anécdotas. Todavía había aduana en la frontera entre España y Francia, y la policía hacía abrir a los viajeros las maletas de vez en cuando. Esta vez me tocó a mí. Me revisaron a fondo el equipaje y cuando terminaron su tarea, me di cuenta de que me había separado del resto del grupo y que no sabía dónde estaba ni qué dirección debía tomar.
Comencé a caminar sin rumbo por los túneles de la estación, entre letreros en francés. “Vas a ver tú como me quedo en Barcelona”, pensé. Faltaban pocos minutos para que saliera el tren y estaba completamente desorientado.
En esos momentos, cuando no sabía por dónde tirar, apareció un señor que me preguntó qué tren estaba buscando. Al responderle, tomó las maletas y me dijo: “¡sígueme!”.
Fuimos corriendo lo largo de los pasillos hasta que llegamos al andén. El tren ya estaba en marcha. Aquel desconocido, que fue para mí como el Ángel Custodio, me ayudó a subir las maletas al vagón y logré subir en el último segundo. Nunca he sabido nada más de esa persona, que me ayudó en aquel momento decisivo, y a la que le estoy tan agradecido.
Por lo demás, fue un viaje inolvidable. Yo llevaba mi guitarra, como de costumbre y estuvimos cantando durante gran parte del recorrido, aunque con cierta moderación, porque había ciertos conflictos, a causa de no se qué, con las embajadas de España en Francia y Roma. No queríamos dar una sensación excesiva de “españolismo” que nos pudiera acarrear más problemas en la frontera.
Al llegar a Roma, nos estaba esperandoen la estación Términi un guía checo, que se llamaba Puskas. “Seguidme como un solo hombre” –nos dijo, sonriente. Y nos guió hasta un autobús que nos llevó al hotel Waly.
Eran otros tiempos, he dicho antes, y entonces se viajaba mucho menos que ahora. La mayoría pisábamos tierra extranjera por primera vez y aquello nos parecía una aventura apasionante. ¡Roma! ¡Ver al Papa! ¡Estar junto al Padre, el fundador del Opus Dei!
Era un sueño que se iba haciendo realidad. Al día siguiente visitamos las grandes iglesias romanas, las antiguas basílicas, las catacumbas… donde por cierto, se nos perdió Juan Marco por una de aquellas galerías, y se las vio y se las deseó para encontrarnos…
Al día siguiente fuimos a la calle Bruno Buozzi 73, donde nos esperaba san Josemaría. El encuentro estaba previsto en la sala de estar de la primera planta de la casa. Yo me quedé algo regazado del grupo, y cuando todos habían subido las escaleras, me encontré de frente con san Josemaría, que me dio un fuerte abrazo y me preguntó de dónde era.
–“De Córdoba, Padre –le dije- y quiero que me de usted otro abrazo, para toda la gente de Córdoba que no ha podido venir”.
Le acompañé a subir las escaleras y llegamos a la sala de estar, donde reinaba un ambiente de gran alegría. Le estaban esperando cantando una canción, acompañada con el piano y las guitarras.
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Aquellos encuentros con san Josemaría son algo difícil de describir, por la espontaneidad, la alegría y el clima que generaba a su alrededor.
Cantaba con fuerza y se le veía muy feliz. Tuve la suerte de situarme a su lado.
La sala de estar estaba rebosante, en su mayoría de jóvenes. San Josemaría se sentó en los brazos de madera de dos sillones unidos entre sí. Era un lugar incómodo para sentarse, pero desde aquel lugar todos le podían ver mejor.
Comenzó a hablar. Nos pidió que nos volcáramos en detalles de cariño con el Papa aquella tarde, durante la inauguración del ELIS. Y nos dijo que deseaba asistir al acto discretamente, como un sacerdote más.
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-Con san Josemaría en el Centro ELIS
Con san Josemaría
Fue una tertulia entrañable, en la que nos hizo ver con mucha gracia la universalidad del Opus Dei, que allí se palpaba físicamente. -¿Hay aquí algún hijo mío australiano? –preguntaba. -¿Algún francés? Y cuando alzaba la mano uno de éste o de aquel país, tenía una frase de cariño o una broma simpática con él.
- ¿Y algún filipino? -seguía preguntando.
Se iban levantando personas del Opus Dei de diversos países. Unos le hacían una pregunta, o le contaban alguna anécdotas de su tierra. Carlos Martínez, un agregado asturiano, pescadero, le estuvo contando historias divertidas de su trabajo en la pescadería.
Por la tarde estuvimos con el Papa. Fueron momentos inolvidables. “Aquí todo es Opus Dei” dijo Pablo VI, al ver aquel gran centro de formación profesional que había nacido con una fuerte inspiración cristiana, venciendo mil dificultades, en lo que era, pocos años atrás, uno de los barrios más descristianizados y marginales de Roma.
Acompañaban al Papa muchos cardenales y obispos, porque estaba a punto de concluirse el Concilio Vaticano II. Pocos días después se celebró la gran Ceremonia de Clausura.
Durante el acto en el ELIS san Josemaría leyó un breve discurso de bienvenida y pasó inadvertido, como deseaba, siempre fiel a su lema: “ocultarse y desaparecer, eso es lo mío. Que sólo Jesús se luzca”.
En Pozoalbero, mayo de 1967
Estuve de nuevo con san Josemaría en mayo de 1967, durante su estancia en Pozoalbero, una casa de retiros y convivencias que hay en los alrededores de Jerez. Fue, al igual que el de Roma, una reunión familiar y entrañable, un encuentro lleno de sencillez, porque no era nada amigo de solemnidades. Nos recibió en la sala de estar de la casa, decorada con motivos andaluces.
Comenzó a hablarnos del actual Santuario de Torreciudad. Se iba a construir un Santuario Mariano en el Alto Aragón -nos dijo- con cuarenta confesonarios. En la explanada frente al Santuario -nos contó- habría muchas fuentes con agua y todas llevarían un cartel donde se leería: “agua natural potable”, aludiendo al agua milagrosa de Lourdes, porque los milagros que él le pedía al Señor para aquel Santuario eran los milagros de muchas conversiones personal en el sacramento de la confesión.
Después de pedir que rezáramos mucho por el futuro Santuario, nos comentó que dos de los presentes, Felipe y Juaco, estaban poniendo en marcha unas Escuelas Familiares Agrarias para la gente del campo, que estaba tan marginada -nos dijo- y tan necesitada de formación.
Se le veía muy ilusionado con aquel proyecto, en el que trabajo actualmente. Nos aseguró que esas Escuelas, además de ser un centro de formación profesional, darían muchos frutos apostólicos.
Luego nos recordó la necesidad de santificar el trabajo. Debíamos trabajar bien, cara a Dios -nos recalcó- sabiendo que el trabajo profesional es un medio de santificación personal y de apostolado. Y siguió haciéndonos consideraciones espirituales, hasta que de repente, con aquella gracia inigualable que tenía para pasar de lo divino a lo humano, hizo un quiebro, y nos preguntó:
-¿Queréis tomar un aperitivo?
Nos quedamos sorprendidos. A los pocos minutos trajeron una bandeja con vinos de la tierra y algo para pizcar. Lo pusieron sobre de la mesa, pero nosotros seguíamos pendientes de sus palabras. Entonces nos dijo, bromeando, haciendo el ademán de marcharse:
-Pues... como no coméis… ¡me voy!
Y se levantó. Empezamos a tomar algo, y riendo, volvió a sentarse de nuevo, divertdo. Comenzó a ofrecernos pinchos, entre bromas, a unos y a otros.
En esa ocasión tenía previsto pasarse por Córdoba, pero no pudo ser, y nos puso por escrito que la próxima vez que volviera a Andalucía, vendría a vernos.
Córdoba, octubre de 1968: ¡Si pudiera, te ayudaba!
Cumplió su promesa: al año siguiente, cuando se cumplía el 40 aniversario de la fundación de la Obra, el 2 de octubre de 1968, estuve de nuevo a Pozoalbero. Ese día tuve la suerte de saludarle. Y dos días después llegó a Córdoba.
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Le esperamos en la pequeña plaza de la Trinidad, delante de la iglesia, porque sabíamos que deseaba visitar Zalima, un centro de mujeres del Opus Dei que está junto a esa plaza.
Al igual que había sucedido un año antes en Sevilla, cuando fue a saludar al obispo Bueno Monreal y se llenó de gente la plaza de El Salvador con el deseo de saludarle, la plaza de la Trinidad comenzó a llenarse de cordobeses que le esperaban. Y sucedió algo muy divertido.
Antes de que llegara el Padre, cuando la plaza estaba prácticamente llena, se abrió paso entre el gentío el coche de unos novios que iban a casarse en la iglesia de la Trinidad.
Los novios estaban asombrados al ver aquello: ¡debieron pensar que todos los que estábamos allí erámos los invitados a su boda! |
En éstas llegó el coche que traía al Padre, al que pudimos saludar cuando se dirigía a Zalima para consagrar el altar. Luego se vino al centro de la calle Ramírez de Arellano, que estaba lleno de personas del Opus Dei, cooperadores y amigos. Nada más llegar se dirigió al altar. Estaba todo preparado para que lo consagrara. Yo tuve la suerte de estar en el oratorio, que es muy pequeño, durante aquellos momentos. Durante la consagración del altar le acompañaban don Álvaro del Portillo, que fue su primer sucesor, y don Javier Echevarría, actual Prelado del Opus Dei.
Al terminar le estuvimos saludando en el anteoratorio, y subió un momento a la parte alta de la casa, mientras nosotros, en el pequeño patio de la primera planta, cantábamos sevillanas.
En ese patio hay una pequeña fuente, y en la pared, a un lado, con un farolillo, un azulejo de la Virgen de los Dolores, Patrona de Córdona. Le pusieron al Padre unos cojines rojos sobre el asiento corrido, pero al verlos prefirió sentarse directamente sobre la piedra. Y comenzó a hablarnos de obediencia cristiana, de fidelidad y de amor a la voluntad de Dios. Enrique Puga le comentó que tenía un hijo enfermo, con una subnormalidad.
San Josemaría le dijo que debía ver aquella enfermedad como un regalo de Dios. Le aconsejó que quisiera a ese hijo de una forma muy especial, con la seguridad de que Dios envía esas criaturas a los matrimonios a los que quiere también de una forma especial.
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Yo me encontraba frente a él, con la guitarra preparada, y aprovechando una pausa entre las preguntas, le dije:
- “Padre: ¿quiere que le cante unas serranas de Córdoba?
Asintió. Pero entre tantos apretones de la gente, la guitarra estaba algo desafinada, y empecé a cantar demasiado alto. Tal alto que no sabía si podría llegar al final con aquel tono.
El Padre se dio cuenta, y al verme tan apurado, me animaba sonriendo, mirándome a los ojos. “Venga hijo mío, venga… -me dijo-. ¡Si pudiera te ayudaba!”
Han pasado los años y hoy, gracias a Dios, lo tenemos en el Cielo. He considerado muchas veces en mi oración esas palabras: “si pudiera te ayudaba”, porque noto con frecuencia su intercesión ante Dios.
Yo seguía cantando la serrana, haciendo lo que podía, pero como había empezado tan alto, no tuve voz para acabarla y corté en seco, diciéndole:
-Padre, estoy hecho polvo, no puedo más: ¡déme un abrazo! |
Nos dimos un abrazo inolvidable. Desde luego, fueron las serranas peor cantadas de mi vida; pero sin duda alguna, las mejor pagadas.
Nos comentó que esa misma tarde iría a visitar al Obispo de Córdoba, don Manuel Fernández Conde, y nos pidió si le acompañábamos, tuviéramos cuidado, porque el patio del Palacio Arzobispal estaba lleno de macetas.
Fuimos muchísimos cordobeses a acompañarle durante aquella visita al obispo, y la verdad sea dicha, entre el aluvión de gente, hubo alguna maceta del Palacio que no quedó demasiado bien parada. Yo procuré que san Josemaría pudiese salir con facilidad del coche, porque había numerosas familias que querían saludarle y manifestarle su afecto. El Padre iba correspondiendo a los saludos con mucho cariño.
Realmente, durante su estancia en Córdoba no pudo recibir más muestras de cariño y agradecimiento por parte de los cordobeses. Éramos conscientes de que teníamos con nosotros a un sacerdote santo. Y estoy seguro san Josemaría intercede ante Dios desde el Cielo de una forma muy especial por Córdoba y los cordobeses.
Pasó la tarde en la sierra de Córdoba, en La Aljabara, una finca en la que pudo rezar y descansar durante unas horas tras el ajetreo de aquellos días. Yo fui a despedirle al día siguiente, cuando dejaba estas tierras de Andalucía, en dirección a Madrid. Estuvo muy cariñoso conmigo, como de costumbre. Al despedirme, ya en coche, me di un pequeño golpe con la portezuela: “ladrón, te has hecho daño”, me dijo bromeando, con aquella sonrisa inolvidable.
Y luego, como despedida, me hizo la señal de la cruz sobre la frente.
Manolo Bravo.
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