Un supernumerario del Opus Dei: Antonio Bienvenida, un torero inolvidable

Antonio Bienvenida. Historia de un supernumerario del Opus Dei

.Página de Inicio

 

Una turista junto al monumento a Antonio Bienvenida, en la Plaza de las Ventas de Madrid


Un torero sin pose

Conocí a don Antonio Mejías Jiménez, de la dinastía torera de los Bienvenida, hijo de Manuel Mejías Rapela, el legendario Papa Negro, y de doña Carmen Jiménez, sevillana del Barrio de Santa Cruz, y hermano de varias figuras gloriosas del toreo, a mediados de los setenta, en las cercanías de Huelva, a primera hora de la tarde, bajo un sol de justicia que nos obligó a cerrar las ventanas a cal y canto y a respirar a grandes sorbos, como si se nos acabara el aire.

Yo esperaba encontrarme con un torero según los tópicos al uso; es decir, uno de esos tipos pintorescos de la España cañí, sacado de una escena cortijera de apoderaos con chaquetilla corta. Mis abuelos habían tratado en Córdoba, entonces Califato torero, a lo más granado de la torería –desde Lagartijo a El Gallo—y contaban las anécdotas taurinas habituales de aquellos monstruos -como se llamaban entonces- del toreo.

Pero el Bienvenida que yo conocí era un señor alto, fuerte, sereno, educado, de una amplia sonrisa y mirada enérgica. No era un torero metido a señor elegante, sino un señor con todas las letras, que hablaba muy bien, pero sin pose, ni resabios de toreretes de feria, ni atisbo alguno de flamenquería. Estaba inaugurando, quizá sin saberlo, una forma distinta de ser torero.

Allí me contó don Antonio -así llamaba todo el mundo, con el don por delante- que, aunque había nacido en Caracas, lo bautizaron en Sevilla. Era el cuarto de seis hermanos, y dio tempranamente muestras de su valor cuando lidió su primer becerro a los cinco años, aunque sus hermanos tuvieran que enseñárselo antes a su madre para que diera su aprobación...

Su madre, doña Carmen: la gracia, el buen tono, la finura, el señorío de espíritu, la ponderación en todo. Su padre, el Papa Negro: la pasión, el veneno y el gusanillo de los toros. La entereza, la piedad y la visión cristiana de la vida, por una parte; y, por otra, el coraje, la audacia y el peso de un apellido: Bienvenida.

En 1937 vistió por primera vez el traje de luces, y tras cinco años como novillero, su hermano Pepote le dio la alternativa en una faena con miuras en Las Ventas, el 9 de abril de 1942.

Poco después, muy pronto, el 26 de julio de 1942, el toro Buenacara le dio una de las cornadas más peligrosas de su carrera. Y muy poco después, también muy pronto, su nombre se hizo imprescindible en los mejores carteles. “No fue sólo un torero de época -comenta uno de sus biógrafos, Rafael Gómez López-Egea- supo estar por encima de las modas pasajeras, en una búsqueda insaciable de las esencias del toreo”.

Durante sus primeros años conoció todas las alegrías y los sinsabores de la fiesta, y entre cornada y cornada fue convirtiéndose en el torero de moda, con lances que hicieron época, como aquel de 1948, cuando un toro le derribó en tierra y se salvó a sí mismo con un quite milagroso desde el suelo.

Ese mismo año, el 15 de noviembre, contrajo matrimonio con doña María Luísa Gutiérrez, con la que tuvo cuatro hijos.

Conchita Cintrón, la primer mujer torero –o torera, como ustedes prefieran, que no vamos a discutir por eso- definió a Bienvenida como“esencia de señorío en gestos de torero”. Era, en siete palabras, un retrato de cuerpo entero.

Su rival taurino fue, durante algunos años, Morenito de Talavera. Entonces estaba de moda entre los diestros lanzarle puyas y brabuconadas al contrario, para "animar la afición". Bienvenida, aseguran sus biógrafos, “respetaba a los compañeros de profesión, sin permitir nunca la menor maledicencia en demérito de nadie”.

 

Así son los toros

Así debió ser, porque sus compañeros resaltaron el alto sentido de la solidaridad profesional que puso de manifiesto cuando fue Presidente del Montepío de toreros, y organizó muchas corridas benéficas en las que no le importaba arriesgar su prestigio y su vida.

A Bienvenida le gustaba, tanto en el ruedo como en la vida, mirar al peligro de frente y a los ojos; se opuso a las corruptelas que amenazaban la limpieza de la fiesta, y a partir de 1952 denunció el fraude del afeitado.

La denuncia le costó cara, y su carrera, después de cinco temporadas gloriosas –de 1953 a 1957- acabó sufriendo un bache que no se debió sólo a las rachas sin suerte.

Esas malas rachas, explican los entendidos, son “algo consustancial con los toros. Ése no es problema de fondo. La dificultad estriba en que es un torero incómodo, porque rehúye las componendas, se niega a medrar a costa de los demás, nunca habla mal de nadie y defiende a los compañeros, incluso a los que procuran alejarlos de las plazas con malas artes. Se encuentra, pues, en inferioridad de condiciones, puesto que no responde a las insidias y nunca juega con ventaja, aunque la circunstancias le permitan hacerlo”.

En cuanto a las faenas, Bienvenida tuvo de todo, como en botica: tardes buenas y tardes malas; palmas y pitos; la puerta grande y el insulto ácido desde el tendido cero; críticas exultantes y otras que era mejor no leer; éxitos y fracasos, como todo torero que se precie, ante los que supo crecerse.

Entre las tardes buenas, los viejos aficionados recuerdan aquella histórica corrida del 3 de julio de 1955, cuando toreó gratis a favor de sus compañeros toreros necesitados, y estoqueó en solitario en Madrid seis toros de Galache. “El arte del toreo –sentenció Ronquillo- se llama don Antonio Bienvenida”.

En 1956 la Asociación de la Prensa le galardonó con la Oreja de oro y ese mismo año le impusieron la Cruz de Beneficencia. Era el reconocimiento hacia una trayectoria profesional en la que sufrió quince cornadas graves, o quince pequeñas muertes, como le gustaba decir.

Eso, sin contar los percances: en 1957 se fracturó una pierna en una lidia a beneficio de los daminificados por las inundaciones de Valencia; y al año siguiente, el toro Cubitoso, de Sánchez Cobaleda, le hirió gravemente en el cuello. Pero, como suele decirse, así son los toros.

 

Un torero y el Opus Dei

América le abrió los brazos y realizó con éxito varias giras por el nuevo continente. El 25 de mayo de 1963, cuando ya era una figura consagrada, le dio la alternativa a un torero que venía pegando fuerte: Manuel Benítez, El Cordobés. En 1964 en San Sebastián de los Reyes, con un toro de Cembrano, hizo, según los críticos, la mejor faena de su vida.

En 1966 anunció su retirada para desconsuelo de sus miles de seguidores. Parecía el ocaso de un monstruo del toreo. El 16 de octubre su hermano Pepote le cortó la coleta en las Ventas, en el mismo lugar donde le había dado la alternativa muchos añosantes.

Aquella retirada solo fue, como era previsible, un capotazo al aire, un quiebro en falso, un simple paréntesis en su carrera. Son pocos los que se van y no vuelven.

Durante aquel paréntesis le sucedió algo importante. Bienvenida tenía varios amigos del Opus Dei desde hacía algunos años –desde 1957, en concreto- y en enero de 1969 asistió a un curso de retiro predicado por un sacerdote del Opus Dei.

Le impresionó especialmente el mensaje cristiano de la santificación del trabajo: Vuestra vocación humana –enseñaba el Fundador- es parte, y parte importante de vuestra vocación divina. Ésta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo, ese hogar, esa familia vuestra...”.

-¡Pero cuánto tiempo he perdido! -comentaba Bienvenida, al oir esto- Sin saberlo he buscado durante toda mi vida la perfección en el trabajo... y ahora que me retiro, me entero que podía haber dedicado esos veinticinco años a avanzar en amistad con Dios.... ¿Cómo no lo encontré antes?

Pocos días después, el 12 de enerode 1969, pidió la admisión en el Opus Dei.

 

Una alegría enorme

-Tengo una alegría enorme -contaba-. Siempre sentía Dios a mi lado cuando toreaba, y percibía una llamada que no acababa de ver clara. ¡Ahora la veo perfectamente!

A partir de entonces fue profundizando en su vida cristiana gracias a los sacramentos y la lectura del Evangelio. “Ya parece -comentaba- que le voy cogiendo el son al Jesucristo”

En lo profesional -o en lo artístico, porque el toreo es un arte- seguía reconcomiéndole por dentro el gusanillo de los toros. Se había pasado toda su vida dando espectáculo, tomándole el pulso al miedo, y en contacto “con miles de personas cada día a las que sirvo dándoles lo que se hacer. Trato de que el que está viéndome se lo pase bien; así es como yo me lo paso bomba, viendo como él se divierte”.

En 1971 decidió volver a los ruedos. Ahora, su profunda decisión de vida cristiana en el Opus Dei daba a su trabajo nuevos horizontes: le llevaba a esforzarse por santificar cada faena, toreando, como él decía, “por partida doble”.

“Toreo dos veces. Es lo que llamo la “Corrida grande” y la “Corrida chica”. La grande se la dedico al Señor en el patio de cuadrillas, antes de salir al ruedo. Me preparo bien, repaso los detalles, cuido hasta de no tener polvo en las zapatillas y toreo para Él solo. Me sale fenómeno, claro. Espero que le gusten los pases que le doy con el corazón y no con la mano... ¡Esa es la corrida importante!Además, con Él nunca fracaso... Es el mejor Presidente de las dos corridas. Después, salgo al ruedo y allí... bueno, pues hago lo que puedo, pero la llamo “la Corrida Chica”. Me chillan, si lo hago mal; o me aplauden, si las cosas se me dan bien. Pero no me importa tanto, porque ya he toreado para Él... ”.

“Incluso cuando viene un fracaso hay que superarse y estar alegre...”. “Yo le ofrezco a Dios también los fracasos –comentó tras un curso de retiro-, pero como a todo ser humano, me cuesta vencer el mal sabor que me dejan. He estado un días pensando... y hoy he visto claro en el retiro que ocurren porque Dios quiere y, si el los quiere, serán mejor para mí y ya estoy contento”.

Añadía: “A mí el toro me ha enseñadoque debemos ser muy humilde, porque cuanto más me creo que tengo aprendidos los resortes de mi profesión, me sale un torito con guasa que me trae de cabeza... ¡y no tengo más remedio que encomendarme a Dios para matarlo como pueda!

 

Mirando hacia los tendidos

Fue entonces cuando yo le conocí, aunque llevaba escuchando su nombre desde pequeño, entre los grandes, como El Gallo, gran amigo de mi tío abuelo, que estuvo en su cuadrilla como banderillero, hasta que lo dejó a instancias de su madre; como El Lagartijo -una gloria cordobesa, como Manolete- y toda la saga de toreros célebres de aquel tiempo: Diego Puerta y Paco Camino; junto a algunos que se iban, como Chicuelo y Marcial Lalanda, y otros nuevos que llegaban y prometían, como Paquirri y el Niño de la Capea…

Aquella tarde de Huelva, al ver a don Antonio Bienvenida, tuve la impresión de encontrarme frente a una leyenda del pasado. Y ahora comprendo, al conocer mejor el desarrollo de su vida, que el maestro estaba entonces más lleno de futuro que nunca.

Aunque Bienvenida había guardado siempre la fe que le enseñó su madre, estaba descubriendo durante aquellos años unos tendidos más altos hacia los que alzar la vista.

Gracias a la formación cristiana que recibía en el Opus Dei, estaba comprendiendo, con luces nuevas, el mensaje del Evangelio: podía amar a Dios en lo pequeño, en esas cosas aparentemente menudas del trabajo cotidiano. “Todo es importante: el traje para la corrida, los capotes, el acero del estoque limpio, el brillo de los botos y de los zahones, el sombrero bien puesto...”.

De todas estas cosas, y de muchas más, me habló en aquella tarde de Huelva. Casi al terminar le pregunté:

- Maestro: ¿y cuales habían sido sus mejores tardes?

- Me respondió con aplomo, sin pestañear:

- Las que pasé con el Fundador del Opus Dei.

Ante mi gesto de sorpresa, me contó sus dos encuentros con el Fundador; el primero en Madrid y el segundo en Jerez, en noviembre del 72. La tarde de Jerez fue una conversación larga y distendida, en la que el santo y el torero hablaron de lo divino y de lo humano; desde la santificación del trabajo hasta el temple a la hora de torear. El temple es la calma, explicaba Bienvenida, ese saberse recrear en la suerte.

Poco después le pidieron a san Josemaría un consejo para tratar a Dios, y recordó estas palabras de Bienvenida, comentando que había que recrearse en ese trato, como “un torero estupendo al que quiero mucho, que se recrea en la suerte y hace despacio con el capote...”, dijo, haciendo el ademán de una verónica con una capa imaginaria. “Pues sí; recrearse en la suerte, como un artista, ¡con amor!”

¡Cuánto me hubiera gustado verle torear aquella tarde, en la que salió por la puerta grande de las Ventas tras una corrida histórica de la feria de San Isidro! La plaza, cuentan, se volcó en aplausos: ¡¡Torero!!, ¡¡Torero!!, ¡¡Torero!!

 

 

 

-Antonio –quiso saber un amigo poco después de aquella tarde en San Isidro- ¿Qué sentías cuando te aclamaban de esa manera?

--Mira, en aquellos momentos –dijo el diestro- iba dando gracias a Dios, diciéndole: “¡Señor, tuyo el poder y tuya la gloria!”

El 5 de octubre de 1974, en la plaza de Vista Alegre, se retiró definitivamente. Y esta vez, de verdad. A sus espaldas, 775 corridas y 54 novilladas; 113 novillos y 1.628 toros estoqueados.

El 4 de octubre de 1975, asistió a Misa, como de costumbre, en una iglesia de Colmenar (Madrid). La ofreció por el alma de su padre, porque aquel día era el aniversario de su muerte.

Al terminar se dirigió a El Escorial con su familia para probar unas vaquillas.

Toreó la primera vaquilla y la segunda, y cuando menos se lo esperaba, le arremetió por la espalda y le hizo dar una voltereta: se lesionó dos vértebras cervicales.

Lo trasladaron enseguida a la Clínica de la Paz. Su hermano Ángel Luis le comentó, durante el viaje, que se había asustado, porque pensaba que el animal le había matado.

-Ángel Luis -le dijo Antonio-: Dios es un Padre bueno y nos quiere mucho. Él sabe mejor que nosotros lo que nos conviene... No sufras por mí.

Los médicos le hicieron una “tracción” para encajar las vértebras en su sitio. La operación fue un éxito, y el doctor que le atendía pronosticó una recuperación lenta. Al terminar, le sacaron del quirófano en una camilla, y cuando vio que se abría lapuerta ancha del ascensor, exclamó bromeando, para despreocupar a su familia:

-¡Por la puerta grande! ¡Como los toreros buenos!

Al día siguiente, inesperadamente, entró en coma. Dos días después, el 7 de octubre, fiesta de la Virgen del Rosario, se quebró para siempre su estampa de torero bueno y leal, su sempiterna sonrisa, su señorío humano, sobrio y elegante.

Años antes, en noviembre de 1973, había declarado en una entrevista:

-El último toro que pienso lidiar –si Dios quiere, lo mejor posible- es el de la muerte, a la que estoy acostumbrado a tratar. Quisiera darle una lidia alegre... y templada. Despacio, lo más despacio que pueda, hasta que pueda llegar... a poderla besar; a poderla besar con alegría. Por eso, la fe es importantísima...

El 8 de octubre, sus compañeros –Ángel Peralta, Paco Camino, Curro Romero, Paquirri, Palomo Linares entre otros- pasearon su féretro a hombros por la plaza de Las Ventas, la plaza donde le dieron la alternativa y donde se cortó la coleta, el escenario de tantas tardes de gloria.

La Plaza estaba llena hasta la bandera: habían venido, para dar su último adiós al diestro, más de treinta mil aficionados. La ovación fue interminable: “¡Torero, torero! ¡Vivan los toreros valientes! ¡Viva Antonio Bienvenida!”

Fue su última vuelta al ruedo.

Eran las cinco en punto de la tarde.

 

José Miguel Cejas


 

Llanto por Antonio Bienvenida, el rey de los toreros

Que le pongan brazalete a la puerta de chiqueros...

 

Imágenes de los partidos de la Eurocopa 2008
con retazos de "Toreros para la historia",
El Juli y Antonio Bienvenida. Mezcladas con los sones del pasodoble Nerva.

 


Curriculum vitae

Nacio en Caracas, el 25 de junio de 1922. De pequeño viene a Sevilla, de donde procede la familia. Después se traslada a Madrid.

Debut en público: 1936

Temporada 1941: el 18 de junio obtiene un resonante triunfo en Las Ventas, alternando con Joselito de la Cal y Rafael Ortega.

Alternativa: el 5 de abril de 1942 en Las Ventas. Padrino: Pepe Bienvenida.

Temporada 1942: el 26 de julio recibe una cornada en el vientre, cuando lidiaba en la Monumental de Barcelona. Lo manteniene más de dos meses fuera de los ruedos.

Temporada 1944: marcha a México, tras acabar la temporada española.

Temporada 1958: resultó cogido en Las Ventas el 17 de mayo, de pronóstico muy grave.

Temporada 1966: se retira de los ruedos, despidiéndose en Las Ventas, el 16 de octubre. Le corta la coleta su hermano Pepe, en presencia de su hermano Angel Luis. Sigue actuando en festivales.

Temporada 1971: reaparece en Las Ventas, el 18 de mayo, para confirmar la alternativa del mexicano Curro Rivera.

Temporada 1974: se retira definitivamente de los ruedos el 5 de octubre, en la madrileña plaza de Vista Alegre, aunque siguió actuiando en tentaderos y festivales.

Temporada 1975: el dia 4 de octubre, tentando unas vaquillas en la finca escurialense de Amelia Pérez Tabernero, una vaquilla le voltea aparatosamente, produciéndole gravísimas lesiones de vértebras, a consecuencia de las cuales muere en Madrid tres días después.

Otros datos: Miembros de la dinastía de los Bienvenida, hijo de Manuel Mejías Rapela, Bienvenida. En 1948 se casa en Madrid con María Luisa Gutiérrez Balbi. En 1956 ingresa en la Orden Civil de Beneficencia por la labor altruista que llevó a cabo mientras presidió el Montepío de Toreros. Miembro de la hermandad de la Esperanza Macarena


 

Un "enemigo de la fiesta"

Mañana se hará el paseíllo en Las Ventas sin música, recordando a Antonio Bienvenida. He aquí quien fue tildado de enemigo de la Fiesta e insolidario con los colegas: Antonio Bienvenida; dos veces el santóleo, el cuerpo cosido a cornadas. Y, al fin, el mayor sarcasmo que puede castigar a un torero tantas veces enfrentado con toros magníficos: muerto por una vaquilla resabiada y traidora.

En 1952, cuando el afeitado estaba en su apogeo, Antonio Bienvenida alzó voz y muleta contra el fraude. Y se quedó más solo que la una.

Al denunciar el afeitado y negarse a torear reses manipuladas, dejó al descubierto los fundamentos, circunstanciales por supuesto, de la tauromaquia de unos cuantos fenómenos: el utrero abecerrado y, además, afeitado. Antonio Ordóñez fue el adalid de la conjuración. Pero no estuvo solo.

Al veto del torero de Ronda, indiscutible mandamás del momento, se unieron Antoñete, Jumillano, Pedrés y Rafael Ortega, quizás el más grande y puro del último medio siglo, aunque siempre sin mando. Fueron los más significativos.

Julio Aparicio, beligerante al principio contra Bienvenida, rompió el veto apuntándose a un ruidoso mano a mano con el vetado. Sólo la ayuda de Pérez Tabernero, que había aportado seis toros una semana antes para una corrida en solitario de Antonio en Las Ventas, ayudó a Bienvenida en esos difíciles momentos.

Los recelos contra Bienvenida nunca se disiparon. Y fue acusado de «enemigo de la Fiesta». El afeitado no desapareció entonces, aunque alguna disposición se reflejó en el Reglamento. Y ahí sigue. ¿Quién podría hoy emular el gesto de Antonio Bienvenida? Los aficionados esperan y la gloria está al alcance de la mano. ¡De frente, ar! A ver si surge otro «enemigo de la Fiesta».



JOAQUÍN VIDAL. La quintaesencia del toreo

Tal día como hoy, a primera hora de la tarde, moría en el hospital madrileño de La Paz el maestro Antonio Bienvenida, artífice de la quintaesencia del toreo, como consecuencia de una fractura de cervicales que dos días antes le había ocasionado la vaquilla Conocida en la ganadería de Amelia Pérez Tabernero.

La res, a la que ya se había dado puerta y galopó al campo, inexplicablemente volvió grupas, entró en la placita de tientas y cogió desprevenido a Bienvenida, al que derrotó por la espalda y le dio una voltereta tremenda. Las lesiones que se produjo al caer fueron irreversibles. El hermano del diestro, Ángel Luis, que le acompañaba en el tentadero, lo trasladó a Madrid y dispuso la asistencia sanitaria, que no tuvo resultado.

La noticia de la muerte produjo una enorme conmoción en todos los ámbitos sociales e institucionales pero sobre todo entre las clases populares, para quienes Antonio Bienvenida era uno de los grandes personajes de la época. Al día siguiente, antes del entierro, ante una emocionada multitud que abarrotaba la plaza de Las Ventas, se dio una vuelta al ruedo al féretro.

Antonio Bienvenida, hijo del mítico Papa Negro, era el tercero de una gloriosa dinastía. Pero la historia dice sobre todo que fue la quintaesencia del arte de torear.

Ya lo comentaba la afición coetánea: "El día que se retire vendrá la decadencia de la fiesta". Y este augurio, cuya certeza ha demostrado el tiempo, se fundamentaba en las características de Antonio Bienvenida que no tenían parangón: vocación total, respeto litúrgico por la profesión, entereza asombrosa para superar los infortunios que le acarreó, conocimiento enciclopédico de las suertes de la tauromaquia, una técnica acendrada para ejecutarlas, una insuperable pureza interpretativa.

Se ha comentado que Antonio Bienvenida era el torero de las sonrisas, y para desmerecer su arte lo han venido propalando algunos taurinos. A "dos trincherazos y tres sonrisas" pretendieron reducir los merecimientos de sus memorables actuaciones. Y es una falacia probablemente fruto de la ignorancia que sobre la fiesta tienen la mayoría de los modernos taurinos y sus pupilos.

Bienvenida sonreía al torear, cierto, lo cual mostraba fácil lo que estaba realizando con el peligro que entraña ejecutar la versión más pura de cuantas suertes conforman la tauromaquia.

Fue torero de tardes memorables y de fracasos sonados. A Antonio Bienvenida, ni en Madrid -que era su plaza- se le perdonaba movimiento mal hecho. Las más encendidas broncas se le han dedicado a este torero.

Ahora bien, nunca por torear mal, porque no sabía torear mal. Sus malas tardes contenían secuencias de inefable torería. Se doblaba con el toro ganándole terreno mediante unos muletazos que ponían al público en pie, remataba en los medios, y allí, ya dominado el toro, montaba la espada y entraba a matar. Naturalmente trocando los olés en furibundas protestas.

Las tardes en que salía decidido a triunfar alcanzaba lo sublime. El toreo al natural nadie lo ha interpretado con mayor autenticidad. En la corrida del Montepío del año 1955, una de las históricas de su intensa carrera, lidió seis toros con asombrosa perfección y les hizo seis faenas de muleta distintas. Todo tipo de suertes iba desgranando según las condiciones de cada res.

Hasta en un derribo (entonces los toros no se caían, tomaban las tres varas, solían derribar) sorprendió el quite que le hizo al picador caído al descubierto, envolviendo la cara del toro con el capote para que no lo viera. La tarde iba apoteósica y en el cuarto toro alcanzó la cumbre: ligó tres tandas de naturales en un exiguo espacio de redondel que enloquecieron a la afición y dejaron la muestra indeleble de lo que es torear.

La faena que años después hizo en San Sebastián de los Reyes a un toro de Cembrano ha quedado como la mejor de su vida y es cierto. Sin embargo la afición salía de la plaza comentando también el trasteo de pitón a pitón, pura filigrana, con que ahormó el peligroso cabeceo del toro lidiado en primer lugar.

El arte de Bienvenida no se limitaba al estilismo sino que era un lidiador nato, con vastos conocimientos acerca de las características de los toros y un amplio repertorio para dominarlos.

La corrida-concurso de Jerez del año 1965 constituye un revelador referente. La toreaba Bienvenida mano a mano con Antonio Ordóñez y el quinto toro, de nombre Cubanosito, pertenecía a la ganadería de este torero. Bienvenida no permitió a Ordóñez que entrara a quites. Asumió la lidia, ordenó al picador que se colocara en un determinado lugar y desarrolló un recital de toreo de capa poniendo en suerte al toro, que se arrancaba presto al caballo, desplegando un fastuoso surtido de lances ante el asombro de la afición jerezana que disfrutaba con aquel espectáculo.

Llegado el turno de muleta, Bienvenida toreó por la derecha y por la izquierda sin ayuda de estoque convirtiendo cada pase en un alarde destinado a exhibir la nobleza del toro, que fue indultado. Todos pasaron a la historia por aquello merecidamente; aunque a un servidor le pareció que el toro no era tan bravo como demostró Bienvenida jugando con sus querencias.

Pasajes dramáticos marcaron la trayectoria profesional y humana de este torero de leyenda. La cornada de Barcelona, el año 1942, al dar el pase cambiado, que quizá no se le curó del todo en la vida; la del cuello en Madrid el año 1956; otras muchas a lo largo de su trayectoria. Hay otras facetas insoslayables en su biografía como la denuncia del afeitado, que puso en evidencia a las muchas figuras que se aprovechaban entonces de aquella corruptela.

El recuerdo de Antonio Bienvenida, vivo para quienes conocimos su toreo, requiere más perfiles pues mantuvo la esencia del arte de torear en muy diversas épocas de la tauromaquia.

Por ejemplo, ya en tiempo de Manolete, que había cambiado el parar, templar y mandar por el ventajista toreo de perfil; las etapas de Aparicio y Litri, de Ordóñez y Manolo Vázquez -dos de los pocos diestros de escuela-, del Chamaco con su pase del fusil, del arrojado Chicuelo II, de tantos como iban y venían tomando la cabecera de los escalafones e imponiendo modas. Antonio Bienvenida constituía la reserva, a veces única, del toreo verdadero.

Hasta en aquella década desgraciada de los años 60 en la que la fiesta se llenó de corrupción, del arte de torear hicieron mofa, lo convirtieron en esperpento y dieron el mando del toreo a un zafio caricato llamado El Cordobés.

Retirado El Cordobés aún quedaba Antonio Bienvenida, manteniendo vivos los cánones de la tauromaquia eterna. Se retiró en octubre de 1974 y unos meses después la vaca Conocida causaba la tragedia.

"El día que falte vendrá la decadencia de la fiesta..." Y el augurio acertó. No hay más que mirar este yermo campizal de la moderna tauromaquia. El arte de torear, su riqueza y su quintaesencia son pura entelequia.

 

 


Bibliografía: Existe una amplia bibliografía sobre Antonio Bienvenida. Recomiendo, entre otros: CINTRÓN, C., ¿Por qué vuelven los toreros?, 1977. COSSIO, J. M., Los toros, Diccionario, Voz “Antonio Bienvenida”. GÓMEZ LÓPEZ-EGEA, R., Antonio Bienvenida, 1990. MIRA, F., Antonio Bienvenida, historia de un torero, 1977. SANTAINÉS CIRES, A., La dinastía de los Bienvenida., 1988. ZABALA, V., Hablan los viejos colosos del toreo ,1976.


Ir a la página de Inicio