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Tomás Alvira, el primer supernumerario del Opus Dei



Un hombre bueno

Era su tema preferido. Comenzábamos hablando del tiempo, del tráfico o de los atascos de Madrid; hasta que decía, invariablemente:

—Porque yo, cuando estudiaba en el Ramiro...

Cada tres meses, entre tijeretazo y tijeretazo, el barbero de la calle Serrano aprovechaba la ocasión para evocar viejas historias del Ramiro de Maeztu; porque aquello sí que era un colegio, me decía; si yo le contara...

—¿Conoció usted a don Tomás Alvira? —le pregunté un día.

—Pero, hombre, ¿cómo no le voy a conocer? ¡Si a don Tomás le conoce todo el mundo!

Tomás Alvira, nacido en 1906 en Villanueva de Gállego, un pequeño pueblo a doce kilómetros de Zaragoza, es una figura que ha quedado grabada en la biografía de miles de personas como el maestro por excelencia. Yo no tuve la suerte de ser su alumno, como mi barbero: le traté en los años ochenta, algo avejentado ya, aunque conservaba todavía su mirada juvenil, fresca, viva, con un punto de travesura. Me pareció, un hombre bueno en el más machadiano sentido de la palabra; y un maestro, uno de esos hombres ante los que uno se sitúa, casi instintivamente, al conocerlos, en actitud discente, como un discípulo.

Por esa razón, me cuesta imaginármelo de niño, como alumno. Uno de sus hijos cuenta que, ya de pequeño, dio muestras de sus cualidades educativas. “Cuando mi padre tenía nueve años —relata Tomás Alvira hijo—, mi abuelo, que era maestro de la escuela deMontemolín, un barrio de Zaragoza, le pidió que diera una clase a los niños de siete años. Quería ver que tal se desenvolvía.Era una escuela de niños, situada en un edificio bastante grande, de ladrillo visto, con dos viviendas para profesores, y huerto bastantegrande regado por una acequia.

—Explícale los ángulos —le dijo el abuelo, aparentando que se marchaba de clase.

Mi padre se dirigió a la pizarra y dibujó dos circunferencias y cuatro rayas, como si fueran dos esferas de reloj. Y empezó a explicarles los ángulos rectos, agudos y obtusos: mirad, esto son las tres, las cinco, las seis. Los alumnos le seguían entusiasmados.

Ésa fue su primera clase.

Pero no tuvo nada de niño prodigio. Fue un niño normal, que se divertía conlos juegos de entonces: la taba, la pelota, el tú la llevas, que había heredado muchos de los gustos y aficiones de miabuelo. Por ejemplo: le gustaban los toros —“Yo he visto torear al Gallo”, nos decía— y durante los años de la Gran Guerra Europea, cuando todo el país, hasta los niños, se dividió entre aliadófilos y germanófilos, él, siguiendo los pasos de su padre, apoyaba al Kaiser y llevaba una insignia con la bandera alemana...”.

Hizo Bachillerato en el Instituto de Zaragoza y en 1922 se matriculó en Químicas. Fue profesor, a partir de 1928, en diversos centros: dio clase en un colegio de Escolapios; fue ayudante de cátedra del Instituto de Logroño; profesor auxiliar de la Escuela de Peritos; profesor del Colegio femenino La Enseñanza; Director Técnico de la Academia Politécnica, etc.

En 1934 le eligieronDirector del Instituto de Cervera del Río Alhama, que tenía un claustro de profesores donde estaba representada toda la gama política del momento—desde los radicales de izquierda hasta los de derecha—,lo que revela su talante dialogante y conciliador. Sabía moderar situaciones, quitar tensión a los problemas y afrontarlos desde el punto menos conflictivo para llegar a un acuerdo.

Antonio Vázquez destaca , en su biografía sobre Alvira, “su ausencia total de fanatismo, aunque vivió épocas en que abundaba el radicalismo más exacerbado. Pensaba que las utopías de izquierda desconocían la naturaleza del hombre, su sentido, y sus valores más inalienables; a la derecha la calificaba de mediocre, sin nervio y originalidad para resolver los problemas de la sociedad, porque en el fondo era medrosa y codiciaba sus privilegios... Sin excepcionales entusiasmos por la monarquía, la aceptó y respetó cuando llegó el momento”.

La guerra

En las primeras semanas de julio de 1936 se trasladó a Madrid para presentarse a las oposiciones de agregado de Instituto. Se alojó en El Rolmo, un hostal pequeño con ventanas a la Gran Vía. En Madrid vivía también su hermana Pilar, de 22 años, que había ingresado en enero del 35 en el Noviciado de las Hijas de la Caridad.

Comenzó las oposiciones con buen pie: al terminar el cuarto ejercicio sólo le aventajaba otro opositor. Empezó a hacer planes: en cuanto terminara la prueba final, que no tenía mayor importancia, se volvería a Zaragoza y se casaría con Paquita, una antigua alumna de su padre en el Grupo escolar “José Gascón y Marín”, a la que había conocido en enero de 1926 durante un viaje de estudios a Barcelona.

Pero pocos días después,en la mañana del sábado 18 de julio, la radio anunció la insurrección de los militares. Las oposiciones se aplazaron sine die y España se dividió en dos. La existencia de Alvira, como la de tantos españoles, también.

Los mandos del Cuartel de la Montaña se aliaron con los insurrectos. El domingo 19 una muchedumbre atacó el cuartel, se apoderó del armamento y la munición,y regresó celebrando la victoria por la Gran Vía. Tomás contempló el paso eufórico de aquellas gentes con desasosiego. Se hablaba de saqueos ypillajes, y el ambiente anticlerical presagiaba otro capítulo más de la siniestra tradición de las revoluciones del siglo XIX y comienzos del XX, desde los atropellos de la “francesada” hasta el “Corpus de Sangre” barcelonés. Como de costumbre —triste costumbre— se mezclaban cuestiones políticas, religiosas y sociales. Y por una “tradición” atávica y salvaje, se comenzaba a incendiar iglesias, y a asesinar a sacerdotes y monjas. Alvira temió por su hermana, y decidió ir a buscarla. Un amigo suyo, Alfonso Turmo, intentó persuadirle:

—¿Salir a la calle? ¿Estás loco? En cuanto pongas el pie en la Gran Vía te detendrá una patrulla... ¡si es que no te mata antes un francotirador desde un tejado!

Turmo tenía razón. En las calles de Madrid no había un alma y las patrullas de milicianos detenían a cualquier persona que tuviese aspecto de colaborar con los insurrectos; se le podía acusar de faccioso sólo por llevar chaqueta y corbata, por ejemplo.Era una temeridad: aquello le podía costar la vida. Pero Alvira no dudó. Bajó a la calle tal como estaba, en mangas de camisa, y comenzó a caminar por el centro de la Gran Vía, completamente desierta, con los brazos en alto y un pañuelo blanco en cada mano.

Hay imágenes que reflejan el sentido de toda una vida. Esta imagen de Alvira avanzando a pecho descubierto por una inmensa avenida vacía, con los brazos en alto y un signo de paz entre las manos, es posiblemente, la síntesis más certera de su personalidad.En aquel momento retrató con trazos firmes, sin pretenderlo, el perfil de su alma. Fue siempre un pionero, un hombre que tuvo que abrir brecha en solitario.

Sigámosle. Continuaavanzando, con los brazos en alto, por la Gran Vía arriba. Llega hasta el edificio donde reside su hermana. La recoge. Se disponen a salir cuando les detienen tres milicianos, que les apuntan con sus fusiles, rodilla en tierra.

—¡Un momento! —grita Alvira—. He venido a llevarme a mi hermana. ¿Quien de vosotros no iría a salvar a su hermana, si la viera en peligro?

La guerra es la apoteosis del odio, pero también del absurdo. Esta argumentación desarma a los milicianos casi de forma literal. Y con la misma sangre fría con la que podían haberlos ametrallado segundos antes, asienten: “Bueno, pues que salga”, y los escoltan por las calles, para que no les detenga otra patrulla.

Ha sido una buena precaución, porque cuando están a punto de llegar al Hostal se desata un tiroteo cruzado de un extremo al otro de la Gran Vía. Alvira y su hermana logran entrar en la casa entre el silbido de las balas, de puro milagro.

Se suceden los días de angustia. Busca afanosamente un refugio para su hermana, que acabará acogiéndose a la protección de la Embajada de Chile, y se queda solo de nuevo, sin noticias de su familia ni de Paquita, en una ciudad en guerra, en un clima de incertidumbre y zozobra, entre bombardeos, detenciones, registros y paseos.

El 1 de abril de 1937 escribe una carta a Paquita, felicitándole por su cumpleaños. “Nueve meses sin vernos, más de seis sin saber de ti, ni de nadie de mis seres queridos, hacen que este día se mezclen en mi alma los sentimientos más dispares de alegría y de tristeza, de esperanza y pesimismo: los deseos más vehementes de volver a vernos... ¡1 de abril de 1937! ¡Qué triste, qué horrible!”

No tiene dinero, ni documentación alguna. Afortunadamente algunos viejos amigos socialistas, como Alfonso Turmo, le prestan su apoyo en esta situación, en la que se entrecruzan odios, ideales y banderas de diversos colores; aunque hay dos colores que acaban imponiéndoseen la guerra: el negro de la muerte y del fanatismo; y el rojo de la sangre y de la violencia.

En esos momentos críticos suele salir a la luz la verdad más íntima de muchos hombres. Es como si el corazón de cada uno, despojado de convenciones y seguridades, se quedara en carne viva. En unos aflora el resentimiento y el rencor; en otros, el miedo o la villanía. Alvira no se desmorona; demuestra su coraje y su fortaleza interior, y cuando la esposa de un amigo suyo, preocupada por la suerte de un pariente, que se había alistado en la columna de Valentín González, El Campesino, le pide que la acompañe, desafía el riesgo y va con ella hasta el Cuartel General, donde habla con El Campesino en persona, que les asegura que aquel hombre se encuentra bien.

 

El encuentro con Escrivá

Poco tiempo después coincide con José María Albareda, viejo conocido de la Universidad de Zaragoza, que le presenta a Isidoro Zorzano y a Juan Jiménez Vargas, dos profesionales jóvenes —uno ingeniero y otro médico— fieles del Opus Dei. Comienza a estudiar con ellos en la pensión donde vive Albareda, en la calle Menéndez Pelayo, frente al Parque del Retiro.

Una tarde, el 1 de septiembre de 1937, conoce en la pensión a un hombre de unos 35 años, vestido con un mono gris de trabajo, extraordinariamente delgado, cosa frecuente, por otra parte, en aquellos momentos de escasez de alimentos. Es sacerdote, y se ve obligado, en aquel clima de feroz persecución religiosa, a vestir de paisano; se llama Josemaría Escrivá. Es el fundador del Opus Dei. Comienzan a charlar. Alvira oye hablar por primera vez, sorprendido, de la posibilidad de ser santo en la vida cotidiana, en el trabajo profesional, tanto en el celibato como en el matrimonio.

Ese mensaje evangélico le impresiona hasta tal punto, que cuando el sacerdote se despide de Albareda, decide acompañarle. Está convencido de que este encuentro marcará su vida.

—¿Dónde vas? –le pregunta Escrivá.

—Donde usted vaya —le responde Alvira.

Y le abre su alma con plena confianza, mientras caminan cerca de la verja del Retiro. Llegan a la calle Ayala, pasando por Alcalá y Serrano. En estepaseo breve, pero decisivo, Alvira comienza a comprender que ésa la misión de su vida, la voluntad de Dios para él: entregarse plenamente a Dios en el matrimonio. Ése es su modo específico para hacer la Iglesia, para ser santo. Esa es su vocación; su don y su tarea en este mundo.

¿Qué ha descubierto? ¿Un nuevo método para acercarse a Dios? No. ¿Un nuevo enfoque sobre la moral cristiana? Tampoco. El Fundador del Opus Dei no le ha propuesto una especie de catolicismo original.Le ha recordado una propuesta genuinamente cristiana —la llamada universal a la santidad— con un carisma concreto, el del Opus Dei. Una llamada universal, que está tan claramente expuesta en las páginas del Evangelio —sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto— como desgraciadamente olvidada en este primer tercio del siglo XX.

No es que los maestros espirituales del momento le hayan negado a los laicos la posibilidad de ser santos en el matrimonio. Pocos siglos antes, San Francisco de Sales y San Alfonso María de Ligorio, entre otros, han recordado esta llamada divina a todos los fieles cristianos. Pero las enseñanzas de éstos y otros santos no han alcanzado todavía una clarificación teológica y en 1937 aún se tiende a pensar en demasiados ambientes, que el matrimonio es un camino excepcional hacia la santidad: una excepción que, en todo caso, no hace más que confirmar la regla.

Muchos padres de familia cristianos de este periodo se plantean la santidad buscándola con formas y medios más o menos alejados de su condición laical. Saben que la Iglesia ha canonizado a santos casados (por ejemplo, San Isidro, el patrón de Madrid), pero en el sentir común parece como si las grandes avenidas de la entrega y del amor de Dios no se hubiesen hecho para los casados; como si el matrimonio fuera una entrada trasera, unaespecie de callejón lateral, una calzada de segundo orden por donde uno puede acabar llegando a Dios, desde luego, pero con muchísimas dificultades. No es que todos pensaran esto: pero era, desde luego, la mentalidad dominante en muchos ambientes.

En ese contexto, adelantándose varias décadas al Vaticano II, san Josemaría le habla a Alvira de vocación matrimonial, en el sentido más fuerte del término. “¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”? —Pues la tienes: así, vocación” —escribe en Camino Y desde ese momento Tomás Alvira —como recuerda uno de sus hijos— “entendió que Dios quería que se entregara por completo a su servicio, viviendo en su hogar, santificándose con su esposa y sus hijos, convirtiendo su casa en una escuela de virtudes humanas y sobrenaturales, en una verdadera iglesia doméstica”.

Alvira fue la primera persona que se propuso vivir el ideal cristiano en el matrimonio según el carisma del Opus Dei. Luego vinieron miles de personas de los cinco continentes, pero durante muchos años tuvo que caminar en solitario. Para dar ese paso se necesitaba mucha confianza en Dios; tanta como generosidad, temple y coraje para abrir brecha. Alvira supo tenerese coraje, ese temple y esa generosidad, porque sabía que esa brecha daría paso a una amplia avenida de santidad para los cristianos.

Hasta el final

La misión de Alvira fue desbrozar el camino; avanzar en solitario —como los adelantados de otras épocas— por la Gran Vía de la vida cotidiana, con un mensaje de paz entre las manos. Su gran tarea fue la de recordar a todos un mensaje, encarnándolo en su propia existencia: el matrimonio es un camino donde Dios llama a la plenitud de la vida cristiana a millares de hombres y mujeres: al conductor de autobús; a la señora que pasea a su hijo en el carrito; al que limpia las ventanas; ala dueña del comercio; a ese señor tan atareado que va a resolver sus negocios; al guardia municipal. A todos.

Poco despuésde este encuentro, Alvira decide atravesar los Pirineos a pie—otra decisión arriesgada que le retrata—, junto con Escrivá y otros fugitivos, para reunirse con su familia, que ha quedado en la otra parte de España. Su hermana ha dejado la capital en el mes de octubre, y ya nada le retiene en Madrid, una ciudad sitiada y sujeta a continuos bombardeos y amenazas.

Comienza la travesíade los Pirineos con ímpetu —es un hombre joven— pero tras varios días de largas caminatas, después de muchos meses de mala alimentación, pierde completamente las fuerzas. Es un momento angustioso; quizá, el momento más angustioso de su vida. Los milicianos van pisándole los talones y pueden detenerlos en cualquier momento. El guía da la orden de seguir adelante y abandonarlo a su suerte. No puede poner en peligro a toda la expedición –explica— por una sola persona.

En este momento crítico, san Josemaría se acerca al guía y comienza a hablarle de Tomás Alvira.

Piense que se trata de un hombre muy valioso... —le dice— , que ha hecho mucho bien a su patria y aún le queda mucho por hacer. Usted es hombre de corazón; tenga paciencia y deje que le ayudemos hasta escalar la cima del monte; yo le aseguro que se repondrá después, aprovechando el primer descanso que tengamos, y podrá seguir caminando normalmente. Usted tendrá la satisfacción, el día de mañana, de haber salvado la vida de un hombre excepcional...

A continuación le dice a Alvira unas palabras de aliento, que con el tiempo adquirirán su significado más pleno y profundo:

Tomás: tú seguirás con nosotros, como los demás, hasta el final.

 

Vida académica

El guía cambia de opinión; y llegan agotados, al borde de sus fuerzas, pero vivos, al llamado entonces otro lado; y en 1939, cuando termina la guerra, comienzaa trabajar en un Instituto de Gijón. Se casa al fin, el 16 de junio de 1939, con Paquita en la iglesia de San Gil de Zaragoza. Ese mismo año empieza a dar clases en el Ramiro de Maeztu, donde conocerá, con el paso de los años, a un profesorado excepcional: Gerardo Diego, Rafael Lapesa, Antonio Millán Puelles, Valentín García Yebra, Guillermo Díaz Plaja, el Nobel Vicente Aleixandre...

En 1942 se encuentra el dato más exótico de su curriculum docente: es nombrado Jefe de estudios del hijo del Jalifa de Marruecos, Muley El-Medhí. Es un tiempo de estudio intenso. Prepara su tesis doctoral en el Instituto de Edafología y en 1945 obtiene en propiedad la cátedra de Instituto de Ciencias Físicas Naturales. En 1950 es nombrado Director del Colegio de Huérfanos de la Guardia Civil, dondepone en práctica sus teorías pedagógicas, ajenas a cualquier tipo de clasismo y discriminación. Participa luego en la creación de Fomento de Centros de Enseñanza, y sigue como pionero, siempre en punta de lanza, hasta el final de su vida profesional: desde 1973 a 1976 es Vicedirector del Centro Experimental del Instituto de Ciencias de la Educaciónde la Universidad Complutense; y luego, Director de la Escuela Universitaria de Fomento de Centros de Enseñanza.

Por lo que se refiere a su vida cristiana, desde que conoció a san Josemaría, Alvira vivía con plenitud el espíritu del Opus Dei; pero no podía formar parte de la Obra todavía desde el punto de vista jurídico. En 1948, la Santa Sede encontró la solución canónica que posibilitaba la incorporación de personas casadas al Opus Dei, y Alvira entró a formar parte de esta realidad eclesial también desde el punto de vista jurídico, porque desde el espiritual —hay que subrayarlo— había vivido conforme a su carisma desde 1937; desde aquella conversación inolvidable con el fundador por la calle de Menéndez Pelayo.

 

Un aula viva

Me hubiera gustado ser, además de amigo, alumno suyo, y haber participado en lo que llamaba aula viva, una de las innovaciones esenciales de su pensamiento pedagógico. “Un aula viva —explicaba— es aquella en la que el profesor no sólo tiene en cuenta la memoria de los alumnos que se refleja en los exámenes, sino también el entendimiento y la voluntad. La que hace pensar a cada alumno cultivando su personalidad y potenciando su libertad, porque libre es el que piensa por cuenta propia, con la debida preparación, y no repite inconscientemente lo que otros le dicen.

Aula viva es aquella en la que el profesor procura despertar en el alumno el deseo de saber, de amor al saber, considerándolo como un bien en sí mismo. No podemos instar a los alumnos al estudio por el premio o por el castigo ¡hay que lograr que sientan deseo de saber!”

Libertad, autonomía, afán de saber. Su pedagogía se opone frontalmente al conservadurismo ylas rigideces. Pero, ¿cuál es el secreto, la médula esencial de Alvira como educador? Como les sucede a tantos grandes educadores, es difícil reducir la pulpa íntima de su pedagogía a un método o a un esquema. Era —me atrevería a decir— un mezcla de comprensión y profundo respeto hacia el alumno, en perfecto equilibrio con la exigencia. “Hablaba con ternura, con cariño —recuerda uno de sus discípulos—. No le teníamos miedo, y sin embargo, infundía un gran respeto”.

Alvira consiguió algo más difícil todavía: conjugar esa exigencia y ese respeto con un afecto y un cariño auténtico por sus alumnos. Eso explica esta aparente paradoja: la mayoría de sus discípulos destacan en él su ternura, y afirman al mismo tiempo que era un hombre de carácter fuerte. Fortaleza y ternura; exigencia y cariño: posiblemente éste era su secreto.

 

 
La petite histoire

Por lo demás, su vida no tuvo grandes avatares, salvo ese momento angustioso en los Pirineos y alguna desgracia familiar, como el fallecimiento del primero de sus hijos por enfermedad. Su existencia estuvo llena de días corrientes; de eso que los franceses llaman petite histoire.

La petite histoire no goza de buena prensa. Se la pinta opaca, gris, anodina, reiterativa, monótona, aburrida; y posiblemente en tantas ocasiones lo sea. Sin embargo, la historia de Alvira —la historia de un padre de familia, tan normal, tan corriente— acabó convirtiéndose una gran aventura espiritual, a la que su entrega en el Opus Dei añadió colores y matices insospechados. “No es algo sin valor la vida habitual —escribía el fundador—. Si hacer todos los días las mismas cosas puede parecer chato, plano, sin alicientes, es porque falta amor. Cuando hay amor, cada nuevo día tiene otro color, otra vibración, otra armonía”.

Cada nuevo día tiene otro color: “se estaba tan bien en casa –escribe uno de sus hijos—que a todos nos apetecía llegar”.

Otra vibración: “Nos había explicado –cuenta una hija— muchas veces... que había una unidad indisoluble entre libertad y responsabilidad. Consultabas algo: una salida, un plan, una película..., nunca te decía que no. Eres libre de hacerlo. Siempre te explicaba los ‘contras’ —si los había— en lo que proponías. Podías hacerlo, pero tu misma tenías datos para saber si compensaba. Nunca me prohibió nada, ni recuerdo que lo hiciera con los demás hermanos”.

Otra armonía: “Papá nos dedicaba mucho tiempo a cada uno de los hijos y hablaba con nosotros de sus cosas, sus ideas, a veces de manera indirecta, comentando lo que había dicho a tal persona o en tal conferencia... nos preguntaba sobre nuestras cosas y escuchaba... escuchaba mucho”.

Una de las grandes aventuras que emprendieron Tomás y Paquita fue la de tener nueve hijos en catorce años: José María, Teresa, Rafael, Pilar, Nieves, Marian, Tomás, Isabel y Conchita, a los que se esforzaron por dar una profunda educación humana y cristiana.Tengo amistad con algunos de ellos; y si la educación de los propios hijos es la mejor carta de presentación para un pedagogo, puedo afirmar que Alvira coronó esta aventura con notable éxito.

Ganó esas pequeñas batallas en las que naufraga tantas veces la vida familiar. Por ejemplo, logró que hubiera cierto orden en su casa, sin pasarse la vida recomendando, prohibiendo, advirtiendo y previniendo: no hagas eso, no te muevas, ¡no grites!, cállate, quítate de enmedio... Sus hijos —cuentan sus amigos— bailaban, brincaban, se reían y aprendían a cuidar las cosas de la casa en un ambiente de libertad, porque tanto Tomás como su esposa conocían ese difícil arte de “no ver” lo secundario para mirar lo esencial de cada hijo.

En lo económico, como tantos profesores, no anduvo demasiado holgado—por ejemplo, nunca tuvo coche propio— pero no hizo un drama por esto. Se convirtió, eso sí,en un experto de las líneas de autobuses. “Vivíamos al día, felices —recuerda Pilar, una de sus hijas—. Éramos conscientes de que no sobraba el dinero, pero jamás hubo sensación de escasez, de penuria. Aprendimos, por la ilusión que ponían mis padres, a disfrutar con cosas de escaso valor material: un helado hecho en casa, un postre de mamá... Nunca envidié a los que tenían más medios, ni eché nada de menos, porque en nuestra casa éramos muy felices”.

Parte del secreto de Alvira, junto con el cariño, fue su hondo sentido sobrenatural, su extraordinaria capacidad para hacerse amigo de cada uno de sus hijos, a la manera de cada uno, sin premios y sin castigos. Cuentan que procuraba no reñirles ni avergonzarles en público, estimulando su libertad. “No sabes elegir –—le decía a uno—. ¡Eso quiere decir que no eres libre! Así que yo no voy a tomar la decisión, que te corresponde a ti”.

Sin embargo, el respeto hacia la libertad de sus hijos no le llevó a esas bondadosidades de algunos educadores, ni a esas forzadas “ingenuidades” de algunos padres de familia que prefierenponerse una cómoda venda para “no ver”, “no saber”, y por tanto, para no llevarse un disgusto... “Corregir cuesta —comentabaAlvira—; corregir con mesura cuesta mucho más. Pero hay que hacerlo con oportunidad y de forma clara porque el padre no puede abdicar de su responsabilidad, ni ejercer su autoridad con brusquedades: es mejor corregir con sosiego, pero sin quedarse con los brazos cruzados, porque no es justo permitir que alguien a quien se quiere permanezca en el mal o en el error”.

 

Estos son algunos de mis recuerdos de Tomás Alvira, que murió el 7 de mayo de 1992, diez días antes de la beatificación de Josemaría Escrivá; y al que conocí en los años ochenta, cuando era un anciano de cabello casi blanco, con la frente ancha, el mirar afable y la sonrisa generosa. Y sin embargo, me queda la impresión de haber tratado a un hombre joven.

Quizá la explicación a esto se encuentre en la dedicatoria que le escribió a su esposa —que falleció en 1994— en el reverso de una fotografía, el día de su ochenta aniversario:

¡80 años!

Sin ti, sin tu ayuda callada

no hubiera llegado a esta edad en plena juventud.

Al mirar hoy hacia atrás –sólo por un momento-

te veo a ti y nuestros nueve hijos.

¡Cuánta felicidad nos ha dado Dios!

 

.

 

José Miguel Cejas


 

J. L. ILLANES, Mundo y Santidad, Madrid 1984, pp 65 y ss.

Camino, p. 27.

Tomás Alvira es autor, entre otras obras, de Los padres, primeros educadores; Cómo ayudar a nuestros hijos; El “Ramiro de Maeztu”, pedagogía viva, 1992. Sobre su figura: VÁZQUEZ, A: Tomás Alvira, una pasión por la familia, un maestro de la educación, 199.


 

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