-Sigo como norma, aprendida del Beato Josemaría, abstenerme de dar consejos en estas materias, fuera de recordar las exigencias éticas y de obrar en coherencia y bajo la inspiración de nuestra fe cristiana.
No se puede ocultar la luz debajo de la cama, por temor a chocar con el ambiente descristianizado o con lo que algunos quisieran imponer como políticamente correcto aunque carezca de la verdadera ética, o por conservar intereses personales egoístas.
Por lo demás, los cristianos hemos de compartir con todos los ciudadanos de buena voluntad el deseo de servir al bien común de la sociedad.
El pasado día 17, Juan Pablo II recibió a los obispos lituanos que se encontraban en Roma para la visita ad limina. Entre otras cosas, les recordó que los laicos no pueden ser, en la Iglesia, sujetos pasivos. Esas palabras pueden servirnos para recordar un criterio básico para la actuación pública de los cristianos.
Y es que el cristiano no puede ser sujeto pasivo en la vida pública de su país y del mundo: los cristianos somos ciudadanos de la sociedad en la que vivimos, y nos sentimos tan responsables como los demás -es decir, protagonistas, con los otros ciudadanos- de la vida política, cultural, económica, de la opinión pública, de todo lo que configura, transforma y hace progresar una comunidad humana.
El cristiano coherente no se inhibe, no se limita a lamentarse. Y, sobre todo, no considera que la plenitud de su vocación cristiana se realiza sólo en el ámbito individual, privado; es sensible ante los problemas, busca soluciones, procura ser generoso, se compromete. Cada uno, insisto, da paso a la fe en todo cuanto hace, con la libertad propia del hijo de Dios.