nemos es precisamente la vida. La llamada a vivir es justamente la primera que recibimos de Dios, si bien esta llamada es continua. Podríamos decir que nuestra vida no tiene un único plan que, perdido, hace que nada valga la pena, sino que siempre hay un "plan B": la vida no es un tren que se puede perder, siempre pasa un tren a los 5 minutos, aunque a veces siga un plan de viaje distinto, pero sirve igualmente.

Es una pena ver cómo alguno se siente engañado, con un sentimiento de impotencia, como si hubiera tenido que dar cierta “talla” para una competición,  y ya no hubiera nada que hacer. Pues la idea es equivocada por partida doble: ni la santidad depende de marcar  un record con nuestros esfuerzos, ni la falta de éxito nos convierte en derrotados, lo que nos llevaría al desánimo y a la tristeza, que son fuente de todos los vicios: "sin llamada, el hombre quedaría encerrado en su pecado...

Por orgullo, el hombre se niega a  recibir la vida y la felicidad de manos del Padre en medio de una dependencia confiada y amorosa. Pretende ser su propia fuente de vida y, a veces, su propia satisfacción.

Como consecuencia surgen numerosas sospechas, temores e inquietudes, así como una exacerbación de la concupiscencia. Al no esperar ya de Dios la felicidad a la que aspira, y queriendo obtenerla por sí mismo, el hombre pecador tiende a apropiarse ávidamente de todo un conjunto de bienes que considera capaces de colmarle: la riqueza, el placer, el reconocimiento, etc."


Lo dijo bien claro Jesús: “¡No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores!” Esta frase manifiesta la infinita misericordia de Dios, que llama al hombre no en virtud de sus méritos, sino por pura bondad, y que no desea que se quede prisionero de su pasado; siempre quiere proponerle un futuro, cualesquiera que sean sus equivocaciones. Pero “este texto tiene también por objeto hacer comprender que el medio más eficaz para salir del pecado y de la miseria, no es el de culpabilizarnos o afligirnos: es el de abrirnos a las llamadas que Dios no deja de dirigirnos hoy, cualquiera que sea nuestra situación... Sin esas llamadas, el hombre permanecería encerrado en los límites de su psiquismo, de sus imaginaciones, de sus impulsos y de sus fantasmas... entre la representación psíquica que hacemos de la realidad, y lo que esta realidad es en su verdad y en su belleza profunda, puede haber una importante distorsión. No es lo real lo que nos aprisiona, son nuestras representaciones.

Así mismo, la interpretación y el peso de nuestras emociones no siempre están en proporción con la realidad de las cosas. Unas realidades de importancia capital pueden dejarnos emocionalmente indiferentes, mientras que cosas de escasa importancia tienen en ocasiones una desmesurada resonancia afectiva en nosotros”, y así la imagen que tenemos de la felicidad, “la representación psíquica de lo que creemos capaz de hacernos felices, no suele tener más que una lejana relación con la felicidad efectiva, y realmente no puede colmarnos.”

Las cosas que pensamos ahora “tienen una parte de verdad, y eso hay que tomarlo en cuenta, pero son limitadas y a veces engañosas. Han de convertirse permanentemente para abrirse a la riqueza de lo real que Dios nos propone, que es más vasto y más fecundo que cualquier elaboración psíquica”. Tendemos a sugestionarnos por la última cosa que nos ha influenciado pero que no es la más importante, necesitamos un tiempo para situarla en el contexto de lo real, y “esta apertura a la auténtica realidad no se produce sin dolores ni renuncias, sin luchas ni agonías.

Es trabajo que se ha de reemprender siempre, jamás acaba aquí abajo, y permite acceder a una vida cada vez más rica y abundante". Es trabajo, además, que nos abre a una perspectiva esperanzada: lo mejor siempre está por llegar…


Llucià Pou Sabaté

 


 

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