Salvador Sostres es un conocido periodista catalán, famoso por sus polémicas. No comparto algunas de las valoraciones, ni varios puntos del diagnóstico que hace en este artículo, pero me parece interesante su lectura porque -a mi juicio- pone el dedo en la llaga de forma muy lúcida sobre algunas cuestiones actuales. J.M.C.
Lo sentenció Pablo VI: «El humo de Satanás se ha colado en la Iglesia».
Los recientes casos de abusos sexuales y de pederastia, aunque se han sobredimensionado, han sido minuciosamente acreditados. Los culpables no sólo son los curas concretos sino una jerarquía eclesiástica que de un tiempo a esta parte se ha vuelto blanda y relativista; y unos obispos que, acobardados ante el discurso progresista y preocupados porque cada vez los seminarios estaban más vacíos, decidieron rebajar la exigencia y el listón.
La frivolidad con que últimamente se ha accedido a ordenar a toda clase de candidatos a cura era evidente que acabaría sembrando el caos. Gente que aspiraba al sacerdocio para resolver sus problemas personales en lugar de tener la vocación de ayudar a resolver los problemas de los demás, y relativistas de todo tipo y condición.
La Iglesia, acomplejada y sin ninguna confianza en su doctrina, ha ido mirando hacia otra parte a condición de resolver el mero aspecto cuantitativo. Y al final nos hemos desmoronado.
Aunque esta consideración choque con el discurso políticamente correcto, el 80% de los casos de abuso sexual y de pederastia que se han dado han sido de cariz homosexual.
El Santo Padre habló de la naturaleza «intrínsecamente desordenada» de los homosexuales, y recomendó no ordenarles porque el riesgo de perdición se multiplica en personas de esta condición.
Muchos obispos no le hicieron caso y se rindieron a la propaganda progresista del todo vale. Luego pasa lo que pasa. Ahí están los datos. De tanto renunciar al rigor, hete aquí el carnaval desatado. De tanto mirar hacia otra parte, al final los ojos se nos han quedado en blanco del horror que hemos tenido que contemplar. De tanto decir que el infierno no existe, nos lo hemos acabado encontrando a la vuelta de la esquina.
A eso hay que añadirle que la mayoría de curas viven abandonados por sus obispos y que nadie se preocupa de ellos. Ni de su intendencia, ni de su instrucción ni de su pastoreo. Y todo se va volviendo, primero, aproximadamente cierto, y luego, aproximadamente falso. Entre una cosa y la otra hay sólo un paso. El diablo está en los detalles.
La Iglesia debe volver a confiar en ella misma y en su infinita capacidad de hacer el bien. No hay mayor instrumento del bien, en el mundo, que la Iglesia Católica, la mayor y más eficaz ong del planeta. Que la Iglesia considerara -y considere- que la ordenación de homosexuales puede resultar problemática, sobre todo para ellos, no ha sido óbice que impidiera que el primer hospital que se creó para ocuparse específicamente de enfermos de sida fuera católico. Y americano, por cierto. En la actualidad, tres de cada cuatro enfermos de sida son atendidos por curas y monjas.
La Iglesia tiene que mantenerse fiel a su fe y lo más cercana a Dios posible para continuar siendo el camino de la salvación del mundo.