La vocación al Opus Dei
.

 

Montse en 1958

-"Mamá, me parece que tengo vocación".

Cuando escuchó aquellas palabras en labios de su hija Montse, pocos días antes de la Navidad, Manolita se quedó desconcertada. Aquello que acababa de escuchar era algo que la ilusionaba, sin duda. Siempre había soñado con tener un hijo sacerdote, y allí estaba Enrique, preparándose para entrar en el Seminario de Barcelona...

Siempre había deseado, en el fondo de su corazón, que todos sus hijos se entregaran a Dios, y ahora Montse le decía que deseaba pedir la admisión en el Opus Dei, para darse plenamente a Dios en ese camino.

Manolita había pensado siempre, no sabía explicarse por qué, que aquello sucedería dentro de muchos, muchos años, como si el tiempo no pasara... Quizá, como todas las madres, no se había dado cuenta de que sus "niños" ya no eran tan niños y que aquel momento, por el que había rezado durante largo tiempo, ya estaba aquí, ¡tan pronto...!

- "Pero, ¿te lo has pensado bien Montse?"

-"Sí, sí, mamá. Tengo vocación y quiero pedir la admisión como Numeraria".

¿Qué podía decirle? Montse la miraba aguardando una respuesta... ¿Qué respuesta iba a dar a esa hija suya? No hay cosa más delicada que la vocación que nace en un alma joven. ¿Qué hacer? ¿Decirle que esperara un poco, como le habían dicho a Enrique...? Sabía, por propia experiencia que cuando Dios llama en el fondo del alma hay que contestar con generosidad, con un sí sin reservas. Y estaba convencida de que los padres comprometen su alma cuando ponen obstáculos graves y desproporcionados a la vocación de sus hijos...

Aquello podía ser sólo una ilusión, un capricho juvenil que lo mismo se va que se viene. Pero, y... ¿si era cosa de Dios? ¿Cómo podían oponerse ellos a algo que era de Dios?

-"Pero Montse, ¿lo has consultado ya con tu director espiritual?"

-"No, mamá, porque antes quiero estar segura".

-"Pues yo te sugiero que lo hagas, porque él puede ayudarte. ¿Qué te parece si se lo decimos a papá?"

Montse no parecía muy dispuesta. Le insistió:

-"Mira, papá puede ayudarnos a encomendarlo más".

Montse dudó unos instantes. No había contado con esto. Al final aceptó:

-"Bien, hablaremos con él".

Manuel Grases recibió la noticia con su calma habitual, y procuró disimular la alegría que aquello le producía.

-"Mira, Montse -le comentó su padre , con voz serena-, todo lo que yo puedo decirte es esto: la vocación es un don maravilloso que Dios nos da y supone una decisión que hay que meditar muy bien, en la presencia de Dios... Tu madre y yo lo único que podemos hacer en este caso es rezar; y ya que estamos en estas fechas lo que vamos a hacer es encomendárselo los tres al Niño Jesús, para que te haga ver claro cuál es tu vocación. ¿Qué te parece?"

Manuel Grases contuvo su emoción como pudo. La entrega de sus hijos a Dios, por los caminos por los que Dios les llamase -en el sacerdocio, en medio del mundo, en la vida religiosa- era algo por lo que había rezado siempre. Dios le daba ahora -como le había pedido desde hacía tantos años- una nueva vocación entre sus hijos. Pero sabía que lo importante no era que se cumpliese su ilusión personal como padre cristiano, sino que se cumpliese la Voluntad de Dios.

Y los tres se pusieron a rezar.

Manuel y Manolita Grases obraron como buenos padres cristianos: dejaron a su hija en plena libertad para que decidiera responsablemente ante Dios. Y ellos, por su parte, pusieron los medios sobrenaturales para conocer la Voluntad de Dios: confiaron en la oración. Años antes, Montse les había dicho que no deseaba volver a un centro del Opus Dei: respetaron su libertad, y no la forzaron en ningún sentido.

Respetaron su libertad también cuando decidió ir de nuevo a aquel centro. Y cuando quiso ir a unos Ejercicios Espirituales. Y la respetaban ahora, cuando decidía entregarse a Dios en el Opus Dei, como fruto de una actitud serena y razonable. Su concepto de la educación estaba basado en el respeto a la personalidad de cada hijo, al que habían procurado formar en la libertad y en la responsabilidad de cada uno de sus actos.

Durante la tarde del día 24, víspera de Navidad, Pepa Castelló y Montse volvieron a hablar. "Montse -recuerda Pepa Castelló- vino para ayudarme a terminar el Belén. Luego salimos juntas a hacer varias compras y nos acercamos hasta la plaza de la catedral donde estaban los mercadillos en los que se vendían figuras de Belén, panderetas, musgo... Luego fuimos a Monterols, donde estuvo viendo los adornos navideños que había hecho Carmiña Cameselle. Estuvimos hablando de su vocación y me dijo que le dolía la pierna, pero yo no le di mayor importancia. Estaba prácticamente decidida a ser del Opus Dei, pero la retenía el temor a no perseverar".

Montse le expuso sus dudas: quizá era demasiado joven para entregarse a Dios... Pepa le habló de Icíar, que era la Directora de un centro del Opus Dei en Roma, que se había decidido a pedir la admisión en el Opus Dei a su misma edad. Lo importante, en relación a la entrega, no tanto la edad como la madurez humana y espiritual que se posea.

Montse volvió a la carga: ¿y quién le decía a ella que en el futuro...? ¿Quién le aseguraba la perseverancia? ¿Y si se encontraba sin fuerzas? Pepa le daba razones sobrenaturales -Dios le daría su gracia en cada momento- hasta que, en un determinado momento, Montse se abandonó en las manos de Dios, y se decidió. No había que darle más vueltas: había visto claramente que Dios la llamaba al Opus Dei.

Nada más llegar, como tenía por costumbre, saludó al Señor en el Sagrario. Estaba totalmente decidida. Y feliz por su decisión, aunque un poco nerviosa. En la sala de estar cantaban villancicos junto al belén y escuchaban unos discos que una había traído de su casa.

"Me acuerdo perfectamente -cuenta María del Carmen Delclaux-: eran las ocho de la noche... Montse estaba inquieta: iba y venía desde la habitación donde planchábamos hasta la puerta del despacho de Lía, que en ese momento estaba ocupada. Al fin, se abrió la puerta del despacho de Lía y Montse salió corriendo.

-"Lía, ¿puedo hablar un momento contigo?"

Montse le planteó a Lía su deseo de pedir la admisión en el Opus Dei como numeraria.

La directora de aquel centro la estuvo escuchando, y se cercioró de que aquello no era un arrebato sentimental de un momento, ni el fruto fugaz de un estado de ánimo pasajero. Conocía bien a Montse, a su familia y las circunstancias que la rodeaban. Sabía que era una chica equilibrada, serena, madura para su edad, que no obraba por impulsos repentinos. Comprobó que su decisión era meditada, profundamente libre. No era la consecuencia de ninguna influencia externa. Además, Montse tenía una personalidad firme, muy poco influenciable.

Después de ponderarlo detenidamente y de considerarlo en la presencia de Dios, tras hablar con Montse, Lía se convenció de la madurez espiritual de aquel alma joven y de sus sinceros deseos de entrega y de lucha. Sabía que deseaba pedir la admisión en el Opus Dei para servir a la Iglesia, para santificarse en su trabajo cotidiano, para luchar por amor hasta el último instante... Y accedió a que pidiera la admisión -que no suponía ningún compromiso jurídico- mediante una carta al Fundador, escrita de su puño y letra.

Montse tomó la pluma algo nerviosa. Aquella sí que era una carta decisiva. Sin duda, la carta más decisiva de toda su vida. Pero estaba plenamente decidida, porque sabía que Dios se lo pedía. Y empezó a escribir:

Barcelona, 25 de Diciembre 1957

----Padre:

---- Me llamo Montse Grases, soy muy joven todavía pero a pesar de todo hace mucho tiempo que vengo por Llar y poco a poco he ido conociendo la Obra que ha terminado por entusiasmarme. Hace poco hice ejercicios en Castelldaura y fueron para mí decisivos.

---Le pido Padre ser admitida como Asociada Numeraria en el Opus Dei. Mis padres que ya lo saben están muy contentos.

---LLe pide su bendición su hija
--------------------------------------------Montse Grases


Aunque aquello sólo fuese un primer paso -era sólo pedir la admisión en el Opus Dei- y aunque no hubiese compromiso jurídico alguno (que no podría adquirir hasta que pasasen varios años), ya estaba con toda su alma feliz y entregada a Dios.

¡Qué alegría! ¡Se había entregado a Dios el día de Navidad!

Anterior - Siguiente