Quiero estar cerca de Dios
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Durante una excursión por el Pirineo catalán

En 1954 Montse comenzó a ír por Llar, un centro del Opus Dei de Barcelona. "Tenía muchas virtudes humanas -cuenta una amiga suya del Opus Dei, María Rosa, que padecía desde pequeña una parálisis en las piernas que le impedía caminar- ; y se identificó muy bien con el espíritu del Opus Dei y se entusiasmó muy pronto con el ideal de ser santa en medio del mundo, de santificar el trabajo y de ayudar a los demás en el camino hacia la santidad...

Recuerdo que hablábamos mucho de apostolado y de acercar a nuestras amigas a los sacramentos. Yo le decía: 'Fíjate: a lo mejor, la única oportunidad que tendrá esta amiga tuya de oír hablar de Dios es... la que tú le brindes. Y venir a escuchar a un sacerdote, y confesarse es muy importante. Tienes que ayudarla...'.

Entonces empezó a traer a Llar a amigas de su clase, de su pandilla de Seva... Ese afán apostólico lo tuvo siempre: mucho antes de tener vocación al Opus Dei.

Se dio cuenta perfectamente de las penurias económicas que pasábamos en Llar, porque un día me dijo:

-Hay gente que dice que en el Opus Dei hay tantas cosas, y yo veo que en esta casa se pasan tantas necesidades...

Y concluyó con un comentario que me gustó mucho:

-Cuando quieres saber una cosa, lo primero que tienes que hacer es vivirla. Y sólo entonces puedes hacer un juicio...".

"Fue sorprendente el cambio que experimentó a partir del momento en el que comenzó a ir por Llar -recuerda su madre-. Y sus hermanos lo advirtieron también. Antes se metían mucho con ella porque estaba algo gordita; sobre todo para hacerla rabiar, porque se enfadaba... pero a partir de entonces, fue desapareciendo poco a poco aquel vinagrillo de su carácter. Se limitó a callarse. Y sus hermanos la fueron dejando en paz: se dieron cuenta de que perdían el tiempo...

Fue limando, también poco a poco, algunos defectos de su carácter. Por ejemplo: no le gustaba nada que la llamasen Montsita. Pero no lo dijo nunca: y cuando alguna de Llar la llamaba así, sin saber que esto la molestaba, sonreía en silencio...

Observé también cómo empezaba a vivir un pequeño plan de vida espiritual. Nada más levantarse luchaba por saltar enseguida de la cama, sin ceder a la pereza... luego se iba rápidamente al colegio; venía; comía justito y se marchaba de nuevo a clase. Y del Colegio se iba a Llar. Allí estudiaba, hacía un rato de oración, asistía a algún medio de formación y ayudaba a la marcha del Centro; en concreto sé que preparaba con todo detalle todo lo necesario para el oratorio, cosa que le hacía mucha ilusión. Y algunos fines de semana se iba de excursión". Esta fotografía recoge un momento de descanso en una de esas excursiones.

"Le encantaban las excursiones -cuenta Pepa, otra amiga suya- y hacíamos muchas. Recuerdo que antes de salir íbamos a Misa, y siempre me sorprendía encontrar a esas horas -a las seis y media o siete de la mañana de un domingo- las iglesias llenas de jóvenes que iban a cumplir con el precepto dominical".

"Ella era sobre todo amiga de Ana María Suriol, Sylvia Pons y otras que eran de su misma edad -sigue contando María Rosa-. Sin embargo aunque se llevaba algunos años conmigo, congeniamos muy bien. Hablábamos de todo; de cine, de teatro, de los planes apostólicos que podíamos hacer con las amigas que teníamos en común... Entonces estábamos comenzando la labor del Opus Dei con chicas jóvenes en Barcelona.

Recuerdo que un día estábamos hablando de Dios, y yo le comentaba que cumplir la voluntad de Dios es lo único importante en nuestra vida. ¿Qué hubiera sido mi vida sin Dios? 'Mira Montse -le dije sin darme cuenta del alcance de lo que le decía- tú ahora te encuentras bien, pero en un momento dado, como me sucedió a mí, te puede fallar todo lo físico... ¿y entonces qué? Si no estás unida a Dios todo se te derrumbará.

-Tienes toda la razón, Rosa -me dijo- Yo también quiero estar cerca de Dios; y si algún día me sucediera lo que a ti, me gustaría continuar con la misma alegría y con la misma ilusión que tengo ahora...

-Fíjate -me dijo en una ocasión-, lo que me estoy planteando: mortificar la vista. A mí me gusta mirar ¡por todas partes! Voy por la calle y miro; voy junto a una librería y miro; junto a una tienda de ropa y miro... Tengo que empezar a mortificarme en estas pequeñas cosas.

-Pues chica -le comenté yo-, a mí esas cosas no me importan tanto: a mí lo que me gusta es leer, oír música...

-Claro... Entonces no mirar no supondrá la misma mortificación para ti que para mí.

Es verdad -pensé-, Montse tiene razón. Ella va habitualmente a pie por la calle, y yo, por mi situación, no lo hago nunca; y al que va andando esas cosas le deben costar mucho más...

Y al cabo de una semana me dijo que estaba luchando mucho en estas pequeñas mortificaciones y que estaba consiguiendo dejar de mirar muchas cosas..."

Montse estaba dando los primeros pasos en el camino de la mortificación hecha por amor a Dios. Mortificación en lo pequeño: de la vista, de la curiosidad... "¿No has contrariado, alguna vez, en algo, tus gustos, tus caprichos? -pregunta san Josemaría-Mira que Quien te lo pide está enclavado en una Cruz -sufriendo en todos sus sentidos y potencias-, y una corona de espinas cubre su cabeza... por ti".

"Pero no nos pasábamos todo el día hablando de temas espirituales -prosigue Rosa-; nos gastábamos muchas bromas, nos contábamos chistes... y nos teníamos mucha confianza para decirnos las cosas. Recuerdo que yo la invitaba cada sábado a la meditación que daba el sacerdote; y a veces me decía:

-Chica, es que te pasas; no seas pesada.

Pero al final, siempre venía.

Esas meditaciones las teníamos en el oratorio de Llar, donde había una cruz de palo. Y yo le comenté alguna vez, alentándola a ser generosa:

-Montse: mira esa Cruz: es la tuya. Cuando quieras la tomas...

Y ella me contestaba:

-Pero Rosa, ¡qué pesada te pones con lo de la Cruz!

Y yo le decía:

-Vétela mirando...".

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