Dios quería más...
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A los dos años

"A los dos años estuvo a punto de morir. "Al principio no parecía nada serio -recordaba Manolita, la mamá de Montse-. Tenía un asma infantil, al que el doctor Moragas, que era nuestro médico, no le dio mayor importancia; me tranquilizó, aunque me dijo que aquello podía durar semanas. Sin embargo, como el asma era muy aparatoso, al ver que se alargaba, decidimos consultar a otro médico, que nos habían dicho que era una eminencia... ¡Y ahí empezó todo!

El nuevo médico le recetó unos jarabes con unas fuertes dosis de codeína, que fueron secándole la expectoración de tal manera que degeneró en una bronquitis capilar y llegó a una situación de gravedad extrema; tanto, que un día, el médico llegó a decirme ¡a mí!:

- Pero, ¿aún no se ha muerto? ¡No comprendo cómo resiste tanto!

Ese médico fue el causante de todo: se obcecó, se obcecó totalmente y no quiso reconocer que se había equivocado en el diagnóstico.

Ay... Cuando la llevamos de nuevo al doctor Moragas y vio el estado en el que la habían dejado, le acarició una piernecita y le dijo:

-¡Pobrecita! ¡A qué estado has llegado!

Y todo por culpa de aquella obcecación... Y es que la medicación que le habían dado era, además de equivocada, contrapuesta por completo a lo que necesitaba...

Pero gracias a Dios, ya estaba de nuevo en manos del doctor Moragas, que empezó a darle enseguida sueros y más sueros y expectorantes para la bronquiolitis. Hacía tal ruido al respirar que, sin exagerar, se la oía de un extremo al otro de la casa.

Ese periodo de gravedad mortal duró un mes aproximadamente. Estábamos a su lado una noche, y otra, y otra... Y yo estaba a punto de dar a luz a Jorge...

Recuerdo que el doctor Moragas cada vez que venía a ver a Montse me preguntaba por mi embarazo:

- ¿Aún no, señora?

- Pero Montse, ¿ha salido ya del peligro?, le preguntaba yo, porque estaba segura que no daría a luz hasta que Montse se pusiese buena.

Tardó en responderme días y días, hasta que la auscultó y le oí comentar:

- Bueno, esto ya me gusta más.

- ¿Ha salido ya del peligro?

- Yo no he dicho tanto- me contestó el doctor, prudente como siempre...

Recuerdo la noche en que hizo crisis su enfermedad. Mi hermana Inés y mi cuñado, que es médico, se quisieron quedar con nosotros, porque estaban seguros que de aquella noche no pasaba, y no querían dejarnos solos. 'Acuéstate, descansa, no te preocupes, tienes que descansar', me decían, porque yo estaba en estado de gestación muy avanzado y llevaba muchas noches sin dormir...

Por supuesto que no quise y me quedé al lado de su camita, cosiendo unos botones que faltaban en los pañales de Jorge (entonces se usaban unos picos con tres botones). Mi hermana y mi cuñado, que estaban en nuestra habitación -que era donde estaba su camita-, se sentaron al borde de la mía; pero el sueño les fue venciendo y se quedaron dormidos. Manuel también se quedó dormido, rendido por el cansancio de tantos días en vela, no recuerdo dónde.

Yo cosía, cosía y la miraba... y le ponía de vez en cuando unos paños en la frente para enjuagarle el sudor; y le cambiaba la almohada... Estábamos en pleno invierno.

Durante esa noche vi cómo mejoraba; recuerdo perfectamente el momento en que la enfermedad cedió. Y le di muchas gracias a Dios porque la dejara con nosotros.

Cuando se despertaron los tíos y la vieron sonreír se quedaron muy sorprendidos. Luego me contaba mi hermana Inés que nunca pensaron que pasase la noche. ¡Montsina querida! Como Dios quería más..."

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