No hay tal andar
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Manuel y Manolita con Juan Pablo II, en Roma
mostrándole la estampa de Montse

¡Aquel Domingo de Ramos fue tan distinto! No hubo el bullicio matutino de años anteriores, cuando salían todos los hermanos a la calle con las palmas, y su padre sacaba la cámara de cine y filmaba a los más pequeños mientras sujetaban con fuerza las palmas, que flameaban indecisas en el aire. Ahora todo era silencio en torno a Montse. Junto a la imagen de la Virgen, estaba la palma que le había enviado Rosa.

Lía estuvo toda la tarde a su lado. Montse estaba muy amodorrada. De vez en cuando se despertaba y conversaban a ratos. "Hubo un momento -recuerda Lía- en el que se incorporó y empezó a decir jaculatorias casi a voz en grito. Besaba frecuentemente el Crucifijo y le decía al Señor muy de prisa, aunque ya casi no podía hablar porque se ahogaba mucho:

-Señor, te quiero mucho, mucho, mucho y a la Virgen también.

Intenté sosegarla:

-Montse, serénate, tranquilízate, descansa... ¡Si el Señor ya sabe que le quieres mucho...! Díselo bajito: yo te iré diciendo jaculatorias y tú las vas repitiendo...

-Sí, Lía. ¿Pero sabes qué me pasa? Que si no se lo digo así, me parece que no me oye... ¡y le quiero decir tantas veces que lo quiero mucho, mucho, mucho...!"

Lía empezó a decirle algunas de las jaculatorias que enseñaba san Josemaría:

-"Corazón Dulcísimo de María, prepáranos un camino seguro... Corazón Sacratísimo de Jesús, danos la paz... Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús..."

"Sin embargo, la jaculatoria que le oí repetir con más frecuencia -recuerda su madre- era: 'Cuando Tú quieras, como Tú quieras, y de la manera que Tú quieras'".

Un día estuvo hablando con Lía sobre la Virgen.

-"¿La veré pronto, verdad?", le preguntó Montse con el rostro sonriente.

-"Enseguida que llegues, estoy segura", le dijo Lía.

-"Yo también la quiero mucho, mucho..."

Aquel deseo impetuoso de estar con Dios no la alejaba de los que la rodeaban. Lía le aconsejaba que no recibiera a sus amigas, porque estaba agotada por las curas, que duraban de dos a tres horas y aunque se las hacían con todo esmero, le causaban un daño tremendo. En algunas ocasiones, tenían que interrumpirlas, porque se mareaba. Pero Montse pensaba que eso era lo que tenía que entregar a Dios en aquel momento...

Seguía luchando por amar más a Dios, aunque ya no podía ni siquiera leer. "Leedme en 'Camino' algo sobre el Amor", dijo en una ocasión. Había escrito tiempo atrás en su libreta esta oración a la Virgen: "Madre mía, por todas mis infidelidades, dile al Señor que ya no más. Madre mía, por todas las bobadas que hago a lo largo del día, dile al Señor que ya no más. Madre mía, pero Tú sabes que sí, que más".

Se iba uniendo a la entrega total de Jesús en el Calvario. ‑"Ayudadme a ser valiente -pedía-. ¡Lo necesito tanto!"

-"Montse -le dijo Lía, cariñosamente- no me digas más eso, porque me enfado: tú sabes que sí lo eres".

-"¿Crees sinceramente que lo soy?"

"Cuando le dije que sí -recuerda Lía-, que estaba aguantando mucho, me dio un abrazo y me dijo: 'qué paz me da oírtelo'".

Lunes Santo

Lía estuvo junto a la cabecera de la cama de Montse durante toda la noche del Domingo de Ramos. Al día siguiente, Lunes Santo, le escribía a Encarnita Ortega:

"Esta misma noche me decía: 'Lía, pero qué lento es. Nunca pensé que fuera tan difícil morirse. Pero, sabes, estoy muy contenta. Se ve que todavía me necesita'. Y me hacía un gesto muy muy significativo, mientras apretaba fuertemente el puño, así exprimida como un limón. No se cansa de repetir una y mil veces: 'pero, ¿sabéis? Enteraos todas: soy muy feliz'. No sabes cómo impresiona oírla. Habla ahora con una dificultad espantosa, en fin, que ya es todo. Pero es envidiable cómo está de contenta, se le ilumina la cara no sabes cómo, cuando le decimos que pronto se va a ir al cielo, ¡lo desea tanto!"

Martes Santo

El día 24, Martes Santo, se encontraba tan fatigada que las que la atendían desistieron de curarla aquella tarde. Quizás al día siguiente se encontrase mejor...

Los amigos y conocidos seguían visitándola. Todos querían despedirse... Ese día estuvo con ella Jorge Suriol, que sabía que ya no se verían nunca más. ¡Qué lejanas parecían ahora aquellas tardes de domingo que Montse pasaba en su casa, junto con su hermana Ana María y aquellas tertulias nocturnas en Villa Josefa...! "Y fue entonces -recuerda su amigo Jorge Suriol- cuando me di cuenta de quién era Montse. Estaba muriéndose y seguía serena, alegre y sonriente, con aquel equilibrio tan suyo: '¿qué tal estás?', me dijo. Nada más verme se preocupó porque estuviera cómodo: 'siéntate, siéntate, no te canses'. Luego me contó en un minuto, con gran sencillez, lo que le pasaba: 'Ya ves, tengo esto, pero tampoco tengo nada más...'. Y pasó inmediatamente a hablar de mi familia y a preguntarme por ellos: '¿Qué tal está tu padre? ¿Y tu madre, qué tal se encuentra?' Y desde aquel momento lo suyo se quedó en un segundo plano...

Aquello me sorprendió profundamente. Porque habitualmente, cuando vas a visitar a una persona moribunda sales estremecido al contemplar cómo vive 'su' momento... Pero a Montse no le sucedía eso. ¿Por qué?

Me fui desconcertado: 'esta chica se está muriendo -pensaba- y lo único que le interesa es saber qué tal me encuentro yo y qué tal está mi familia y que tal nos van las cosas...'"

Poco tiempo después vino el doctor Cañadell. Después del reconocimiento médico, habló con Manuel y Manolita en otra habitación y se fue de casa a las ocho menos cuarto. Cuando Lía entró de nuevo en su cuarto le preguntó:

-"¿Qué ha dicho el doctor?"

-"Que continúas igual".

-"Sí, pero yo siento algo en mi interior que me dice que sigo adelante y que cada día lo voy superando..."

Se volvió hacia su madre:

-"Mamá, gracias por haberme ayudado tanto, tú y papá, y Lía... Siempre... ¡Siempre tú, mamá...! ¡Has representado tanto! ¡Tanto... en mi vida!"

Miércoles Santo

Amaneció el 25 de marzo, fecha en la que la Iglesia celebra la fiesta de la Anunciación de la Virgen. Su madre intuyó que se acercaba el final. Montse apenas hablaba. Estaban junto a ella, noche y día, Manuel, sus hijos mayores, Lía, Montse Amat, y pocos más. Permanecía sumida en un intenso sopor durante casi todo el tiempo. En un determinado momento abrió los ojos y dijo, haciendo un gran esfuerzo por pronunciar las palabras:

-"¡Cuánto te quiero, cuánto te quiero!

Más tarde añadió:

-"Os quiero mucho a todas. Pero al Señor más, mucho más".

Ya no podía hablar, y estaba totalmente desfallecida. Ahora sí se había quedado sola, como había escrito en su libreta. Sola con su Amor. Se acercaba el momento de lo que cantaban los versos que había transcrito en su libreta poco tiempo atrás:

 

¡Ya se hace tarde Señor!
Y mi vida paso a paso
va declinando a su ocaso
va perdiendo su fulgor
Viene la "noche"... Pasó
el tiempo de trabajar
sólo en Ti puedo esperar
bienes que no tengo yo.
Ya es tarde. A tu pecho vengo
buscando asilo y calor...

 

26 DE MARZO DE 1959. JUEVES SANTO

Pasó una larga noche de sufrimientos, diciendo jaculatorias a la Virgen:

-Virgencita: ¡Cuánto te quiero! ¿Cuándo me vendrás a buscar?

"Besaba sin cesar el Crucifijo que ella sola no atinaba a llevarse a la boca. Con la mano echaba besos a la Virgen y decía una y mil veces ¡Jesús, Jesús! Estaba agitada. Al cabo de un rato se serenó. Parecía que descansaba. Tenía el pulso más flojo, pero continuo. A las doce recé pegada a su oído el Angelus. Me pareció que oía y que incluso rezaba".

 

Llegaron Fernanda Mallorga, Carmen Francés y Ana María Suriol, y comenzaron a rezar el Rosario en voz muy baja.

"Durante el primer misterio -recuerda su madre- tenía las manos cruzadas sobre el pecho y apretaba entre ellas, como siempre, su cruz. Parecía dormida. A la una y veinte de la tarde, de pronto, al comenzar el segundo misterio, nos dimos cuenta que cambiaba la respiración. Manuel le tomó el pulso. Había desaparecido. Hizo un mohín, suspiró profundamente tres veces... y se nos fue al Cielo".

 

Nos hizo felices

Cuenta su amiga Rosa María -farmaceútica y con una minusvalía que le impide caminar sin ayuda- que cuando falleció Montse pensó en lo feliz que había sido Montse en esta tierra y en lo feliz que sería en el Cielo; y me acordé de lo que decía el Fundador del Opus Dei: que la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra. Y ella fue feliz, feliz, hasta el último momento...

¿Verdad que parece increíble? Pues es verdad; hasta el último momento fue profundamente feliz; y nos hizo felices a los que tuvimos la suerte de tratarla y de conocerla, a pesar de lo mucho que sufrió... Yo, cuando me encuentro con un cliente en la farmacia que está muy grave, me entristezco, no lo puedo remediar. Sin embargo, con ella no me entristecí nunca ... porque el amor de Dios se apoderó de su alma y supo amar a Dios por encima del sufrimiento, por encima de su desgracia, por encima de la enfermedad y por encima de... de la muerte y de todo".

"Allí, junto a la imagen de la Virgen de Montserrat, junto a la palma del domingo de Ramos que Rosa le había llevado, había una rosa. Y sobre la sábana, encima de su pierna enferma, había otra rosa roja, que había traído su tía Adela, y que se mantuvo fresca y lozana durante dos días enteros, desde el día 26 hasta la mañana del 28 de marzo, Sábado Santo, en que la enterraron.

Sus padres, sus hermanos, las de Llar, pasaron aquellas dos noches junto a ella, en vela. Y durante una de esas noches, ante el cuerpo de su hija, que parecía, más que muerta, dormida, su padre le decía a los que la velaban:

-"No creáis que mi hija, porque era tan joven, no sabía lo que era el amor. Mi hija estaba enamorada. Se enamoró de Dios. Ese fue el sentido de su vida. Por eso rezaba, y hacía apostolado, y obedecía, y luchaba. Yo me di cuenta como se fue uniendo a Dios, con una lucha continua, día a día... Y todo lo hizo porque estaba enamorada..."

Le cambiaron el crucifijo que llevaba siempre por uno de madera, que le había hecho su hermano Jorge. Luego la amortajaron y le pusieron una rosa junto a los pies.

Y yo pensé -recuerda Rosa María-, después de que se la llevaran, en aquel villancico que tanto nos gustaba cantar cuando se acercaba las fiestas de Navidad:

No hay tal andar

como buscar a Cristo.

No hay tal andar

como a Cristo buscar.

Que no hay tal andar".

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Montse en el recuerdo

"Desde la distancia de estos treinta años -evocaba su hermano Enrique Grases- veo toda la enfermedad de mi hermana, toda aquella larga pasión de Montse como un dolorosísimo Viernes Santo. Fue una pasión, sí; pero con la Pascua detrás. Porque todo lo que podía haber acabado con una rebeldía amarga y un hundimiento en su manera de ser y en sus convicciones, acabó con el gozo de la Resurrección; concluyó con la serenidad y la paz de quien se sabe en manos de Dios.

Montse encontró a Jesús en la Cruz; a un Jesús que se abandonaba en los brazos de su Padre, diciendo: 'en tus manos encomiendo mi Espíritu'. Y como ella confiaba en su Padre Dios, y se sentía en sus manos, estaba serena, tranquila, feliz.

Su Cruz fue muy dolorosa. A veces me comentan, cuando la recuerdan tan alegre y tan feliz, que ella gozaba en medio del dolor... No, eso no es cierto. Decir eso podría sonar a masoquismo, porque aquello no era un dolor convertido en gozo; era un dolor convertido en amor, y en lucha, para poder seguir siendo fiel a sí misma, a nosotros y a Dios, pero seguía siendo un dolor que la desgarraba, que la destrozaba. Sufrió -yo lo vi- tremendamente: pero era una lucha enamorada, en medio del dolor, por encontrar a Cristo Crucificado.

En medio de ese dolor, junto a Cristo, nunca estuvo sola: sabía que Dios la acompañaba. 'Si Dios está a mi lado -pensó- y me pide esto, será porque esto es posible; y si El lo quiere, El me ayudará...'

Ahora que se habla tanto de realización personal, comprendo que mi hermana Montse 'se realizó' precisamente en su dolor. Gracias al dolor fue verdaderamente ella -lo que Dios quería de ella- y nos dio lo mejor de sí misma. Yo algunas veces me pregunto si ella hubiera llegado a lo que llegó, sin haber tenido este paso por el dolor.

Por eso, aquel dolor no fue una desgracia para ella; sino una gracia, un don, un privilegio. Le permitió asociarse al dolor redentor de Cristo, acoger con alegría el trocito de Cruz que Jesús le daba. Desde allí, desde la Cruz, podría pedir más por los demás, por éste o por el otro; y estoy seguro que, tantas veces, pidió por mi vocación sacerdotal...

El dolor la retó: pero ella venció la partida. A ella le apasionaba el tenis y aquello fue... como un partido de tenis frente al dolor. Este partido es siempre difícil, porque no hay términos medios: o el dolor te vence o tú le vences a él. Unas personas se dejan ganar por el dolor: y el dolor las destruye, las conduce al odio y a la desesperación, a la rebeldía a veces, e incluso acaban separándose de Dios.

Montse tuvo la valentía de mirar al dolor frente a frente, cara a cara y a los ojos: 'tú eres el dolor -pensó- pero yo... yo te voy a poder. No podré levantarme de esta cama... pero desde aquí, ¡voy a luchar todo lo que pueda! ¡Me voy a servir de ti para ganar! Este dolor me va a servir para amar: va a ser mi nueva forma de amar'. Y convirtió su enfermedad en un instrumento de corredención.

Su carácter humano la ayudó mucho; era muy luchadora; no se arredraba ante la primera dificultad: le plantaba cara.Y ante la prueba definitiva, supo sacar lo mejor de ella misma, como en aquellos torneos de tenis del Club Barcino, cuando le tocaba un contrincante difícil...

Supo dar todo el amor que llevaba dentro, jugando siempre de pareja con el dolor de Jesús en la Cruz, siguiéndole todas las jugadas. Sabía que estaba en las últimas, en los octavos, en cuartos de final, y que el dolor y el cansancio avanzaba... pero no se desesperó. '¿Me toca jugar con éste? ¡Ah, pues muy bien!' Apretó los dientes, como solía hacer, se concentró y pensó: '¡Si sigo aquí, al lado de Dios, quizá desfallezca, quizá me caiga derrumbada en el suelo por la fatiga, pero esta partida -la partida del amor- la vamos a ganar!'

Tenía ese espíritu de victoria porque sabía que Dios no pierde batallas... porque sabía que el amor de Dios siempre es más fuerte que la muerte. Y Dios, como siempre, ganó la partida.

Pienso que eso constituye parte del mensaje de mi hermana Montse. En la actualidad el dolor se vive muchas veces como un fracaso. 'Yo no he tenido suerte en la vida', dicen algunos cuando se encuentran cara a cara con el sufrimiento. Y los que no caen en la amargura o se desesperan, se conforman con 'soportarlo'. Otros, lo ocultan; o no lo entienden. Para la sociedad es un contravalor: nadie quiere hablar hoy del dolor y de la muerte. Da vergüenza, temor, miedo.

Esa es la raíz de aquella alegría suya que tanto desconcertaba: en vez de ser esclava del sufrimiento, se convirtió, de alguna manera, en dueña, en señora de su propio dolor. Le dio la vuelta al dolor. Lo convirtió en Amor"

 

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