Cuando Tú quieras
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"Esta es la última fotografía que le hice
-comenta su padre- el día 23 de febrero de 1959..
Anteriormente le había hecho otra,
con el pelo largo, junto con su madre"

 

"Pensamos en la conveniencia de cortarle el pelo -recuerda María Teresa- porque, largo como lo llevaba, se le enredaba mucho y nos parecía que con el pelo corto estaría más cómoda. Antes de hacerlo, y con esta disculpa -aunque no le hacía mucha gracia-, nos dejó que le hiciéramos alguna fotografía".

Esto era fruto también de la caridad con los demás. "Quería tener el cabello siempre limpio -recuerda Marisa-; pero como vio que en la cama nos resultaba muy incómodo lavárselo, aunque le gustaba llevar el pelo largo se lo cortó..."

Venían a verla muchas amigas, que salían removidas interiormente. "Yo intentaba que no las recibiera a todas -cuenta su madre-. Pero ella nunca tuvo un no... Un día vinieron a verla dos amigas y me dijeron:

-No le diga que estamos aquí. Dígale sólo que hemos telefoneado para ver si podíamos venir.

Yo preferí decírselo con toda claridad.

-Montse, han venido dos chicas que quieren verte. Ellas creen que tú no sabes que están aquí, así que dime con toda libertad, Montsina. ¿Te apetece que entren un ratito? Si no te apetece, no las recibas...

-Mamá -me contestó-, no estamos aquí para hacer lo que nos apetezca; que pasen".

Aunque la vida se le iba, esas visitas se desarrollaban siempre en un clima de serenidad y de alegría: "Todas las personas que iban a verle durante su enfermedad ‑comenta Montse Amat‑ salían impresionadas. Una de sus amigas comentaba: 'Cuando yo iba, salía siempre con paz y con deseos de ser mejor, nunca con tristeza'". Ya lo decía una amiga de su madre, Montserrat Raventós: "es que visitar a Montse, hace mucho bien".

Muchas veces empezaba a rezar y se dormía, rendida por el dolor. "De repente, se despertaba un poco y decía a su acompañante: '¿Por qué no me llamas? ¿No ves que no he terminado aún la oración?' Para tranquilizarla le decían que no se preocupase, que ofreciera aquella contrariedad y eso le valdría como oración. Y contestaba:

-Bueno, así todo el día estoy haciendo oración, porque lo ofrezco todo. Pero yo quiero cumplir el plan de vida".

-"La oración, sabes -le comentaba a Lía-, se me hace pesada; no puedo coordinar ideas; quiero, pero estoy tan tonta..."

-"No te preocupes, Montse. La oración más agradable a Dios es precisamente el ofrecimiento gustoso de tus sufrimientos. Acuérdate de ese punto de 'Camino': 'Para un apóstol moderno una hora de estudio es una hora de oración'. Y a ti el Padre te diría seguramente que una hora de sufrimiento es una hora de oración".

-"Sí. Es cierto -dijo con tono algo triste-. Es lo único que le puedo ofrecer..."

-"Pero Montse, ¿no crees en el valor del sufrimiento?"

-"Sí, pero es tan poco... Pero así es nuestra vida: irnos entregando como nos dice el Padre, exprimidos como un limón..."

"En esos últimos días -cuenta Montse Amat- estuve mucho con ella porque Lía y yo nos alternábamos para cuidarla durante la noche". A Montse Amat le impresionó el vivo interés de Montse por hacer las prácticas de piedad de su plan de vida cristiana: "Cuando ya no sabías qué hacerle, te preguntaba con gran paz:

-Oye, y si hiciéramos una norma de piedad, ¿qué tal?"

Estaba preocupada por las que se quedaban a cuidarla durante la noche: "Nos preguntaba siempre -cuenta una de las que la acompañaban- si pasábamos frío, y nos decía que tomáramos algo... A veces la oía susurrar en voz baja. '¿Quieres algo, Montse?', le preguntaba.

-No -me contestaba-. Estoy diciendo jaculatorias..."

Recuerda Montse Amat que uno de aquellos días comenzaron a rezar el Rosario: "Yo, viendo cómo se encontraba, le pregunté si se encontraba con fuerzas para rezarlo, y ella me dijo: 'sí, sí, quiero rezarlo'. Montse rezaba en silencio y cada vez que terminaba un avemaría, me hacía una señal para que yo pudiese continuar".

Le costaba cada vez más sostener una conversación prolongada; pero si por cualquier causa debía quitarse el anillo de la fidelidad -aquel anillo que le recordaba su compromiso de amor con Dios- extendía la mano para que se lo pusieran. Y si el crucifijo -el crucifijo que le había regalado san Josemaría- se perdía entre los pliegues de las sábanas, lo buscaba hasta encontrarlo y lo besaba con cariño. A veces, cuando subía las sábanas, sólo usaba dos dedos -era un gesto característico suyo- porque tenía el crucifijo en la mano... "Lo quiero tener cerquita -le comentó a Lía-; por las noches es cuando más lo necesito".

A pesar de su estado de agotamiento general, no se olvidaba de los demás. Estaba preocupada por que su madre descansara. Una noche, nada más llegar Lía, le dijo:

"Lía, tendríamos que conseguir que mamá se acueste. Ella quiere quedarse siempre en el primer turno y yo no quiero, porque es cuando más os doy la lata, ¿sabes? ¿Verdad que no te sabe mal que hagamos trampas? ¿Qué te parece si cuando venga mamá y nos diga que ella se va a quedar en vela hasta las cinco, yo le digo: 'lo echaremos a suertes, por medio de unas pajitas'? Mira, ésta es la mano que tienes que señalar. Luego, yo te diré las medicinas que me tienes que dar y así ella podrá descansar..."

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