Siempre alegres
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"Cuando le hice esta fotografía -cuenta su padre-
estuvo contemplando un rato a su madre y le dijo, muy cariñosa:
'mirando a mi mamá, que la quiero mucho'"

"Alrededor del 11 de febrero -cuenta su madre-, fiesta de la Virgen de Lourdes, empeoró, y le dijimos a todas sus amigas que por favor no vinieran a visitarla. Y estuvo varios días sin recibir a nadie".

Fueron días de mayor sosiego externo. Ya no se escuchaba aquel barullo de risas y bromas que se formaba a su alrededor cuando venían a verla sus amigas. Por fuera, la vida se aquietaba por momentos; por dentro, seguía su lucha, incesante, por amar más a Dios y acercar a sus amigas al Señor. Durante los últimos meses de su enfermedad, entre dolores terribles, hizo un apostolado constante con todos los que venían a verla, ofreciendo sus dolores por la Iglesia, por el Papa, por el Opus Dei-

"Cuando la vimos algo mejor, días más tarde -continúa su madre-, dejamos que viniera a verla alguna amiga, aunque poníamos los medios para no cansarla. Una de esas tardes salí para confesarme, y cuando regresé vi que estaba toda la habitación llena de chicas. Temí que estuviera agotada, pero me la encontré sonriente y divertida, y eso me tranquilizó.

Las amigas se fueron pronto, porque yo les dije que no convenía que estuvieran mucho rato con ella, ya que era el primer día que volvía a recibir visitas.

Pero cuando se quedó sola me di cuenta de cómo estaba en realidad: totalmente desfallecida y exhausta".

"Pocos días después -continúa su madre- el 22 de febrero, me preguntó:

-Mamá, ¿verdad que tú pides mucho por mí?

-¡Claro! -le dije-. Pero tú, ¿qué quieres que pida? Que el Señor te ayude a sufrir, ¿verdad?

Asintió con la mirada. Entonces le pregunté:

-¿No te da pena irte?

Reaccionó enseguida, con una energía sorprendente, aunque estaba agotadísima:

-¡No! ¡No!"

Lía recordaba que Montse "vivía la Misa intensamente y cuando ya no pudo asistir, a causa de su enfermedad y un sacerdote iba a llevarle la Comunión todas las mañanas, ofreció esa renuncia como un acto de mortificación". Se limitaba a leer en el misal la Misa correspondiente a aquel día y a unirse a las intenciones del sacerdote.

El doctor Cañadell recuerda un hecho cotidiano donde se encuentra la raíz más profunda de la alegría de Montse: "recibía a diario la Comunión y se confesaba con frecuencia. Lo sé porque a veces mi visita coincidía con la del sacerdote y yo tenía que esperar a que terminara la acción de gracias tras la Comunión".

A veces, por el peso del cansancio y de las noches sin dormir, durante esas acciones de gracias después de comulgar se quedaba dormida. Pedía siempre que la despertaran. Explicaba que la Comunión le daba fuerza para seguir luchando: sin la Eucaristía no podía vivir.

La Eucaristía, la Confesión, "el Sacramento de la alegría": ésas son las claves fundamentales para entender la raíz última de la sonrisa de Montse. En esos sacramentos y en su vida de piedad encontraba la fuerza, la gracia, el sentido profundo para sobrellevar su dolor. ¿Qué habría hecho sin la Eucaristía?, se preguntaba. ¿Qué habría hecho sin poder recibir al Señor diariamente?

"No había más que verla vivir las normas de piedad -escribe Pilar Martín- para saber de dónde procedía su fuerza".

El sacerdote que le llevaba la comunión advirtió que Montse repetía con frecuencia: "Hágase la Santísima Voluntad de Dios", y otras jaculatorias que guardaban un eco inconfundible de las palabras del Fundador del Opus Dei, como: "Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas. -Amén. -Amén...".

"Yo la miraba -continúa su padre- y me quedaba absorto... era como si aquella hija mía hubiese madurado de repente humana y espiritualmente... Todo ese camino de identificación con Dios que a cualquiera de nosotros nos cuesta la vida entera, ella lo estaba recorriendo rápidamente, casi sin darse cuenta, durante aquellos pocos meses de su enfermedad...

Yo veía, asombrado, cómo, día a día, se iba acercando a la muerte que siempre había deseado para mí: con aquella presencia de Dios, con aquel abandono propio del espíritu del Opus Dei, con aquel afán apostólico y aquel olvido de sí que la llevaba a no pensar más que en los demás, a no quejarse durante aquellas curas tremendas, a estar pendiente de que su madre descansara... y siempre con aquella alegría formidable que no permitía que estuviésemos tristes...

Para que estuviésemos siempre alegres llegó a hacer incluso lo que más le podía costar físicamente: bailar. No se me olvidará nunca aquella mañana. Como había que curarla a primeras horas del día, yo dejaba el despacho durante un tiempo porque para realizar esas curas se necesitaban tres personas, por lo menos. Ella no quería que dejara de trabajar para venir a cuidarla y me reñía cariñosamente. Un día la sostenía de pie, en el pasillo, esperando a que terminaran de hacerle la cama. Estaba ya muy mal, muy débil... Debió verme un gesto de pena; no sé, el caso es que, para que yo no sufriera, me dijo: 'Papá, ven, que vamos a bailar...'. Me tomó del brazo y quiso que bailáramos unos momentos...".

"Era muy agradecida -recuerda Rosa-. Y el día que me despedí de ella me dio las gracias por todo; me aseguró que en el Cielo rezaría especialmente por mí, para que continuara siendo feliz; y me dijo unas cosas tan bonitas, tan bonitas, que no las olvidaré nunca..."

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