Quiero que estéis alegres
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Hasta el último momento quiso hacer felices a los demás,
sin dramatizar su dolor. Meses antes de morir, cosciente de su gravedad,
había participado con su grupo de amigos en una representación teatral cómica,
en la que representó a una viejecita

 

Nunca se quejaba, y hacía todo lo posible por hacer felices a los que le rodeaban. "Recuerdo -sigue contando Rosa- que cuando a Montse el dolor se le hacía insoportable y ya no podía más, su madre nos pedía que saliéramos de la habitación, y se quedaba sola con su hija, y la consolaba:

-Montse, Montse, ya verás cómo se pasa... Hijita mía, quéjate; porque si te quejas te podemos ayudar mejor...

-No, no -le decía Montse, con lágrimas en los ojos-, no te preocupes, mamá, si estoy muy bien, si estoy muy bien...

Pero el ambiente de aquella casa no era dramático, o tenso, o deprimido, no: si hubiese sido así yo no lo hubiese podido soportar... Es curioso: a pesar de todo lo que estaba pasando, yo lo recuerdo como un ambiente muy agradable, especialmente durante aquellas navidades..."

Aquella era su última Navidad en esta tierra y Montse lo sabía. Tuvo que tomar una medicación que le hizo pasar entre vómitos la noche de fin de Año, con la pierna cada vez más inflamada, mientras llegaba hasta la habitación el estruendo y la algazara de las calles de Barcelona, que celebraba jubilosa la llegada de 1959.

Quería que todos estuviesen contentos, felices. Y a veces, tarareaba una canción o les pedía que cantaran. No siempre era fácil. Había ocasiones en la que no se sentían capaces. En una ocasión que lo pidió, su madre fue la primera en ponerse a cantar; su padre, con lágrimas en los ojos, hizo como que leía el periódico, para disimular. Montse se dio cuenta y le dijo:

-"Papá, que no te oigo... Quiero que estéis alegres".

Que nadie sufriera por ella: ésta era una de sus grandes preocupaciones. Un día llamó a su padre y le preguntó: "Papá, ¿estás contento?" Y lo mismo hizo con cada uno del resto de la familia. Y añadía: "Somos la familia más feliz de Barcelona. Cuando yo me muera no quiero que nadie esté triste: ha de haber alegría".

"Se olvidaba completamente de ella y de sus dolores -comenta Encarnita Rubio- para alegrar a los demás. Una tarde, en que estaba algo más cansada que de costumbre, cuando llegué, para tratar de animarla, le conté una historieta muy graciosa que había visto en la televisión. Se reía muchísimo y, cuando más tarde, llegaron otras de la Obra, me pidió que se la repitiera para alegrarles un rato. Más tarde supe que le contó a Lía, en la confidencia, que aquella tarde le dolía mucho la pierna y que se sentía mareada, pero que le daba pena decirlo porque veía cómo disfrutaban todas al escuchar aquella historieta".

"Eso era una de las cosas que más me impresionaban de ella -cuenta María del Carmen Delclaux-porque se entregaba tanto a los demás que era muy difícil saber cuando algo le dolía o no. Recuerdo que un día llegué a su casa y vi que estaban con ella sus primas y sus amigas de Seva, contándole cosas divertidas. Entonces su madre me tomó antes de entrar y me dijo:

-Mira, yo creo que se encuentra muy mal. Tú entra, y si ves que está sufriendo, corta la visita y pídeles que se vayan.

Entré; y la vi tan animada, recordando tantas cosas de Seva y del verano, y de las funciones del teatro, que no comenté nada, hasta que nos dijeron ellas que se iban. Y entonces, en el mismo momento en el que salieron y cerraron la puerta, exclamó: 'Ay, ¡no puedo más, no puedo más, no puedo más', y se quitó de golpe las mantas porque ya no podía soportar más su peso sobre la pierna. Yo llamé enseguida a su madre y la tranquilizamos como pudimos, porque estaba con un dolor intensísimo, un dolor que yo, minutos antes, no se lo pude ni notar..."

Aquel "vivir para los demás" le llevó a Montse no replegarse en su dolor y a vivir pendiente de los otros, incluso en las cosas más pequeñas.

A partir de la segunda mitad del mes de enero las curas se volvieron cada vez más penosas "Tenía la pierna tan inflamada, tan inflamada -recuerda María del Carmen- que cuando ayudaba a cuidarla, era tanto lo que pesaba, que a veces me tenía que arrodillar en el suelo para que ella la apoyara sobre mi hombro, porque me veía incapaz de sostenerla a pulso..."

"La inflamación era tanta que la pierna llegó a tener 60 centímetros de perímetro -cuenta Rosa- hasta que un día... se le reventó. Y aquello, en el momento de curarla, olía mal, lo que le hacía sufrir una barbaridad. Por los demás. Ella siempre sufría por los demás...

Eso ahora me emociona recordarlo, pero en aquel momento, la verdad, me molestaba bastante. Porque, cuando estábamos solas y arreciaba el dolor, la pobrecita lloraba, apretaba los puños, y me decía que le parecía que ya no podía aguantar más... Y luego me pedía perdón:

-Rosa, qué poco sufrida soy, ¿verdad? Fíjate qué vergüenza...

-¡Qué tontería! -le replicaba yo-. Si eres valentísima... Además, te tienes que quejar, porque el quejarse desahoga mucho...

Sin embargo, cuando llegaba el doctor Cañadell y le preguntaba: 'Montse, ¿qué tal estás? ¿Cómo has pasado la tarde?', ella le decía invariablemente:

-Bien...

-Chica: ¿cómo que bien? ¿Es que no te acuerdas de todo lo que has sufrido? Mujer, ¡si te ha dolido una barbaridad!

Pero ella me pellizcaba sin que se diera cuenta el doctor, para que me callara. Y en cuanto se marchaba me decía:

-Pero Rosa, ¿qué sacamos con decírselo? El doctor Cañadell hace todo lo que puede... No puede hacer más. Y esto le hace sufrir...".

No quería hacer sufrir a nadie, en un supremo esfuerzo de caridad. Siempre había procurado alegrar a los demás, y su álbum de fotos lo corrobora, como en esta fotografía que se hizo con trenzas postizas, años atrás.

 

Pero ahora, ese esfuerzo era amor, caridad, heroísmo en el cariño hacia los que le rodeaban. Un heroísmo vivido con sencillez y humildad."Fue siempre muy humilde -afirma don Manuel Vall, el sacerdote que la atendía- y nunca creyó que llevaba bien su enfermedad: le parecía que era poco fuerte y que se quejaba demasiado..."

"Luego, cuando se le pasaba el dolor -continúa Rosa- se metía conmigo en plan de broma. Yo estudiaba Farmacia y me decía, riéndose, que todas las medicinas que le traía no le solucionaban nada: '¿Ves? -me decía- No sirven para nada'.

Las curas fueron cada vez más penosas y delicadas por la cantidad de úlceras que se le iban formando. "Otras veces -continúa contando su madre- se le provocaba una pequeña hemorragia. Tenía además una supuración continua y pestilente; pero eso sólo se notaba al momento de curarla, porque teníamos repartidos en la habitación tres frascos de purificador de aire. Las cuatro personas que le hacíamos las curas lo pasábamos muy mal. En ocasiones parecía que no íbamos a poder soportarlo...

...Cuando cuento estas cosas siempre hay alguien que me dice: 'Realmente, Manolita, no comprendo cómo pudiste soportar una cosa así'. Y yo siempre les contesto: 'Mira: cometes un gran error si crees que hubo algún mérito por mi parte. Te puedo asegurar que no lo hubo. Lo que sí hubo, y mucha, fue una gran gracia, una gran asistencia del Señor. Por eso, si un día te pasa algo parecido, no tienes que preocuparte: Dios te ayudará y te dará esa asistencia que ahora no tienes, sencillamente porque no la necesitas.

Y además, Dios aprieta, pero no ahoga... Por una parte te quita y por otra te da, porque no quiere que te vuelvas loca de dolor... porque la vida sigue y tienes ocho hijos más y hay que seguir luchando...

Ahora, cuando pienso en aquellos meses me parece casi imposible que Manuel y yo fuésemos capaces de llevar aquello así...; y me he preguntado más de una vez: '¿Y todo eso has sido capaz de hacerlo tú?'. Y siempre me contesto a mí misma: 'No'.

Y es verdad. Realmente aquello no lo hicimos nosotros. Dios nos ayudó y nos dio una gracia superextraordinaria para que no nos muriéramos de pena y de dolor al verla así...

Por eso ahora hay algunas cosas que al recordarlas me parecen casi irreales... Pero fueron verdad. Yo le quitaba el vendaje con total serenidad, ¡con el hedor que desprendía aquello!... porque al retirarle las vendas siempre le arrancábamos algo de carne... y lo lavaba... y luego me sentaba a la mesa, y comía como si no hubiera pasado nada. ¡Y llegué incluso a engordar!

Y luego me sentaba a su lado y rezaba y... veía allí al Señor. ¡Sin nada de milagritos, eh! Sentía su Presencia allí, en aquella hija que se me moría...

Y cuando no podía más y estaba a punto de llorar, me salía a la calle; o me iba a una iglesia cercana y me serenaba; y luego, ya más calmada, me subía a casa, porque en casa no podía estar llorando..."

"Sin embargo, ella no protestaba -continúa Rosa- y se tomaba todo lo que le daban. Salvo con los calmantes, que no se los quería tomar..."

"Sí -corrobora su madre-. Recuerdo que le decíamos que tomase Cibalgina, que es un calmante muy leve, y se resistía a tomárselo". Lo mismo recordaba el doctor Cañadell.

"Eso yo nunca lo acabé de entender entonces -continúa Rosa-. Ahora veo que temía que los calmantes le quitaran capacidad para hacer apostolado, porque pensaría que la iban a adormecer. Y es verdad, un poco de sueño sí que dan los calmantes. Un día le dije: 'tómatelos, te relajarás, te dormirás...'. Quizá fue éste mi fallo... No sé, pero siempre he tenido la sospecha de que no los tomaba por eso: porque le impedirían hacer apostolado y hablar de Dios con sus amigas. Yo le insistía: 'tómatelos, Montse, que te aliviarán el dolor'. Y siempre me contestaba: 'no, no, no; porque me darán sueño'.

En esas ocasiones, si empezaba a dolerle la pierna, soportaba el dolor como podía: 'no puedo, no puedo', decía, porque el carcinoma es dolorosísimo... Rosa, Rosa, por favor, vamos a hacer la oración...'.

Nos santiguábamos y yo decía la oración introductoria: 'Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi Padre y Señor, Angel de mi Guarda interceded por mí...'.

Comenzábamos la oración en silencio y Montse se quedaba quieta, quieta, rezando, conteniéndose el dolor...

La verdad, no he comprendido nunca cómo se me ocurrió enseñarle, en aquellos momentos, cuando sabía perfectamente que se estaba muriendo, a tocar la guitarra... Luego he reflexionado sobre estas cosas y todavía no logro comprenderlas... aquella alegría con la que yo llegaba a aquella casa y aquella alegría con la que me marchaba... con lo horroroso que era todo, visto desde un prisma puramente humano... Entonces no le podía contar a nadie estas cosas porque nadie comprendía, nadie, que pudiera haber un ambiente de tanta alegría..."

Ahora lo pienso y me parece imposible aquello. No sé cómo pude pasar tantos momentos duros a su lado y ser las dos tan felices. Quizá es que a su lado aprendí, con el ejemplo de su vida, lo que nos enseñaba nuestro Fundador: que lo que verdaderamente hace desgraciada a una persona es el intento de quitar la Cruz de su vida y que encontrar la Cruz es encontrar a Cristo, el Amor... A su lado aprendí a querer..., ya sé que no es la palabra adecuada, pero no encuentro otra: pero yo aprendí a querer su enfermedad. Y la mía...

Un día, cuando llegué a su casa, me dijo:

-Hoy he estado pensando mucho...

-¿Sí? ¿Sobre qué?

-Estaba pensando que... le voy a decir al Señor que tú también te mueras.

-¡Ah, caramba...! ¿Pero qué dices?, le contesté yo, muy enfadada.

-Es que... pensaba que ya estarás cansada de andar así, y que te gustaría irte pronto junto al Señor...

Me dio un disgusto tremendo. Le dije que ella estaba preparadísima para irse al Cielo, pero que yo no lo estaba; y luego, de broma le comenté:

-Además, imagínate que en vez de irme al Cielo como tú... ¡me envían a otro sitio, al limbo, por ejemplo!

Se rió. Pero a partir de aquel momento la comprendí más y entendí mejor su dolor; me di cuenta de lo mucho que amaba yo la vida y de lo maravilloso que es vivir; porque la verdad, yo no tenía -ni tengo- ninguna gana de morirme... Y le dije, además, que no volvería a su casa hasta que dejara de rezar por aquello... Entonces me contestó que no me preocupara, que dejaría de rezar. Porque eso sí, era muy sincera: cuando decía una cosa, la cumplía...

De todas formas yo estaba intrigada: ¿deseaba morirse o no? Sólo una vez hablamos sobre eso. Sólo una. Fue tiempo después, cuando le dije:

-¡Pero Montse, ¿cómo se te ha ocurrido rezar por eso, cuando yo no tengo ninguna gana de morirme?! ¿Es que tú no tienes deseos de vivir?

Entonces me comentó, con toda sencillez:

-Mira Rosa: si sale una medicina nueva, me la tomaré; si me tienen que cortar la pierna, me la cortarán. Y si el Señor quiere que me muera..., me moriré. Yo lucho porque quiero vivir, porque soy del Opus Dei, porque quiero servir al Señor, porque quiero evitarle ese sufrimiento a mis padres. Quiero y amo la vida... Pero si Dios quiere que me muera, me moriré... porque también puedo ayudar desde el Cielo.

Y no hablamos más de eso".

 

"¿Por qué no me hablas del Cielo?" le pedía a su madre.

"Hijina, da gusto hablarte del Cielo -le dijo un día su madre-, porque así te veo sonreír"

Era verdad. Se sentía feliz al pensar que el Cielo estaba cada vez más cerca. Y se lo decía a todo el mundo: a sus amigas, a sus hermanos, a Lía:

-"Nadie lo creería, pero estoy muy contenta".

-"Pues nada Montse -le animaba Lía-, un poco más de paciencia y a disfrutar para siempre"

¡Para siempre! Aquella palabra de ecos teresianos -así confortó la Santa de Avila a su hermano cuando salieron a escondidas por la Puerta del Adaja, "a que los descabezasen los moros"-, le daba fuerzas: ¡Para siempre!

-"Jorge, ¿te das cuenta? -le comentaba Montse a su hermano-: Feliz, feliz para siempre, recuérdalo, ¡para siempre!"

 

No era un "para siempre" egoísta. "Os aseguro -repetía- que desde el Cielo os ayudaré mucho; no os dejaré nunca"

Pero, en la tierra -le recordaban- ¡aún podía hacer tanto! Esa seguridad la llevó a "la sed de padecer" de las almas santas, y a una confianza filial basada en que, si Dios le daba la carga, El le daría la fuerza...

Como a medida que avanzaba la enfermedad, las curas eran más dolorosas y complicadas, "venía una amiga de su madre, que era enfermera, a curarla -recuerda Carmiña Cameselle- y su padre la levantaba de la cama, sosteniéndola con los dos brazos en el aire, mientras ella cantaba: '¡Tachín, tachín, tachín!', para quitarle dramatismo a la situación, mientras le cambiaban las sábanas, totalmente empapadas a consecuencia de lo de la pierna... Hasta que decía: '¡ya no puedo más!', y la dejábamos en la cama, quieta..."

"Además -añade María del Carmen Delclaux- teníamos que darle fricciones en la otra pierna, para que no se le durmiera ni se le anquilosara por la falta de ejercicio. Hasta que llegó un momento en que no se la podía ni tocar sin causarle un dolor tremendo. Y tuvieron que ponerle un armazón para que no le rozaran las sábanas. Y cada vez que se le hacía una cura y le aplicábamos una toalla la sacábamos empapada del líquido que le supuraba de la herida"

"¡Aquella llaga! ¡Aquel olor! -recuerda Enrique-. ¡Con lo sensible que ella era...! No era coqueta, pero sí muy femenina. Y seguro que su sensibilidad se rebelaba ante esos aspectos tan desagradables de su enfermedad. Pero, sin embargo, lo soportaba todo con una paciencia increíble... ¡cuando uno de los rasgos de su carácter había sido siempre, precisamente, la impaciencia!

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