Tú sólo lo has de saber
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Con su madre, en el jardín de Seva

Poco a poco su situación se fue agravando. "Cada día va perdiendo más -escribía Lía-. Desde que vino de Roma, no ha podido subir más que un solo día en Llar. Está, eso sí, animadísima con una paz y serenidad impresionante. Se habla ahora, sin ninguna seguridad de mejora, de cortarle la pierna. Tanto el Dr. Cañadell como sus padres se resisten un poco, ahora están esperando la visita de un médico italiano de mucho prestigio, aunque todo el mundo está muy desesperanzado de que se le pueda hacer algo positivo. Da mucha pena verla agotarse día a día, pero, a la vez, una alegría tremenda. ¡Cómo lo está llevando ella y sus padres!"

Montse empezaba a recorrer los últimos escalones del Amor a Dios que san Josemaría señalaba en "Camino": "Resignarse con la Voluntad de Dios: Conformarse con al Voluntad de Dios: Querer la Voluntad de Dios: Amar la Voluntad de Dios".

Tenía apuntados en su pequeña libreta unos versos de José María Pemá, que leía con frecuencia y espoleaban su abandono en Dios:

Bendito seas Señor
por tu infinita bondad
porque pones con amor
sobre espinas de dolor
rosas de conformidad.
No quiero que en mi cantar
mi pena se transparente.
Quiero sufrir y callar.
No quiero dar a la gente
migajas de mi pesar.
Tú, sólo, Dios y Señor,
Tú, que con amor me hieres,
Tú, que con inmenso amor,
pruebas con mayor dolor
a las almas que más quieres,
Tú sólo lo has de saber;
que sólo quiero contar
mi secreto padecer
a quien lo ha de comprender
y lo puede consolar.

"No quiero que en mi cantar mi pena se transparente..." Ese deseo le llevó, día tras día, a vibrar cada vez con mayor sintonía, en un diapasón fidelísimo, con el querer divino. Por esa razón cuando su madre le leyó un pasaje de una obra de San Francisco de Sales sobre la necesidad de aceptar la muerte con alegría, le dijo entusiasmada: "Qué bien nos viene esto, ¿verdad?"

Durante aquellos días, con las que venían a acompañarla, rezaba, cantaba, charlaba... y de vez en cuando, jugaba una partida de parchís, o al Juego de la Oca, o al "tres en fila".

Unas veces ganaba Montse y otras no. Nunca la vio Rosa lo suficientemente triste como para dejarla ganar, aunque ella disfrutaba mucho cuando ganaba. "Y jugábamos cada partida -comenta Rosa- con toda la ilusión del mundo: de oca en oca, y tiro porque me toca... Y cuando yo caía en el pozo..., ¡qué alegría le daba! Es curioso, pero me acuerdo perfectamente de estas tonterías... Es comprensible. ¡Éramos tan jóvenes! Rabiosamente jóvenes...

Y sin embargo, cuando pienso en estas cosas intrascendentes es cuando la admiro más, porque veo que sabía compaginar el sufrimiento con la alegría... A su lado entendí con una fuerza especial aquellas palabras de Fundador del Opus Dei, cuando decía que la tristeza es la escoria del egoísmo... Me decía: 'Es verdad, esto es así... pero hay cosas más tristes'. Y es verdad: la única desgracia es el pecado. Y yo me daba cuenta de que se esforzaba en sonreír cuando estaba conmigo para que yo no sufriera..."

Rosa no lo acababa de creer... ¿Cómo era posible que hubiese cambiado tanto, tanto, en tan poco tiempo? Luego comprendió que todo fue obra del Espíritu Santo, de aquel amor de Dios que se fue apoderando de su alma a medida que ella iba correspondiendo a la gracia... Pero entonces se quedaba sorprendida, por ejemplo, de que una persona tan impaciente en ocasiones como ella, fuese adquiriendo tanta mansedumbre; y que, a pesar de que sufría muchísimo, nunca se comportase como una "enferma crónica", ni se compadeciese de sí misma. No le gustaba que le compadecieran, ni que le dijeran: "pobre Montse"... Aquello era el fruto de los sacramentos, de su oración, de su trato con Dios... y de algo que le influyó muchísimo: aquel encuentro en Roma con san Josemaría. Las palabras que le dijo le ayudaron profundamente.

"Recuerdo que por aquel tiempo -sigue contando Rosa- vino a atenderla un sacerdote del Opus Dei, el Dr. Vall, que era más bien serio. Estaba la puerta medio entornada y de pronto me dijo Montse: 'Chisss, Rosa, acércate; corre, corre, corre; mira, está el Dr. Vall paseando a Rafaelito...'; me asomé sin hacer ruido y allí estaba el Dr. Vall, en el pasillo, jugando con el más pequeño...

Estos detalles le llegaban al corazón. 'Fíjate qué buena es la gente en el Opus Dei -me comentó-. Qué suerte tenemos, ¿verdad?'

Aquello me hizo pensar mucho... Entendí lo que me había querido decir: que la vocación es una suerte, una gran gracia de Dios, por la que le debemos estar siempre agradecidos. Nuestro Fundador nos decía que Cristo Jesús nos había llamado desde la eternidad, que nos había besado en la frente... La vocación es eso: un don inmerecido, la suerte de caminar muy cerca del Señor, siguiendo sus pasos. Por eso pienso que le gustaba tanto aquel villancico:

No hay tal andar
como buscar a Cristo.
No hay tal andar
como a Cristo buscar.
Que no hay tal andar..."

Rosa recuerda su lucha en lo pequeño, contra los propios defectos. "Y si eres diferente -continúa-, porque tienes una limitación física de cualquier tipo como nos pasaba a nosotras dos... pues mira, lo que tienes que procurar es adaptarte tú a los demás y no esperar que los demás se adapten a ti. De esto hablábamos mucho: somos nosotras las que tenemos que aproximarnos a ellos más que esperar que ellos se aproximen a nosotras..."

Montse actuaba con esta mentalidad, que la llevaba a hacer una vida aparentemente normal para no llamar la atención; aunque esa "sorprendente normalidad" fuese lo que más llamase la atención de ella. En esa normalidad de la vida corriente llegó hasta la identificación plena con Jesucristo, como pedía san Josemaría: "Tú, alma entregada a Dios, a Jesucristo, ¿qué haces?... ¿Amas con obras, con esas obras pequeñas? Porque, con obras grandes, pocas veces podrás servirle. Porque cosas grandes, de ordinario se presentan sólo en la imaginación".

"¡Qué cariño había en aquella casa! -dice Rosa-. Era verdaderamente uno de esos 'hogares luminosos y alegres' de los que hablaba el Padre... Nunca me dijeron 'vaya por Dios, que cruz nos ha caído encima' o 'qué desgracia tenemos en esta casa', ni nada parecido. Al revés, su madre, siempre que yo iba a acompañar a Montse, en vez de hablarme de sus penas, me preguntaba cómo estaba yo, cómo estaban mis padres, si mi madre se encontraba bien, si me gustaba la carrera que hacía en la Universidad y qué asignatura me costaba más... Se les veía a todos tan cerca del Señor que yo palpaba a Dios a través de su comportamiento. Porque esto de sonreír es fácil hacerlo un día. Pero un día y otro, y otro, y otro, y otro... y otro, y otro, y otro... y siempre con el mismo carácter... y siempre con el mismo cariño y la misma dulzura...".

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