En Roma, con san Josemaría
.

De izquierda a derecha, el Siervo de Dios Álvaro del Portillo,
y San Josemaría. Icíar, al fondo. Junto a Montse está Encarnita Ortega,
que falleció también con fama de santidad.


En la primera quincena de noviembre de 1958 viajó a Roma para ver al Papa y conocer al fundador del Opus Dei. Sabía que era la última oportunidad que tenía, antes del definitivo agravamiento de la enfermedad. Y aquellos días romanos fueron, sin duda alguna, a pesar del dolor físico, los más felices de su vida.

Para que lo fueran, san Josemaría había dado una serie de indicaciones muy concretas y precisas. Martha Sepúlveda, una chica mexicana que vivía en Villa Sacchetti, recuerda que indicó que le enseñaran la casa con todo detalle; que procurasen sentarse en el comedor con ella chicas de diversas nacionalidades, para que le contaran anécdotas del trabajo apostólico del Opus Dei en sus respectivos países; que en la tertulia le cantaran canciones mexicanas, porque sabía que le gustaban mucho; y aunque tenía por costumbre en aquella época hacerse pocas fotografías con los que le visitaban, con Montse estaba dispuesto a hacer una excepción. "Quería -recuerda Martha- que le hiciéramos pasar esos días lo mejor posible" y les pidió que se adelantaran a hacer lo que le pudiera gustar. La tenían que tratar con el cariño que exigía su situación y ese cariño les llevaría a "adivinar el pensamiento'.

Fueron a recibirla al aeropuerto de Ciampino Icíar Zumalde, Milena Brecciaroli, Pepa Castelló y Encarnita Ortega. Esta última recuerda que "Montse llegó algo mareada y nos sentamos para que se recuperara. Unos periodistas se acercaron a preguntarnos si era una artista de cine. Sin duda les llamó la atención el recibimiento alegre que le hicimos y su buena presencia".

"Nada más llegar -prosigue Pepa-, mientras Icíar recogía las maletas, Montse me contó que había pasado mucho miedo durante el viaje a causa de la tormenta y que había hecho muchos actos de contrición, porque pensaba que se iba a morir de un momento a otro... Luego comenzó a enseñarme todas las fotografías de su familia que traía para enseñárselas al Padre. Al poco rato llegó Icíar y se la presenté.

-¡Ah! ¡Esta es Icíar!, me dijo divertida. Y nos reímos las dos, porque nos acordábamos de que, cuando no se decidía a pedir la admisión en el Opus Dei, porque pensaba que todavía era muy joven, yo le contaba que Icíar, que era por entonces la directora de Villa Sacchetti, se había decidido también muy joven, más o menos a su misma edad.

Desde el aeropuerto nos fuimos a Villa Sacchetti, donde dejamos a Icíar, y de allí nos fuimos a Villa delle Palme, donde residió los pocos días que pasó en Roma. Nos estaban esperando algunas de las que vivían allí. Habían dispuesto una habitación especialmente preparada para ella: era una salita de estar que habían transformado en dormitorio, de forma que no tuviese que subir ninguna escalera. La habitación estaba muy cerca del Oratorio y tenía un baño al lado.

La ayudé a instalarse y me fue enseñando todo lo que traía: las fotografías, los vestidos y los jerseys que le había arreglado su madre, cambiándoles de forma para que parecieran nuevos".

Aquel miércoles le aconsejaron que descansara un poco y se repusiese tras un viaje tan penoso. Encarnita Ortega se desplazó a primera hora de la tarde hasta Villa delle Palme para estar con ella. Después de charlar un rato fueron hasta el Vaticano: a pesar del cansancio no querían que pasara su primer día romano sin ir hasta la Basílica de San Pedro, cumpliendo la ilusión de cualquier peregrino que llega hasta el corazón de la cristiandad. "Rezamos el Credo. Hicimos el recorrido habitual que suele hacerse. Recuerdo que ante la imagen de San Pedro le pedimos el 'gancho' que él había tenido para convertir a tres mil en su primer sermón". Fue una visita breve, pero intensa, en la que Montse rezó especialmente por la Iglesia y por el Papa. A la vuelta, estaba exultante.

"Al día siguiente -cuenta Pepa- jueves, a las diez y media de la mañana, llegamos a Villa Sacchetti, donde la recibió el Padre".

Montse quiso ponerse para la ocasión sus mejores galas: "llevaba zapatos de tacón -cuenta Encarnita-, aunque por su enfermedad le suponía esfuerzo, y estrenaba un jersey azul pálido que le favorecía mucho".

"El Padre -prosigue Encarnita- le preguntó por el viaje, por sus padres y hermanos. Le agradeció los dos ejemplares de 'Camino' que le había encuadernado... También le preguntó qué había visto de Roma y qué le habíamos enseñado de la casa Central. Le dijo que pidiera a Dios la salud, porque la salud es una cosa buena, y que le prometiera que si se la concedía, sería siempre fiel. Pero que añadiera que aceptaba plenamente su Voluntad".

"El Padre -cuenta Manolita- le dijo que él quería que se curara y que rezaría para que se pusiese buena, aunque aceptaba en todo la Voluntad de Dios. Y eso mismo se lo volvió a decir aquella mañana por teléfono a Encarnita. Quería -y le insistió mucho en esto- que Montse supiera que él deseaba con toda su alma que se curase... En la sala de sesiones de la Asesoría le regaló un rosario, una estampa y una medalla. Y quiso hacerse esta fotografía, con ella, en lo que llaman la Galleria del Torreone, junto con don Álvaro. A su derecha en la foto está Icíar y a su izquierda, mirando al Padre, Encarnita".

"Después de hacer la fotografía -prosigue Encarnita-, pasamos al comedor de la Villa, que está muy cerca de la galería. El Padre se puso las gafas de sol para ocultar lo emocionado que estaba, y dijo que iba a darle la bendición".

Esa emoción es fácilmente comprensible. ¡Le habían hablado tanto de esta hija suya, de su fidelidad al espíritu del Opus Dei, y del modo heroico con el que soportaba los sufrimientos de su enfermedad!

Debió ser conmovedor y muy duro al mismo tiempo para san Josemaría el encuentro con aquella chica joven de diecisiete años, a la que Dios se quería llevar ¡tan pronto! Dios se había llevado también en la plenitud de la vida a algunos de los primeros del Opus Dei, como María Ignacia, Isidoro... Hacía poco tiempo se había llevado a su hermana Carmen. Pero Dios sabía más.

El Padre -cuenta Encarnita- dijo que iba a darle la bendición. Montse hizo ademán de arrodillarse y el Padre no se lo consintió. Le puso las manos sobre su cabeza y después le hizo la señal de la Cruz en la frente y le ayudó a besarle la mano"

Cuando le dio la bendición san Josemaría le dijo:

-Molestias, hija mía, las tienes y las tendrás, pero tú ofrece éstas por tus padres, por tus hermanas, por la Obra y por mí.

Y añadió:

-Tú pide al Señor que se cumpla su Voluntad, pero que si Él quiere, puedas ponerte bien. Y prométele que desde ahora serás siempre muy fiel.

"Al marcharse -concluye Encarnita- se volvió desde la puerta y estuvo unos segundos mirando entrañablemente y con inmenso cariño a esa hija suya".

Anterior - Siguiente