Andrés Framis, un amigo de Montse Grases




Veranos en Seva de Montse con su pandilla de amigos

Los Grases veraneaban en Seva, en Villa Josefa, que era un gran caserón de pueblo; y si no tuviera aquel remate de cerámica sobre la puerta con la inscripción "Any 1906", en el más puro estilo del modernismo catalán, parecería un edificio italiano, con sus puertas de madera roja, sus paredes de color ocre y aquel balcón de hierro torneado al que se asomaban los niños por las tardes.

Después de la comida, salpicada de bromas y risas entre unos y otros, los pequeños Grases se quedaban charlando en el jardín, sentados en unas grandes y escurridizas hamacas de lona.

¡Qué bien se estaba allí, bajo la copa del tilo y las acacias, junto a aquel gran medallón de lirios que Manolita protegía a duras penas de las incursiones de sus hijos!

"Procurábamos dar un sentido cristiano a aquellos meses de verano -comenta Manolita-: vivíamos las costumbres de cualquier familia cristiana, y hacíamos todo lo posible para que los chicos no estuviesen sin hacer nada: ya se sabe; esos momentos de ociosidad inútil 'con los sentidos despiertos y el alma dormida' son el gran enemigo de las vacaciones. Les estimulábamos a leer, a hacer deporte, a conocer nuevos amigos..."

Poco a poco, verano tras verano, habían hecho bastantes amistades en el pueblo. Algunos de un modo insospechado. Un día, mientras Manuel proyectaba una película en el jardín, asomaron su pequeña nariz por entre los barrotes de la verja de entrada los hijos de los Framis. "¿Queréis entrar...?" -"Bueno...", dijeron con bastante decisión, porque aquel cine familiar con programación libre, era mucho mejor que el cine de verano de la parroquia. Y además, ¡no había que aguantar el No-Do, ni pagar entrada!

Después de la tertulia familiar, los más pequeños se iban a corretear de nuevo con las bicicletas por el campo. Los mayores unas veces subían hasta El Brull y otras se paseaban por Seva y se reunían en lo que entre ellos llamaban "el casino", como habían bautizado al garaje de una casa particular: la de los Galilea.

El señor Galilea -alto, bondadoso, con cierto aire patriarcal- había instalado allí, para ellos, un ping-pong, un lugar para escuchar música y unas cestas de baloncesto en el jardín.

"Unas veces íbamos todos juntos -recuerda Andrés Framis-, pero las más, separados. Y pasaba lo que suele suceder en las pandillas de chicos de trece o catorce años: que aunque íbamos en grupo, las chicas iban por su cuenta y los chicos formábamos rancho aparte".

Montse era especialmente amiga de María Luisa Xiol, una chica alta, simpática y muy buena deportista, que era sólo veinte días mayor que ella.

Sus madres eran también muy amigas entre sí: se habían conocido años antes, siendo aún solteras, y esa amistad se había intensificado con los años al coincidir en Seva con sus respectivas familias numerosas.

Muchas tardes se veía a Montse y María Luisa dando vueltas por Seva, aunque, la verdad sea dicha, Seva no necesitaba muchas vueltas: con dos o tres bastaban para conocerse de memoria las esquinas, las ventanas y las casas de aquel pueblo como la palma de la mano: la iglesia, la plaza donde se bailaban sardanas, la panadería, las serrerías, las tahonas, el Ayuntamiento, las casas de grandes piedras rojizas y ladrillo visto, y los postes indicadores en la esquina de la carretera: Montseny a 24 Km. El Brull a 3,5 Km. Y Palautordera a 34 Km.

Allí, en Palautordera, estaba aquella imagen de la Virgen a la que cantaban los montañeros:

Santa Maria

Mare de Deu

Palautordera

mon cor es teu

Montseny empara

tanta verdor

i els camps prepara

per la tardor...

"Montseny empara tanta verdor..." El Montseny amparaba también un edificio que se veía a lo lejos, semioculto entre las encinas. Era un sanatorio, "y allí -le contaba su padre a Montse- fue donde conocí yo a tu madre. Te voy a contar como fue. Resulta que cuando me vine de Suiza..."

Realmente Seva era un pueblo pequeño, pero ¡qué bien se estaba allí en verano! Se podía hacer de todo: combates de indios por el bosque o buscar "bolets" (setas).

"O íbamos -como recuerda María Luisa- al 'prado dels Sords' y desde las diez hasta las dos jugábamos infatigablemente, con sus hermanos Enrique, Jorge y mi hermana Ana, y otros veraneantes y del pueblo, a 'pichi' -una especie de base-ball rudimentario-. Montse y Enrique eran los capitanes de los dos equipos, y siempre terminaban con peleas, y todos enfadados (...), aunque luego todo se olvidaba enseguida".

"Organizábamos muchas excursiones con ellos -recuerda Manuel-, porque ya se sabe que la tentación, en verano, es quitarse los niños de encima...

A veces tomábamos las bicicletas, las subíamos en el tren y nos bajábamos en Centellas, un pueblo cercano, y desde allí, pedaleando, pedaleando, llegábamos a San Quirce de Safaja donde nos bañábamos en sus 'gorgs', con un agua bastante más limpia que la del Gurri.... Y se lo pasaban bien, tal como se ve en ésta fotografía".

 


Regresar a la página de inicio