El camino de Montse Grases

 


 

 

"En poquísimo tiempo -comenta Rosa Pantaleoni-, maduró humana y espiritualmente muchísimo. Tenía una vida interior que se palpaba...

Yo lo notaba en todo. Hasta tal punto que, durante el último mes, iba apuntando todo lo que decía y cuando llegaba a mi casa me lo llevaba a la oración, porque aquellas cosas me ayudaban mucho a tratar al Señor..."

"Yo al principio, como era mayor que ella, en edad y en tiempo en el Opus Dei, me consideraba como más 'preparada' y, en fin, todas esas tonterías que piensas... hasta que me di cuenta de la intimidad profundísima que Montse tenía con el Señor...

Sin embargo, seguía comportándose como siempre; no apabullaba: no te sentías incómoda a su lado, no. Yo nunca me sentí como abrumada por su vida interior; al contrario: me comunicaba ese amor de Dios. A su lado, notaba que ella estaba muy cerca, muy cerca, de Dios y que eso me acercaba a Dios a mí...

Era algo parecido a lo que me sucedió cuando conocí al Padre por primera vez...

Fue muy importante para mí el haberla conocido. Comprendí por qué Dios me había dado esta enfermedad que padezco, y por qué me daba también la gracia de conocer a una persona como ella, que era como yo he pensado siempre que debemos ser las personas del Opus Dei... Era tan humana, tan sobrenatural, y sabía compaginar las dos cosas con tanto salero...

Vivía una unidad de vida tan fuerte... En realidad, lo humano y lo espiritual en ella no eran dos cosas, sino una sola. Pero estaban tan unidas, que no sabías si era la una o era la otra...

No sé como explicarlo: sus palabras me ayudaban a rezar más que una meditación o la homilía de un sacerdote... Cuando le oía decir aquella oración del comienzo: 'Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí; que me ves y que me oyes...', tenía la certeza de que Dios estaba allí, entre nosotras, que nos veía y nos oía..."

 


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