Rosa Pantaleon¡ y Montse Grases, su gran amiga

 


No os dejaré nunca

 

"Hijina, da gusto hablarte del Cielo -le dijo un día su madre a Montse-, porque así te veo sonreír".

Era verdad. Se sentía feliz al pensar que el Cielo estaba cada vez más cerca. Y se lo decía a todo el mundo: a sus amigas, a sus hermanos, a Lía:

-"Nadie lo creería, pero estoy muy contenta".

-"Pues nada Montse -le animaba Lía-, un poco más de paciencia y a disfrutar para siempre".

¡Para siempre! Aquella palabra de ecos teresianos -así animó la Santa de Avila a su hermano cuando salieron a escondidas por la Puerta del Adaja, "a que los descabezasen los moros"-, le daba ánimos y fuerzas: ¡Para siempre!

-"Jorge, ¿te das cuenta? -le comentaba a su hermano- Feliz, feliz para siempre, recuérdalo, ¡para siempre!"

No era un "para siempre" egoísta. "Os aseguro -repetía- que desde el Cielo os ayudaré mucho; no os dejaré nunca".

Pero, en la tierra -le recordaban- ¡aún podía hacer tanto! Esa seguridad la llevó a "la sed de padecer" de las almas santas, y a una confianza filial basada en que, si Dios le daba la carga, El le daría la fuerza...

 

Qué desgrasia

 

Cada vez venían a verla más familiares, amigos y conocidos. "Un día vino un sacerdote muy mayor a verla -sigue contando Rosa-. Era un hombre muy bueno, pero estaba muy viejecito".

"Era don Jeroni Viñolas -precisa Manuel Grases- el capellán de las monjas Josefinas de la calle Ganduxer, que era muy amigo de nuestra familia y quería mucho a Montse".

"...y cuando llegó -prosigue Rosa- y la vio en aquella situación le dijo, muy compungido, medio en catalán, medio en castellano:

-Hija mía, qué 'desgrasia'; que a mis años haya tenido que verte con cáncer y saber que te vas a morir...

Al oírle decir esto nos moríamos de risa las dos; a Montse estas cosas no le afectaban nada; al revés...

-...qué 'desgrasia', Montse -seguía don Jeroni -, con lo que te conozco de toda la vida...

Estaba muy mayor, muy mayor y no sabía cómo decirle lo apenado que estaba por verla así. Y seguía: "pero qué 'desgrasia', hija mía, con lo joven que eres"...

En ese preciso momento me llamaron por teléfono, y me tuve que levantar... ¡Ay, cuando me vio...! Se echó las manos a la cabeza y me dijo:

-¡Y esta otra! ¡Ay qué otra 'desgrasia', madre mía!

Al escuchar esto, no nos pudimos contener la risa, y ante la sorpresa del bueno del cura, nos echamos a reír las dos.

Y se marchó, pobrecito, entristecido de ver a Montse así y de verme a mí andar así, lamentándose de que él, a su edad, hubiese tenido que contemplar, juntas, aquellas 'dos desgrasias'..."

"No había nada en este sentido que la alterase -sigue contando Rosa-" (...). Se despreocupaba de su enfermedad: pensaba siempre en el apostolado; por eso, lo que más sentía era no poder ir a Llar con más frecuencia, ni poder asistir a la meditación que daba el sacerdote, ni estar con las chicas, ni hacer apostolado con ellas...

Yo le decía: 'chica, tú ahora piensa en tu pierna, piensa en ti'. Pero no me hacía ni caso. Ella quería continuar... en pie de guerra.

Y estuvo, hasta el último momento, en pie de guerra. Nunca... ¡nunca! bajó la bandera. Nunca se rindió. Como en aquella película de Errol Flyn, 'Murieron con las botas puestas'... Ella igual; hasta el último momento estuvo rezando, luchando, riendo..."

 


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