Una mujer chilena habla sobre Montse

 


Seis acordes

"Le costaba comer cada vez más -recuerda María Gambús- y la animábamos pidiéndole que ofreciera cada cucharada por el Señor. '¿Verdad, Monsina, que lo probarás? -le dijo su madre en una ocasión-, por lo que tú ya sabes...'.

Montse le contestó que sí, y tomó un poco de sopa, y algo más. Pero de repente lo devolvió todo, dando la sensación de que pasaba muy mal rato. Entonces levantó los ojos al cielo, y dijo: '¿por qué ahora, Señor?', como diciendo: 'si te lo ofrecía a Ti...'"

"Luego, cuando se reponía, pedía que cantáramos -sigue contando Rosa-. Y había una canción que le gustaba mucho:

Recuerdo aquella vez

que yo te conocí,

recuerdo aquella tarde

pero no recuerdo

ni cómo te vi...

Pero sí te diré,

que yo me enamoreeé...

Y cuando llegaba a aquello de: 'Alma para conquistarte, corazón para quererte...', me decía en voz bajita, para que la cantáramos 'a lo divino', como nos había enseñado el Padre:

-Rosa: mayúscula, mayúscula...

Y seguíamos cantando:

 

Alma para conquistar Te,

corazón para querer Te...

y Vida para vivirla

junto a Ti...

Y Vida para vivirla junto a Ti... Me dijo que le gustaría poder acompañar todas estas canciones con la guitarra. ¡Total, eran seis acordes...! Yo pensaba que no lo iba a conseguir, porque en la cama, ¡es muy difícil aprender a tocar la guitarra...!

Sin embargo, a pesar de que yo no me lo creía, aprendió. Y a raíz de esto se metía mucho conmigo.

-¡He aprendido, eh..!, me decía.

-¡Claro!, le contestaba yo. ¡Como que me tienes a mí, que soy una magnífica profesora!

-¿Tuuú? ¡Si tú sólo te sabes seis acordes!

(Es verdad, sólo me sabía seis acordes...)

Era así, muy natural, muy espontánea. No tenía doblez. Nunca en la vida me dio un poco de... de coba, ¡nunca! No era nada melosa: no me decía: '¡Ay sí, Rosa! ¡Qué bien me has enseñado!'.

No; no me decía nada para que yo me pusiese colorada y apabullada. Todo lo contrario: se metía conmigo: 'Pero Rosa, ¿no te sabes más? ¿Sólo te sabes esos seis acordes?'. Entonces yo hacía como que me enfadaba:

-Bueno, chica: serán sólo seis..., ¡pero te los he enseñado!

La verdad es que aprendió enseguida y fue una alumna muy aventajada. Pero yo tampoco se lo dije. Al revés, cuando se equivocaba en una nota, la regañaba: 'Chica, otra vez... pareces tonta...'

Y así, con estas tonterías, nos lo pasábamos tan bien.

Ahora lo pienso y me parece imposible aquello. No sé cómo pude pasar tantos momentos duros a su lado y ser las dos tan felices. Quizá es que a su lado aprendí, con el ejemplo de su vida, lo que nos enseñaba nuestro Fundador: que lo que verdaderamente hace desgraciada a una persona es el intento de quitar la Cruz de su vida y que encontrar la Cruz es encontrar a Cristo, el Amor...

A su lado aprendí a querer..., ya sé que no es la palabra adecuada, pero no encuentro otra: pero yo aprendí a querer su enfermedad. Y la mía...

A ella le daba mucha pena no poderse levantar para ayudarme a andar... Me decía: 'Mira Rosa: todo el mundo te ayuda muy bien, estupendamente bien; todos lo hacen con cariño; pero a mí... ¡me hacía tanta ilusión ayudarte!'"

 

 


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