Montse Grases: sus últimos días


 


Una conspiración de silencio

En situaciones como ésas no se sabe qué hacer. Es difícil "saber estar" con una persona que se va a morir pronto. Y con frecuencia se recurre a una "conspiración de silencio" sobre el tema en cuestión. Se habla en voz baja, hay gestos velados, se evitan alusiones...

Balbina, la señora que ayudaba a Manolita en las tareas domésticas, una vez enterada de lo que pasaba, hacía cumplir en casa de los Grases esta "conspiración de silencio" a rajatabla. Aunque a Montse todo esto no sólo no le importaba, sino que le divertía. "Recuerdo que en una ocasión estaba lavando sus medias y las mías -cuenta su madre- y Montse me dijo: 'Mamá, Balbina estaba hace un rato apuradísima, porque ha entrado Ignacio contando que al padre de un compañero suyo le han operado ya tres veces de cáncer, y le ha dicho: ¡Cucha! ¡De eso no se habla aquí! -¡Cucha -le ha dicho Ignacio-, qué ocurrencia! -¡Que te calles!, le ha contestado... Ahora Balbina me quiere más, porque debe pensar: como ésta va a durar poco... Mira, éstas son tus medias y éstas son las mías, no las confundas'. Todo esto lo dijo de un tirón, mientras colgaba las medias del aro de la ducha..."

Esa despreocupación no era fruto de la inconsciencia. Montse no era una frívola: todo lo contrario. Sabía perfectamente que le quedaban "cuatro días"; lo había dicho ella misma. Y vivía con la misma serenidad que si le quedaran cuarenta: estudiaba, rezaba, ayudaba en casa, salía con sus amigas...

O mejor dicho, precisamente porque sabía que le quedaban cuatro días, quería vivirlos fiel a su vocación, del modo como Dios esperaba que ella los viviera. Y todo, sin darle importancia: "Cualquier otra en mi lugar y con mis años y perteneciendo al Opus Dei haría lo mismo", le comentaba a su madre.

Sin darle importancia, pase; pero que no se quejase cuando se veía perfectamente en su rostro que le dolía... Eso, Encarna Ramos, una señora que había ayudado a su madre años atrás en algunas tareas de la casa, y conocía a Montse desde los siete años, no lo podía entender. La veía sufrir, y mucho. Y cuenta Encarna: "Frecuentemente me decía Montse cuando yo le ponderaba sus sufrimientos":

-"Para ir a Dios y con Dios no he sufrido todavía bastante. He de sufrir más".

Estas reacciones no sólo desconcertaban a Encarna. Jorge Suriol no salía tampoco de su asombro. Porque Montse seguía participando en los acontecimientos de la vida familiar como siempre. En esta fotografía se la ve con su madre, su abuela y la prima Angelines, a la salida de Misa del domingo.

Aparentemente, nada había cambiado... Muchos domingos por la tarde seguía yendo a casa de los Suriol y "se metía con todo el mundo -cuenta Jorge- siempre en plan de broma, y aquello me gustaba muchísimo.

Y esa alegría me dejaba muy sorprendido. Lo mismo que su discreción... porque no escondía su enfermedad, pero no manifestaba lo que le estaba pasando. Y yo sabía, por mi familia, lo que tenía en su pierna... y realmente, me impresionaba ver que no lo manifestase.

A mí su ejemplo me ayudó mucho, en la medida en que yo me dejaba, claro, porque en aquel tiempo yo alimentaba un espíritu crítico muy fuerte en contra de la Obra, a causa de la imagen deformada que tenía de ella. Y no me paraba en barras: les decía en la cara, tanto a mi hermana como a Montse, todo lo que pensaba de su modo de actuar y les hacía todo tipo de bromas molestas sobre el Opus Dei, y sobre el apostolado que hacían...

Tuvieron que pasar algunos años hasta que en 1963 entendí el Opus Dei gracias a un encuentro que tuve con el Fundador, y Dios me diese la vocación. Pero en aquellos finales de los cincuenta, yo tenía una imagen muy negativa de la Obra. Con una sola excepción: Montse. Ella era la única que dulcificaba esa imagen...

Yo era un chico joven, preocupado sólo por esas cosas que te suelen interesar a esas edades, en la que te encuentras en la plenitud de las fuerzas físicas... y no acababa de valorar la profundidad de los sentimientos de Montse, ni los comprendía desde una perspectiva sobrenatural, porque yo no la tenía. Por eso, su comportamiento me dejaba completamente desconcertado.

Cuando se iba de casa pensaba para mí: 'Chico, no lo entiendo: que tenga la pierna podrida, que lo sepa perfectamente y que siga actuando como siempre, sin ponerse triste... verdaderamente no lo entiendo'".

"Es verdad -concluye Rosa-, nunca estuvo triste. Siguió tan simpática como siempre y no perdió nunca su gran sentido del humor. Le sacaba punto a todo y tenía siempre la anécdota a flor de piel. A mí siempre me hacía reír..."

 

 


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