Montse, una chica deportista

 


Algunos párrafos de la biografía de Montse Grases

QUE BIEN SE ESTABA EN CALELLA!

 

Calella era entonces -no se había producido aún el "boom" turístico de los años sesenta- una pequeña población de la costa catalana. Allí pasaron unas semanas los Grases, en el verano del 56, con motivo de un intercambio de casas con una familia que buscaba en Seva el aire del Montseny para un hijo que se encontraba convaleciente.

Calella no tenía el Matagalls, ni el aire del Montseny, ni la tranquilidad de Villa Josefa, pero tenía una playa de "aquí te espero". Y esperando las olas, entre risas y gritos, se pasaban el día -y si los hubieran dejado, parte de la noche, los pequeños Grases, que ya eran nueve: el 8 de febrero de ese año había nacido otro chico, Rafael.

¡Qué bien se estaba en Calella! Chapuzón tras chapuzón, chapoteando entre las calabazas y los corchos, las horas se pasaban volando; y aterrizaban de pronto en la fatídica hora de la comida, que marcaba el fin del baño y la llegada de la tortilla con arena -o de arena con tortilla en el peor de los casos- y de la tertulia bajo la sombrilla.

Y siempre había tiempo para hacerse una fotografía divertida con los amigos:

Después de la comida venían las consabidas recomendaciones de las tres y media:

-"Ahora, a estarse quietos debajo del toldo, no vayáis a coger una insolación..."

-"¿No nos podemos bañar?"

-"¡Cómo os vais a bañar después de comer! ¿No veis que os puede dar un corte de digestión?"

-"Mamá -preguntaba uno de los pequeños-, ¿qué es un corte de digestión?"

¡Pero qué bien se estaba en Calella! "En aquel tiempo -recuerda Manuel Grases- no solía haber nada en el ambiente de la playa que ofendiera la sensibilidad cristiana. Si no, no hubiéramos ido allí, porque no tiene sentido que unos padres cristianos, con la falsa excusa del descanso, pongan a sus hijos en ocasión próxima de ofender a Dios".

Aquellos días de playa sólo tenían un inconveniente: que se acababan. Y antes de irse de Calella se hicieron varias fotografías, como ésta:

Montse estaba convaleciente todavía y tuvo que seguir durante algún tiempo desde la arena los juegos de sus hermanos. "Tenía un traje de baño decente, muy bonito", recuerda su padre. Y vivía la modestia con sencillez, sin llamar la atención.

Aunque, la verdad sea dicha, a ella no le importaba llamar la atención en los pequeños detalles de pudor. No se dejaba llevar por los respetos humanos. "Era limpia de corazón y tenía una gran pureza", recuerda María Luisa. Por eso, aunque su traje de baño era algo diferente -más modesto, más pudoroso- que el de algunas chicas, "lo llevó siempre -anota su padre- con el mayor gusto y naturalidad".

Montse había entendido el profundo sentido de la naturalidad cristiana, que no puede entenderse como un mero "ser como los demás". Cuando tuvo que ir contra corriente, supo hacer realidad en su propia vida aquel punto de "Camino": "'Y en un ambiente paganizado o pagano, al chocar este ambiente con mi vida, no parecerá postiza mi naturalidad?', me preguntas. -Y te contesto: Chocará sin duda, la vida tuya con la de ellos: y ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido".

Montse no vivió nunca en un ambiente "paganizado o pagano", pero sí en un ambiente en el que existían -como hoy, como ayer- los respetos humanos.

En ese ambiente vivió su cristianismo como pedía el Fundador del Opus Dei: "espontáneamente, sin rarezas, ni ñoñerías", y sin llamar ñoñerías a lo que es ofensa a Dios, disfrazando el pecado con la falsa excusa de la "naturalidad". En Llar le habían enseñado a custodiar la virtud de la Santa Pureza luchando muy lejos de los puntos capitales: en los pequeños detalles de pudor y modestia que las salvaguardan.

Y vivió esa virtud con decisión y con sencillez.

Esa virtud de la sencillez presidía todo su comportamiento. "Hace tiempo, cuando me preguntaban -comenta su madre- cómo era Montse de jovencita. '¿Se la veía ya extraordinaria?', solía responder:'¡No!' Porque no sabía a lo que se referían...

Pero ahora digo '¡Sí!' Porque lo extraordinario es precisamente eso: ser clara, sencilla, transparente y sin doblez. Así fue a lo largo de toda su vida. Me acuerdo de que una chica tenía la particularidad de que, en cuanto se les acercaba un chico, dejaba a Montse en una situación desairada. Le daba la espalda, poco menos como si no la conociera. Y esto se lo hacía en cuantas ocasiones se le presentaban.

Un día me vino casi llorando y me dijo: 'Es que no sé por qué me hace esto, mamá'. Ella no se lo podía explicar. De esas dobleces de carácter no tenía ni idea. ¿Valía la pena explicárselo? Yo creo que no. Por eso le dije:

-Mira, es que ella es así.

No hubo protestas, ni críticas por el comportamiento de aquella chica. Sólo el silencio".

El silencio: si hay algo elocuente en la vida de Montse son sus silencios, sobre todo a la hora de obedecer: "era muy obediente", recuerda María Luisa. Esos silencios -especialmente cuando uno lleva la razón- revelan una gran humildad y una fuerte personalidad humana, que se ponían de manifiesto en las situaciones más diversas. Por ejemplo, aquella noche de agosto, en Seva...

"Se había ido con unos cuantos de excursión -recuerda Manolita- y se hizo tardísimo en la noche y no regresaban...

Todas las familias estábamos muy inquietas y cuando llegaron, como a mí aquello me había parecido una falta de responsabilidad, la castigué y le dije que no haría en el resto del verano más excursiones sola con sus amigas.

Ahora casi me sofoco -y sin casi- cuando lo pienso, sobre todo porque la culpa del retraso no la tuvo ella; pero su reacción fue ejemplar. Nunca me dio una mala contestación, ni un desplante, ni un desaire. Cuando una cosa le dolía, como aquello, lo único que hacía era ponerse muy seria, bajar los ojos y nada más. Y eso fue lo que hizo..."

 

 


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