El alcalde de Seva habla sobre Montse


 


Algunos párrafos de la biografía de Montse Grases

La iglesia de Santa María, en Seva

Habitualmente, al finalizar estas excursiones veraniegas bajaban a hacer una visita al Santísimo en la iglesia de Santa María de Seva.

Es una iglesia del siglo XI, con buen retablo barroco, regalo de los monjes de Montserrat como agradecimiento a que el Abad pudiera haber salvado la vida en aquel pueblo durante la guerra civil.

En el centro del retablo se venera una imagen de la Asunción de la Virgen: allí había subido Montse algunas veces de pequeña, para besar la imagen, con cierto susto porque había que acceder hasta el camarín por unas escaleras empinadas y oscuras.

El retablo tiene un remate simpático: a cada lado del cuadro que representa la genealogía de la Virgen, dos ángeles orondos y mofletudos sonríen a los fieles tocando la guitarra. No el laúd, ni los timbales, ni el arpa, no: la españolísima guitarra.

A la izquierda de la nave se veía la capilla del Santísimo; y a la derecha una capilla dedicada a San Isidro, con dos instrumentos alusivos al Santo en la base del altar: una pala y un rastrillo.

La iglesia cuenta con una gran inscripción -ASSUMPTA EST MARIA IN COELUM- y unos santos en sus hornacinas que responden a los nombres de Salutor, Teodosio y Avagrio. Nadie sabía en el pueblo a ciencia cierta quiénes eran estos santos, salvo el párroco, que aseguraba que eran los copatronos de aquella localidad.

El Reverendo Cura Párroco de Seva y Arcipreste de la comarca, era Mosén Garolera, un sacerdote muy mayor, alto, delgado, enjuto, doctor en Teología, catalán de pura cepa y hombre serio y grave. Estaba ya bastante entrado en años y solía cruzar lentamente la plaza de la iglesia, a pasitos cortos, apoyado en su bastón.

Allí se lo encontró un día Manolita:

-"Qué tal, Mosén, ¿qué tal está usted?"

-"Bé -le contestó sentencioso-. Estic bé. Aprenén l'ofici de vell. ¡Es molt difícil eh!, però s'ha d'aprendre..."

Aunque estuviese aprendiendo el "duro oficio de viejo", Mosén Garolera guardaba un gran afecto por aquel grupo de jóvenes veraneantes y los quería mucho. Tanto que no tenía inconveniente, cuando se iban de excursión, en darse un madrugón y levantarse al alba para darles la comunión antes de salir.

Aquellas excursiones estaban moderadas, muy a pesar de los precoces montañeros, por la prudencia familiar. Si a ellos los dejaran... irían a Les Agudes, y ¡al Everest! Bueno, al Everest quizá no, pero a Les Agudes sí...

En aquel año de 1955 los aprendices de "sherpa" consideraban que ya tenían edad para subir a les Agudes. Pero sus padres no compartían su opinión. Deberían conformarse con el Matagalls. "Cuando seáis mayores -se oía en casa de los Grases, de los Xiol, de los Ferrater- ya os dejaremos ir". Habría que esperar.

Mientras tanto, unos días se bañaban en el Gurri; otros se iban de excursión; lo que no solía fallar era la misa matutina. "Solíamos ir todos los del grupo a Misa por las mañanas -recuerda Enrique-, porque las vacaciones no significaban ninguna ruptura en la vida cristiana que llevábamos durante el curso".

"Y al acabar -continúa María Luisa Xiol- nos quedábamos en la puerta de la iglesia, haciendo un rato de tertulia: era lo que llamábamos la 'sobremisa'".

Aquella tertulia entre amigos comenzaba en las escalinatas de piedra rojiza de la entrada de la iglesia; pero el frío del Montseny bajaba traicionero a esas horas de la mañana y se iban desplazando lentamente, dando un recodo por el carrer de Dalt, junto a las paredes blancas del Ayuntamiento, hasta el refugio caliente de la panadería, donde les esperaba Ramona, tras el mostrador, vendiendo panes y bollos para el desayuno.

Luego solían acercarse a Villa Josefa, o se iban todos por la carretera, hasta la casa de los Maqueda o de los Galilea, con su gran jardín y su alta chimenea. O se quedaban charlando junto a la casa de los Xiol, con su fachada presidida por una imagen de San José.

Era verano: no había prisa...

 

 


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