Pilar Rossinyol habla sobre Montse

 


Algunos párrafos de la biografía de Montse Grases "La alegría de la entrega"

20 DE JULIO DE 1958. LO QUE TU QUIERAS

"Esta mañana en Misa -se lee en el Diario, el 10 de julio, escrito por Lía, la directora del centro del Opus Dei al que acudía Montse- nos hemos acordado de una forma especial de Montse. Hoy cumple 17 años (...). Hemos pensado que quizá precisamente por eso el Señor la quiere para El. Se había entregado ya, y qué mayor entrega esa de darle lo mejor: nuestra vida, nuestras ilusiones. Podría, sí, haber trabajado mucho... pero pensamos que desde el Cielo nos ayudará mucho más".

Eran las mismas palabras que había dicho San Josemaría, veinticuatro años antes, hablando de María Ignacia García Escobar, una de las primeras mujeres del Opus Dei

María Ignacia y Montse: dos mujeres a las que Dios llamó a su lado en el comienzo de su vocación al Opus Dei. No sabemos si Montse supo mucho de María Ignacia: quizá alguna referencia lejana cuando en las tertulias de Llar se hablase de la historia de la Obra.

Sin embargo hubo entre ellas una honda sintonía espiritual: las dos supieron vivir cara a Dios en la salud y en la enfermedad, "sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte", como enseñaba el Fundador.

En Llar celebraron el cumpleaños de Montse con bromas y canciones. "Rosamaría Pantaleoni y Carmen Salgado han venido pronto para hacerle un 'mural' -cuenta Lía en el Diario-. Le preparamos con gran cariño una pequeña sorpresa para la tarde. Después de salir del médico la traerán aquí y haremos todas juntas la tertulia..."

¡Diecisiete años! El tiempo pasaba y sus padres convinieron con Lía que había que irla preparando para la muerte... Había que decirle claramente la realidad de su situación. Porque le quedaban pocos meses de vida, ¡y ella seguía hablando de que al año siguiente haría esto y lo otro...!

Sí. Había que decírselo. Ya.

Qué sencillamente se dice esta frase: "Había que decírselo. Ya". ¿Pero cómo? ¿Cómo dar esa noticia -que resulta tan difícil, incluso a personas de mucha edad- a una chica que sentía bullir su vida joven dentro de la piel?

Lía lo intentó de nuevo. Ahora, a medida que iban transcurriendo las sesiones de radioterapia, Montse se encontraba mucho mejor. Las sesiones fueron aumentando de duración al principio, y luego decreciendo progresivamente. Ahora duraban pocos minutos. Este era el momento. El 18 de julio, viernes, antes de irse a Seva con sus padres, estuvieron charlando en Llar. "Quizá sea más fácil de lo que suponemos. Quizá se lo imagina todo -pensó Lía- y no se atreve a decírnoslo..."

Estuvieron charlando de varias cosas. No sabía cómo comenzar. Al fin le comentó:

-"Montse, tú sabes que Tía Carmen, antes de morir, sufrió mucho y tenía una enfermedad como la tuya...

-¿De qué murió tía Carmen?

-De cáncer".

Miró a Montse a los ojos. En ese momento -un segundo tan sólo- se dio perfecta cuenta de que no se había imaginado nada.

-"Sí, pero yo no tengo cáncer..."

Se fue de nuevo a Seva con sus padres. Allí les preguntó qué enfermedad tenía realmente. ¿Qué le habría querido decir Lía? Pero en Seva, rodeados de niños y de amigos no se podía hablar con calma. Había que estar pendiente del pequeño, de las gemelas y de que los chicos no hicieran ninguna travesura...

"Quedamos -recuerda su madre- en que se lo diríamos cuando regresásemos de Seva y pudiésemos charlar los tres solos, con más tranquilidad..."

El domingo por la tarde se volvieron a Barcelona. Habitualmente subían a Seva en el coche del Sr. Maqueda o, algunas veces, en el del Sr. Brosa -que veraneaba muy cerca, en Taradell-, amigos de sus padres.

"Pero aquel fin de semana -comenta su madre- Brosa nos mandó un recado diciéndonos que no podía bajar y tuvimos que tomar un tren de regreso que venía lleno. Manuel logró que Montse se sentara en el pasillo del tren, en uno de esos banquillos para los revisores. Pero había tanta gente que encontrábamos mucha dificultad para que apoyase la pierna... ¡Qué cosas pasan a veces más terribles! No nos íbamos a poner a explicar a todo el mundo lo que le pasaba... Habría sufrido mucho más... Y de aquella forma tan penosa hicimos el viaje".

Arribaron a Barcelona muy tarde porque el tren iba con retraso. La ciudad estaba sumida en el silencio caluroso del verano.

Abrieron la puerta de la casa. Sonó una campanada en el reloj del salón. Las doce y media de la noche... Empezaron a hacer los preparativos para acostarse.

"Entonces -recuerda su madre- vino Montse y me dijo:

-Bueno, mamá, ¿me vais a decir lo que tengo?

-Pero Montse -le dije-, ¿a esta hora, tan tarde...?

-Sí, sí, de hoy no pasa: me decís ahora mismo lo que tengo.

Comprendí que ya no podíamos retrasarlo más. Entonces Manuel se lo explicó todo, muy concreto, muy claro, sin disfrazar las palabras:

-Montse, tienes un cáncer. Un sarcoma de Ewing.

Se quedó un momento parada, y preguntó:

-¿Y si me cortaran la pierna?

Manuel le dijo que ya había habido una consulta concreta sobre ese particular: se habían considerado todos los aspectos, y no era conveniente; no existía esa posibilidad; no podía ser...

Entonces ella hizo un gesto, un mohín, como diciendo: 'qué lástima'...

Fue un mohín nada más, un mohín muy gracioso me pareció a mí, después de decirle aquello, pobrina, que era tremendo... Y se salió del cuarto y se fue para la habitación.

Allí la vi cómo se arrodillaba a los pies de la Virgen de Montserrat y se ponía a rezar.

Luego se sentó y estuvo haciendo brevemente el examen de conciencia. Rezó de rodillas las tres avemarías y se metió en la cama. Entonces le dije a Manuel: 'me voy con ella'. Me parecía imposible que después de decirle una cosa así pudiese dormir...

Llegue a su cuarto y la empujé un poquito para que me hiciera sitio, y me dijo:

-¿Qué haces, mamá?

-Pues mira, dormir contigo.

-¡Ay, que suerte!, me contestó, en un tono jovial...

Ella apoyó la cabeza sobre mi hombro y al cabo de unos instantes, sólo unos instantes, vi que respiraba profundamente... Me di cuenta de que se había dormido.

Me cercioré bien y me marché. Y eso fue todo.

...Todo no, porque luego supe que al arrodillarse delante de la Virgen de Montserrat le había dicho: 'lo que Tú quieras'".

"...Ya sé que son muy pocas palabras para describir un acto tan grande como fue el de explicarle a Montse la enfermedad que tenía. Pero no hay nada que añadir: todo fue así de sencillo.

Ella no conocía siquiera la existencia de esa enfermedad, entre otras cosas porque entonces no se conocía tanto como de unos años a esta parte. No creo ni que se le hubiera pasado ni por la imaginación. Recuerdo perfectamente la expresión de su cara... solamente aquel frunce de labios; no se le humedecieron los ojos, ni... ¡Nada! ¡Nada! ¡Qué cosa más sobrenatural!

Sobrenatural. Me lo he pensado antes de emplear esta palabra. Pero es la que corresponde. Porque, ¿cuál puedo emplear, si no? ¿Qué cosa 'más poco natural'?, o ¿qué cosa 'más poco normal'? No. Ella siempre obraba con normalidad y naturalidad. Y era evidente que Dios la confortaba... Porque, si le quitaba de golpe todas sus ilusiones, todo..., ¿iba acaso a dejarla sola?

Yo siempre vi a Dios en todo lo que iba sucediendo aquellos días y muchas veces lo sentí muy cerca. A partir de aquel momento ya no podría hacer realidad ninguna de sus ilusiones, cuando estaba llena de gozo pensando que le faltaban pocos días para marcharse a vivir a un Centro del Opus Dei; y eso era lo único que a veces la hacía impacientarse.

En los días pasados veía que se iba alargando lo de su enfermedad y me lo decía con preocupación... Y aquella noche se confirmaron sus sospechas: ya no se realizarían nunca aquellos sueños que la habían hecho vibrar durante los últimos meses.

Al día siguiente, lunes, llamé a primera hora a Lía para contárselo todo, sin que lo supiera Montse; y luego nos fuimos las dos a confesar a Monterols. El sacerdote, don Gonzalo Lobo, me aconsejó que no le creara complejo de enferma: aunque me costase, debería conducirme con ella 'como si tal cosa'.

¡Como si tal cosa...! Y el caso es que creo que lo logré... ¿Cómo es posible? Fue todo gracia de Dios".

"Yo estaba en Monterols aquella mañana -recuerda Carmiña Cameselle- y vi a Montse después de su conversación con el sacerdote. Me di cuenta de que había llorado. Pero no me dijo nada. Sólo: 'me voy a Llar'. Y se fue".

 

 

 


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