Carmen Francés: mis recuerdos de Montse Grases

 


26 DE MARZO DE 1959. JUEVES SANTO

 

"Durante aquella noche -prosigue su madre- intentó hacerse entender en tres ocasiones y quiso escribir algo, sin conseguirlo. Así estuvimos hasta la madrugada. Yo estaba sentada a su lado, con su mano entre las mías, cuando me pidió por señas que encendiese las luces de la Virgen, como diciéndome: 'quiero verla'.

Me extrañó, porque esas luces le daban de lleno en los ojos y se mareaba; pero insistió y lo hice. Luego me señaló también la luz de la mesita.

A mí me dio reparo encender todas las luces, porque Montse Amat estaba a mi lado, descansando, y llevaba ya muchas noches de vela; pero veía a Montse tan feliz que tuve durante unos momentos todas las luces encendidas. Luego le señalé a la que estaba durmiendo y, como siempre, puso cara de conformarse, y apagué la luz".

Fue su última renuncia: pequeña y grande al mismo tiempo, como todas las anteriores.

Amaneció. Era un día claro de la primavera recién estrenada, lleno de luz. A las siete de la mañana intentó decir algo, pero ni sus padres ni Montse Amat lograron descifrar qué quería decir. Al final, entendieron:

-"Estoy perfectamente bien".

-"¿Qué has dicho? -le preguntó su madre- ¿Que estás perfectamente bien?"

-"Eso, eso..., eso. Soñé tres veces que intentaba decíroslo, sin conseguirlo".

Su madre se arrodilló a su lado, junto a la cama y le fue susurrando jaculatorias al oído. Al rato, Montse se quedó plácidamente dormida. Le trajeron un helado para refrescarle los labios, pero no pudo tomárselo.

Como todos los días, a las ocho y media de la mañana, vino el sacerdote de la parroquia de Nuria para darle la comunión. Los días anteriores le había dado una partícula diminuta porque tenía muchas llagas en la boca y había podido recibir al Señor con la ayuda de un poco de agua.

Pero aquel día fue imposible. No podía comulgar en aquel estado "La encontré -recuerda don Alberto-, profundamente indispuesta y mareada. Tenía (...) en la mano izquierda un crucifijo que apretaba estrechamente. Aguardé unos diez minutos; y prometí volver un rato después".

Poco después llegó Lía: "Cuando yo llegué -cuenta-, me conoció todavía y me hizo señas de que me sentara a su lado. Me pidió que le dijera jaculatorias, que ella no podía hablar.

A las diez se despertó un poco y quiso incorporarse, y repetía sin cesar jaculatorias a la Virgen. Recuerdo que decía:

-Virgencita: ¡Cuánto te quiero! ¿Cuándo me vendrás a buscar?

Besaba sin cesar el Crucifijo que ella sola no atinaba a llevarse a la boca. Con la mano echaba besos a la Virgen y decía una y mil veces ¡Jesús, Jesús! Estaba agitada.

Al cabo de un rato se serenó. Parecía que descansaba. Tenía el pulso más flojo, pero continuo. A las doce recé pegada a su oído el Angelus. Me pareció que oía y que incluso rezaba".

Llegaron Fernanda Mallorga, Carmen Francés y Ana María Suriol, y comenzaron a rezar el Rosario en voz muy baja.

"Durante el primer misterio -recuerda su madre- tenía las manos cruzadas sobre el pecho y apretaba entre ellas, como siempre, su cruz. Parecía dormida.

Ala una y veinte de la tarde, de pronto, al comenzar el segundo misterio, nos dimos cuenta que cambiaba la respiración. Manuel le tomó el pulso. Había desaparecido. Hizo un mohín, suspiró profundamente tres veces... y se nos fue al Cielo".

 


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