Gloria: Montse Grases y yo

 


Un viaje a Lourdes

"Por aquel tiempo -cuenta Rosa Pantaleoni- yo decidí ir a Lourdes. Y le dije a Montse:

-¿Sabes qué? Yo nunca he querido ir a Lourdes, porque eso de que yo me podría curar allí... en el fondo, en el fondo, no me lo acabo de creer. Si fuera, me faltaría fe. Yo tengo fe en la Virgen, tú lo sabes, pero pensar que de repente me voy a sanar... me cuesta mucho creérmelo, lo siento.

Pero ahora voy a ir, porque ahora hay una cosa mucho más importante. Cuando esté allí y me bañe, le voy a pedir a la Virgen que tú te cures.

Entonces establecimos un orden de prioridades: mi polio estaba después de su cáncer. Y ella reconoció que sí, que era más importante en esa ocasión pedir primero por ella y luego por mí. Pero esto lo decidimos como el que va a resolver un asunto, como si hubiéramos dicho: 'muy bien, esta tarde quedamos a las siete en Lezo'. Y yo me fui a hacer aquella 'gestión' a Lourdes... a rezar con todo mi corazón, y a bañarme con toda mi fe, y con toda mi ilusión y mi alegría y mi esperanza, para que la Virgen curara a Montse.

Pero cuando llegué a Lourdes y entré en la piscina me sucedió algo curioso: no me acordé ni de su pierna ni de las mías. Sólo le dije a la Señora que le diera a Montse lo mejor, que fuera feliz....

 

Luego, le escribí contándole cómo eran los enfermos de Lourdes, su resignación; el silencio impresionante que había en la Gruta, a pesar de que éramos miles de personas; el amor a la Virgen, la emocionante bendición de los enfermos en la plaza, la solicitud de los 'brancadiers', la procesión de las antorchas, el fervor de todos... (...).

Yo estoy segura que le pidió a la Virgen de Lourdes su curación; pero cuando vio que no era ésa la Voluntad de Dios, la aceptó con alegría, sin dramatismos.

 

Porque lo dramático no lo aceptó nunca. Cuando la gente le preguntaba por su enfermedad, nunca hablaba de sus cosas".

"Es que -afirma Ana María Suriol, una amiga de Montse- no quería hablar de su muerte porque le parecía que eso era hablar de sí misma".

"Procuraba pensar siempre en los demás -explica Rosa- y no le gustaba hablar de sus males ni de sus penas... porque ni las consideraba males, ni las consideraba penas. Y un día me dijo:

-Rosa, tanto que me hablabas de la Cruz y ya la tengo... Y ahora, cuando la miro, la miro con mucho más cariño; porque realmente tenías razón; es nuestra Cruz: la tuya y la mía..."

 

 


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