Hablan los amigos de Montse Grases

 


En el año 1955, la situación profesional de Manuel Grases se normalizó con su nuevo trabajo en una empresa constructora, y cuando terminó el curso escolar, los Grases volvieron, como de costumbre, a Seva.

Y allí, con la llegada del calor veraniego, comenzaron las tertulias familiares en el jardín, bajo la sombra de los árboles y las excursiones por los alrededores.

Algunos domingos, Manuel y Manolita con alguno de sus hijos y los de algún amigo, iban de excursión por el Montseny. Salían de Seva muy temprano con las mochilas, comían cerca de alguna fuente o al abrigo de algún caserío, si llovía, y regresaban desde Viladrau, Tagamanent, El Figaró, Aiguafreda, San Marçal,... después de andar seis o siete horas. En esta fotografía se ve a Enrique y a Montse junto a la ermita de Sant Bernat.

Sin embargo, a medida que fueron creciendo, los mayores fueron organizando sus propias excursiones.

Y era fácil encontrar, muchos días de verano, a los hijos de los veraneantes de Seva trepando por la falda del Matagalls, sudorosos, y cantando a voz en grito las hazañas de Napoleón, quitándole cada vez una palabra a la letra de la canción...

Napoleó tenia cent soldats

Napoleó tenia cent soldats...

El "grupo de hijos de veraneantes" estaba compuesto por chicos y chicas de edades muy diversas: muchos eran hijos de familias numerosas. Por ejemplo, los Grases en aquel momento eran ocho.

Eso hacía que en el grupo hubiese varias parejas de hermanos: Pepón y Marisa Ferrater; María Luisa y Ana Xiol; José María Vives y su hermana Pilar, a la que todos llamaban Pilusi; Juan Antonio, Andrés y Javier Framis; María Teresa, Vicente María y María Eugenia Galilea y sus primos Pepito, Jesús y Cuca...

Se llevaban muy bien entre ellos, a pesar de la diferencia de edades: en aquel año los mayores rozaban los quince años, salvo alguno como Andrés Framis, que había alcanzado una edad casi venerable: ¡casi veinte!

Montse trepaba entre ellos, monte arriba, cantando y riendo, como todos, junto a su amiga María Luisa. Ahora, aquella subida era para ellas coser y cantar; no como años atrás, cuando subieron por primera vez el día del "Aplec" al Matagalls, a los once años.

Las llevaron los padres de Montse. A la mitad del camino ya no podían ni con su alma, aunque seguían cantando:

Napoleó tenia cent...

Napoleó tenia cent...

Pero no podían pararse: ¡Si no, dirían que el Matagalls era demasiado para ellas y no las dejarían subir más! Tenían que seguir trepando monte arriba y coronar la cumbre como fuera...

"Como queríamos demostrar que podíamos -cuenta María Luisa-, íbamos todo el rato delante, medio muertas, pero sin decir nada.

Recuerdo que cuando nos preguntaban si estábamos cansadas (...), respondíamos a coro: ¡NO! Y luego nos hacíamos nuestras confidencias particulares:

-¿Estás cansada Montse?

-Sí. Yo no puedo más...

-Y yo tampoco...

Pero íbamos siguiendo".

A duras penas lograron llegar ¡por fin! a la cumbre. Allí descansaron, rieron, cantaron y se hicieron algunas fotos, como ésta, en la que aparece Manolita junto a la Cruz.

Pero eso era agua pasada: ahora ya no se agotaban; ahora se superaban fácilmente aquellas cuatro horas de ascensión desde El Brull al Matagalls, con sus 1.694 metros de altura, uno de los tres picos importantes del Montseny, junto con les Agudes, que llega a los 1.706 y el Turó de l'Home, con 1.712. Y lo subían además, cantando:

Napoleó tenia...

Napoleó tenia...

Y al llegar a la cima, ¡qué maravilla! Se veían al fondo, recortados sobre el cielo, los otros picos del Montseny... Allí, en todo lo alto, junto a la Cruz que puso, según cuenta la tradición, San Antonio María Claret, se celebraba el primer domingo del mes de julio una romería, se bailaban sardanas y subía el mismísimo Obispo de Vic a decir Misa...

De todas formas a Montse no le gustaba pasarse las horas muertas contemplando el paisaje, como recuerda Ana María Suriol y en cuanto la inevitable tortilla de patatas sucumbía al voraz apetito de los montañeros, iniciaba el descenso: otras tres o cuatro horas de bromas, cuesta abajo, entre risas, sudores y canciones.

Napoleó...

Napoleó...

El Montseny es un lugar propicio a la fantasía: a los viejos montañeros les gustaba relatar la vieja leyenda del mal cazador que dejó de ir a Misa por cazar una liebre y vagaba eternamente por el espacio...

Ellos preferían temas más comunes: anécdotas del colegio, deportes, música... o algo tan socorrido como comentar las películas del cine de la parroquia.

-"¿Qué película ponen esta semana?"

-"Una que han estrenado hace poco: 'Siete novias para siete hermanos'".

-"¿Esa? ¡Pero si ya la he visto yo en Barcelona! -comentaba uno-. Es muy buena, os la voy a contar. Pues resulta que hay siete hermanos en un rancho del Oeste, de ésos que hay en las montañas, en las montañas del Oeste, claro; y entonces el hermano mayor se casa; y entonces bajan todos al pueblo; un pueblo del Oeste, claro; y entonces hay un baile muy divertido; y entonces en ese baile cada hermano conoce a una chica; y entonces piensan que lo mejor es secuestrarlas a todas; y entonces bajan y las secuestran; y entonces..."

Y contaba la película entera, ante la desesperación de los que no la habían visto todavía. Pero no todo era cine. A veces hablaban de temas más elevados, relacionados con Dios y compartían parecidas inquietudes espirituales... "Nos gustaban las mismas cosas -recuerda María Luisa-, y teníamos muchos puntos de vista iguales respecto al modo de tratar a los chicos y manera de ser de las chicas; no sé, cosas que entonces a los 14 y 15 años nos parecían de suma trascendencia..."

"Recuerdo con ilusión -prosigue María Luisa- las tardes de septiembre que, al anochecer pronto, cuando volvíamos de las excursiones, teníamos que bajar por la carretera del Brull, con luna o estrellas; siempre cantábamos; entonces hacíamos la Visita en la Iglesia del Brull".

Un día la conversación discurrió por derroteros más íntimos y personales. "Recuerdo las circunstancias perfectamente, aunque no exactamente la conversación -dice María Luisa-, del día que quizás hablamos más profundamente. Era una tarde, volviendo de las Agudes.

Montse no había subido al pico, porque en su casa lo consideraban peligroso. Al regreso, ellos nos vinieron a buscar. Se hizo de noche, y todo el camino fuimos Montse y yo, separadas del resto del grupo, hablando de Jesucristo: si cuando estábamos tristes, le contábamos las cosas -Montse le llamaba 'el Señor'-, y lo que nos ayudaba el descansar en El".

 

 


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