Una enfermera habla de Montse Grases




 

La nochevieja de 1958

 

Así pasó también -entre villancicos y vómitos- la noche de fin de Año, con la pierna cada vez más inflamada, mientras llegaba hasta la habitación el estruendo y la algazara de las calles de Barcelona, que celebraba jubilosa la llegada de 1959.

"¡Mil felicidades en este nuevo año! -le escribía Lía al Fundador-. El día nueve nos acordamos intensamente de Ud y el Señor nos regaló en este día con una nueva vocación. Desde hace una temporada en Llar, constantemente, el Señor se está volcando (...). Estamos seguras que los sufrimientos de Montsita tienen ante Dios un gran valor. No sabe Padre lo mucho que impresiona a todas las chicas, está de un humor que infunde ánimos a todo el mundo. Pasa ratos muy malos, pero sabe llevarlo con alegría y optimismo".

La visitó de nuevo el doctor Cañadell. "Yo, como he dicho -recuerda el dotor-, no tenía ninguna confianza en la sarcolisina. Pero quisimos poner todos los medios. Sin embargo, al ver que cada pastilla que tomaba le creaba una situación angustiosísima le dije:

-Mira Montse: si te sienta tan mal, si te parece, no te lo tomes.

-Doctor -me contestó-, usted no me diga si me parece o no me parece...; dígame si me las tomo o no...

Le aconsejé que dejase de tomarlas".

"A pesar de lo mal que se encontraba -cuenta María del Carmen Delclaux- me dijo que, como ella sabía hacer punto y yo también, le podíamos preparar entre las dos una prenda para regalársela por Reyes a Lía. Yo le dije que no se preocupara, estando como estaba, pero me insistió tanto, que al final me convenció. Recuerdo que estuvo haciendo punto totalmente tumbada en la cama, porque no podía incorporarse, poniendo muchísimo esfuerzo. Pero, ¡con una ilusión!"

Quería que todos estuviesen contentos, felices. Y a veces, tarareaba una canción o les pedía que cantaran. No siempre era fácil. Había ocasiones en la que no se sentían capaces. En una ocasión que lo pidió, su madre fue la primera en ponerse a cantar; su padre, con lágrimas en los ojos, hizo como que leía el periódico, para disimular. Montse se dio cuenta y le dijo:

-"Papá, que no te oigo... Quiero que estéis alegres".

Que nadie sufriera por ella: ésta era una de sus grandes preocupaciones. Un día llamó a su padre y le preguntó: "Papá, ¿estás contento?" Y lo mismo hizo con cada uno del resto de la familia. Y añadía: "Somos la familia más feliz de Barcelona. Cuando yo me muera no quiero que nadie esté triste: ha de haber alegría".

"Se olvidaba completamente de ella y de sus dolores -comenta Encarnita Rubio- para alegrar a los demás. Una tarde, en que estaba algo más cansada que de costumbre, cuando llegué, para tratar de animarla, le conté una historieta muy graciosa que había visto en la televisión. Se reía muchísimo y, cuando más tarde, llegaron otras de la Obra, me pidió que se la repitiera para alegrarles un rato. Más tarde supe que le contó a Lía, en la confidencia, que aquella tarde le dolía mucho la pierna y que se sentía mareada pero que le daba pena decirlo porque veía cómo disfrutaban todas al escuchar aquella historieta".

"Eso era una de las cosas que más me impresionaban de ella -cuenta María del Carmen- porque se entregaba tanto a los demás que era muy difícil saber cuando algo le dolía o no. Recuerdo que un día llegué a su casa y vi que estaban con ella sus primas y sus amigas de Seva, contándole cosas divertidas. Entonces su madre me tomó antes de entrar y me dijo:

-Mira, yo creo que se encuentra muy mal. Tú entra, y si ves que está sufriendo, corta la visita y pídeles que se vayan.

Entré; y la vi tan animada, recordando tantas cosas de Seva y del verano, y de las funciones del teatro, que no comenté nada, hasta que nos dijeron ellas que se iban. Y entonces, en el mismo momento en el que salieron y cerraron la puerta, exclamó: 'Ay, ¡no puedo más, no puedo más, no puedo más', y se quitó de golpe las mantas porque ya no podía soportar más su peso sobre la pierna. Yo llamé enseguida a su madre y la tranquilizamos como pudimos, porque estaba con un dolor intensísimo, un dolor que yo, minutos antes, no se lo pude ni notar..."

Aquel "vivir para los demás" le llevó a Montse no replegarse en su dolor y a vivir pendiente de los otros, incluso en las cosas más pequeñas. Algunas tardes parecía que el dolor cedía un poco y la llevaban a Llar. Durante esos desplazamientos no se olvidaba de los demás. "Hoy me he fijado -le dijo a María del Carmen- en un chaquetón que te podía ir a ti muy bien. Vete a verlo".

Su alegría era contagiosa: "Nunca la vi triste o amargada o apesadumbrada", recuerda el Dr. Cañadell. "Todas las visitas tuvieron un carácter vivo, alegre, animado, sin la menor sombra de tristeza, a pesar de la gravedad de la enfermedad que padecía..."

 

 


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