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--Mis libros inolvidables
--Hilario Mendo |
Hilario Mendo ha publicado numerosos artículos periodísticos en España y Latinoamérica. En este libro ofrece comentarios lúcidos sobre novelas excelentes de las últimas décadas, junto con una selección de anécdotas narradas al hilo de sus impresiones.
El texto conjuga la amenidad con el interés: entretiene, invita a reflexionar, en diálogo constante con la sensibilidad contemporánea y sirve de orientación para la lectura de muchos autores contemporáneos.
En sus críticas se advierte una sólida formación intelectual, teológica y filosófica -el autor, sacerdote, es doctor en Derecho y profesor de Teología- junto con una pasión por la literatura y por la vida.
Ofrecemos algunos extractos.
Regresamos al futuro de aquellos años, y estamos otra vez en los ochenta. Leí por entonces otra gran novela sobre el XIX español, aunque parece excesivo ponerla a la altura de “Ana Karenina” de Tolstoi y “Madame Bovary” de Flaubert, con las que se parangona por razones de época y temática. Me refiero a “La Regenta”, de Leopoldo Alas Clarín. Novela sobre la que, más allá de su valor literario, pesa la pequeña leyenda negra de ser una acabada muestra literaria del anticlericalismo español. Considero parcial esa valoración, algo injusta o desenfocada. Trataré de justificar esta impresión.
Los protagonistas son Ana de Ozores, “la Regenta”, esposa amante y fiel de un marido de sólida posición social y económica, mucho mayor que ella; mujer que terminará experimentando frustración vital en lo que antes estimó una existencia envidiable. D. Fermín, el brillante Magistral catedralicio, cuyos horizontes de influjo humano y satisfacciones egoistas crecerán sin freno. Quintanar, marido de Ana, cuya aparente bonhomía se revelará ingenuidad hasta extremos grotescos. Álvaro Mesía, galán apuesto y frívolo, que ha hecho de las aventuras amatorias el hilo argumental de su vida.
Estas trayectorias forman el cañamazo sobre el que se teje la urdidumbre central del relato: la relación espiritual de Ana con D. Fermín, su confesor, en paulatina deriva hacia la atracción amorosa. El punto focal de esa trama lo ocupa, a mi juicio, el corazón de la Regenta, cada vez más perdido en el laberinto de sus dudas interiores, y más enredado en la fronda de las pasiones mundanas.
Escenario de la novela es Vetusta, irónica denominación del Oviedo en que residió el autor. En aquella época representa para Clarín el ambiente provinciano cuya vida rutinaria y mediocre -muchas veces mezquina- satiriza sin concesiones. Con ese trasfondo se ofrece la exploración del alma de los personajes principales, interiormente diseccionados con fino bisturí psicológico, retratados sobre todo en sus debilidades, hasta el sarcasmo cruel. Así, las pasiones desatadas del Magistral, en un in crescendo cínico de ambición y sensualidad. O la inconsistente bondad de Ana de Ozores, en quien las virtudes conyugales -fidelidad, espíritu de sacrificio- buscarán falso apoyo, sometidas a prueba, en una religiosidad formalista y sentimental.
La novela es extensa, los personajes abundantes y variopintos, como variados son los ambientes e incidencias que se describen. No se pretende aquí resumir esos contenidos, sino ofrecer una interpretación algo crítica sobre el móvil anticlerical de su autor, que haría esta obra ofensiva para la Iglesia e insana para los lectores. Pongo en relación las impresiones que me dejó su lectura -hace ya tantos años- con lo poco que sé de la trayectoria religiosa de Leopoldo Alas: que tras una etapa marcadamente anticlerical tuvo una conversión religiosa al credo católico, como él mismo manifestó públicamente.
El carácter ciertamente negativo, no pocas veces tendencioso, con que su novela trata determinados aspectos de la vida clerical, y en general cristiana, no habría que identificarlo con un rechazo frontal de la Fe o de la jerarquía eclesiástica, sino con algunos rasgos de su personalidad, por ejemplo:
- idealismo: al percibir la distancia abisal entre el ideal y la realidad, fustiga ésta, especialmente todo lo que revele hipocresía. Ahí se situaría su demoledora crítica no a la religión cristiana en sí, ni siquiera a la jerarquía católica en cuanto tal, sino a las miserias y vicios que cree detectar en los fieles y sus Pastores. Más allá de sus denuncias, en el fondo estaría clamando por una religiosidad honda y sincera.
- negativismo: retrata implacablemente aspectos turbios de la condición humana, en su versión de ciudad provinciana del XIX... como si fuera toda la realidad. En el relato hay mucho “cuerpo” literario, pero falta “alma”; o, si se prefiere, es una radiografía, en blanco y negro, de tejidos cancerosos, que no da razón de los relieves y tonalidades cromáticas de los miembros sanos.
Puesto que la novela es “un negativo”, o una caricatura con todo lo que este género tiene de exceso, el lector con un mínimo de sentido crítico sabe que en la realidad no son así las cosas. Además de las observaciones anteriores, más generales, mencionemos ahora aspectos que a todos nos afectan personalmente. Por ejemplo, la hondura y perdurabilidad de los compromisos en que invertimos los tesoros que se nos entregó al nacer (la libertad y con ella el tiempo, nuestras facultades anímicas y corporales, nuestras posibilidades por tanto). Hacía notar Josemaría Escrivá en un texto riguroso y lúcido, “La libertad, don de Dios”, que el valor de los compromisos que cada uno adquiere libremente muestra la calidad de la propia libertad, del propio amor (que viene a ser exactamente lo contrario, sin juego de palabras, del amor propio).
Vamos a la novela (y desde ella, a nuestra vida). Ana de Ozores quizá no se debió casar con Quintanar, un hombre de edad muy superior y con el que nunca le unió un amor esponsal sino otro tipo de afecto. Pero puesto que libremente lo hizo, debería emplear siempre su voluntad -esa libertad ya comprometida- en fortalecer y ahondar el sagrado lazo que le une a su marido (“y serán los dos una sola carne”), excluyendo toda actitud exterior y disposición interior que ponga en peligro esa nueva realidad que ha surgido en el mundo.
Lo expresa bien el personaje interpretado por Merly Streep en la premiada película “Los puentes de Madison”, en la que ciertamente no es oro moral todo lo que reluce. Esposa y madre de familia, su marido e hijos se ausentan unos días y queda sola en casa. Aparece en escena un forastero, interpretado por Clean Estwood, y el encuentro fortuito derivará enseguida en apasionado enamoramiento mutuo. Ese hombre le propone que deje a su marido y a sus hijos, e iniciar juntos lejos de allí una nueva vida. La mujer se negará, llorando (la verdadera libertad se abre paso muchas veces a través del dolor para engendrar verdadera vida, como en los partos, como en ciertas conversiones y decisiones de entrega): no puedo seguirte -viene a decirle- abandonando a mi marido y a mis hijos, porque ellos ya forman parte de mí, son desde hace mucho tiempo parte de mi vida, son mi vida. Esta esposa, que no sido precisamente ejemplar en su relación con un desconocido, ha captado sin embargo con admirable lucidez las raíces profundas de la institución familiar, y los mimbres humanos y divinos que entretejen nuestra biografía.
Es curioso comprobar que son muchas veces las personas sencillas las que mejor entienden o intuyen las realidades más importantes de la vida; mientras que los considerados intelectuales con facilidad usamos nuestra capacidad y conocimientos - la “prudencia de la carne”, de que hablara Pablo de Tarso- para justificar lo injustificable. En el verano de 1964 pasé un mes en Senonches, pueblo francés de la hermosa región bañada por los ríos Eure et Loire.
Vivía con una familia del lugar, una de cuyas hijas, Françoise, había estado con nosotros en Madrid el verano anterior, en el contexto de los planes de intercambio que por aquellos tiempos se pusieron de moda. Entre otras personas, allí traté a un obrero español, exiliado desde la guerra civil, que estaba plenamente integrado en su nuevo país; casado con una francesa y con varios hijos, alguno de mi edad, formaban una estupenda familia. Les iba muy bien económicamente, tenían su pequeño chalet con jardín, y no les faltaban los adelantos técnicos que disfrutaba en esos años la clase media de bastantes países europeos.
Me preguntó muchas cosas sobre la vida en España, que echaba mucho de menos a pesar de tantos años de ausencia y de que sus convicciones políticas le situaban en los antípodas del régimen franquista; y me habló bastante de su propia vida, con una naturalidad y franqueza que me impresionó, pues él era un maduro padre de familia y yo sólo un muchacho de 15 años. Y era tal la nostalgia de sus orígenes, especialmente de su tierra asturiana, que a veces sentía la poderosa tentación -me confiaba emocionado- de dejarlo todo, familia y amigos, trabajo y perspectivas de futuro, y regresar clandestinamente a aquellos lares.
(Pero no lo había hecho, y confío en que no lo haría después... al menos solo, pues nada le impediría regresar con su mujer y los hijos pequeños tras la muerte del general Franco y la instauración de la democracia. Había perdido la guerra, sí, pero no la cabeza ni un sentido del honor que -como dice el clásico- “es patrimonio del alma, y el alma es sólo de Dios”.)
De nuevo, la novela. D. Fermín quizá no se debería haber ordenado sacerdote, si era consciente de no tener esa vocación o no se veía idoneo para vivir con alegría los compromisos correspondientes. Pero puesto que recibió libremente la ordenación, debió emplear todos los medios humanos y sobrenaturales para ser un sacerdote entregado y fiel, en vez de dejarse llevar por el animalis homo (Paulus dixit) que todos llevamos dentro.
Contra la rutina y mediocridad que agosta todo ideal cristiano -y la vocación sacerdotal lo es en grado sumo- la primera disposición es alimentar de continuo un sincero empeño de vivir con Cristo, mediante una intensa vida de oración: en el Magistral, por el contrario, se aprecia desde el inicio una ausencia total de verdadero trato con Dios y, como decía Santa Teresa , si se deja la oración no hace falta demonio que nos tiente.
A la novela de Leopoldo Alas le falta alma, dije más arriba. Ahora añado que, a pesar de girar en torno a cuestiones religiosas una parte importante de su argumento, le falta Dios. En su afán de denuncia Clarín se queda en una sociología patológica en la que no se vislumbra el Dios vivo y verdadero, y por tanto tampoco la coherencia y belleza de la verdadera vida cristiana.
Estas carencias son lo que a mi juicio podría repercutir negativamente en lectores poco críticos, más que el tratamiento que Clarín da a las pasiones del triángulo amoroso protagonista, aunque este aspecto se vea agravado por el factor morboso de que uno de ellos sea sacerdote, y la única mujer esté casada con un cuarto hombre.
Los cristianos especialmente, sacerdotes y casados, hombres y mujeres, pueden reconocer ahí -en negativo, una vez más- el tipo de razonamientos, afectos y conductas que vale la pena evitar radicalmente si se quiere ser fiel al camino elegido: que en ambos casos, además, no es mero status jurídico o sociológico, sino realidad sellada sacramentalmente por Dios mismo, con la aquiescencia libre del interesado y de un tercero (el otro cónyuge, en el matrimonio; la autoridad eclesiástica, en el orden sacerdotal). Clarín velis nolis enseña a escarmentar en cabeza ajena.
Más insidiosa que esa tormenta afectiva aunque resulte menos provocadora es, en mi opinión, la crisis religiosa que zarandea a la protagonista de esta historia. Alas presenta con incisividad las dudas y dificultades que pueden acometer al creyente, pero lo hace a través de una subjetividad -la de Ana de Ozores- afectivamente inmadura y con una religiosidad egocéntrica y superficial.
Es lo que sucede a no pocos católicos, que buscan respuesta a sus preguntas de adulto en los posos de doctrina cristiana que aprendieron de niños, y claro, les resulta insuficiente. Desde su infancia acá han ido creciendo constantemente en preparación cultural y profesional, mientras que su Fe sigue doctrinalmente anclada en la catequesis de primera Comunión y poco más. Ese anómalo atrofiamiento es comparable al de una persona adulta que tuviera una pierna del tamaño de la de un niño de primaria; o bien que estando dotada de una excelente memoria y una fuerte voluntad, tuviera la inteligencia de un párvulo. El primero tendría enormes dificultades para caminar, y con facilidad se vendría al suelo; el segundo cometería probablemente muchos errores y tonterías, eso sí, con gran seguridad.
Ésta última palabra nos ofrece la llave para salir del enrarecido y vetusto ambiente de “La Regenta” e introducirnos en un relato breve y light, propiamente postmoderno (una parábola sobre la obsesión por la seguridad del hombre contemporáneo), que tiene también por título el artículo y un sustantivo femenino con tres sílabas, donde igualmente hay mucho de inmadurez vital y la consiguiente perplejidad, y en el que las alas (con minúscula, en este caso) tampoco están ausentes: “La paloma”, del escritor austríaco Patrick Suskind.
Estamos en los años ochenta, en plena eclosión occidental del Estado de bienestar, que garantiza entre otras cosas asistencia sanitaria gratuita, sustanciosos subsidios de paro laboral y una pensión vitalicia tras la jubilación. Por contraste, la gente se siente cada vez más amenazada. El absurdo asesinato de John Lennon por un fan, en 1980, parece un mal presagio de la nueva década. Crece el clima de violencia en las ciudades que provoca un síndrome de inseguridad ciudadana.
El terrorismo de motivaciones y alcance transnacional, que había mostrado su trágica capacidad en la Olimpiada de Munich, en 1972, puede golpear ahora en cualquier lugar del globo. Los personajes ilustres son los más amenazados, como muestran los atentados al Papa Juan Pablo II y al Presidente norteamericano Reagan, ambos en 1981. Pero el ciudadano corriente también se siente inquieto.
Y ante esa violencia ciega que salta todos los días a la prensa y los telediarios, formula en su interior un acto de “esperanza débil” -una gran virtud reducida a su mínima expresión- correlato del “pensamiento débil” que se extiende en lo cultural: “¡que no me pase a mí!”. Desconfía cada vez más de la gente, empezando claro está por los desconocidos.
¿Quiénes, entre los ya no jóvenes, no recuerdan con nostalgia el auto-stop, sistema de viajes gratuito basado en la benevolencia de los conductores y la confianza social, con el que se podía cruzar el país o Europa entera? De hecho, en mi época de estudiante utilicé no pocas veces ese medio de transporte en mis desplazamientos por Andalucía. Pero el episodio más singular de mis viajes comenzó en un tren. Contarlo es un modesto homenaje a la humanidad de las gentes del Sur: vamos allá, y luego volveremos con el libro de Suskind.
Mencioné en su momento el servicio militar, que hice como soldado raso en el Ejército del Aire, durante 16 meses, entre 1969 y 1971. Cuando estaba destinado en Sevilla, me desplacé con un permiso a Granada para presentarme a un examen de mis estudios de Derecho (por si a estas alturas un lector benévolo se hubiese creado una imagen positiva sobre la preparación del Autor, se recoge un dicho que era popular entonces entre los universitarios andaluces: “Derecho en Graná, total ná”). La víspera del examen, tomé el tren en Sevilla, y al rato estaba charlando con otro viajero de mi edad que conocí allí mismo. Era un trabajador de los ferrocarriles que estaba hacía su mili en la RENFE, merced a un convenio vigente con el Ejército. Viajaba de paisano, como yo, para disfrutar de un permiso.
En Bobadilla, a mitad de camino -esa estación era un nudo ferroviario de cierto relieve- el tren hacía una parada larga para facilitar los enlaces de los viajeros, o por otros motivos. Aquel muchacho y yo queríamos tomar un tentenpié, y al no ver cantina en la estación nos acercamos a un bar del pueblo, a sólo medio centenar de metros de nuestro andén. Merendábamos en la barra, enfrascados en nuestra conversación, y de repente oímos el silbido de un tren: ¿sería el nuestro, que anunciaba su partida? Nos sacó de dudas el movimiento de nuestro convoy, que reconocimos desde el bar, y salimos corriendo.
Mi nuevo amigo iba unos metros delante, y la gente se apartaba a nuestro paso, con exclamaciones o grititos, entre sorprendida y preocupada por la apurada situación de dos jóvenes insensatos. Mi compañero ferroviario corría ya paralelo a la puerta de un vagón, y con la habilidad que da el oficio, se encaramó al escalón de un salto limpio. Ese sexto sentido que todos tenemos me indicó que no me valía la pena el riesgo: el tren ganaba en velocidad, y yo no tenía la pericia del profesional. Así que abandoné jadeante la persecución, consciente de que mi maleta continuaba viaje hacia la capital granadina. Poco después el jefe de estación me comunicó que la dejarían en la consigna de la estación de Granada: así se lo transmitió el conductor del tren impaciente, a petición del soldado ferroviario.
Al pueblo le gusta arremolinarse cuando pasa algo fuera de lo común, y la animación es mayor cuando la peripecia termina sin daños personales. La gente se me acercaba para -según los casos- inquirir qué nos había pasado a los dos jóvenes, afear nuestra conducta irresponsable, congraciarse conmigo y mostrar su alivio por desistir del arriesgado salto, preguntarme qué pensaba hacer ahora o darme consejos para salir del apuro. Supieron de mi condición de soldado y estudiante, que debía efectuar al día siguiente un examen final en la Universidad de Granada.
Me informaron de que ese día no pasaban por allí más trenes hacia Granada, pero era posible que lo encontrase en Antequera, población situada a unos 20 km. En esas estábamos cuando dos señoras, hermanas, que habían seguido mi caso con verdadero interés, se ofrecieron a llevarme en coche: acababan de recoger a una sobrina que llegó en tren desde Madrid, y se disponían a regresar a su casa... en Antequera.
Charlamos mucho en el trayecto, el trato fué haciéndose más confiado y cordial. Saqué en claro que era muy buena gente, en realidad se notaba desde el principio: la mayor de las hermanas -Amparo- era viuda y tenía particular empaque, la menor estaba soltera y vivían juntas, la sobrina de ambas estudiaba Farmacia y venía para pasar con sus tías unos días de vacaciones.
Llegamos a Antequera, y en la estación supimos que ya había pasado el último tren para Granada. Con la naturalidad y categoría que venían mostrando las hermanas, me invitaron a su casa. Se trataba de una de esas antiguas mansiones de piedra de dos pisos, sencillas y dignas, que conservan algo del noble pasado de la ciudad malagueña.
Durante la cena se habló animadamente, como suele decirse, de lo humano y lo divino. Tras una larga sobremesa, me llevaron a la que sería mi habitación, y me dieron las instrucciones oportunas para salir muy temprano al día siguiente: sólo tomando el primer tren a Granada llegaría a tiempo para mi examen. Advirtiendo que llevaba muy poco dinero encima y tal vez no alcanzase para comprar el billete, me dieron más a pesar de mis (débiles) protestas. Al salir de la habitación al día siguiente, encontré un paquete de tabaco “Tres carabelas” junto a la puerta: en aquella época fumaba, y habrían notado la noche anterior que me estaba quedando sin cigarrillos.
Al llegar a Granada recogí mi maleta en la estación, y emulando a Phileas Fogg entré en la Facultad justo a tiempo de presentarme al examen. Poco después envié una carta de agradecimiento a mis buenas samaritanas y un libro como regalo; también puse un giro devolviéndoles el dinero, que sólo había aceptado en préstamo. Años después escribí un tarjetón a las dos hermanas invitándoles a mi ordenación sacerdotal, pero no pudieron venir a causa del mal estado de salud de Amparo.
Les prometí mi oración, y correspondían cariñosamente asegurando sus plegarias por los nuevos sacerdotes. Amparo falleció no mucho después, y estoy seguro de que, desde la estación definitiva, sigue echando una mano a los que aún nos encontramos de viaje, a los que tantas veces perdemos el tren.
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