Se puede ser moderno y profundamente
fiel a Cristo. Merece la pena dar la vida por
el Evangelio y por los hermanos!
Si sabéis responder
a la llamada de Dios descubriréis -y muchos de
vosotros sin duda lo han hecho- que la verdadera juventud
es la que da Dios mismo. No la de la edad, anotada en
el registro oficial, sino la que desborda de un corazón
renovado por Dios. Descubriréis que el más
joven puede ponerse al lado del mayor que él
y entablar un diálogo dando y recibiendo algo
con enriquecimiento recíproco y alegría
siempre nueva.
Descubriréis que el más
pobre, el más probado en el propio cuerpo, el
más desprovisto humana y socialmente, puede ser
en realidad el primero en el reino de los cielos, puede
ser aquél o aquella de cuya mediación
se sirve Dios para traer la salvación al mundo.
Descubriréis que un enfermo, un moribundo puede
unir su vida a la de Cristo y contribuir a cambiar el
curso de las cosas, lo mismo que el más fuerte
y el más sabio.
Descubriréis dónde
está la verdadera fuerza que puede transformar
el mundo.La verdadera fuerza está en Cristo, el Redentor del mundo. Es esencial,
pues, creer en Cristo hombre y Dios: en Cristo muerto
y resucitado; en Cristo redentor y que recapitula toda
la humanidad. Si es viva e inquebrantable vuestra adhesión
a Él, os resultará más fácil
resolver los problemas -pequeños y grandes- que
se presentan en nuestra vida, tanto de individuos como
de representantes de la nueva generación.
En
toda circunstancia de la vida jamás olvidéis
que Dios amó tanto al mundo que dio su Hijo unigénito
para nosotros (cf. Jn. 3, 16). Buscad en vuestra fe
las razones de esperar y el modelo de reaccionar, que
es propio de los discípulos de Cristo. Vigorizad, pues, vuestra fe; revividla
si es débil.
¡Abrid las puertas
a Cristo! Abrid vuestros corazones a Cristo, acogedlo
como compañero guía de vuestro camino.
Queridos jóvenes, os invito a
formar parte de la «Escuela de la Virgen María»
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