UN REGALO DE DIOS PARA EL MUNDO
Habemus Papam! Con estas palabras, el 16 de octubre de 1978, un polaco, que había elegido los nombres de los artífices del Concilio Vaticano II (Juan y Pablo), apareció en nuestras vidas. Karol Wojtyla se nos presentó como una persona humilde y modesta, que pidió que se le corrigiera si, por un supuesto poco dominio del italiano, se equivocaba. Un gesto con el que deseaba estrechar lazos con un pueblo del que habían procedido todos los Papas de los anteriores cuatro siglos, sin interrupción. ¡Y vaya si los estrechó!
26 años después, Juan Pablo II ha vivido el fin de sus días en la tierra de un modo particularmente significativo y doloroso. Sus últimos años han sido un verdadero Via Crucis personal, con caídas bajo el peso del dolor, a modo de estaciones, en las cuales supo cumplir como nadie esa “guía” que nos dio Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8, 34-35). De esta manera recordaba al mundo entero el significado redentor y la dignidad del sufrimiento, que este mundo tanto parece haber olvidado.
Deja muy atrás aquel lejano 1920, cuando el 18 de mayo, en pleno mes de la Virgen, Emilia Kaczorowska daba a luz en Wadowice al que tiempo después se convertiría en referente para toda la humanidad, católica y no católica.
Lolek, como era llamado cariñosamente por su familia, nació en una Polonia que sufriría en lo sucesivo la opresión y ataque a su identidad e independencia por parte de las dos grandes “ideologías del mal”, como él mismo las calificaría en su último libro “Memoria e Identidad”: el nazismo y el comunismo.
Pero antes de todo esto vivió una infancia feliz. Fue un chico normal, gran deportista y aficionado al esquí, capaz de recorrer largos kilómetros en busca de buenas pistas. Amigo de sus amigos, chicos y chicas, algunos de origen judío, como Jerzy Kluger. El mismo Karol recordaba años después cómo se le quedó grabado en la memoria que “ambos grupos religiosos, católicos y judíos, estaban unidos (...), con la conciencia de que rezaban al mismo Dios.”
Este hecho es determinante para que se empeñara en desarrollar una extraordinaria labor, iniciada por su predecesor Pablo VI, de carácter ecuménico.Hha sido el primer Papa en hablar en una Sinagoga (Roma, 1986), ante los que llamó nuestros “hermanos mayores”, y fue el promotor de la convocatoria de Asís, en1986, a los líderes de todas las confesiones religiosas mundiales, para orar juntos por la Paz.
El joven Karol llevó la ausencia de su madre desde los nueve años bajo una fe recia y fuerte confianza en el Señor, que su padre le supo inculcar.
Pero su nación tuvo, el 1 de septiembre de 1939, la fecha del inicio de un cautiverio colectivo, que sufriría por partida doble, con la ocupación nazi e inicio de la Segunda Guerra Mundial. Vivió entonces un cristianismo comprometido, con gran riesgo para su vida. Tras la ocupación hubo de dejar la universidad Jagellónica donde estudiaba y desarrollaba una rica labor intelectual y cultural, teniendo que trabajar en una cantera y luego en una fábrica química (Solvay). De esta forma ganaba la vida y evitaba la deportación a Alemania. Relataba años después que esta experiencia le aportó el conocimiento en propia carne del cansancio físico, la sencillez, sensatez y fervor religioso de los trabajadores y los pobres.
Durante estos años de difícil situación, con la pérdida de su familia y la coyuntura de su país, se refuerza en el joven Karol una unión con la Madre Santísima que le acompañaría durante su vida y su pontificado bajo el lema de totus tuus!, ¡todo tuyo!.
En medio de estas circunstancias surge en él la vocación sacerdotal. Jan Tyranowski, un sastre con profunda devoción por la Virgen María, se convirtió en su guía en el camino del sacerdocio, que tiene su punto de partida el 1 de noviembre de 1946 con su ordenación sacerdotal en el Seminario Mayor de Cracovia.
Durante la vivencia de su vocación sacerdotal y posteriormente de su misión episcopal, el joven Karol estudia los místicos españoles, el misterio de la Misericordia divina de Sor Faustina, y a los grandes filósofos de la historia, profundizando su estudio sobre Max Scheler. Durante algún tiempo fue profesor de Ética en la Universidad Católica de Dublin y enla Universidad Estatal de Cracovia, donde entabló contacto con importantes representantes del pensamiento católico polaco, especialmente de la vertiente conocida como "tomismo lublinense”.
Además de participar en el Concilio Vaticano II (1962-65), con una contribución importante en la elaboración de la constitución Gaudium et spes, el Cardenal Wojtyla formó parte de todas y cada una de las asambleas del Sínodo de los Obispos.
Pero fue en 1978, tras la repentina muerte de Juan Pablo I, cuando Karol Wojtyla se convirtió en el nuevo Papa, iniciando una etapa en su vida y en las nuestras llenas de amor y sacrificio por su Iglesia y por el mundo.
Es difícil hacer un análisis profundo sobre la significación de su Pontificado cuando todavía sentimos su marcha al Cielo y en un espacio tan reducido como éste, pero lo que sí podemos asegurar es que ha sido el Papa de la gente: católicos o no. El Papa que dialogó con Bush, Arafat, Castro o Gorbachov. El Papa de los pobres, de la paz, la justicia social y del progreso de los pueblos a una escala humana. El Papa que defendió siempre y en todo momento la dignidad del hombre en todos los órdenes de la vida social y económica; el Papa que promovió convivencia pacífica y fraterna entre todos los pueblos de la Tierra.
Sobre todas estas consideraciones, Juan Pablo II ha sido el Papa de María, el hijo predilecto al cual la Virgen ha brindado su amparo protector, como se demostró aquel 13 de mayo en la Plaza de San Pedro, al sufrir un gravísimo atentado. Amar a María ha sido una constante en su vida, en la que nos ha mostrado cómo nuestra Madre es el camino más directa para llegar al Padre, al Hijo y al Espíritu.
Tal ha sido su vida, que su fe y caridad han promovido conversiones personales de las conciencias en todo el mundo. Yo, como tantos miles de personas, soy uno de esos frutos personales del Papa. En Roma, en Cuatro Vientos, en Colón, por la televisión… siempre que he tenido la suerte de verle, y alguna vez de muy cerca, he sentido en mí como algo se removía, impeliéndome al amor y a la lucha por ser mejor, respondiendo a su entrega y sacrificio, una de las mejores imitaciones de Cristo que la humanidad haya podido presenciar. Me ha ayudado, en fin, a unirme más a Dios y a su Madre; todo gracias a esa entrega generosa ¡a la que debemos tanto!
Ya le echamos de menos, al mismo tiempo que nace en nosotros la convicción de que sigue velando por nosotros desde la derecha del Padre, alegre y servicial, como siempre ha sido, con la certeza de que siempre le tendremos con nosotros. ¡Viva el Papa!
Jorge Peño Iglesias,
estudiante de Derecho y Dirección de Empresas