-Una Misa con el Papa

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Jaime Fuentes


El 21 de mayo de 1992 tuve la inmensa suerte de concelebrar la Santa Misa con el Papa, en su capilla privada. Ahora, tras el fallecimiento de Juan Pablo II, revivo ese imborrable recuerdo, que publiqué en el libro LUCHAR POR AMOR, para ayudar a conocer mejor el “secreto” de la fuerza de Juan Pablo II

 

La capilla del Papa es chica –no tiene más de doce metros de largo por seis de ancho–, y de aspecto frío: baldosones de mármol blanco veteado cubren el suelo y las paredes, y unos vitrales de la resurrección del Señor hacen de cielo raso. Todo el espacio de la capilla se concentra en el sagrario, que está encima de la mesa rectangular del altar. Detrás, sobre una pared curva de granito rojo, los brazos abiertos de un crucifijo de bronce, de fuerte presencia,mueven a la oración.

El último iba yo en la fila de los concelebrantes. Cuando el sacerdote que iba delante de mí por el estrecho pasillo central de la capilla torció hacia su derecha para ocupar el lugar que le indicaban, me detuve impresionado: a un paso, matemáticamente hablando, el Santo Padre Juan Pablo II estaba en la sede, fija la vista en el sagrario, orando.

Su secretario me indicó con un gesto que me sentara detrás del Papa, en una banqueta… Así lo hice, cuidadosamente, sin ningún ruido, quedando el Santo Padre al alcance de mi mano.

Recé con el Papa de la manera más sencilla, uniéndome con toda el alma a su oración. Dirigí la vista hacia el Cristo de bronce y admiré, debajo del brazo izquierdo, colocada sobre la pared de granito, una reproducción pequeña de la Virgen de Czestochowa, Reina de Polonia. Y, encima del altar, a la izquierda del sagrario, una imagen de yeso –era tiempo pascual– de Jesús Resucitado.

A las 7.03 Juan Pablo II se puso de pie y se dirigió al altar para revestirse con los ornamentos blancos de la Misa, que estaban colocados sobre el mantel, Monseñor Estanislao y otro sacerdote, vietnamita, le ayudaron; su secretario le ofreció agua para purificarse los dedos antes de comenzar el Santo Sacrificio.

La Misa fue celebrada en italiano; cada uno de los concelebrantes la seguimos en un pequeño misal. Desde el ambón, antes de comenzar los ritos iniciales, el Papa paseó su vista por toda la capilla, fijándose en cada una de las personas que le acompañaban. Nunca le había visto así, tan cercano, tan "párroco": nadie le resultaba desconocido. Eran las 7.06.

Después del saludo inicial dirigió unas breves palabras a los miembros del Pontificio Consejo de la Cultura, agradeciéndoles y animándoles en su trabajo: el organismo celebraba diez años de su creación. Habló apenas medio minuto o menos, yfueron las únicas palabras que pronunció,fuera de lo señalado en la liturgia del día.

Pausadamente, como si se dirigiera a Dios en un idioma nuevo, leyendo cada oración,rezó Juan Pablo II el “Confiteor”, el “Señor, ten piedad”, el “Gloria”. Con voz grave anunció -“Oremos”-la Oración Colecta. Y se recogió en silencio durante varios segundos antes de pronunciarla. Cuando terminó vino a la sede para escuchar las dos lecturas y el Evangelio, que leyó el Cardenal Poupard. A continuación tomó asiento y se sumergió en la meditación personal de la Palabra de Dios.

Llegaba hasta la capilla el canto de un pájaro tempranero que favorecía el recogimiento. Silencio del Papa, silencio de los que le acompañábamos, oración: “Señor, lo que te pida el Papa”. Fueron ocho minutos de inmersión en el Misterio. Después se dirigió al altar.

La Misa continuó. Rezamos el Canon Romano, acompañados por todos los santos. Al llegar la Consagración, Juan Pablo II pronuncia aún con mayor atención las palabras: más que en ningún momento él es el mismo Cristo que va a convertir el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre del Señor. Y hace dos veces una genuflexión en cámara lenta que es adoración genuina.

Antes de comulgar repetirá el gesto, pausadamente, amorosamente. El Papa repartió la Comunión a los asistentes y vino a la sede. Monseñor Estanislao le ofreció agua para purificarse los dedos. Nuevamente el silencio, durante cinco minutos: acción de gracias a Jesucristo, realmente presente en la Eucaristía. Después se dirigió al altar: “Oremos”. Pasan varios segundos antes de pronunciar la oración Postcomunión.

Quiso el Papa dar la bendición final con el Cardenal Poupard. Su secretario le ayudó a quitarse los ornamentos, que entregó a una religiosa. Regresó a la sede y continuó aquí su oración, cinco minutos más. Alguien entonó un cántico en italiano, que cantaron todos.Cuando finalizó, Juan Pablo II se puso de rodillas y continuó rezando. Lo acompañé:

“Señor, gracias de corazón por este regalo... Porque soy testigo de la Misa del Papa. Porque he podido darme cuenta, ¡tan de cerca!, que es el acto más trascendente de su día. Porque aquí se entiende que lo único importante es buscarte y adorarte. Porque aquí, en Ti, Señor, está el secreto del Santo Padre: de su valentía, de su fortaleza, de su eficacia apostólica, de su optimismo... Jesús, te ruego que me ayudes a no despistarme, a no confiar en mis capacidades ni a asustarme de mis incapacidades…”

A las 7.57, mientras el Papa continúa de rodillas, monseñor Estanislao hace un gesto indicándonos la salida. La Misa ha terminado.