-Un músico ruso evoca su actuación ante Juan Pablo II

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Dmitri Loos, Director de Orquesta, nacido en San Petersburgo, Rusia, que actúa regularmente y graba discos al frente de las mejores orquestas rusas y europeas, narra su encuentro con el Papa, ultimado nada más saber la noticia de su fallecimiento.


Cuando el obispo polaco Karol Wojtila fue elegido Papa en 1978, Europa estaba viviendo su trigésimo tercer año de paz y no faltaron las voces que interpretaron la decisión del Cónclave como una imprudencia, capaz de desfigurar el inestable equilibrio de fuerzas políticas mundiales.

En cierto sentido, no les faltaba la razón. El Papa dio el empujón que aceleró el crac moral de las dictaduras del este europeo; pero no lo hizo adentrándose en el campo político, sino provocando una impresionante crisis de conciencia a ambos lados del telón de acero.

Doce primeros años de su pontificado -casi un instante en la Historia del mundo- bastaron para que setenta años de comunismo y los viejos conflictos quedaran superados mientras que los nuevos aún no se habían manifestado con aquella crudeza que hoy nos atormenta casi más que la guerra fría. El comienzo de la década de los 90 hacía presagiar un futuro próspero y pacífico para Europa.

Como muchos otros jóvenes de los años ochenta, yo también percibía el despertar político y religioso de Rusia. La crueldad implacable de los años anteriores dejó paso a una política más relajada. Siempre sentí la necesidad de conocer las diferentes culturas del continente y actuar en nuevos escenarios.

Por eso, aprovechando una vacilación política de turno, me fui de Rusia en 1989 con la intención de pasar una breve temporada en París y Madrid y para mi propia sorpresa ... no volví hasta diez años después.

Lo que he visto a lo largo de estos años no fue menos sorprendente. Y no me refiero a la aparición de los teléfonos móviles, ni siquiera a la implantación del Euro... Lo que me sorprendió fue cómo a lo largo de estos años el hombre europeo iba retornando a su papel del centro de la creación, es decir, ocupando el lugar que Dios le asignó.

Si bien en el Este la voz del Pontífice hizo temblar los cimientos del sistema político injusto y odiado, en el Oeste puso en marcha una revolución más profunda y de mayores consecuencias: en favor de la regeneración moral y en contra de la “cultura de la muerte” que instrumentalizó al hombre moderno convirtiendole en un simple “complemento” de la economía de mercado.


Entonces y ahora, sigo pensando que el artífice y el líder de ese proceso espiritual fue Juan Pablo II.

Por eso soy consciente de que haber estado tan cerca de este Papa, haber interpretado la música rusa para él y haber escuchado unas palabras de sus labios, dirigidas a mí personalmentem constituye un privilegio supremo.

Antes de mi actuación en El Vaticano jamás había experimentado nerviosismo por actuar en presencia de miles de personas. Pero en aquella ocasión notaba una sensación rara: conectaba artísticamente con el público, pero el Papa pesaba más que la sala llena y ciertamente no sabía como agradarle. Era un pensamiento perjudicial porque no me permitía controlar el desarrollo de la idea musical. Me costó un esfuerzo superarlo...


Recuerdo también como “sufrí” cuando interpretando una pieza de Chaikovski. Noté que un murmullo crecía entre los asistentes. No sabía qué pasaba, porque estaba en medio de un pasaje difícil y no podía mirar a la sala. Cuando pude hacerlo, pocos instantes después, vi como la mano del Papa insinuaba un perceptible saludo a los asistentes y ésta era la causa del pequeño “alboroto”. Durante la posterior conversación, el Papa hizo un gracioso comentario al respecto...


Por cierto, yo sabía que Juan Pablo II hablaba mi lengua pero me sorprendió la perfección de su ruso, sin apenas acento. Otros dos obispos estaban allí, pero la barrera lingüística convirtió aquella conversación en un “cara a cara”.


Me sentía perdido. ¿Qué le podía decir? ¿Como reaccionaría el Santo Padre? Pero su carisma y su sencillez hicieron que al instante perdí la inseguridad que suponía el contacto con el hombre que está a la cabeza de la Iglesia Católica.


Me hizo dos preguntas y, cuande le contesté, pronunció a continuación una sentencia que me dejó perplejo. Se dio cuenta de que no le había entendido e hizo una aclaración mientras me obsequiaba con el tradicional rosario. Se lo agradecí vivamente y mientras me alejaba, el sentido de sus palabras me inundó y desde entonces forma parte de mi patrimonio personal más preciado.

Dmitri Loos