Aunque se prohibió a los peregrinos de todo el mundo que acudían sin cesar a la tumba de Juan Pablo II que dejasen flores o mensajes, se hizo una excepción con un gran ramo de flores, que trajeron unos peregrinos polacos, como testimonio vivo del amor de su tierra.
A causa de esta prohibición, los que llegaban a Roma iban dejando sus mensajes en los lugares más insospechados.
Todo esto formó parte del clamor del pueblo cristiano que reconocía de forma viva y espontánea la santidad de Juan Pablo II. Las pancartas de "Santo, ya" que se vieron durante los funerales fueron la expresión de los sentimientos de miles de hombres y mujeres de todo el mundo.
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