Del 20 al 17 de abril de 2005: Mi última Semana Santa en Roma con Juan Pablo II

 

 

 

Desde 1979

He tenido la oportunidad de ver y escuchar a Juan Pablo II en los lugares y situaciones más diversos: en Czestochowa, durante la Jornada Mundial de la Juventud; en París, durante otro de esos encuentros; en distintas ciudades de la geografía española -Zaragoza, Ávila, Madrid, etc., en diversos años y situaciones- ; y de forma muy singular, en Roma, desde la Semana Santa de 1979 -su primera como Papa- hasta la del 2005.

Sólo he faltado durante tres ocasiones a la cita de la Semana Santa romana en estos casi treinta años. He tenido la gracia de verle y escucharle durante decenas de horas.

Le he visto en momentos difíciles: durante el Ángelus del Año Nuevo de 1999 salió al balcón y tras decir las palabras iniciales, concluyó apresuradamente. Teminos una nueva recaída de sus múltiples enfermedades, pero se repuso pocos días después.

El último Domingo de Ramos

Tras su estancia en el Hospital Gemelli -"el Vaticano III", le llamaba el Papa, bromeando- tenía la ilusión de saludar a los peregrinos en la Misa del Domingo de Ramos, que no celebró por primera vez desde el comienzo de su Pontificado. He asistido a la práctica mayoría -con alguna excepción- de esas Misas de Ramos que dan comienzo a la Semana Santa.

La ausencia del Papa en la Plaza de san Pedro, le dio un carácter singular. Aunque su situación era grave, no esperábamos un desenlace tan cercano.

Al término de la Ceremonia, oficiada por un Cardenal, se asomó a la ventana de los apartamentos Pontificios con un ramo de olivo y realizó el esfuerzo de saludar a los peregrinos que abarrotaban la Plaza. Nadie presentía que era la última vez que escucharíamos su voz.

Se le veía demacrado y muy afectado por la enfermedad, una enfermedad que se fue agravando durante esos días. Los médicos le propusieron durante las jornadas siguientes un reingreso en el Gemelli, pero se negó porque tenía la ilusión de recuperarse lo suficiente para -al menos- poder dar la bendición urbi et orbe del Domingo de Resurrección en todos los idiomas, anunciando a todos las mujeres y hombres del mundo el gozo de Cristo Resucitado.

Sabía que su presencia en esa ventana significaba un encuentro con Cristo para las miles de personas que le escuchaban en la Plaza y en todo el mundo, gracias a los medios de comunicación y era consciente de que su misión, por encima de su debilidad física, era llevar a Cristo a toda la humanidad.

Durante aquel Domingo de Ramos llenaba la Plaza una muchedumbre compuesta sobre todo por jóvenes. Entre ellos, numerosas religiosas, también jóvenes, de diversas órdenes y congregaciones. Yo no podía menos que comparar este último domingo de Ramos y esa Semana Santa -que presentía que era la última, aunque no perdía la esperanza de que el Papa se recuperase- con las Semanas Santas que viví en Roma durante sus primeros años de Pontificado.

 

Roma como reflejo

El contraste con lo que veía me mostraba de forma patente la siembra de santidad que Juan Pablo II ha realizado durante este cuarto de siglo en la Iglesia. Aludiré sólo a algunos ejemplos de la Semana Santa romana, que me parece sugestivos.

En los últimos años de los setenta, sólo algunas
personas -lo recuerdo bien- acudían para rezar a la Escala Santa, siguiendo la costumbre secular, en el día del Viernes Santo. Este Viernes Santo, miles de mujeres y hombres, en su mayoría jóvenes, formaban una larguísima cola que salía del templo y llegaba hasta mitad de la plaza, frente a San Juan de Letrán.

Algo similar sucedió en San Pedro: miles de peregrinos se congregaron para asistir a los Oficios del sábado por la tarde, esperando en la Plaza, para entrar, desde las cuatro a las seis y media. La cola daba la vuelta a la plaza, en el espacio que marcan, de un extremo a otro, las columnatas de Bernini, con una expectación inusitada. Durante esos Oficios, que celebró el Cardenal Ratzinger, la preocupación y la oración por el Papa enfermo se palpaba en los rostros.

El fenómeno Wojtyla

Al día siguiente el Papa no pudo hablar durante la bendición Urbi et orbe, a pesar de todos sus esfuerzos. Parece como si Dios le hubiese privado de la voz para que hablase más alto y más fuerte con su ejemplo y su palabra a todo el mundo.

Juan Pablo II ha marcado profundamente la vida de la Iglesia y se ha enfrentado, cara a cara, a los grandes retos de la sociedad contemporánea. Algunos piensan que su atracción se ha debido sólo a su poderosa personalidad. Evidentemente, sus cualidades personales han sido un factor importante. Pero el "fenómeno Wojtyla" ha sido, fundamentalmente, el fenómeno de la búsqueda de Cristo por parte de toda una generación, que ha visto en la figura de Juan Pablo II a Cristo que pasa al lado de los hombres.

Se ha dicho de él que es un gran comunicador. Es cierto. Pero no se ha comunicado sólo a sí mismo: ha sabido comunicar fundamentalmente a Cristo, y eso explica su enorme atracción para los jóvenes, especialmente sensibles hacia lo genuino y verdadero.

Juan Pablo II ha comunicado a Cristo al estilo de los santos: haciéndose Cristo él mismo. Sus últimas jornadas, su perdida de la voz, su sufrimiento íntimo y sereno, han evocado las últimas horas de la Pasión de nuestro Señor.