Jueves 7 de abril, estación Flaminio del metro de Roma. Cinco jóvenes polacos, dos chicas y tres chicos conversan entre sí. Amistosos, sonrientes, rubios y pobres, han llegado ayer desde el norte de Europa. Han recorrido 1.500 km, han dormido en la calle, han estado siete horas en una cola y se han despedido durante unos momentos de Juan Pablo II y de Roma. Ahora regresan a casa, a Polska en coche, del tirón, pues no pueden quedarse al funeral. Se relevarán y pasarán la noche conduciendo, como a la venida. Y están felices. Porque han estado 15 segundos con su Papa polaco, con el Papa de los jóvenes. Han sido sólo 15 segundos...
Un anciano reza un rosario completo ante los restos del Papa el jueves por la noche. Ha llegado tras muchas horas de pie. Aspecto de cansado. Los vigilantes no tienen entrañas para quitarlo de ahí. Sigue rezando compungido. El rosario entre sus dedos. Termina y avanza despacio hasta los pies de Juan Pablo II. Alza el brazo y como un amigo se despide en voz alta."Ciao, Paulino, ci vediamo", algo así como "adiós, Pablito, nos veremos". Es un padre con su hijo y un hijo con sus padre.
Pero el momento cumbre es el aplauso en la Plaza de San Pedro al féretro vuelto de Juan Pablo II. Es nuestro último adiós al padre, al maestro, al amigo. Miles de personas hemos seguido desde aquí la ceremonia en un íntimo silencio. De todas las edades, colores, pelajes y países. La ciudad está llena de peregrinos, de policías y de carteles con la foto del Papa y una palabra sobreimpresa, "grazie".
¿Y todo esto para qué? Durante las largas horas del viaje hemos tenido tiempo para recordar cosas de la vida del Papa. Del Papa que abrió su corazón a los españoles en Cuatro Vientos y nos habló de su vocación. Estaba convencido de que su entrega a Dios había valido la pena.
La persona que murió por completo a sí mismo desde que aceptó su llamada al sacerdocio, y que llevó al extremo el don de si cuando oyó de nuevo las palabras del Señor "apacienta mis ovejas", la persona que respondía "todo mi tiempo es libre" cuando se le interrogaba a cerca de su apretado horario (sin tiempo "libre").
El hombre que arrastraba los pies al final del día y que no quiso bajarse de la cruz hasta el último momento, porque Cristo no lo hizo... Y ese hombre, era una persona feliz. Y por sus frutos le hemos conocido y le estamos conociendo.
Ahora todos intentamos que no se nos escape lo esencial de las cosas importantes que vivimos. La muerte de este Giovanni Paulo II, como su vida, es un fenómeno de un impacto espiritual y social. Impacto como pocos lo han tenido. Como dice Vittorio Messori en el"Corriere della Sera" (2 abril 2005) “ha sido un pontificado inclasificable. Juan Pablo II rompió los moldes.“Fue el primer pontífice que entró en una sinagoga, el primero en una mezquita; el Papa que no ha dudado en visitar todo tipo de regímenes políticos (de la Cuba de Castro al Chile de los generales, el Sudán culpable de genocidio de los cristianos, el México del laicismo de Estado, la Turquía que margina a los católicos), anunciando a todos el mismo mensaje de perdón y reconciliación. Temerario hasta abrir los brazos a todo hombre, cualquiera que fuese su fe o su incredulidad. La Reppublica también señala un prodigio de infografía y fotos que reflejan todo tipo de estadísticas y momentos memorables. (...)
Porque en definitiva, el bien o el mal no es abstracto, está en las personas, en cada una de nosotros. El bien de Juan Pablo II, en usted lector y en mí mismo. Por eso, no ha desaparecido una figura pública, se ha ido una persona cercana, pero nos deja su legado que influye de un modo personal y colectivo. Alguien que me ha sostenido y nos ha servido de ejemplo para intentar ser mejor. “Las valoraciones, tanto entusiastas como tibias, yerran en su perspectiva, si se consideran con criterios mundanos una obra que no pertenece al mundo. "Id y predicad la Buena Nueva". ¿Acaso ha hecho otra cosa Juan Pablo II?” señala Ignacio Sánchez Cámara.
Aunque en este momento ya rezo por el nuevo Papa, siempre, como París, nos quedará a Juan Pablo II: alguien en las almas de los cristianos. Y esto es lo que diferencia a Juan Pablo II de casi todos los personajes históricos contemporáneos con los que me ha tocado vivir en la existencia por este mundo. Que nos ha dejado ejemplo de coherencia."