3 al 7 de abril de 2005. Una oleada de peregrinos se dirige a Roma para dar su último adios a Juan Pablo II.

Un ciudadano del Vaticano cuenta sus impresiones.

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Acabo de volver del Vaticano de rezar ante Juan Pablo II. Esta mañana, le visité por primera vez, ya que los que trabajamos o vivimos en el Vaticano, o en el cuerpo diplomático podíamos pasar.

El cuerpo del Papa estaba en la sala Clementina. Eso me emocionó aún más, ya que una de las veces que he podido saludar personalmente al Papa ha sido precisamente en esa sala.

La reacción de los romanos ha sido conmovedora. Desde que el viernes por la mañana se comenzó a saber que el Papa estaba en una situación crítica, la Plaza de san Pedro se ha convertido en un lugar de constante peregrinación. Pasaban las multitudes junto a la puerta de mi casa, para rezar bajo la ventana. Muchos eran jóvenes, que cantaban y aplaudían al Papa, como para alegrarle en sus últimas horas. Era muy parecido a lo que sucede en cualquier familia: todos querían estar junto al Padre común para manifestarle su cariño y su cercanía.

He estado charlando con el kioskero que tiene su kiosko debajo del Palacio apostólico. Es un hombre acostumbrado a las multitudes y a las manifestaciones de fervor, y me contaba que jamás había visto nada semejante.

Durante estos días he estado muchas veces en la plaza. Miles de personas rezaban en grupo. De vez en cuando, alguien rezaba el rosario en voz alta y los de alrededor le seguían. El sábado, tras la noticia del fallecimiento, los llantos y sollozos se hicieron más intensos, como en cualquier familia que se quiere de verdad.

Yo pensaba en el gran amor del Papa por la familia, y en la anécdota de aquel sacerdote profesor de Teología que trabajaba en el Instituto para la Familia Juan Pablo II. Este sacerdote despachaba de los asuntos del Instituto con el Papa y una noche, después de cenar, vio que el Papa estaba especialmente agotado. Se conmovió y le dijo, afectuosamente:

-Santo Padre, cuídese.

Juan Pablo II se volvió hacia él y le dijo, con serenidad y sencillez:

-Después de un Papa, viene otro. Mi obligación es gastarme cada día por la Iglesia.

Eso es lo que ha hecho Juan Pablo II durante este Pontificado: gastarse enteramente por Cristo y por los demás.

Manuel Noya.