Miles de fieles le aclamaron como santo, con pancartas que pedían: "¡Santo, ya!".
Toda Roma en oración
Los funerales por el alma de Juan Pablo II comenzaron a las diez de la mañana. Antes, el arzobispo y secretario personal del Papa, Mons. Stanislaw Dziwisz, siguiendo la costumbre, cubrió el rostro del pontífice con un velo blanco de seda, antes de salir en procesión hacia la plaza de San Pedro. Se habían colocado dentro del ataúd, en una pequeña bolsa, con las monedas acuñadas a lo largo de su pontificado. El maestro de ceremonias leyó el texto de pergamino con una pequeña semblanza del Papa, que se introdujo en el rogito, un pequeño cilindro de plomo, que se colocó junto al cuerpo yacente.
"La Iglesia -decía el arzobispo Pietro Marini, Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias en su convocatoria- se une en torno a los restos mortales de Aquel que ha sido por muchos años su Pastor, para que rescatado de la muerte sea acogido en la Paz de Dios y su cuerpo resucite en el último día con todos los santos".
La entera plaza de San Pedro, con las columnatas de Bernini que simbolizan el abrazo de la Iglesia a la humanidad; la contigua Plaza de Pío XII, y la Vía de la Conciliación, de más de un kilómetro de largo, se encontraban atestadas de peregrinos, lo mismo que la ciudad de Roma, en la que se seguía la ceremonia mediante veinte pantallas gigantes instaladas en diversos puntos, como el Circo Máximo, lugar simbólico de la Roma pagana; en las inmediaciones de la Basílica de Santa María la Mayor; en la de San Juan de Letrán; en la Piazza del Popolo, antigua puerta de entrada a la Ciudad Eterna.
Los principales comercios de la ciudad estaban cerrados y el tráfico paralizado para acoger a los millones de peregrinos. Entre ellos, miles de polacos acompañaban el último adios a este Papa desde Tor Vergata, un lugar próximo a Roma donde se celebró una de las grandes Jornadas Mundiales de la Juventud. Según algunos medios, más de tres mil millones de personas seguían por televisión el acto de mayor convocatoria y expectación mundial de la historia. La cifra es a todas luces exagerada, pero refleja el interés mundial sobre el acto.
Entre la muchedumbre -que más que a rezar por el alma del Papa santo, iban pedirle gracias y favores- se alzaban banderas de los países más diversos y algunas pancartas que decían: "Santo Subito", que significa: "Que se proclame al Papa santo inmediatamente", ¡Que lo proclamen santo, ya!
No asistió nadie de la familia del Papa, porque no la tuvo: perdió a sus padres y hermanos muy joven, y no tenía ningún pariente ni próximo -tíos, primos, etc.-, ni lejano.
Los máximos representantes religiosos y políticos, en el funeral
Acudieron numerosos representantes de la ortodoxia y de otros credos y religiones -judíos, musulmanes, etc.- junto con más de trescientas autoridades del máximo nivel, con pocas excepciones, como la de Fidel Castro y del Presidente ruso Putin, que no deseaba desairar con su presencia al Patriarca Alexios de Rusia que se negó siempre a recibir al Papa en Rusia, a pesar de los constantes esfuerzos de Juan Pablo II.
Se veía a Chirac, presidente de la República francesa; a Horst Koehler, de la RepublicaFederal Alemana; a los reyes de Jordania; al presidente de Siria, Bashar al-Assad; al de Irán, Mohamed Jatamí; a Lech Walesa; al príncipe de Marruecos, Mulay Rachid; al presidente de Taiwán, Chen Sui-ban; a los Reyes de España -la reina con mantilla negra, como corresponde a una soberana católica, que goza del privilegio de acudir también con mantilla blanca-, al Presidente de Israel, Moshé Katsav; al Presidente Busch, entre otros.
Era la primera vez en la historia que un Presidente de los Estados Unidos asistía a un funeral de un Pontífice. Entre los mandatarios americanos estaban el presidente de Brasil, Lula da Silva y Fox, jefe del Estado de México.
Entre las personalidades, destacaban el secretario general de la Onu, el rabino de Roma, y ponían una nota colorista los Jefes de Estado de países musulmanes junto con las tunicas azafranadas de representantes del budismo. Los representantes de las casas reales europeas estaban colocados en las primeras filas, según el protocolo vaticano, y luego, distribuídos por orden alfabético, según el nombre de los países de procedencia en francés, los dignatarios de diversos países del mundo.
A la derecha, los Cardenales y obispos. Tras ellos, los medios de comunicación. A la izquierda, los Jefes de Estado y Presidentes de Gobierno. Tras ellos, los miembros de la Curia. En las primeras flas de la Plaza de san Pedro, los representantes del Cuerpo diplomático.
La ceremonia, celebrada en latín, lengua de la Iglesia Universal, comenzó con el cántico "Dale Señor el descanso eterno", interpretado por la Capella, el coro de la capilla Sixtina. Dos guardias suizos con uniforme de gala custodiaban el gran portón con sus alabardas.
La Misa de funeral fue concelebrada por todos los Cardenales -que iban vestidos de rojo, color de luto en la Iglesia para la muerte de un Pontifice- y diversos Patriarcas de las Iglesias Orientales. Presidió la concelebración el Cardenal Joseph Ratzinger, Decano del Colegio Cardenalicio. Los cientos de obispos presentes asistían, pero no concelebraban.
El conjunto ofrecía un aspecto multicolor, con los Arzobispos y Obispos de las Iglesias Orientales con sus mitras blancas o tocados negros; los Abades y religiosos con sus hábitos característicos; los Capellanes de Su Santidad, con fajín morado; los párrocos deRoma, con roquetes y estolas rojas.
Como retablo, el gran portón de la fachada de san Pedro, sobre el que pendía, sobre unos grandes cortinones rojos, un tapíz en tonos ocres con la imagen de Cristo Resucitado. A la izquierda del altar un hermoso crucifijo medieval, traído de los museos vaticanos.
Un féretro sencillo
El féretro del Papa, humilde y sencillo, de madera de ciprés, forrado con un terciopelo carmesí, estaba situado delante del altar, colocado sobre una simple tabla recubierta con seda roja. En la madera estaban grabados los símbolos del escudo papal: la Cruz (que era ahora el crucifijo de su ataúd) y la M de María.
"No tengo nada que legar a nadie" -decía en su testamento el Papa, que había fallecido en la máxima pobreza, sin nada personal, ni propio-.
Sobre la madera clara del ataúd, unos Evangelios de tapas rojas, cuyas hojas iba meciendo el viento. A su lado, el Cirio Pascual -el Papa falleció en la Semana de Pascua-, cuya llama ondeaba de vez en cuando, movida por leves ráfagas de aire.
En la lectura del Evangelio de san Juan , 21, 15-19, se recordó el momento en el que Jesús confió la Iglesia a san Pedro diciéndole: "Apacienta mis ovejas".
El Cardenal Ratzinger recordó en su homilía la claves fundamentales del mensaje del Papa. De vez en cuando los fieles interrumpían sus palabras con un aplauso emocionado, especialmente cuando el Cardenal se refirió a la relación del Papa y los jóvenes a los que había denominado "esperanza de la Iglesia".
"Sígueme". Esta palabra rotunda de Cristo es la clave para comprender el mensaje de la vida de nuestro llorado y amado Papa Juan Pablo II, cuyos restos mortales enterramos hoy como semilla de inmortalidad, con el corazón lleno de tristeza, pero también de gozosa esperanza y profunda gratitud.
Ratzinger fue recorriendo los hitos principales de la vida del Pontífice, centrándose en los momentos en que fue descubriendo la voluntad de Dios para su vida.
"Ha ido a todos los lugares de forma incansable para llevar un fruto que permanece. "Levantaos, vamos" es el título de su penúltimo libro. ¡Levantaos, vamos!: con esas palabras nos ha despertado de un fe cansada, del sueño de los discípulos de ayer y de hoy: ¡levántaos, vamos!, nos dice hoy también a nosotros.
Citó tres textos de la Escritura en los que pensaba que se encontraba el alma del Santo Padre:
- No me habeis elegido vosotros, he sido yo quien os he elegido.
- El Buen Pastor ofrece la vida por sus ovejas.
- Permaneced en mi amor.
El Santo Padre fue sacerdote hasta el final, ofreciendo su vida a Dios por sus ovejas y por la entera familia humana, con su entrega cotidiana al servicio de la Iglesia, especialmente en las duras pruebas que sufrió los últimos meses. De ese modo se ha idenificado con Cristo, el buen pastor que ama a sus ovejas.
Evocó los momentos más importantes de la vida del Papa, como el momento en el que le comunicaron -durante una excursión con un grupo de jóvenes- su nombramiento como Obsipo. Eso parecía un desgajamiento de su labor con la juventud; pero aquel joven sacerdote aceptó aquella llamada de Dios con generosidad. "Ha querido darse sin reservas, hasta el último momento" -dijo el Cardenal.
Nuestro Papa -todos lo sabemos- no quiso nunca salvar su propia vida, guardándosela para sí mismo; se entregó sin reservas, hasta el último momento, por Cristo y por nosotros. Y esa decisión le llevó a ver como retornaba todo lo que había abandonado en las manos del Señor, pero de manera distinta: su amor a la palabra, a la poesía y a las Letras fueron parte esencial de su misión pastoral y le dieron al anunció del Evangelio, también cuando es signo de contradicción, una frescura, una actualidad y un atractivo inusitado.
Así, dandose a sí mismo a Cristo y a todos los hombres, ha podido experimentar la verdad de que aquel que entrega su vida al Señor la recupera más tarde de forma nueva".
Aludió a continuación al mes octubre de 1978, cuando, durante el Cónclave de su elección, resonó de nuevo -al presentársele aquella propuesta- como a san Pedro, la voz del Señor. "¿Me amas? Apacienta mis ovejas". Y la respuesta del Arzobispo de Cracovia, dijo Ratzinger, fue igual que la del Apóstol: "Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo".
"El amor a Cristo fue la fuerza más poder. osa de su vida. Los que le han visto rezar, los que le han oido predicar, lo saben bien. Y gracias a su profundo enraizamiento en Cristo pudo llevar una carga que supera las fuerzas meramente humanas: ser pastor del rebaño de Cristo, de su Iglesia Universal " -dijo Ratzinguer, que leyó a continuación dos fragmentos de la liturgia en la que aparecen algunos elementos centrales de la tarea pastoral del Papa.
Una de ellas está contenida en aquellas palabras de san Pedro, cuando el Apóstol reconoce que Dios no hace acepción, ni diferencias entre los hombres. "Eso fue lo que hizo el Papa - dijo el cardenal- : llevar la buena noticia de la paz por medio de Jesucristo a todo tipo de personas". Hubo nuevos aplausos de la multitud.
Comentó luego el cardenal como san Pedro, pastoreando el rebaño de Cristo, se fue acercando a la Cruz y con ella a la Resurrección. Hizo un paralelo con la vida del Papa: en los comienzos de su pontificado Juan Pablo II fue a todos los países, pero luego, obligado por la enfermedad "entró en comunión con el sufrimiento de Cristo y comprobó la palabras que Cristo había dicho a Pedro: "otros te llevaran a donde tú no quieras". Y así -dijo el cardenal- descubrió el Papa el misterio de la misericordia. "Cristo, al sufrir por todos nosotros, le ha dado un nuevo significado al sufrimiento".
Estimulado por esta visión del dolor, dijo el cardenal "el Papa ha sufrido y amado en comunión por Cristo." "El Santo padre ha encontrado el reflejo más fiel de la misericordia de Dios en la Madre de Dios". Recordó luego que el Papa había quedado huérfano de madre desde muy pequeño y había acogido las palabras que Cristo dirigió a san Juan: "Ahí tienes a tu Madre" como dichas directamente a él.
El Santo Padre, con una vida marcada por el sufrimiento -dijo el Cardenal- se acercó a la ventana por ultima vez para darnos la bendición Urbi et Orbe. "Estamos seguros de que nuestro Amado Papa está ahora asomado a la ventana de la Casa del Padre y desde allí nos ve y nos bendice. Sí, bendíganos santo Padre. Confiamos tu querida alma a la Madre de Dios, tu Madre, que te ha guíado cada día y que te guiará ahora hasta la Gloria eterna de Jesucristo tu Hijo Nuestro Señor. Amén.
Presentaron las ofrendas varias parejas ataviadas con los trajes tradiciones polacos, de Kenia, Burkina Fasso, Corea, México, una familia de Wadowice, ciudad natal del papa, y varias parejas más de Italia, Francia y Jordania, que mostraban la universalidad del mensaje que había transmitido el Papa.
Distribuyeron la Sagrada Comunión 320 sacerdotes, mientras la Capella Sixtina cantaba en gregoriano el canto: "Que la Luz Eterna brille para él junto con tus santos por la eternidad porque Tú, Señor, eres bueno". Entre los que se acercaron a comulgar estaba el prior de Taizé, en silla de ruedas y con graves limitaciones físicas.
Al término de la ceremonia, los cardenales rodearon el féretro en el llamado "Rito de la última Recomendación". En ese momento la multitud comenzó a cantar y rezar. El cardenal Ratzinguer pronunció una Exhortación, confiando el alma del Papa a la misericordia de Dios, y pidiendo la intercesión de "la Bienaventurada Virgen de los Apostoles, Salud del Pueblo Romano".
La letanía de los santos
Siguió la Súplica de la Iglesia Romana, con Letanía de Santos dirigida por el Cardenal Ruini. El inmenso gentío respondía a coro: "Rogate pro eo", Rogad por él. Comenzó invocando a los Apóstoles, los santosy los mártires más antiguos de la Cristiandad -san Clemente, san Calixto, san Sixto, san Gregorio Magno, santa Cecilia-. Muchos santos modernos han sido canonizados por Juan Pablo II. No faltó la mención a los pontífices romanos santos. El último Papa declarado santo fue san Pío X, que falleció a comienzos del siglo XX,
A continuación se escucharon unos cantos de rito oriental , en lengua griega. Era la "Súplica de las Iglesias orientales". La diversidad de colores -dorados, negros, púrpuras- manifestaba la diversidad de ritos.
El patriarca egipcio, con corona dorada y vestiduras blancas, incensó el feretro. Siguieron diversos cánticos entonados por el diácono o por los Patriarcas, que concluyeron con una triple invocación:
- "Tu memoria es eterna, tu recuerdo es eterno, hermano nuestro, digno de toda felicidad".
Al término de la ceremonia, de casi tres horas de duración, entre los aplausos emocionados de la muchedumbre, y los gritos de ¡santo! ¡santo, ya!, se entonó el canto gozoso del Magníficat. Los cardenales empezaron una lenta procesión hacia el interior de la Basílica.
Doce silleros, vestidos con traje de gala de un sobrio color azul, alzaron el ataúd y lo portaron en hombros hasta el gran portón de la fachada, donde lo alzaron para mostrarlo a la multitud. Fue sin duda, el momento más emotivo de la ceremonia. Las campanas voltearon mientras la muchedumbre rezaba, lloraba y daban su último adios a un Papa santo. bajado para su sepultura en la cripta de la Basílica Vaticana. Es el último viaje del Papa que dio treinta y tres veces la vuelta a la tierra, para anunciar el Evangelio.
La tumba de Juan Pablo II
Entre el repicar de las campanas, los silleros, vestidos de chaqué, trasladaron el ataúd por la Puerta de Santa Marta que da al exterior de la basílica para entrar por la puerta del "Brazo Braschi" que conduce directamente a la Cripta de la Basílica.
La sencilla capilla que acogió los restos del beato Juan XXIII, cuyos restos reposan en la Basílica por expreso deseo de Juan Pablo II, acoge ahora la tumba del Papa; pero no en un sarcófago, sino en el suelo, como reposan la mayoría de los Papas, y sobre tierra romana mezclada junto con tierra traída de su Wadowice natal.
Se procedió a la inhumación mientras el Camarlengo, Martínez Somalo, aspergía el féretro con agua bendita y recitaba el canto mariano "Salve Regina". Estaban presentes para el rito de la sepultura el camarlengo, varios cardenales -uno por cada una de las órdenes cardenalicias: obispos, presbíteros y diácnos; el cardenal decano y el obispo vicario de Roma. El ataúd fue precintado con cintas rojas, selladas con los sellos de la Cámara Apostólica, de la Prefectura de la Casa Pontificia, de la Oficina de celebraciones litúrgicas del Papa y del Capítulo Vaticano.
Siguiendo la tradición, introdujeron el ataúd de madera de ciprés y de olmo en un féretro de plomo de 4 centímetros de espesor, para evitar la humedad. Luego, éste fue introducido en otro féretro, de madera de nogal.
La sepultura fue cubierta con una lápida sencilla, de mármol blanco, con una cruz y la inscripción: Johannes Paulus P. P. II. La ceremonia duró alrededor de media hora. En la cripta, entre las 62 sepulturas de papas, entre ellas, las Pablo VI y Juan Pablo I. Cerca de esa capilla, a ambos lados, y frente por frente entre ellas, se ven las tumbas de dos reinas: Cristina de Suecia y Carola de Chipre. La sepultura de Juan Pablo II es una de las más cercanas al Apóstol san Pedro.
José Miguel Cejas