Sánchez Bella, Ismael
Los comienzos del Opus Dei en Argentina
"Tengo entendido que Argentina fue visitada por primera vez por personas del Opus Dei el año 48 -me contaba en el transcurso de una entrevista Ismael Sánchez Bella, que inició y fue rector de la Universidad de Navarra –durante el viaje que hizo don Pedro Casciaro por toda América, para conocer las posibilidades apostólicas de los diversos países, que tuvo como etapa final Buenos Aires y Rosario.
A finales del 49, un cardenal de gran prestigio dentro de la iglesia argentina, don Antonio Caggiano, estuvo en Roma. Le acababan de nombrar arzobispo de Rosario y fue con la preocupación de buscar ayudas. Rosario tenía entonces setecientos mil habitantes: ahora ya tendrá el millón. Y estaba todo por hacer: el seminario, las parroquias...
Le hablaron del Opus Dei, y visitó personalmente a san Josemaría en Roma, para pedirle ayuda pastoral. Y el fundador, para atender este deseo, indicó que fuera un sacerdote a Argentina para hablar con este cardenal y estudiar la posibilidad de hacer algo en este país. Dijo también que le acompañaran algunos seglares, como Francisco Ponz y yo, para que se pudiera entender bien el espíritulaical, secular, del Opus Dei. El viaje tenía como objetivo estar en Argentina un mes o dos como máximo, saludar al cardenal, recoger información y volverse.
Los preparativos del viaje no pudieron ser más modestos, porque no había ningún dinero. Don Francisco Botella, que era el Secretario General de la Obra me encargó que lo preparara. Mi maestro en la Universidad, Alfonso García Gallo, había estado allí el año anterior y me había contado que en Argentina las conferencias se pagaban bien... Y me dije: "bueno, puedo dar algunas conferencias". Mandé muchascartas en el mes de diciembre a profesores conocidos. Francisco Ponz hizo lo mismo por su parte.
Pero no calibré que diciembre, enero y febrero, son los meses de verano en Argentina y todo el mundo estaba en las playas, con lo que mis cartas se quedaron sin contestación. Francisco Ponz recibió una carta de Tucumán, en la que le invitaban a dar un conferencia sobre el origen de la vida... Yo, ninguna...
Estaba desconcertado. Pero decidimos hacer el viaje. El costo del viaje de ida no tenía ningún problema, porque España tenía una política cultural muy curiosa: pagaba el viaje de ida a todo conferenciante que fuera a América; pero no pagaba ni la estancia ni el viaje de vuelta...
Fuimos tres: Francisco Ponz Piedrafita, catedrático de la Universidad de Barcelona; yo, que tenía entonces veintisiete años, y acababa de sacar la cátedra en Canarias en diciembre del 49; y un sacerdote, Don Ricardo Fernández Vallespín. Hicimos el viaje el 11 de marzo del 50: uno de aquellos viajes de entonces, tan lentos... llegamos a Argentina el día 13 de marzo, tras treinta ytantas horas de vuelo. Nos encontramos con un contraste tremendo de clima: en Madrid todavía había restos de nieve y en Buenos Aires hacía un calor de verano extraordinario.
No habíamos podido reunir -entre los tres- más que cinco mil pesetas; y al cambio de la moneda fuerte, que era el peso argentino, dieron mil pesos. ¡Mil pesos...!, con esa cantidad podíamos vivir como máximo tres o cuatro días.
El recibimiento fue muy pintoresco. Nos recibió un señor que era tío de un residente que vivía en Moncloa, un Colegio Mayor del que yo había sido director, y naturalmente, me preguntó qué hotel tenía reservado... Sonreí: ¡no tenía reservado ningún hotel y no tenía pensado reservar ninguno!
Él dirigía una institución llamada "Distinción Cultural Española" y mandó por su cuenta una nota a la Prensa. Y al día siguiente salió en la primera página de los dos grandes periódicos de Buenos Aires, La Nación y La Prensa, un recuadro que ponía: "Prominentes profesores españoles en Buenos Aires". Con lo cual ese domingo apareció mucha gente a presentarme sus respetos. Lo mismo le sucedió a Francisco Ponz. Hispanistas, médicos, ingenieros, jóvenes profesionales: un ambiente gratísimo.
Llevaba cartas de presentación para varias familias, que me dieron unos donativos con los que pudimos llegar a Rosario y estar con el Cardenal, que se puso contentísimo al vernos. Le expliqué que no veníamos a quedarnos, como él pensaba, sino que por ahora, sólo íbamos a hacernos cargo de las necesidades. Invitó a D. Ricardo a vivir en su casa para que no gastara hoteles. Francisco y yo nos lanzamos por el país, cada uno por su lado, a ganarnos la vida dando conferencias...
Era pleno verano. El curso no empezaba hasta abril y para mantenerme tenía que dar bastantes conferencias... Di veintiuna conferencias en un mes: hubo días en que di tres: una por la mañana, a las once, otra a las cinco y otra a las siete. Pero, claro, como Argentina es muy grande y tenía que trasladarme en avión de un sitio a otro, de Tucumán a la Plata, a Córdoba, etc., y tenía que vivir en hoteles, el ahorro que pude hacer fue mínimo. Hasta el propio Don Ricardo dio una conferencia sobre el arte barroco en Madrid, que fue el tema de su tesis doctoral...
Francisco Ponz, por su parte, disertaba sobre temas relacionados con el origen de la vida. Yo hablaba sobre el influjo de España en América, sobre el origen de los virreyes o la política social de España en América, etc.; con lo cual conocí mucha gente, en Buenos Aires sobre todo, y también en otras provincias...
El cardenal insistió mucho en que, aunque estábamos de paso, por lo menos, me quedara yo, porque se ponía en marcha la Facultad de Filosofía de Rosario y les hacía falta un catedrático de Historia de España que era una asignatura obligatoria. En ese momento las relaciones de Argentina con España eran muy cordiales: España vivía del trigo argentino. A cambio, España le daba maquinaria más o menos buena, pero que, en fin, nos permitíasubsistir. Y como prueba de amistad por parte de Argentina, se creó la cátedra de Historia de España en todas las Facultades de Letras, algo razonable ya que tenemos en común tres siglos de historia. Y como el cardenal presionó mucho para que me quedara con el sacerdote, aunqueése no era miplan... me quedé. Y así comenzó el trabajo apostólico en Argentina.
Cosa curiosa: todo el dinero que habíamos logrado reunir daba exactamente para pagar un pasaje de vuelta y nada más, con lo cual se pudo embarcar Francisco Ponz y volverse a España, donde tenía que examinar a sus alumnos en el mes de mayo Barcelona.
Bien. Me quedé con el traje puesto, como suele decirse, sin un solo centavo los dos, el sacerdote y yo. Sin un centavo, pero muy contentos. Nos propusimos poner en marcha una residencia universitaria. El cardenal nos dijo: "Tengan en cuenta que estoy en una ciudad que tiene fama de ser muy poco generosa..." Decía en broma que eran de origen genovés, gente de puño prieto... "Y yo tengo que hacer el seminario, las parroquias..." Nos enseñó una parroquia que se estaba construyendo que tenía en la pared un termómetro donde se señalaban los donativos en color rojo con el nombre del donante. Y decía el párroco: "voy a poner una lápida que diga: 'esta iglesia se ha hecho con el dinero de los pobres y las promesas de los ricos'". "...Así que yo no puedo ayudarles", nos dijo el Cardenal. "No se preocupe, Eminencia - le contestamos-, porque en Buenos Aires tenemos amigos, y esperamos que nos ayuden a poner en marcha la residencia.
Y así sucedió: nos regalaron camas y muebles y en el mes de agosto pusimos en Rosario un centro universitario con residencia de estudiantes, una figura desusada en el país, donde no existían residencias de ese tipo. Todo el mundo nos decía que era una imprudencia: "los estudiantes toman mate y encienden fuego y os quemarán la casa...". No hicimos caso. Algunos matrimonios que nos tomaron mucho cariño nos regalaron lo necesario para instalar el Oratorio.
Unas señoras bordaron los manteles del altar, otra familia nos regaló parte de sus muebles para que montáramos lo nuestro... Y el cardenal, cuando celebró la primera Misa, habló con mucho cariño del Opus Dei y pidió a todos que colaboraran con aquella labor apostólica. Hubo una pequeña celebración y... al terminar, nos encontramos con una residencia de 15 estudiantes, a fin del curso escolar y sin posibilidad de comenzar hasta septiembre.
Una tarde del mes de septiembre salí a la calle y me encontré con un chico joven que había oído la conferencia de Francisco Ponz sobre el origen de la vida. Estudiaba tercer año de medicina, y era muy intelectual: dirigía una revista literaria, se carteaba con Papini... Era de origen italiano y se llamaba Adolfo Isoardi. Este chico se asombró de verme en Rosario. Le expliqué por qué estaba allí y me invitó esa misma noche a una tertulia con estudiantes, donde conocí a un grupo de jóvenes: eran universitarios, de veinte años, muy inteligentes y con una gran inquietud apostólica.
Me causaron una impresión excelente. Y esa noche, al volver a la casa, me enteré que no era de aquella ciudad, sino de Córdoba. Le invité a venirse a vivir a la Residencia y aceptó. Se vino con un amigo y así empezamos la residencia el 2 de octubre del año cincuenta. Este chico empezó hacer oración, a tener vida de piedad...
Y así llegó el uno de noviembre, fecha en la que Pío XII proclamó el dogma mariano de la Asunción de la Virgen. Pensamos que ese día era tan especial que Dios nos concedería, por medio de de la Virgen la primera vocación argentina. Y así fue. Adolfo fue una persona espléndida, excelente...
...Digo "fue" porque acabó Medicina, se ordenó sacerdote, y en el año 75, veinticinco años después, marchó a Roma, como elector, para elegir al sucesor de san Josemaría. Y al terminar, de vuelta a Buenos Aires, el tren sufrió un accidente y murieron varios, entre ellos él. Se le enterró en Rosario donde he estado varias veces rezando ante su tumba... El arzobispo, que ya no era Caggiano –que era entonces el primado de Buenos Aires-, celebró un funeral en la catedral, abarrotada de gente. Adolfo era un sacerdote que había hecho una gran labor sacerdotal: dirigía muchas almas, era muy conocido y muy estimado. El arzobispo dijo que Dios no es un juez severo sino un padre amoroso; un jardinero divino que corta las flores cuando estima que ya están maduras...
Pero sigamos con los comienzos de Argentina. Comenzó la Residencia, y yo seguí con mi trabajo. Recuerdo que inauguré la Cátedra de Historia de España (se cumplía entonces el centenario de los Reyes Católicos), di una conferencia con música de época... Y fueron viniendo desde España algunas personas del Opus Dei: un sacerdote, Don Ignacio Echeverría, y dos estudiantes, el 8 de diciembre del 51. Dividimos nuestras fuerzas, y comenzamos en Buenos Aires.
Había un señor que nos había ayudado mucho y que nos invitaba con frecuencia para que fuéramos a Buenos Aires, pero le decíamos que no teníamos casa, ni gente, ni teléfono, ni dinero... Pero él se enteró durante una comida de la existencia de un apartamento libre con teléfono y al momento lo alquiló sin decirnos nada, y nos dijo: “ya tenéis casa, ahora no tenéis excusa para no venir a Buenos Aires". Y se fueron don Ricardo con Adolfo, y yo me quedé con don Ignacio y los dos estudiantes que habían llegado.
En esto llegó el mes de mayo del 52. Yo estaba haciendo una gira por toda la Argentina hablando de la cultura contemporánea, con un grupo de profesores, cuando llegó una carta, muy breve, en la que me decían que se quería comenzar una universidad en Pamplona que fuera obra corporativa del Opus Dei. Me proponían que yo la sacara adelante…¡Comenzar una Universidad!¡Y tenía que empezar en octubre! Estábamos a finales de mayo...
Hay que tener en cuenta que yo era la única persona mayor del Opus Dei en Argentina. Acababa de cumplir treinta años, estábamos en abril, y era director de la residencia; era profesor de la Universidad y mi sueldoera el único que había... Los dos sacerdotes no cobraban honorarios por su labor sacerdotal, como es costumbre entre los sacerdotes del Opus Dei. Irme yo en aquel momento era...
Pero no lo dudé: en 24 horas vino Don Ricardo de Buenos Aires, me despedí de la universidad y de mis alumnos, mis colegas del claustro de profesores me despidieron con mucho cariño, y mis alumnos fueron todos a la estación de Rosario a despedirme, hubo por lo menos cien personas. Llegué a Buenos Aires, preparé en una semana mi discurso para la Academia de Historia, donde me acababan de nombrar Académico, mientras ayudaba a montar el primer pisito que poníamos en Buenos Aires y me acompañaron al barco... No había dinero ni para ir en avión, a pesar de la prisa, pero encontré un pasaje en un camarote con otros cuatro en el Juan de Garay, un barco de turismo popular, y me volví a España.
Fue un viaje larguísimo, de veintidós días de barco, pero no había otra solución. Llegué a Cádiz, me fui Madrid, donde pregunté con cuánto dinero contaba para comenzar la futura Universidad de Navarra. Y me quedé lleno de asombro cuando me dijeron: "¿Cuánto dinero llevas?" A mí me sobraban unas pesetas del viaje, pocas (ya digo que no tenía para el Avión) Les dije la cifra y me dijeron:
-- Empieza con eso…
Y así comenzó la Universidad de Navarra. Pero ésa ya es otra historia. ”
José Miguel Cejas